PARTE 9. DEBATE SOBRE LA ESTRATEGIA COMUNISTA. CONCLUSIONES

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Miguel A. Montes

15 Enero 2010

CONCLUSIONES

      No debiéramos concluir sin hacernos los siguientes interrogantes:

  1. ¿Necesita o no el sujeto revolucionario una organización política independiente y de clase?
  2. ¿La lucha de clases ha desaparecido o existe?
  3. ¿El Modo de Producción Capitalista en su internacionalización actual ha perdido su carácter imperialista?
  4. ¿La conquista del poder político es necesaria para la transformación social?
  5. ¿La dictadura del proletariado es evitable o inevitable?
  6. ¿El valor de cambio se extingue o se mantiene en el socialismo?
  7. ¿La transición al comunismo es la actual etapa historico mundial o no?

Para responder a todos estos interrogantes es conveniente para el análisis y las propuestas políticas que persiguen la superación del capitalismo y la transición hacia un modo de producción comunista, recuperar el acervo del materialismo histórico y su dialéctica. Es esa perspectiva la que me ha llevado el presente trabajo y sobre la cual trataré de concretar las siguientes consideraciones, para dar una respuesta final en este trabajo.

En primer lugar, debemos de recuperar el materialismo dialéctico como teoría del conocimiento, método de investigación y ciencia de las leyes del mundo objetivo (naturaleza, sociedad y pensamiento). Debemos de considerar la materialidad y objetividad del mundo al margen de nuestra conciencia, la inagotabilidad e infinitud de la realidad objetiva y sus formas de movimiento, que expresan la variedad cualitativa de las diferentes formas de existencia de la realidad, su mutabilidad constante y la articulación dialéctica de todos los niveles y fenómenos de la realidad.

La cognoscibilidad del mundo y sus leyes es posible, partiendo de que no hay aspectos incognoscibles sino que sólo son desconocidos en un momento histórico determinado, ya que el conocimiento es un proceso histórico que engloba a las diferentes prácticas sociales: la producción, la política, la ideología y la teoría científica.

Aunque el pensamiento es producto y parte de la realidad objetiva existente, éste no se reduce a tal (empirismo) ni lo real se reduce al pensamiento (idealismo subjetivo). El conocimiento es un proceso de acercamiento a la realidad, no hay conocimiento inmediato, ya que el conocimiento no es un mero reflejo del proceso real. Todo conocimiento es mediatizado. Por ej., el objeto real (el sol y la tierra) no es lo mismo que el objeto de conocimiento (teoría heliocéntrica de Copérnico), ya que ésta nos acerca al conocimiento de la realidad objetiva, mientras que la teoría tomista de El Vaticano nos aleja.

Los datos y sensaciones de la realidad son tratados y abstraídos dialécticamente por intermedio del sistema de conceptos y teorías existentes, que son históricamente determinadas y siempre en relación con la matriz de la práctica social (la producción y la lucha de clases). Tal práctica teórica (abstracción) está sumergida en la praxis de la realidad objetiva con conciencia o no de ello, y provoca la creación de nuevos conocimientos, nuevos conceptos, y nuevas teorías sobre el objeto del conocimiento (esencia y leyes del fenómeno abstraido de la realidad objetiva). Por ej. la producción teórica de Marx, el materialismo histórico, es el objeto de conocimiento teórico de una realidad (la sociedad y su historia) que parte de una materia prima establecida de conceptos (sociedad civil, producción, trabajo, alineación, etc.), de unos medios de conocimiento (la dialéctica de Hegel, el materialismo de Feuerbach, el socialismo utópico francés, y la economía política inglesa) que intervienen sobre la materia prima y produce nuevas teorías y conceptos (relaciones de producción, modo de producción, fuerza de trabajo, plusvalía, socialismo científico, etc), nueva teoría que en relación con la realidad objetiva de la lucha de clases interviene de forma ya consciente a través del movimiento obrero, superando todo proceso de conocimiento anterior que separaba la teoría de la práctica.

El idealismo, al contrario del materialismo histórico, coloca los fenómenos y sus aspectos como estáticos que actúan por oposición aislada (el bien al mal, la materia a la conciencia, lo justo a lo injusto, la teoría a la práctica, etc.), donde los contrarios no existen en su unidad y oposición como motor de desarrollo. Algunos idealistas consideran la historia no sujeta a leyes y apuestan por la incognoscibilidad del mundo que nos rodea y la inmutabilidad de los fenómenos, donde la conciencia es la causa que crea el mundo exterior. Y otros que admiten la cognoscibilidad del mundo, niegan que la realidad objetiva externa a la conciencia humana pueda reflejarse en ésta, y considera que las mutaciones del mundo dependen de una injerencia externa ya sea la divinidad, la idea, la propia conciencia humana o su voluntad.

Pero ¡ojo!, cuando hablamos de recuperar el materialismo, no hablamos de cualquier materialismo, sino del materialismo sujeto a las leyes de la dialéctica (1), ya que la metafísica no sólo es idealista, también es materialista. No hablamos de recuperar aquel materialismo metafísico de los siglos XVII y XVIII absorbido por las leyes de la mecánica que consideraba al universo como un conjunto de cosas fijas. Materialismo que algunos “marxistas vulgares” recuperan para suplantar la dialéctica revolucionaria por un evolucionismo vulgar y el materialismo por el positivismo, aplicando leyes mecánicas de la naturaleza y la biología a la historia, como el darwinismo social, base teórica del malthusianismo por medio de la aplicación de la teoría de la evolución de las especies a la historia. Tal materialismo se encuadra perfectamente en la filosofía burguesa (2) y además como versión idealista de la historia.

Debemos emplear la dialéctica como negación de la metafísica en general, que aisla los aspectos del fenómeno historico-concreto fuera de su interconexión y desarrollo, convierte la fuente del movimiento en una causa externa, y considera a los fenómenos cambiantes en orden cuantitativo sin contradicciones y luchas internas.

Metafísica idealista que convierte la causa externa en lo divino, la idea o la razón, metafísica materialista que convierte la causa externa en las circunstancias materiales (clima, medio geográfico, los instrumentos técnicos, etc). Ambas tendencias niegan que el desarrollo de los fenómenos y cosas se deba a sus contradicciones internas particulares.

Aclaremos esto un poco más. La dialéctica estudia los fenómenos partiendo desde sus contradicciones internas pero también en su relación con el mundo que le rodea, en interconexión, siendo ésta relación una causa externa a su desarrollo y cambio. Separar lo particular de lo general es caer en la metafísica y el subjetivismo.

Para el materialismo dialéctico las causas y contradicciones externas constituyen la condición y base de los cambios en el ámbito general, internacional, mientras las contradicciones internas son su base en el ámbito particular, concreto, por ejemplo la Iª Guerra Mundial y la lucha internacional del proletariado contra la guerra imperialista y por la revolución constituyó la condición-causa internacional del cambio revolucionario en Rusia, pero fueron las contradicciones internas concretas de democracia/autocracia, burguesía/proletariado las que permitieron el cambio, ya que no todas las guerras provocan revoluciones sociales, por ej. la misma guerra mundial no provocó en Europa Occidental el triunfo de la revolución socialista, precisamente porque las contradicciones internas no lo permitieron, por la traición de la socialdemocracia a la revolución en Alemania, Hungría y Finlandia. La esencia particular del movimiento y desarrollo de cada formación social concreta es determinada por la particularidad de sus contradicciones internas.

No obstante, debemos resaltar que la particularidad de las contradicciones internas, tampoco debe implicar caer en el subjetivismo de la primacía de lo particular sobre lo general. Al contrario de lo que pensaba Mao Tse Tung las conexiones externas, lo general, no son ajeno a las contradicciones internas, y las llevan consigo. La contradicción burguesía/proletariado que se manifiesta en el ámbito nacional también existe en el ámbito internacional. Por ejemplo, en 1.917 la contradicción revolución socialista/contrarrevolución burguesa revistió un carácter plenamente internacional y no sólo específicamente como fenómeno ruso, lo mismo que capitalismo/socialismo durante el periodo de existencia del campo socialista, algo ignorado por el pensamiento maoísta, que en este terreno con su teoría de los tres mundos caían en la metafísica, al negar la unidad material del mundo, donde la contradicción principal capital/trabajo era desplazada por la lucha nacional contra el imperialismo y el “socialimperialismo”, y de ahí a considerar que el sujeto de la revolución socialista no sea el proletariado (ámbito general) sino otros (intelectualidad, campesinado) con formas de producción tipicamente nacionales (comunas, etc.), sólo hay un paso.

Es como si se hablara en términos kantianos de las contradicciones de la cosa en sí, sin distinguirlas de las contradicciones de las cosas entre sí y su diversa naturaleza, como si estuvieran aisladas las unas de las otras y se bastaran por si solas para existir y desarrollarse al margen del mundo. La lucha de contrarios no está al margen de su unidad, si la dialéctica materialista destaca el aspecto de la lucha y oposición de contrarios como fundamental, es con la unidad subordinada a ella, sólo en este sentido se puede afirmar que la lucha es absoluta y la unidad es relativa, que sólo se rompe para formar una unidad más desarrollada (esclavismo-feudalismo-capitalismo,etc.) en lo particular y lo general.

Lenin al respecto nos decía

“…lo particular no existe más que en la relación que lleva a lo general. Todo lo particular es (de un modo u otro) general. Todo lo general es (particula, o aspecto, o esencia) de lo particular.  Todo lo general abarca sólo de un modo aproximado, todos los objetos particulares. Todo lo particular integra de manera incompleta lo general, etc, etc.” (3).

El marxismo-leninismo rechaza de plano la ignorancia de lo particular en la actividad política, ya que ese es el plano de cada país en dependencia de sus condiciones historico-concretas donde se desenvuelve lo general, por lo que dicha ignorancia supone el aislamiento de las masas (izquierdismo), mientras que la ignorancia de lo general y la sobreestimación de lo particular supone la negación de las regularidades comunes de la revolución socialista (reformismo).

Recuperar la dialéctica significa contemplar los aspectos del fenómeno histórico en interdependencia, como proceso único sujeto a leyes verificables que permiten la cognoscibilidad del mundo, significa dirigir la atención hacia la fuente del movimiento producto de las contradicciones internas y no de causas externas, donde la unidad y lucha de contrarios es la esencia y la clave del automovimiento, de los saltos, de la transformación de los contrarios, de la destrucción de lo viejo y el surgimiento de lo nuevo en el proceso histórico, ya que sin la negación de uno de los opuestos y el triunfo del otro no hay desarrollo ni progreso. Eso significa partir de la base de que las contradicciones no son eternas, no pueden permanecer inmutables, en equilibrio y síntesis constante, ya que el desarrollo histórico es un despliegue de las contradicciones hacia su superación y el surgimiento de otras que condicionan el nuevo curso histórico.

La historia está sujeta a interrupciones del proceso gradual, donde el desarrollo (negación de la negación, sustitución de lo viejo por lo nuevo) no sucede en línea recta sino en espiral con avances (revoluciones) y retrocesos (contrarrevoluciones). Este progreso de la historia, en sentido revolucionario, dialéctico, no es casual que sea negado por las clases dominantes del capitalismo. Ya contra la revolución francesa el Edmund Burke anti-racionalista del S.XVIII (4), sin llegar a conocer la dialéctica en su forma hegeliana, llega instintivamente a combatirla situando que el cambio social es gradual y por consentimiento de la clase dominante, siendo la revolución contraria a la naturaleza. Y el instinto de clase del propio Hegel arrojaría su dialéctica para abrazar la síntesis de los contrarios en la monarquía constitucional dentro de los marcos del Estado prusiano del S.XIX. No obstante, hay que destacar que en Hegel se concentran todos los esfuerzos desde el Renacimiento para fundamentar desde la filosofía burguesa el carácter progresivo y racional de la humanidad, captándolo en el marco histórico-concreto de la Revolución francesa, en pugna con las clases del Antiguo Régimen, quienes en su lucha contra las ideas revolucionarias niegan la idea de progreso y consideran anti-histórica toda transformación social. El materialismo dialéctico de Marx es aquí el punto culminante que supera la filosofía clásica alemana, al abandonar el terreno burgués, terreno en el que empieza a morir su época progresiva, con el desarrollo del capitalismo y su lucha contra el proletariado.

La dialéctica debe servirnos para acompañar el pensamiento con los procesos del mundo real, los conceptos deben ser relativos y no inalterables, deben mostrarnos la esencia de los fenómenos y no su apariencia, distinguiendo lo particular de lo general. Por ejemplo, la economía mercantil, la ley del valor, la plusvalía, la división de clases, son conceptos y leyes específicas que en el curso de la historia en el desarrollo de las contradicciones, son mutables y perecederas. La plusvalía como categoría fue ya utilizada por la economía clásica burguesa, pero sólo desde un lado contemplativo donde sus manifestaciones (ganancia e interés) ocultaban su esencia (trabajo adicional, fuente de la acumulación y ampliación de capital). Además la Economía política burguesa convierte las condiciones particulares de la producción capitalista en condiciones generales de todo modo de producción, sin tener en cuenta que esas categorías económicas (plusvalía, trabajo asalariado, tasa de ganancia, etc.) están históricamente determinadas por el modo de producción capitalista, con él han nacido y con el perecerán, son históricas y transitorias.

En consonancia con la economía clásica, los metafísicos y sofistas consideran a los acontecimientos históricos repetibles sobre la base de que los conceptos son eternos, por ej. el sofista no distingue el carácter particular y esencial de las guerras, y sustituye un período histórico presente con otro pasado, las guerras habidas en Europa en el S.XIX dirigidas contra el ordenamiento feudal tenían fines progresistas, mientras las guerras imperialistas del S.XX perseguían fines anexionistas y de reforzamiento mundial de los Estados imperialistas, sin embargo para el sofista ambas guerras persiguen fines iguales. Afinando más, para el sofista las guerras de liberación nacional y anti-imperialistas tienen el mismo carácter que las guerras imperialistas de saqueo y conquista. Por ello, frente a la sofistica por su enfoque metafísico, unilateral y subjetivo, la dialéctica materialista se le opone como enfoque objetivo y multilateral de la realidad y exige que se tengan en cuenta todos los aspectos de un fenómeno en su desarrollo concreto y su esencia, mientras la metafísica separa los aspectos y no explica su conexión interna objetiva, no explica la contradicción y causa principal del fenómeno, lo fundamental y determinante de la cadena histórica de acontecimientos, fragmenta el conocimiento y la realidad para legitimar el status quo dominante.

La dialéctica también debe servirnos para conocer las fuerzas motrices del proceso revolucionario de la época actual a nivel nacional y mundial, a través de un profundo análisis de las contradicciones que nos colocan en el tránsito de la sociedad capitalista al comunismo, donde la fuerza revolucionaria principal pasa a ser el movimiento obrero en alianza con el movimiento anti-imperialista en ruta hacia el socialismo, y donde el imperialismo que ha cobrado mayor determinación en la orientación del desarrollo social a través de su reforzamiento provocado por el derrumbe del equilibrio de fuerzas mantenido por la URSS, nos dirige hacia la barbarie.

Bajo el imperialismo la decadencia de la filosofía burguesa, en justificación de orden social dominante, ha abandonado su interés por el progreso social, reduciendo la vida y el conocimiento a procesos biológicos y al irracionalismo social, promoviendo el empirismo, el pragmatismo y el positivismo como prácticas teóricas que niegan la cognoscibilidad y objetividad del mundo y el progreso de la historia en la perspectiva socialista.

A los defensores del imperialismo no les interesa el conocimiento científico de la historia, es la lucha de clases y la defensa clasista lo que fundamenta su posición, que no deja de ser una actitud de militancia burguesa en defensa del capitalismo, un fundamento objetivo en su lucha contra las clases explotadas y contra el socialismo. Ya Thomas Hobbes en el S. XVII reconocía de que si el principio de que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectas, atentara contra los derechos de propiedad y sus beneficiarios, éstos hubieran tirado a la hoguera todos los libros de geometría, para hacer valer sus intereses.

La verdad científica reprimida ha sido una constante en la lucha contra el feudalismo (Giordano Bruno, Galileo) y en la lucha contra el capitalismo en el terreno del materialismo histórico (Marx, Lenin). Y aunque los medios de la lucha ideológica hayan variado (desde la hoguera en el Renacimiento hasta la telebasura en el S. XXI), la práctica social represora hacia la ciencia de la historia en particular se mantiene.

La dialéctica desde la teoría científica de la historia, huye de las prácticas teóricas burguesas dominantes (empirismo, pragmatismo, irracionalismo y positivismo), ya que niegan la cognoscibilidad y la objetividad del mundo material e histórico-social, la unidad de la materia y la conciencia, de la teoría y la práctica, y niegan los fundamentos teóricos que posibilitan la transformación revolucionaria ya que sin teoría revolucionaria no hay práctica digna de tal nombre. Y aunque la filosofía racionalista burguesa que emana de la revolución francesa, supone un avance en relación con el irracionalismo imperante en nuestra época, ello no quiere decir que no entre en contradicción también con el materialismo dialéctico e histórico, y que algunos sectores de izquierda renunciando al materialismo histórico, recojan el testigo de la razón para combatir al irracionalismo, teniendo ambos en común (racionalismo e irracionalismo) el idealismo anti-dialéctico.

Clarificaré un poco lo que se quiere decir. En los albores de la transición al capitalismo al saber religioso que pretendía dirigir todo el conocimiento, se le oponía el saber científico, que desde la perspectiva progresista y burguesa se convertía en la omnipotencia histórica del conocimiento. La división social del trabajo intelectual/manual, permitía la exaltación de la práctica científica como medio para cambiar el mundo y el predominio en la intelectualidad burguesa ascendente por el poder político, de una ética que colocaba a la razón y la verdad abstractas como sus estandartes. Para la filosofía de la Ilustración francesa, que era materialista en filosofía e idealista en historia, fueron sus ideas las que “reformando el entendimiento”, hicieron que se conociera la razón, situaron a la verdad en el poder, y cambiaron el mundo. Para esta intelectualidad progresista no fueron las masas plebeyas, quienes sin luces y desarrapadas hicieron la revolución, no fueron las que iniciaron el cambio histórico en la historia moderna. Para esta intelectualidad progresista la relación de fuerza en la historia se invierte desde la omnipotencia de la verdad (burguesa) que disipa el error (oscurantismo religioso), pero en ningún caso en la lucha de clases, sino en la cabeza de los intelectuales desligados de la lucha de las masas populares.

El humanismo burgués neokantiano en nuestra época recupera tal análisis, y aunque son un acicate contra el irracionalismo imperialista, no deja de ser por ello contraria a toda dialéctica. La base de tales planteamientos de la historia es que la actividad científica es la organizadora de todo, la única capaz de salvar al mundo. Es una ética del conocimiento como esencia y motor de la historia (idealismo) y la moral (política). La moral religiosa es sustituida por una moral atea fundamentada en la práctica científica, donde el indicador del progreso es el desarrollo del conocimiento, donde la moral intelectual de unos pocos es la que puede y debe acabar con la “alineación”, pero en ningún caso la lucha de clase del proletariado. Para este humanismo racionalista al igual que la concepción del mundo religiosa, la moral es el motor de la historia.

Por el contrario, en el materialismo histórico, son las masas quienes hacen la historia y no los individuos y científicos, el motor es la lucha de clases (económica, política e ideológica) y no la moral, sea atea o religiosa, egoísta o desinteresada, el motor es la praxis revolucionaria de las masas que empujan con su actividad consciente el cambio de las circunstancias de su ser social.

El humanismo racionalista-burgués si bien mantiene en la contemporaneidad diferencias sustanciales (progreso/regresión) con el irracionalismo y la religión, está en esencia también en contradicción con la dialéctica materialista, ya que para ésta el motor de la historia es la lucha de clases, mientras que para el humanismo neokantiano son las ideas las que rigen el mundo, como fuerza no material sino espiritual.

Y es que el progreso de la historia tampoco puede verse desde una óptica idealista-antropológica, como producto de la contradicción del hombre con la naturaleza, sino como un progreso material de sucesión de los modos de producción inducido por el desarrollo de las fuerzas productivas, donde la lucha de clases es siempre la responsable del cambio social y revolucionario. Para el materialismo histórico, lo que determina una formación social no es el hombre y su naturaleza, sino las relaciones sociales de la producción, donde el ser humano adquiere la condición objetiva de clase social, siendo las masas cuando adquieren la condición de una fuerza social comprometida en la lucha de clases los que empujan la historia, y no el individuo como sujeto-portador de la ética científica o religiosa.

En segundo lugar, debemos de situar la centralidad de la contradicción principal en el modo de producción capitalista: la explotación del capital sobre el proletariado. Explotación realizada a través de la extorsión y apropiación de la plusvalía. Donde la proletarización se extiende a sectores de la economía más allá de la industria, y más allá del centro imperialista hacia la periferia. Donde la ola neoliberal importa la sobreexplotación y la opresión del proletariado ya existente en la periferia hacia los países más desarrollados del capitalismo, es acompañada de salvajes contrarreformas laborales que quiebran el poder de resistencia y organización de la clase obrera arrancados al Estado keynesiano. Donde el capital sólo subsiste explotando cada vez más al proletariado indistintamente sea del centro o de la periferia (5), desvalorizando y pagando cada vez menos por los salarios de los obreros y las materias primas de la periferia, empobreciendo al mundo entero mientras la riqueza social crece y las capacidades de productivas se mantienen excedentarias (6). Donde los pueblos de la periferia no disponen para protegerse de un muro contra la circulación de los “hombres de negocios”, los militares, colonos y misioneros o lo que es lo mismo contra la libre circulación de los capitales y el pillaje de sus materias primas. Donde si existe en sentido contrario en la cuna de la “civilización” capitalista muros de protección a la acumulación de capital, a través de leyes de confinamiento, persecución y criminalización de la fuerza de trabajo inmigrada para dar rienda suelta a la superexplotación mundial de la clase obrera y al saqueo de la periferia.

En tal sociedad donde la lucha de clases se agudiza tanto en la periferia como en el centro del sistema, la independencia política de una clase que debe y puede liberarse del yugo de la explotación, sólo puede encarnarla un partido político como organización de vanguardia de cuadros, como intelectual colectivo enlazado en la actividad cotidiana entre las masas trabajadoras en los diferentes sectores de la economía, ideología y cultura: empresas, centros de estudio, universidades, barrios, municipios, etc.

La nueva composición de la clase obrera exige de un partido político que sea capaz de aspirar a representar la nueva diversidad, y ser a la vez un instrumento de construcción de la conciencia de clase revolucionaria que el proletariado objetivamente encarna como sujeto, pero que subjetivamente hoy por hoy se coloca como clase subalterna en la sociedad capitalista, ya que la clase dominante no lo es sólo en lo económico, sino en lo ideológico y lo político, por lo que el partido político del proletariado debe ser independiente, disponer de su propia política y no actuar como un apéndice de cualquier otro partido (7).

En definitiva, la nueva composición de clase del proletariado necesita una superestructura política e ideológica propia que le sirva para adquirir una posición de clase favorable al comunismo. Sólo puede jugar como instrumento útil a tamaña empresa un partido comunista digno de tal nombre. Para ello debemos de renunciar a la lacra del revisionismo burgués, que promueve la nulidad del partido de clase y otorga a la clase obrera el diploma de la inutilidad política. Debemos superar tal revisionismo no sólo en la teoría sino en la práctica, empezando por admitir que la burocratización de los partidos comunistas en Oriente, donde se había conquistado el poder, y en Occidente donde se había renunciado a su conquista y por tanto a la transformación revolucionaria, solo será superado por un partido vinculado a su clase y a las clases y categorías sociales aliadas, como bloque histórico revolucionario. Por tanto, la lucha de clases no sólo es real, sino que el proletariado como sujeto revolucionario necesita más que nunca una organización política de clase independiente.

En tercer lugar,debemos de profundizar en el conocimiento del capitalismo, la tendencia a la globalización aunque aporta hoy elementos novedosos en la acumulación del capital (fortalecimiento de la oligarquía financiera, importación de capitales de la periferia, inexistencia de conflictos armados interimperialistas, expansión y concentración mundial de las Transnacionales, recolonización de la periferia, etc.), tales aspectos no han modificado el contenido imperialista analizado por los teóricos marxistas de principios del siglo pasado.

El beneficio obtenido bajo el proceso de acumulación de capital y la competencia interimperialista son adversos para organizar internacionalmente la producción de forma equitativa y multilateral, teniendo en cuenta los intereses de todas las naciones, ya que el movimiento económico en la economía de mercado bajo la etapa imperialista sólo puede desenvolverse a través de relaciones de supremacía, rivalidad y dependencia, entre países avanzados y países periféricos. Por tanto, no es cierto de que exista un proceso de internacionalización uniforme y multilateral del modo de producción capitalista.

El imperialismo no es el mismo que hace 30 años, y desde la caída de la URSS menos, gran verdad, pero no se ha transformado en su contrario como proponen los mistificadores del neoliberalismo, sigue ahí oprimiendo a naciones enteras, sembrando opresión y destrucción a su paso, y pese a los cambios sigue consevando su infraestructura identitaria y desempeñando su función histórica en la acumulación de capital. Las propiedades fundamentales señaladas por Lenin en tiempos de la Iª GM siguen vigentes toda vez que el imperialismo no es una política concreta de algunos gobiernos sino una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo. En estos últimos 30 años el proceso ha sido similar a principios del S.XX, mientras que un puñado de naciones del capitalismo desarrollado ha reforzado su capacidad para controlar los procesos productivos, comerciales y financieros a escala mundial, la enorme mayoría de países ha visto profundizar su dependencia externa y ensanchar su desigualdad de desarrollo respecto a la metrópoli. La globalización de nuestros días, ha consolidado la dominación imperialista y ha aumentado la sumisión de los capitalismos periféricos cada vez más incapaces de ejercer un control sobre sus propios procesos económicos. Siguen existiendo dos tendencias contradictorias sobre la cuestión nacional, la tendencia a liberarse políticamente de las cadenas del imperialismo y la tendencia al acercamiento económico de las naciones como consecuencia de la economía mundial. Estas dos tendencias son irreconciliables y antagónicas, pues el imperialismo no puede vivir sin explotar y sojuzgar a los países dependientes. Precisamente esa es la base de las sobreganancias monopolistas en los países dependientes (dependencia financiera, tecnológica y comercial) lo que convierte a tales países en reservas de la revolución anti-imperialista y socialista.

Las teorizaciones sobre el superimperialismo y ultraimperialismo ignoran la rivalidad existente entre los 3 núcleos imperialistas. Rivalidad que no tiene nada que ver con las relaciones de dominio sobre los países periféricos. La rivalidad es cierto que ya no desemboca en guerras jnter-imperialistas, sino que se desenvuelve en un marco de actuación pacífico en el terreno de la concurrencia económica, comercial y la acción política a través de los organismos internacionales (ONU, G8, FMI, BM, OMC). Las guerras entre grandes potencias son cambiadas por las instancias supranacionales, militares, políticas y económicas como lugares donde se consuma la remodelación territorial del mundo a través del acuerdo coyuntural entre las potencias imperialistas.

No obstante, la acción bélica no desaparece, sino que es desplazada a la periferia por el reparto territorial, a través del ejercicio de un imperialismo colectivo (Samir Amin) para frenar “manu militaru” los procesos revolucionarios o de resistencia nacional en defensa de la soberanía política y económica. En tal contexto, hoy destaca la supremacía militar de EE.UU. que por ahora prevalece por encima de los organismos supranacionales (OTAN, Consejo Seguridad ONU) en detrimento de sus competidores.

En este marco cada burguesía imperialista actúa como una clase nacional homogénea claramente diferenciada con sus competidores, enarbolando políticas proteccionistas, financieras y legislativas por medio de sus Estados respectivos.

El desarrollo imperialista impide la nivelación de las economías nacionales de la periferia con el centro, e incluso podemos constatar que la periferia es más vulnerable a las crisis financieras, ya que su desarrollo económico es sometido y depende del nivel de actividad de las economías avanzadas (8). Ahí tenemos las secuelas sociales de los modelos Reagan-Tatcher que aumentaron la pobreza y el desempleo en las poblaciones de Norteamérica y la Gran Bretaña, mientras que la crisis en Argentina a principios de este siglo provocó además la indigencia y el hambre. Tales diferencias desmienten, la uniformidad del desarrollo económico del capitalismo, que funciona a dos velocidades mundiales dialécticamente contrastadas, tanto en la fase del auge como en la depresión de la crisis. Siguen existiendo un puñado de potencias imperialistas y una gran mayoría de países dependientes.

Las diferencias entre los países dependen de su carácter periférico o imperialista, y hasta ahora ningún país periférico se ha convertido en centro-imperialista, ni viceversa, mientras que las burguesías de EE.UU., la UE y Japón explotan a los trabajadores de la periferia, no se puede decir lo mismo de las burguesías periféricas con respecto a los trabajadores del centro, e incluso el 98% de las 500 principales Transnacionales se concentran en la trípode imperialista, donde los directivos de los países dominantes se incorporan a los comités ejecutivos de sus filiales repartidas por el mundo, desplazando a los especialistas y gerentes de la burguesía periférica. Un ejemplo cercano, Seat, que desde que pasó a ser propiedad de Volkswaguen, todos los presidentes ejecutivos son alemanes, y casi el 100% del comité ejecutivo es alemán.

El contexto centro-periferia es producto del desarrollo del capitalismo en el siglo XX que ha transnacionalizado la economía partiendo de las naciones imperialistas más desarrolladas, profundizando en el subdesarrollo de la periferia y haciendo imposible que “otro capitalismo” se desenvuelva en las economías periféricas absorvidas por la acumulación del capital dominante.

¿Y qué hacen las burguesías nacionales periféricas?, su vinculación con las Transnacionales y oligarquías extranjeras y su lealtad hacia el FMI no es debido a una actitud traidora al desarrollo económico local, sino que obedece a sus intereses de clase dominante subsidiaria del imperialismo, donde la burguesía industrial está sometida al dominio de la burguesía financiera y compradora, benefactora en el reparto de la plusvalía que se extrae a la clase obrera periférica en los centros de trabajo y en la redistribución de la renta nacional, ya que tales burguesías son acreedoras de la deuda de sus países, y beneficiarias de la desregulación laboral y las privatizaciones de la red pública estatal.

En síntesis, proletarización mundial, expropiación económica, neocolonización política, recolonización e intervencionismo militar caracteriza al imperialismo de nuestros días bajo la dialéctica en las relaciones de clase (burguesía/proletariado- acumulación de capital/revolución socialista) y las relaciones estatales (centro/periferia – imperialismo/anti-imperialismo). Por tanto, el Modo de Producción Capitalista, en su internacionalización actual refuerza en vez de disminuir su carácter imperialista.

En cuarto lugar, debemos concluir de una vez por todas que la conquista del poder político por la mayoría social, con el proletariado al frente hacia el comunismo, es insorteable. Nadie pudo negar en su tiempo que la marcha zapatista hacia México fue apoteósica y multitudinaria, pero tampoco podemos omitir que sin el cambio político, las medidas legislativas que le acompañaron fueron una caricatura. Precisamente la ley indígena promulgada por el parlamento mexicano fué la antitesis de la envergadura que el movimiento zapatista fue capaz de levantar, la acción masiva decayó en el cretinismo parlamentario. Probablemente a fuerza de experiencia se volverá a llegar de forma irremediable a la conclusión de que es necesario tomar el poder político, siendo la consecuencia inevitable de la dialéctica para la transformación de la sociedad, ya que en la sociedad de clases el Estado sigue encarnando el poder de la clase dominante-explotadora en la sociedad civil, y que esta no se diluye en la sociedad civil, como sí lo hacen unas clases populares (obrera y campesina) carentes de proyecto político revolucionario.

La lucha de clases siempre nos coloca la cuestión del poder. ¿Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder?. ¿cómo se puede superar el capitalismo sin organizarse políticamente y eludir la cuestión crucial del Estado?. Algunos como J. Holloway desde el seudoanarquismo se reifican con pajas mentales denunciando que todas las revoluciones del siglo XX fracasaron, que el Estado es capitalista por naturaleza, que la lucha por el poder burocratiza a las organizaciones políticas y los movimientos  que la lucha contra el sistema está fuera de los partidos comunistas y de la izquierda. Ante tamaña simplificación no está demás advertir que las revoluciones más que fracasar, fueron derrotadas, que las clases y la lucha de clases existen, el imperialismo existe, la guerra fría existió, como también el bloqueo a la URSS, la intervención extranjera, el sabotaje económico, la agresión cultural y el fascismo. Y no sólo existió, sino que nadie puede proponer una revolución sin plantearse cómo se afrontará la lucha de clases, el imperialismo, etc. ¿No será que tras esa invitación de no luchar por el poder y no unir a las fuerzas revolucionarias, antiimperialistas y de izquierda, se esconde el reforzamiento del poder sobre los dominados y la claudicación del revolucionario?.

En la fase imperialista del siglo XXI con la agudización de la Globalización internacional del capital, ya iniciada en tiempos de Marx, el Estado pasa a ser la potencia política más extrema del capital para aplicar la represión y la legislación dura contra la clase obrera en todos los terrenos, en el salario, en las prestaciones sociales, contra la libertad de asociación, etc. Sin el Estado eso sería imposible. Y el proletariado no puede derrocar la explotación en la fábrica, y la dominación política e ideológica en la sociedad civil, sin conquistar el poder político, sin transformar el carácter de clase del Estado, sin iniciar las transformaciones políticas y económicas necesarias para expropiar al capital.

Si en la actualidad existen distancias entre el campo de lo político y el campo de los movimientos sociales, precisamente, ¿no sería la articulación de los dos campos lo que provocaría la creación de alternativas políticas?. Tras 20 años de construcción de una autonomía del movimiento indigenista, pero también frente al aislamiento y la represión del poder del Estado, el zapatismo tuvo que reconocer en su sexta declaración (2005) la necesidad de la unión de los indígenas con los trabajadores de la ciudad y el campo y la elaboración de un programa nacional de lucha, de izquierdas, y antineoliberal.

Se pueden generar grandes movimientos impulsados por la dialéctica de las luchas, e incluso conquistar temporalmente reivindicaciones sociales, pero al final el dilema hamletiano se presenta, Ser o no Ser, o sucumbir bajo el “mejor de los mundos posibles” en el capitalismo o conquistar el poder. Y una vez hecho esto, poner los mecanismos de defensa popular necesarios ante la resistencia y ofensiva de las clases explotadoras que nunca renunciaran ni pacífica ni democráticamente al poder político arrancado, y sin duda optarán como históricamente han hecho (Chile, Venezuela, etc) por vulnerar su propia legalidad si es necesario para la marcha de sus intereses clasistas, y lo harán sin el sonrojo de mostrar que la democracia real es incompatible bajo el capitalismo, ya que las fuerzas sociales burguesas se han opuesto, se oponen y se opondrán a la voluntad popular que por medio de las urnas decida avanzar al socialismo.

Incluso un revolucionario comunista como el Che, que algunos equivocadamente lo simbolizan como ejemplo del antipoder, consideraba la toma del poder político como “el objetivo estratégico sine qua non de las fuerzas revolucionarias”, y en el ámbito internacional como el “objetivo mundial de las fuerzas revolucionarias” (9). Y es que en esta nueva época hasta intelectuales supuestamente “marxistas” que intentan recuperar a Marx, osan esquivar su posición inequívoca de que la clase obrera constituida en fuerza social activa tiene como objetivo la conquista del poder político (10). Que ya no se trata, como plantea el anarquismo clásico o reconvertido, de absorver o abolir al Estado en abstracto, sino derribar el Estado capitalista en lo concreto sea cual sea su forma (bonapartista, fascista, democrático-burgués, militarista, etc).

      Y para más “información” sobre lo que Marx y Engels pensaban al respeto, tenemos la resolución de la Primera Internacional aprobada del 17 al 23 de septiembre de 1871, escrita por Marx y Engels, la cual recogía “cosas” como ésta:

“Artículo 7-a. En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la Revolución Social y de su fin supremo: la abolición de las clases. La coalición de las fuerzas obreras, obtenida ya por medio de la lucha económica, debe servir también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores. Por cuanto los señores de la tierra y del capital se sirven siempre de sus privilegios políticos para defender y perpeturar sus monopolios económicos y sojuzgar el trabajo, la conquista del poder político pasa a ser el gran deber del proletariado” (11).

¿Pero qué tenemos aquí?. ¡Partido político independiente!. ¡Fin supremo la abolición de las clases y no su igualdad!. ¡Sindicatos (coaliciones obreras) no apolíticas sino como palancas en la lucha contra el poder político de los explotadores!. Y para remate ¡¡¡la conquista del poder político!!!. Me parece que nos estamos quedando a 500 pasos por detrás de las masas y a 128 años por detrás de la historia del movimiento proletario, y sino es así lo que queda a determinados intelectuales marxistólogos es quitarse la máscara dejar de llamarse lo que no son ni serán y reconocer desde su visión anti-marxista que Marx y Engels se equivocaron.

Precisamente con la experiencia histórica acumulada desde 1.945, con los diferentes modelos de acumulación de capital y formas de explotación (keynesianismo-Estado bienestar, neoliberalismo-recorte de conquistas sociales) debiéramos haber aprendido que ante una situación revolucionaria no cabe más dilema que o la revolución con la conquista del poder político por los explotados se realiza, o el cambio en el modelo de acumulación de capital y de formas de explotación se impone o se agudiza, ya que la dualidad de poderes (resistencialismo y oposición obrero-popular frente al Estado burgués) no es eterna y es barrida por el proceso de acumulación de capital que elimina a su paso todo foco de resistencia y organización alternativa una vez superada la crisis y gobernada-sofocada la situación revolucionaria.

Precisamente, hoy en la presente época vivimos un relanzamiento de las luchas obreras, antiimperialistas, entre las cuales en Argentina con la experiencia de autoorganización de las masas populares, éstas no fueron capaces de dotarse de una superestructura política propia para dirigir la producción y sustituir las relaciones de producción capitalistas por las socialistas, tolerando por contra un reajuste de la crisis y el recambio de los representantes del bloque dominante en el poder político, y eso al margen de determinadas políticas sociales y de relaciones económicas con Cuba y Venezuela emprendidas por Kichner. Ello ha sido así porque ni la revolución social, ni la correspondiente conquista del poder político, y ni tan siquiera la constitución de un bloque electoral de izquierdas anti-neoliberal han existido.

Las luchas del pueblo boliviano y argentino, donde los movimientos obrero, barriales y campesino que lograron derribar dos presidentes, antes del 2005, y sin embargo no llegaron a conquistar el poder político, nos señala 3 lecciones:

1°, la iniciativa creadora de las masas aún siendo imprescindible tal y como Lenin pensara, no es suficiente para derribar el régimen político imperante, los pueblos boliviano y argentino en el umbral del S.XXI  derribaron presidentes pero no han sido todavía capaces de conquistar el poder para transformar la sociedad, aunque el posterior triunfo electoraldel MAS con Evo Morales en el 2005 al frente en Bolivia con un programa anti-neoliberal lo coloca más en la vía de la dirección política de las transformaciones sociales, pero tal gobierno no hay que confundirlo todavía con la conquista del poder político y el cambio de la naturaleza de clase del Estado.

2º, todas las revoluciones triunfantes (soviética, china, cubana, vietnamita, nicaragüense, etc) ratificaron la necesidad de la previa constitución de un instrumento político alternativo de vanguardia capaz de superar la dispersión de los explotados y oprimidos para derribar el régimen imperante,

3°, la política revolucionaria no se limita ni al arte de lo posible ya sea en el desprecio a los medios de lucha institucional (izquierdismo), ni a los medios de lucha de masas (reformismo), para la construcción de las fuerzas transformadoras y revolucionarias.

Aún así, y a pesar de que la revuelta de las clases obrera y campesina en Argentina y Bolivia a principios del S. XXI, no impidieron el recambio político de la burguesía, y que incluso en Bolivia el MAS desde el 2005 aplica un programa político anti-neoliberal desde el gobierno nacional, y la rectificación sobre la política del movimiento zapatista, los Holloway, Negri y Hart and company siguen pivotando sus disquisiciones sobre la revolución sin tomar el poder, y sobre las multitudes como sujeto revolucionario, renunciando al análisis marxista-leninista, si alguna vez lo utilizaron, impugnando las organizaciones del movimiento obrero (partido comunista y sindicato de clase), retrocediendo a más de 150 años para resucitar la utopía premarxista y enterrar al socialismo científico, siendo por todo ello abducidos por el pensamiento burgués.

¿Por el pensamiento burgués? Sí, lo son cuando utilizan términos (munición del arsenal en la lucha ideológica) como Pensamiento único, sociedad civil, humanismo, demos, multitud, etc., términos que no son marxistas ni en el fondo ni en la forma, términos de “sentido común” lo que entendemos que está en el lenguaje y la gramática del día en la calle. Pero si tácticamente se entiende que es necesario utilizar tales términos porque es el lenguaje común de las masas no mediáticas ligadas a los movimientos sociales (sin confundirlas con las masas mediáticas secuestradas por los medios de inculcación masiva en la idiotez), ya que puede sernos útil para elevarlas desde la intervención política hacia un conocimiento cada vez mas completo y científico de la realidad, tales términos dejan de ser de utilidad cuando se quiere realizar un análisis científico de la realidad objetiva y las fuerzas en presencia, y es tremendamente ineficaz e inteligible para las masas cuando éstas en su quehacer abrazan el buen sentido y la gran política (Gramsci).

Hoy cualquier persona no bregada en teoría política, entiende que aún hablando de multitudes, en vez de clase obrera o trabajadores, la multitud o es progresiva o es reaccionaria, y que no tienen nada que ver las multitudes que intervienen contra el golpe de Estado en Venezuela con las multitudes que van de cacelorada pro-golpista, o las multitudes que se movilizan contra la guerra con las multitudes que contemplan la telebasura en su tiempo libre pasando de todo, o las multitudes que intervienen en una huelga general en España con las multitudes que participan en una manifestación españolista convocada por el PP o su satélite AVT. Parece que los nuevos teóricos postmarxistas como Negri esto no lo ven tan claro, pues vegetan en el cielo y no en la tierra, con su realidad objetiva y subjetiva.

En base a esa realidad misma, la vanguardia política digna de tal nombre, nunca debe ni despegarse ni quedarse a la altura de las masas, ni debe ignorar que hoy en día cuando sectores obreros, jóvenes, mujeres, estudiantes, pacifistas, ecologistas, pensionistas, parados, etc., superan el sentido común en sus análisis y visión del mundo, al utilizar como parte de su lenguaje común, siguiendo el buen sentido, términos como clase obrera, capitalismo, imperialismo, Estado capitalista, explotación, superexplotación, clases, lucha de clases, etc. ¿Acaso no nos estaremos despegando de las masas? ¿No nos estaremos quedando a varios pasos por detrás de las masas?. ¿No será necesario para no quedar desfasados en la actual etapa que se nos abre ante las masas no mediáticas, admitir y pronunciar sin verguenza esa “fea palabra” llamada SOCIALISMO y COMUNISMO?. Y es que dirigirse a la clase obrera, como sujeto objetivamente revolucionario, sin una base científica, significa nadar en la ciénaga de los predicadores, ya que la ignorancia nunca ayuda a avanzar hacia la revolución socialista, y la conquista del poder político necesario para la transformación social.

      En quinto lugar, debemos entender el término dictadura del proletariado en su aspecto teórico y no como elemento ideologista. Probablemente no podían haber buscado una palabrita mejor los camaradas Karl y Fiedrich, pero aunque le cambiaramos el nombre para hacerlo más socializable su término, por ej. “democracia de los trabajadores”, “democracia de las mayorías”, etc., el etiquetaje no altera el contenido teórico: el sometimiento de la minoría a los intereses de la mayoría de la sociedad, la dominación de clase y la configuración de una superestructura política y jurídica socialista.

La creación-conquista del poder político y su conservación inicial como expresión de la dominación de la clase obrera es un paso obligado para el avance hacia el comunismo. Dominación de clase necesaria mientras subsistan las clases en general y la clase capitalista en particular a la que la clase obrera debe combatir contra su resistencia a desaparecer, dominación que no puede ejercerse piadosamente sino por medio de medidas violentas de gobierno, como la expropiación del capital y el desarme de los sectores contrarrevolucionarios, ya que de la misma manera que la burguesía como clase dominante pretende preservar las relaciones de producción caducas que constituyen la base económica de su dominación política, la clase obrera como clase dominante debe pretender crear las nuevas relaciones de producción socialistas como base de su dominación política.

Ya en su momento Marx y Engels advirtieron del anarquismo su posición de eliminar la única arma que el proletariado puede utilizar para aplastar la resistencia de sus enemigos de clase y llevar a cabo la revolución económica de la sociedad: el Estado proletario (12). Y no cabe doble moral, ya que en la lucha de clases nadie tiene el monopolio absoluto de la violencia. ¿Acaso las medidas legislativas antiobreras carecen de violencia?, los recortes sociales, el paro, la precariedad que causa miles de muertos en el trabajo, la pobreza, la muerte diaria de 35.000 niños por hambre en el mundo, son medidas violentas causadas por el capitalismo y las políticas antisociales de sus Estados de clase, mientras un decreto estatal que suprime la propiedad privada contiene mucha menos violencia, que la que el propio capitalismo encierra.

Sobre el proceso pacífico o no pacífico del tránsito revolucionario, debemos aclarar varias cuestiones. Lo deseable, el proceso pacífico basado en la conquista del poder por las urnas, transformación social y política democrática basada en el respeto de la decisión mayoritaria del pueblo sin la injerencia de las potencias imperialistas. Lo realizable, en la dialéctica de la lucha de clases sabemos que eso no es así, por ello debemos distinguir la conquista del poder del proceso revolucionario hacia el comunismo. La conquista del poder puede ser pacífica (sin guerra civil ni lucha armada), pero ni aún así se excluye la violencia revolucionaria, ya que la expropiación del capital decidida democráticamente por la mayoría del pueblo, encontrará fuertes resistencias, y de cómo se desarrollen y manifiesten las posiciones contrarrevolucionarias de la burguesía y el imperialismo, dependerá que incluso el poder político de la mayoría social revolucionaria emprenda ante cualquier amenaza la restricción de derechos políticos a aquellas organizaciones que se dediquen con métodos terroristas a cuestionar la legalidad revolucionaria conquistada por el nuevo poder, y éste no podrá dejar de emplear los métodos de lucha necesarios para su defensa, tarea de envergadura que no puede ser desempeñada sólo por un cuerpo especializado, sino por el bloque histórico revolucionario, el bloque de los explotados, por la mayoría social. ¿Acaso los bolcheviques pecaron de exceso cuando prohibieron temporalmente el derecho de voto a terratenientes y burguesía, que suponían el 2% de la población, y se habían levantado ya en armas contra el poder soviético?. La dictadura del proletariado sigue siendo inevitable como período histórico para suprimir las clases.

Por otra parte, la experiencia de los Estados donde se produjo la revolución socialista, debe de servirnos no sólo para aprender de los errores, sino para desde la teoría revolucionaria reconducir los aspectos irrenunciables si queremos llamar a las cosas por su nombre. El poder político es una mediación, pero el poder político del proletariado debe de estar desde el primer instante en proceso de extinción ¿y como?, extendiendo la participación y la dirección de la política al conjunto de la sociedad en la transición al comunismo, por medio de mecanismos económicos como la reducción del tiempo de trabajo, para que cada vez el mayor número de obreros puedan formarse en la dirección de la producción, la política y la cultura, que debe ser patrimonio de toda la clase y no de una capa privilegiada. Lo anotado por Marx en los “Grundise” y Lenin en “El Estado y la revolución”, no deja de indicarnos el camino que nos queda por andar en esa dirección.

Debemos de ver al valor de cambio como una categoría en proceso de extinción. Engels en el “Anti-Duhring”, puntualizaba que en la fase inferior de la sociedad comunista, donde todavía se aplica el derecho burgués según la cantidad de trabajo, tal cantidad es equivalente en trabajos de diferente cualificación (manual, inmaterial, intelectual, etc), y que Marx en “La guerra civil en Francia” lo traslada a la superestructura política de la dictadura proletaria, donde los cargos públicos a la par que eran sometidos a un riguroso control por los elegidos, no podían disponer de una remuneración superior a un obrero medio, instaurando un sistema de representación sin grandes gastos de administración o gobierno barato (Crítica del programa de Gotha). Esta debe ser la norma en la etapa de transición al comunismo, ya que no nos son válidas las experiencias habidas en éste terreno en sociedades de transición donde si bien al principio las necesidades que impusieron la lucha de clases hacía necesaria la diferenciación económica por el recurso provisional a técnicos y especialistas burgueses, tras el XXº Congreso del PCUS (1.956) se terminó por instaurar como norma la medición cualificada del trabajo en todas las actividades, reproduciendo los grupos particulares (burocracia administrativa y de empresas) que obtenían ingresos superiores al valor medio del producto de su actividad, solapando la usurpación que estos grupos ejercían sobre la clase obrera dificultando el principio fundamental de la economía política socialista: el crecimiento constante del bienestar de los trabajadores y la productividad general, por medio del plan social. Por tanto, el valor de cambio, el mercado, en el socialismo, se extinguen.

En sexto lugar, en cuanto a los sujetos revolucionarios, debemos superar los extremos (voluntarismo o determinismo). De la misma manera que es imposible construir una sociedad nueva sin la mayoría de los actores sociales, una sociedad que transforma las relaciones de producción capitalistas en socialistas, esta transformación debe contemplar una clase obrera que sea dirigente y hegemónica en la lucha de todos los trabajadores y revolucionaria en la medida en que tenga conciencia de su hegemonía, capaz de mantener su alianza con las otras clases afines al proyecto socialista, pero capaz también de acelerar el desarrollo de las fuerzas productivas e incrementar su peso cuantitativo y cualitativo en lo económico y lo cultural. Ya que sólo la clase obrera es objetivamente el sujeto revolucionario capaz de superar el capitalismo, capaz de dirigir la socialización de las fuerzas productivas y la superestructura de la sociedad comunista. Es la clase que en el capitalismo paraliza la producción para defender conquistas sociales y plantear reivindicaciones, y también la clase que en el socialismo deberá dirigir la actividad productiva y la economía en general.

Todas las organizaciones políticas, aún denominándose comunistas, que han vaciado su componente obrero, han reculado su influencia en el movimiento obrero, han colocado en pie de igualdad las diversas luchas sociales (ecología, pacifismo, etc.), han acabado diluyéndose en el tradeunionismo (coordinadora de movimientos sociales) en el reformismo y el izquierdismo. No podemos esconder que las causas que generan la existencia de movimientos sociales en lucha por la paz, la ecología, la liberación de la mujer, la enseñanza pública y de calidad, son reflejo de la lucha de clases en su polaridad capital/trabajo, ya que es la clase obrera la que más soporta la carga de los gastos militares, la que soporta la doble carga de trabajo como obrera y mujer, los barrios desatendidos y el declive de los servicios sociales, y el capital su máximo beneficiario económica, política y sistémicamente. Por lo que es totalmente dañino para la estrategia comunista separar tácticamente tales luchas sociales del movimiento obrero, pues ello supone en la práctica reducir a este a la mera lucha reivindicativa y sindical por el salario y condiciones de trabajo, entendiendo estos como los únicos elementos constitutivos y válidos para la lucha social del proletariado. No se trata de negar la necesidad de los movimientos sociales, de la mujer, pacifista, ecologistas, estudiantes, etc., sino de dejar claro que las contradicciones de clase atraviesan todos los problemas sociales y que el principal sepulturero del capitalismo sigue siendo la clase obrera organizada, y mientras esta reniege de su tarea histórica, esta tarea no se realizará nunca.

Las clases o categorías aliadas (campesinado, intelectualidad, pequeña burguesía) no aportan un modo de producción propio, y sólo son transformadoras por naturaleza en su ámbito democrático (lucha por las libertades políticas, por la liberación nacional, por la reforma agraria, etc.), fuera de tal ámbito sólo accederán al comunismo subjetivamente, dirigidas por el sujeto revolucionario en la etapa de transición, el proletariado revolucionario. Para el marxismo-leninismo ajeno a teorías seudoanarquistas y burguesas sobre la igualdad entre las clases, no existe como tal el trabajador en general, sino el proletario, pues tan trabajador es un obrero de cadena, como un pequeño comerciante o campesino. No obstante, el pequeño propietario que posee medios de producción (autónomos, campesinos pobres, etc) cada vez más por sus condiciones de vida se asemeja al proletario, y económicamente está sometido por medio de la acumulación del capital a un proceso de extinción, de proletarización.

Tampoco en el proletariado del S.XXI tiene vigencia el obrerismo estrecho, que identifica al proletario con una parte (obrero industrial), o que lo diluye en una categoría social tan vaga como los pobres, más cercana a la literatura bíblica que a la ciencia marxista-leninista de la historia. El proletario emana de una realidad objetiva en el marco de la circulación de capital cada vez más internacionalizada y diversa (obreros precarios, obreros estables, obreros de la construcción, de la industria, de los servicios, del campo, etc), sin cuya puesta en acción del trabajo adicional, es imposible la creación y realización de la plusvalía y la acumulación internacional del capital.

La actual etapa histórica de transición mundial al comunismo desde la dialéctica de la lucha de clases y la contradicción de las fuerzas productivas con las relaciones de producción capitalistas, debe de contemplar un proyecto histórico revolucionario en diversos ámbitos, estatal, supranacional y mundial, donde las fuerzas sociales y políticas contrarias al modelo neoliberal actual coincidan frente al imperialismo, donde el movimiento obrero y los comunistas debemos-ser capaces de dirigir tales proyectos hacia la superación del capitalismo, por medio de los sujetos emergentes (movimientos obrero, campesino, pacifista, ecologista, feminista, Estados anti-imperialistas,etc). Donde el desarrollo de las luchas por las conquistas obreras, la reforma agraria, contra la guerra, por la paz y el desarme, por la defensa del medio ambiente, por los derechos de la mujer, etc., demuestren a las masas en general la incompatibilidad del capitalismo y planteen la necesidad universal del comunismo, desde la conquista del poder político y la aplicación de transformaciones revolucionarias necesarias para someter la producción al productor, disolver el mercado y planificar las necesidades y el desarrollo de las fuerzas productivas desde la democracia de los productores. Eliminando el poder ajeno de la producción sometiéndola.

Y ello será posible porque las fuerzas productivas que engloban no sólo los avances tecnológicos sino al productor mismo, oprimido por el Estado y explotado por el capital, forman ya la base material de la lucha de clases que permitirá organizar la sociedad sobre unas relaciones sociales y morales nuevas, donde el egoismo y lo irracional ceda el paso a la camaradería y lo racional, donde el despilfarro y la producción inútil ceda el paso a la resolución de los problemas más graves (pobreza, hambre, enfermedades, analfabetismo, mortalidad infantil, etc.), y el desarrollo material y cultural ilimitado de los productores, donde la explotación basada en el robo del tiempo de trabajo adicional en provecho de una minoría ceda el sitio a la asociación libre de los productores que dirigen la sociedad consciente y racionalmente con arreglo a un plan común.

Bello es el objetivo, pero duros y fuertes son los muros de las relaciones de producción capitalistas, que no caerán sino se les hace caer política y socialmente. Así de ardua y difícil es la tarea, no existe otro camino, salvo los deseos quijotescos por quienes de tanta ofensiva neoliberal y en el reflujo de la derrota, creen que la lucha de clases y las propias clases ya no existen o solo son un elemento más para la investigación sociológica, y sólo plantean el fin del capitalismo de igual forma como los Testigos de Jehová profetizan el armagedón o fin del mundo.

¿Será verdad que el capitalismo llegará a su fin sin resistencia absorbido por la voluntad de las multitudes que adquieren la conciencia por medio del espíritu santo?. ¿Será cierto que los derechos de ciudadanía promulgados superarán de forma pacífica y sin convulsiones las cualidades antagónicas del ciudadano-burgués de explotar, despedir y acumular, frente a las cualidades del ciudadano-proletario de crear plusvalía?. ¿Será cierto que la fase imperialista del capitalismo declinará en el sojuzgamiento de los pueblos recolonizados en aras del humanismo supraclasista?. No creo que sobre estos interrogantes Marx, Lenin o Gramsci sirvan mucho a los nuevos teólogos del postmarxismo, probablemente tal intelectualidad encuentre su mayor plenitud en el socialismo verdadero, el fabianismo, el anarquismo de Bakunin, el revisionismo de Bernstein o el ultraimperialismo de Kaustky, y sus versiones actualizadas en los inicios del Siglo XXI, en corrientes de pensamiento para las que ya no es necesaria la propuesta revolucionaria de Marx y Engels del Manifiesto: organizar al proletariado en clase dominante.

Miguel A. Montes Orellana

      Barcelona 15 Enero 2010

 

NOTAS DE CONCLUSIONES 

(1) Ver apartado 7.2., Las leyes de la dialéctica.

(2) Ver apartado 7.1., Breve historia y controversia de la filosofía burguesa.

(3) En torno a la dialéctica (V.I.Lenin) Obras Completas. Tomo 29, pág.318. Ed. Progreso.

(4) Lukacs. (El asalto a la razón, pág. 539. Ed. Grijalbo).

(5) Collon nos documenta: Un obrero mejicano produce más del doble de riqueza que hace 3 décadas, mientras su salario real ha disminuido un 20%. Un campesino de la periferia tiene que vender 2,5 veces más algodón que hace más de 10 años para comprar un tractor. Un productor de cacao sólo percibe el 4% del cacao que se vende en la trípode imperialista. (Las grandes potencias. Yugoslavia y las próximas guerras, pág. 136).

(6) Por ejemplo, en el sector de automóvil la capacidad productiva inutilizada llega a casi el 20%, o lo que es lo mismo, por cada 4 vehículos se podría producir 1 más saturando la capacidad disponible, o bien destinar tales medios a la producción de otras necesidades sociales, pero el capital sólo come si acumula plusvalía empobreciendo a la clase obrera y los trabajadores en general. La tendencia es cuanto más grande sea la tarta, mayor es la tasa de explotación, es decir menos toca a los explotados y oprimidos que cada vez somos más, y más toca a los amontonadores de capital que cada vez son menos.

(7) “…el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia” (F. Engels. Sobre la acción política de la clase obrera, págs. 31 y 32. Ed. Progreso).

(8) Ver El imperialismo del S. XXI (Claudio Katz) Ed. Cuba Siglo XXI.

(9) Che Guevara (Temática del marxismo. Tomo II, pág. 400).

(10) “El movimiento político de la clase obrera tiene como último objetivo, claro está, la conquista del poder político para la clase obrera” (Carta de Marx a F. Bolte, pág. 37 en Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo. Marx-Engels-Lenin Ed. Progreso).

      Después de la muerte de Marx, Engels recordaría este planteamiento “…hemos mantenido siempre la opinión de que para conseguir este objetivo…de la revolución socialista, la clase obrera debe de conquistar el poder político organizado del Estado y, con su ayuda, aplastar la resistencia de la clase de los capitalistas y organizar la sociedad de una manera nueva. Esto podía leerse ya en el Manifiesto…capítulo segundo, parte final. (Con motivo de la muerte de Marx pág. 160).

      En una de sus críticas al anarquismo Engels sitúa los objetivos de la Internacional: “…Estos señores exigen la abstención completa de toda acción política, en particular de todas las elecciones, en tanto que la Internacional ha inscrito en su bandera, desde el primer momento el lema de la conquista del poder político por la clase obrera como medio de emancipación social” (Carta de Engels a Luis Pio, pág. 57).

(11) De las resoluciones del Congreso General de la Iª Internacional celebrado en La Haya. Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo. Marx-Engels-Lenin Ed. Progreso pág. 65.

(12)  A la pregunta de Bakunin de sobre ¿que clase se va a dominar?, en la transición al comunismo, Marx respondía: “…mientras subsistan las otras clases y especialmente la clase capitalista, mientras el proletariado luche contra ellas (pues con la subida del proletariado al poder no desaparecen todavía sus enemigos, ni desaparece la vieja organización de la sociedad) tendrá que emplear medidas de violencia, es decir, medidas de gobierno. Mientras el proletariado sea todavía una clase y no hayan desaparecido las condiciones económicas en que descansa la lucha de clases y la existencia de éstas, será preciso, por la violencia, quitarlas de en medio o transformarlas, será preciso acelerar por la violencia su proceso de transformación”. Y más adelante concreta la finalidad del dominio de clase del proletariado que no es otro que su disolución como clase: “….el proletariado, en vez de luchar de un modo inconexo contra las clases económicamente privilegiadas, posee ya la fuerza y la organización suficientes para emplear, en su lucha contra ellas, medidas generales de coacción; pero, en el terreno económico, sólo puede emplear medidas que destruyan su propio carácter de asalariado, y por consiguiente, sus características de clase. Por consiguiente, con su triunfo completo cesará también su dominación al cesar su carácter de clase” (Acotaciones al libro de Bakunin “El Estado y la anarquía” en Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo. Marx-Engels-Lenin. Ed. Progreso, págs. 132 y 134).

 

 

 

 

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