PARTE 3. LUCHA DE CLASES

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Miguel A. Montes

15 Enero 2010

ÍNDICE

  1. LUCHA DE CLASES

2.1 Humanismo abstracto o socialismo científico

2.1.1 El desarrollo del pensamiento en Marx

2.1.2 Conclusiones

2.2 Desembarazarse del fetichismo     

2.2.1 La fundamentación científica del capitalismo

2.2.2 El fetichismo del salario y las fuerzas productivas

2.2.3 El fetichismo de la ganancia

2.2.4 El fetichismo de la inflación de los precios

2.2.5 El fetichismo de la renta nacional y el producto nacional

2.2.6 La historia la empuja la lucha de clases superando las apariencias

2.3 ¿Existen las clases sin su conflicto?    

2.3.1 La dialéctica. Unidad y contradicción en las clases

2.3.2 El reformismo una posición anti-dialéctica

2.3.3 Los frentes de manifestación de la lucha de clases

2.3.4 Potencialidad revolucionaria de la clase obrera y desarrollo de la conciencia de clase.

2.3.5 Superar la ideología liberal y ligar la reforma a la revolución en la acción política de la clase obrera.

2.4 En torno a la ideología de los análisis estratificadores de las clases  

2.4.1 Análisis sobre la situación y la conciencia de clase en Weber y Marx.

2.4.2 La sociología weberiana y funcionalista contra el marxismo

2.4.3 Incompatibilidad del método marxista con la sociología burguesa contemporánea.

2.5 Clases, fracciones y categorías sociales no fundamentales   

2.5.1 La pequeña burguesía. Campo de lucha entre la burguesía y el proletariado.

2.5.2 Posición marxista-leninista hacia la pequeña burguesía

2.5.3 Las categorías sociales, capas y fracciones de clase

2.6 ¿Quién compone el proletariado?   

2.6.1 Lo que define al proletariado es la relación de explotación

2.6.2 La inmigración como consecuencia del capitalismo

2.6.2.1 Las razones y causas de la emigración

2.6.2.2 Condiciones de vida y vivienda para la inmigración

2.6.2.3 Desmontando mitos sobre la inmigración

2.6.3 La crisis causa de la sobreexplotación y expansión mundial del proletariado.

2.6.4 Trabajo productivo e improductivo para el capital

2.6.5 La industrialización de las actividades económicas

2.6.6 La proletarización del trabajo intelectual

2.6.7 La condición proletaria de los técnicos

2.6.8 La mujer obrera. Perspectiva de clase.

2.6.8.1  ¿Valor de cambio o valor de uso?

2.6.7.2 La tendencia hacia la disolución de la carga doméstica

2.6.8.3 Igualdad formal y desigualdad real

2.6.8.4 Fuerzas productivas y división del trabajo

2.6.8.5 ¿Lucha de géneros o lucha de clases?

2.6.8.6 Feminismo y movimiento obrero

2.6.8.7 El objetivo final de la liberación de la mujer, el socialismo

2.6.9 Los agentes del capital y su participación en la apropiación de la plusvalía

2.6.10 Conclusión. La clase obrera sigue siendo el sepulturero del capitalismo

2.7 Toyotismo: panacea del eslabón perdido o lucha de clases

2.7.1 Relaciones técnicas de la producción bajo el capitalismo

2.7.2 Nuevas relaciones técnicas de la producción. Positivismo o lucha de clases

2.7.2.1 Crisis y superación del fordismo

2.7.2.2 Regresión en los derechos laborales

2.7.2.3 Toyotismo. De apéndice de la máquina a apéndice de la empresa.

2.7.2.4 El toyotismo no es homogéneo

2.7.2.5 La desvalorización de la fuerza de trabajo en el toyotismo

2.7.2.6 Ofensiva neoliberal y alternativas de clase.

2.7.2.7 Conclusión. Toyotismo engendro de la lucha de clases

Notas de La lucha de clases

2. LUCHA DE CLASES

      Como ya señalábamos en el anterior apartado el paso al comunismo se resuelve dialécticamente en la lucha de clases y la contradicción fundamental (fuerzas productivas/relaciones de la producción). No obstante, la existencia de las clases y su lucha, es otro de los adjetivos conceptualizados de la teoría marxista-leninista que está siendo cuestionado en muchos planteamientos de gran parte de la intelectualidad de la izquierda.

Hasta los años 70, ante el ascenso mundial del movimiento revolucionario frente al imperialismo, la sociedad capitalista se organizaba básicamente en agrupamientos que respondían a un fuerte contenido de clase, sindicatos, asociaciones de estudiantes, asociaciones patronales, partidos políticos, etc., elementos que dificultaban a la clase dominante en su labor de enmascarar la lucha de clases. Esta realidad ha cambiado, porque se han sumado otras organizaciones que responden a problemas como las cuestiones de género, ecológicas, ONGs, etc., cuyo carácter de clase se disfraza en muchos casos, para actuar como elementos sostenedores del status quo, aunque su discurso utilice un lenguaje seudorevolucionario. Estas organizaciones, ONGs, Médicos Sin Fronteras, Cáritas, 0,7%, etc., se basan en el concepto cristiano del reparto de la riqueza en función de lo que le sobra a los ricos y no cuestionan el sistema de dominación capitalista, apartando a los sectores populares de las luchas colectivas.

A ello se le suma el revisionismo histórico que niega el avance de las luchas obreras y populares del siglo pasado. Con esta ofensiva ideológica del imperialismo, que capta adeptos dentro del campo de la izquierda reformista, pretenden esconder las luchas y el papel emancipador de las mismas, igualando el nazismo con el comunismo con resoluciones como la del Consejo de la UE, la persecución de los comunistas en la república checa, Ucrania y Hungría. Intentando mostrar el fin de las ideologías y de la historia, situando el comunismo como algo antinatural y el capitalismo como algo eterno e inalterable.

En este marco de debilidad de las posiciones marxistas-leninistas, nace un movimiento hetereogéneo e interclasista, los foros sociales, los cuales políticamente, a pesar de las grandes movilizaciones contra las instituciones del capital financero, están dominados por la socialdemocracia, y sus propuestas no cuestionan las estructuras de dominación del imperialismo al plantear únicamente alternativas humanitarias al capitalismo, como la tasa Tobin, no respondiendo a las expectativas de lucha de la clase obrera por su emancipación.

No es extraño que estos cambios operados se relacionen con la ofensiva de la estrategia neoliberal, ofensiva económica, política e ideológica, desde los años 80-90. Ofensiva que ha secuestrado los planteamientos antaño marxistas de la intelectualidad.

Dicha intelectualidad hoy nos plantea con acento que las clases sociales son una conceptualización más del análisis sociológico, actualmente en proceso de disolución, y se divide a la sociedad en tercios como propuesta superadora de la denominada “fractura social”, donde la solidaridad de clase no existe, siendo la solidaridad humanista del individuo la que prevalece, abandonando todo análisis objetivo.

A partir de ahí es fácil introducir la vertiente reformista, de la intervención del Estado capitalista para solventar los problemas de carácter cultural, de género, raciales y económicos sobre la base de la reafirmación burguesa de los derechos de ciudadanía como fin que oculta la imposibilidad real que el capitalismo ofrece para la reafirmación de tales derechos de pleno empleo, prestaciones sociales universales, para todos al margen de ideas o nacionalidad.

También es fácil introducir la variante neo-anarquista desde donde se pasa a cuestionar al Estado como enemigo de la democracia y la libertad, vaciando su contenido clasista y situándolo como la fuente corruptora de todas las maldades sociales, concluyendo que la lucha por el poder político es ineficaz y corruptora, que la sociedad civil, sin clases sociales, es la auténtica fuente de la libertad, desde la cual surgiría una economía igualitaria, una cultura multirracial y de géneros, una sociedad sin opresiones, desde donde surgiría la fuerza milagrosa cual hipnósis que anula la voluntad opresora del Estado y lo difumina por arte de magia.

Puede sonar a broma, pero la realidad es que tal ascendencia conceptual de la sociedad civil ignora la mayor influencia que cobran dentro de ella los sectores financieros y los aparatos estratégicos del Estado tanto públicos como privados (casamatas, trincheras, terraplenes, socavones), mientras se disminuye el peso político del proletariado, atomizado en una sociedad civil en la que como en el Estado tampoco existen las clases, no hay burgueses, campesinos, proletarios, artesanos, pequeño burgueses urbanos, lumpenproletariado, etc, sólo hay ciudadanos de primer, segundo o tercer orden (sociedad de los tres tercios) pero eso sí ¡¡¡ciudadanos ante todo!!!.

Así tenemos a la sociedad civil concebida sin ninguna de las diferenciaciones clasistas, sexistas y racistas que caracteriza al capitalismo contemporáneo, en este terreno del discurso neoliberal domina el individuo-individualismo, la mercantilización de la ciudadanía y la vida asociativa, predomina la privatización de los bienes y servicios básicos necesarios para satisfacer las necesidades del pueblo haciéndolas depender del mercado, la provisión de la educación, salud, vivienda y seguridad social no se encuentra liberada de los sesgos clasistas sino que la mercantilización cuyo reverso de la moneda sólo libera a quienes disponen de dinero para adquirir bienes y servicios inherentes a la condición ciudadana, mientras que el resto es excluido, un ejemplo dispar de estos tipos de sociedades son los contrastes entre los países escandidavos que se asientan sobre la universalidad de los bienes y servicios básicos y la diferenciación clasista es amortiguada por las políticas sociales redistributivas, mientras que en Latinoamérica predomina la exclusión clasista.

El discurso neoliberal de Friedman sobre el mercado como núcleo fundamental que preserva la libertad económica y política de la sociedad civil sobre el Estado va en esa dirección. Ese anti-estatismo reifica la realidad ya que el Estado capitalista en su fase liberal clásica y neoliberal es intervencionista, pero no en el sentido keynesiano. Esta concepción burguesa ignora que los componentes de la sociedad civil en el mercado no son igualmente libres de decidir, distinta es la “libertad” del obrero que sólo dispone de su fuerza de trabajo que la libertad del capital, propietaria de los medios de producción, los productores expropiados de sus medios de producción al margen de su voluntad son obligados a venderse en el mercado para procurarse su subsistencia. Los dueños del capital y los medios de producción frente a frente, ambos son miembros de la sociedad civil, pero no iguales.

El despojo de los productores en la acumulación primitiva de capital impuso una sola opción según los cánones del liberalismo, por tanto donde hay coerción no puede haber libertad en la sociedad civil. La decisión de ingresar al mercado fue tan “libre y voluntaria” como la de quien entrega al lobo el cuidado de las gallinas. Esta expropiación de los productores directos se hace de una manera violenta en todas las latitudes, tanto en los países capitalistas pioneros como en su periferia colonial. La constitución del mercado no es tan idílica, fue un proceso caracterizado por la coerción y la imposición de las nuevas relaciones de producción capitalistas, y que tal como dijera Marx, siempre se hizo haciendo uso de la violencia organizada del Estado para impulsar el proceso de transformación del modo de producción feudal y facilitar la implantación del mercado capitalista. Una vez realizada la separación del productor directo de sus medios de subsistencia, la venta de su fuerza de trabajo no puede concebirse como expresión de libertad, sino como expresión de sometimiento.

Decía Gramsci que la distinción liberal entre sociedad política y civil afirma que la actividad económica es propia de la sociedad civil y que el Estado no debe intervenir en su reglamentación es inexacta ya que en realidad el liberalismo es una reglamentación de carácter estatal, introducido y mantenido por vía legislativa y coercitiva, es un hecho de voluntad consciente y no de expresión espontánea y automática del hecho económico. Por tanto, el liberalismo es un programa político destinado a cambiar cuando triunfa al personal dirigente del Estado y su programa económico para cambiar la distribución de la renta nacional. Por tanto, la propuesta liberal lejos de ser anti estatista es un proyecto de clase de la burguesía naciente orientado a reorganizar toda la sociedad precisamente a través del monopolio que la burguesía y sus clases apoyo detentaron al frente de las alturas del aparato estatal y el reclutamiento de sus cuadros dirigentes.

Los rasgos ideológicos del modo de producción capitalista, separación de la economía y la política, el Estado como representante del interés general y universal de la sociedad, etc., fueron desvelados en la crítica de Marx a la filosofía hegeliana del Estado y del derecho. Precisamente los neoliberales contemporáneos como Friedman, al excluir al Estado de la economía que es donde se desenvuelve la sociedad civil, lo privado, consagran el darwinismo social vigente en las relaciones de producción (aunque ellos hablan de mercado), la explotación capitalista se reproduce sin problemas amparándose en una falsa neutralidad del Estado que deja hacer y se “abstiene” de intervenir, precisamente porque ese mito del Estado neutro y ausente logra hegemonizar el programa político que interesa a los capitalistas.

¿Sociedad dividida en clases? ¡¡¡No!!! Sociedad divida entre Estado, militares y civiles, ricos y holgazanes, clase media y obreros aburguesados, pobres y precariado, desclasados  y lumpen-proletariado, etc., en definitiva la sociedad de clases difuminada por la sociedad civil. El espectro amplio de la terminología hegeliana y liberal que la historia había superado por el marxismo, es resucitado infinidad de veces por todas las variantes reformistas, revisionistas y ultraizquierdizantes con el harto objetivo de anular el olfato de clase de las masas.

Desde estos nuevos planteamientos, parten muchas ONGs financiadas por el imperialismo (no todas evidentemente) e introducidas en zonas conflictivas para competir con los movimientos populares anti-imperialistas (aspecto denunciado por Petras), con el objetivo claro de desestructurar las identidades clasistas y atomizar a las clases potencialmente revolucionarias, en un ejercicio de servilismo total al sistema vigente y sus Estados capitalistas, ya sean dependientes o imperialistas. No es casualidad que desde que Bush entrara en la Casablanca (2001) las ONGs fueran integradas en el aparato de injerencia de los EE.UU.

La USAID fundada en 1.961 por Kennedy, Agencia para el Desarrollo Internacional que depende de fondos públicos y su actividad consiste en re-distribuir esos fondos en los países que Washington desea “ayudar”, de una manera principal a través de las ONGs. Así se intervino en Nicaragua para desalojar por las elecciones al FSLN en 1.989, EE.UU. a través de una compleja red formada por el gobierno, la CIA, ONGs y el sector privado financiaron y propiciaron una alianza política antisandinista, la Coordinadora Democrática Nicaragüense, penetrando en la sociedad a través de la Vía Cívica con objetivos supuestamente “neutrales” y “apolíticos” en contra del FSLN. Así es como se ha intervenido en otros países donde el gobierno no gusta, como en Ucrania y su importada “revolución naranja”, en Bielorrusia y Venezuela (aun sin éxito). A golpe de talón, injerencia y ONGs el imperialismo yanqui encabeza el ranking del arma del caballo troyano contra los regímenes políticos adversos a sus intereses DE CLASE, porque ellos ¡¡¡si lo tienen claro!!!. Y vaya si lo tienen claro. El caso de Venezuela es rocambolesco, ¡¡¡pretender desalojar a un dirigente reelegido 8 veces con mayoría absoluta!!!. El caso es que un año antes de la intentona golpista de 2.002 el gobierno de EE.UU. destinó 1 millón de dólares en apoyo a ONGs con el fin de promover “actos cívicos” y “apolíticos” contra el gobierno Chávez, e igualmente al sindicato amarillo CTV (154.000 dólares) que en alianza con la patronal venezolana organizaron huelgas y manifestaciones contra el gobierno, preparando un clima golpista a la chilena.

Y el problema de fondo es que por mucha ignorancia que se quiera, por mucha y ¡¡¡curiosa!!! coincidencia con las viejas ideas reaccionarias de las dictaduras bonapartistas que niegan la existencia de las clases en lucha pero por mucho que se decrete por los Estados capitalistas el fin de las clases (como en su momento hizo la dictadura franquista y la ideología fascista, recordemos el pensamiento falangista joseantoniano, su corporativismo anticlasista, y su grito de guerra “¡ni capitalismo ni socialismo!”) y por mucho que lo afirmen los intelectuales revisionistas, serviles y las ONGs financiadas por el imperialismo, frente a semejante fechoría, ante semejante poder inquisitorial, como diría Galileo, ¡¡¡y sin embargo se mueve!!!. Se mueven las clases y se reproducen por el propio modo de producción a través de su conflicto y en el lugar de las formaciones sociales nacionales, donde el Estado no es un instrumento por encima de las clases, sino un instrumento de coerción mediante el cual asienta su hegemonía la clase dominante en la sociedad civil (Gramsci).

Por otro lado, la llamada globalización que absorbe las tareas del Estado y las transfiere a la sociedad civil global, se vuelve del revés cuando nos adentramos en el análisis. En realidad el Estado no abandona sino que aplica directrices de clase, las políticas de privatizaciones y desmantelamiento de los sectores públicos que las instituciones financieras han promovido desde hace dácadas con la privatización de la sanidad, educación, etc., y que transfieren a la “sociedad civil” estas tareas, lo único que nos hace ver es que lejos de estar liberada las limitaciones clasistas, la sociedad civil las sufre de manera más acusada, ya que sus beneficiarios son las clases dominantes y los Estados imperialistas. Así de sencillo.

Pero no seamos tan duros, ya que si el anti-clasismo vuelve a la carga es porque existe una nueva realidad-causa para semejantes disquisiciones anti-marxistas, nueva realidad donde el ciclo del capital a nivel nacional e internacional, introduce fuertes cambios en la composición de las clases sociales, y ¡¡¡cómo no!!!, también de la clase obrera. El aumento de la precariedad laboral no sólo en la periferia sino tambien en el centro industrializado, la extensión de la superpoblación relativaanalizada por Marx, que genera una bolsa de marginación cada vez mayor (paro masivo y empleo inestable) más allá de los centros imperialistas hacia la periferia, con la exclusión de millones de masas del mercado laboral legal, expropiados durante el proceso de acumulación de sus medios de vida particulares (pequeña producción agraria o artesanal), pasan a ser sectores estables de la población que difícilmente encuentran ocupación.

Excluidos “legalmente” pero sobreexplotados realmente por el Modo de Producción Capitalista en su mercado irregular y precario, nos muestran el síntoma de la extensión real y desreguladora de la acumulación capitalista, de una proletarización precaria de sectores de la clase obrera cuya magnitud es creciente, y que en los países centrales es más debido al reflujo de la lucha de clases. Lo que pasa es que a veces olvidamos nuestra memoria histórica y nos hacemos trampas, ya que este proceso no es nuevo y se ha dado en las dos primeras revoluciones industriales y con la introducción de la industrialización parcial en las colonias, aspecto que además fuera analizado por Marx y Engels hace más de 100 años. Pero aún así sigamos hablando de lo nuevo y desconocido.

La causa de esa proletarización creciente radica en la ampliación de la explotación y opresión obrera a escala mundial de forma desigual, donde el capital no puede arrancar más plusvalía ni con el desarrollo tecnológico (trabajo muerto), ni con ratios de bienestar social y público (salario diferido e indirecto) sino a través de la superexplotación. Dicha realidad el marxismo la puede explicar perfecta y científicamente (¡¡¡volvamos a leernos trabajo asalariado y capital y haber si aprendemos algo!!!), sin embargo tal realidad impulsa a intelectuales renovadores hacia análisis estratificadores donde las clases o bien son superadas o son simplemente un componente más, prevaleciendo el peso de los individuos, los tercios, la clase media, el precariado, el lumpen, etc., y a nivel internacional se antepone la estructuración poblacional o los mundos en la división de los países (1º, 2º, 3º y hasta 4º), en vez de hacer prevalecer los análisis de las clases, la explotación y opresión, el imperialismo y neocolonialismo como objetos reales en carne y hueso que acompaña al análisis marxista-leninista.

2.1 Humanismo abstracto o Socialismo Científico

      Algunos intelectuales situados en la izquierda real, han intentado solucionar el debate en torno a la derrota de los modelos de socialismo, tratando de buscar en las obras juveniles de Marx la fuente revolucionaria de toda su teoría, desligando para ello a Marx de la transformación de su pensamiento que se desarrolló a través de la conexión de su actividad teórica con los fundamentos teóricos anteriores a él (filosofía alemana, movimiento socialista francés, y economía política inglesa) y su implicación directa en la lucha de clases. Estamos ante la vuelta eterna al joven Marx, se coge un poquito de la Crítica de la Filosofía del derecho de Hegel, y otro poquito de los Manuscritos, sin tener en cuenta la problemática histórico-concreta del tratamiento que hace Marx, y se descubre en el Marx joven a través de su crítica al reduccionismo de la política al Estado, el marco de la sociedad civil como madre de toda la praxis, reduciendo la acción práctica a las relaciones socio-económicas, e ignorando el poder político y la organización política del proletariado como clase, ignorando por tanto, la lucha de clases en su grado superior.

Muchos se han servido de los Manuscritos de 1.844 como la panacea del humanismo supraclasista, a través de su lectura parcial, para diluir el carácter revolucionario del marxismo, acoplándolo a otras concepciones burguesas del mundo, que intentaron e intentan legitimar la coexistencia pacífica con el capital y el imperialismo en un sentido no clasista (tesis soviéticas desde el XXº Congreso del PCUS), y convirtiendo todo humanismo en un pensamiento supraclasista. Tras el XX Congreso del PCUS una oleada derechista se extendió en todo el mundo, recuperándose de los socialdemócratas y revisionistas las obras juveniles de Marx, para sacar de ella una ideología humanista, de la libertad, de la alienación, de la transcendencia, etc., sin preguntarse si esas nociones eran idealistas o materialistas. En tal sentido, siempre se nos ha querido presentar a un Marx humanista contra el Marx cientifista, por parte del voluntarismo, o a la inversa por parte del determinismo mecanicista o economicismo. Pero ni Marx nació comunista, ni Marx descubrió el socialismo científico como los físicos descubrieron el átomo en un laboratorio apartado de la realidad histórico-concreta y del pensamiento anterior. Marx no era un doctrinario teoricista mutilado de posición de clase en la lucha concreta, ya que mientras comenzaba a desarrollar sus propias concepciones filosóficas y materialistas, luchaba por las libertades democráticas en la Gaceta renana, fue exiliado político y tomaba sus primeros contactos con las organizaciones obreras,  mientras escribía “El Capital” fundaba la Iª Internacional, y es en ese ámbito práctica teórica/lucha de clases donde el pensamiento de Marx se transforma, y se cambia de democrático radical pequeño burgués, en humanista-comunista, para definitivamente pasar a las posiciones de clase comunistas y científicas. No se puede mixtificar el desarrollo del pensamiento en Marx como algo filosófico, teórico, eso sería caer en el cientifismo. El marxismo no sólo es una guía para la acción, está en la misma acción, no está sólo en el Manifiesto, Anti-Dhuring, o el Que hacer, sino en la comuna de Paris, la IIIª Internacional, la revolución china, etc. Marx ha sido un dirigente obrero durante 35 años, ha pensado y encontrado más en la lucha del movimiento obrero revolucionario y por ella, quería dar a la clase obrera la comprensión de los mecanismos de la sociedad capitalista y descubrirle las relaciones y leyes bajo las que vive, para reforzar y orientar científicamente su lucha. No tenía otro objeto que la lucha de clases, para ayudar a la clase obrera a hacer la revolución, y suprimir en el comunismo, la lucha de clases y las clases.

Tenía razón Althusser cuando planteaba la existencia de la práctica-teórica con los instrumentos (dialéctica hegeliana) y las materias primas adquiridas por el conocimiento (economía política y socialismo utópico) o como diría Lenin las 3 fuentes y partes integrantes del marxismo (la filosofía materialista francesa y dialéctica hegeliana, economía política inglesa y socialismo utópico), pero esta práctica teórica se da siempre dentro del cuadro histórico-concreto de la lucha de clases y no fuera de él, y este es el error de Althusser cuando contrapone la ciencia a la ideología. Hay que partir de la base de que la corriente humanista no es la única vía de penetración de la ideología burguesa en la conciencia de los militantes comunistas, también lo es el estructuralismo y el teoricismo positivista.

No toda ideología es una deformación falsa de la realidad, la ideología que tiene su fundamento en el conocimiento del mundo, es una ideología científica. Una ideología es acientífica si interpreta los intereses egoístas de la minoría explotadora, si la conciencia social de esta clase contradice las tendencias objetivas  del desarrollo de la sociedad. La ideología es científica y si los intereses de la clase, portadora de la ideología, corresponden a las tendencias objetivas del desarrollo social, tal es el carácter del socialismo científico. Ello no quiere decir que existan las matemáticas proletarias o burguesas, ni la física progresista o reaccionaria, no obstante, toda ciencia tiene un lado conceptual e ideológico y nunca es absolutamente neutral en la pugna entre las concepciones del mundo progresista y reaccionaria, recordemos las luchas que estallaron en torno a la teoría heliocéntrica de Copérnico, la teoría de la evolución de Darwin y la teoría de la relatividad de Einstein. Mientras que la ciencia sólo determina lo que es verdadero y lo que es falso en la ideología, ésta evalúa si ello es bueno o malo para los intereses clasistas. La ideología cierra sus puertas ante las verdades científicas cuando éstas contradicen los intereses de la clase a la que sirve la ideología concreta. Hobbes lo refleja clarísimamente cuando reconoce que si la verdad “tres ángulos del triángulo son iguales a dos ángulos del cuadrado” estuviese en pugna con el derecho y el poder político, o sea con los intereses de clase, esa teoría geométrica estaría proscrita.

Marx escribió en El Capital que no se trataba de saber si tal o cual teorema es cierto sino de decidir si es útil o nocivo para el capital. La superación de los economistas clásicos (Smith y Ricardo) por Marx no sólo es una superación de las insuficiencias de sus análisis que confunden las apariencias con la esencia de lo real, sino la superación de sus posiciones de clase, como representantes de una clase en función de cuyos intereses es construido un objeto teórico opaco del capitalismo, que aún admitiendo el antagonismo de las clases en sus investigaciones a través de la oposición entre salario y ganancia (Ricardo), lo reconoce únicamente como la ley inmutable de la sociedad humana, límite que la ciencia burguesa no franqueará. Marx en El Capital descubre el conocimiento de las condiciones, formas y efectos de la lucha de clases bajo el modo de producción capitalista, liberando a la sociedad capitalista de todas las construcciones ideológicas que la encubrían para asegurar la dominación de clase de la burguesía. Marx saca a la luz el conocimiento objetivo de la sociedad capitalista para guiar al movimiento obrero revolucionario. El Capital era “el más peligroso misil lanzado a la cabeza de la burguesía”. Marx ha descubierto que la historia humana es la historia de las sociedades de clase, de la explotación y dominación de clase, en definitiva de las luchas de clases, demostrando la tendencia histórica de la sociedad hacia la disolución de las clases y el capitalismo por medio de la dictadura del proletariado. Con esta demostración Marx atacaba a los intereses de las clases dominantes. Los explotados, en primer término la clase obrera, han reconocido en la teoría científica de Marx su verdad, la han aceptado y la han hecho un arma ideológica en su lucha de clases revolucionaria. Lo que Lenin definiera como fusión, unión no espontánea del movimiento obrero y la teoría marxista.

Precisamente, no ver la ideología y la ciencia como dos aspectos de un mismo proceso, teórico y de la conciencia, supone adoptar una posición ideológica burguesa, la de la división del trabajo, que separa la actividad científica de la actividad ideológica. Hay que tener en cuenta que tampoco todos los elementos de la ideología son una conciencia falsa e invertida de la realidad, pues la propia ideología burguesa refleja aspectos científicos, como por ejemplo, el reflejo y reconocimiento de la existencia de la lucha de clases en Ricardo y A. Smith (1), los cuales no llegan a desarrollarla en su plenitud por sus propias limitaciones de clase e históricas. Ambos descubrieron y desarrollaron la ley del valor pero no advirtieron la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la fuerza de trabajo que se convierte en mercancía bajo el capitalismo y es capaz de crear en su acción más de lo que cuesta como mercancía, por ello consideraron erróneamente a la plusvalía como un simple cambio equivalente entre mercancías. Tampoco fueron capaces de ver en el intercambio de mercancías más que relaciones entre cosas, en vez de relaciones sociales entre personas y clases. Por tanto, no debe considerarse que toda ideología no contenga elementos científicos, o ¿acaso la ideología panteista de Giordano Bruno, que desdobla a Dios en la naturaleza, pero que considera la materia como infinita y activa, y el sol como centro relativo del universo (donde las otras estrellas conviven con sus propios planetas), no contenía elementos científicos?.

Ello nos muestra que la ideología se relaciona dialécticamente con la ciencia, bajo contradicciones dialécticas, cuyo movimiento en la historia genera el acceso a la conciencia científica por medio de la praxis objetiva y subjetiva de la lucha de clases en cualquier formación social históricamente determinada. Ver el desarrollo de la ciencia y la ideología de forma mecánica o metafísica es caer en la ideología burguesa ya que la propia idea burguesa se encarga de separar el proceso teórico del proceso de la conciencia (2), y considera al materialismo dialéctico como una ideología no científica, como una ética. División que no es casual, ya que simboliza la división social del trabajo, los intelectuales por un lado, pedantes y cientifistas y las masas por otro, toscas y no comprensivas para adquirir los postulados científicos. La división entre los eruditos y los simples.

El marxismo es una ciencia revolucionaria de la sociedad con capacidad dialéctica para explicar y situar el lugar histórico de la ética como valor material en la lucha de clases. El marxismo no es un estructuralismo, no porque afirme el primado del proceso sobre la estructura, sino porque afirma la primacía de la contradicción sobre el proceso. No es una protesta ética supraclasista en abstracto, como tampoco es su contrario, una ciencia purista de la historia, academicista y ajena a la praxis de la lucha de clases. Y en ningún caso el marxismo llega a ser una ciencia puesta al servicio de una ética idealista, como material accesorio de un ideal al margen de la contradicción clasista.

La teoría marxista es producto de una práctica y no al revés. La teoría marxista es producto del desarrollo de la praxis revolucionaria del proletariado, es una ciencia de clase, concepción histórica de clase, no es el producto del pensamiento individual del Marx intelectual, sino un producto social, es el desarrollo del pensamiento de Marx determinado por la praxis social y política. No hay conciencia ideológica o conciencia científica en estado puro al margen de la lucha de clases, sino un proceso de desarrollo de la conciencia a través de sus contradicciones con la práctica en la lucha de clases. Los conocimientos teoricos, la materia prima teórica y sus herramientas se producen, desarrollan y se afinan a través de la lucha de clases.

Marx rompe definitivamente con la ideología burguesa a través de la inspiración en las luchas de clase del proletariado. Ya en el Prólogo de la Introducción a la Crítica de la Economía política de 1859 Marx reconoce que fue la lucha política lo que le movió a ocuparse por primera vez de la economía (debate Dieta renana sobre tala furtiva y la parcelación de la propiedad del suelo, la situación de los campesinos del Mosela, la lucha de los tejedores de Silesia, etc). Ahí es la política quien detenta el elemento dominante, el compromiso de Marx cada vez más profundo al lado de las luchas políticas del proletariado. La conjunción de los tres elementos teóricos (filosofía alemana, economía política inglesa y socialismo francés) no ha producido su efecto más que por el desarrollo que conduce a Marx no sólo a posiciones políticas sino también a posiciones teóricas de clase, abriendo un frente de lucha de clase en la teoría frente a las ideologías premarxistas del individuo como sujeto de la historia. Sin la política nada hubiera pasado, pero sin la filosofía, la política no habría encontrado su expresión teórica indispensable para el conocimiento científico del objeto. Es a partir de esta posición teórica de clase desde donde Marx reflexiona sobre la Economía Política y romperá con todas las concepciones ideológicas anteriores para desarrollar los principios del materialismo histórico, la ciencia de las formaciones sociales y su desarrollo en la lucha de clases, donde la historia pasa a ser un proceso de surgimiento, desarrollo y superación de las formaciones sociales cuyo motor es la lucha de clases, y no el individuo como hacedor de la historia que representa una definición de carácter burgués vago en la que todo antagonismo de clase y las clases quedan diluidos. Sin duda la clase interesada en que tal antagonismo quede oculto en la conciencia de la clase explotada, pretende presentarse como portadora de los valores eternos y universales, “libertad” de compra y venta de la fuerza de trabajo, entre individuos jurídicamente “iguales” y “fraternalmente” unidos en el Estado conciliador de todo desgarramiento antagónico. Lenin ante el VIIIº Congreso del PCb de Rusia (1919) decía que lo que más había combatido Marx eran las ilusiones de la democracia pequeño burguesa y del democratismo burgués, las frases vacías sobre la libertad de los obreros para morirse de hambre o la igualdad del hombre que vende su fuerza de trabajo con el capitalista sobre el mercado pretendidamente libre. Frente a este sistema conceptual el materialismo histórico descubre la tendencia histórica de la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la desaparición de las clases: Marx en El Capital decía que en tanto que la crítica de la economía política representa a una clase, no puede representar más que a la clase cuya misión histórica es revolucionar el modo de producción capitalista y, finalmente, abolir las clases: el proletariado”.

El marxismo está lejos de denigrar la tradición humanista cuyo mérito histórico es el de haber luchado contra el feudalismo, la Iglesia y sus ideólogos, pero también está lejos de la idea de cuestionar que esta ideología humanista que ha producido grandes pensadores, sea separable de la burguesía en ascenso cuyas aspiraciones expresaba en las exigencias de una economía mercantil y capitalista.

El marxismo también es un método de análisis, de crítica y transformación, que en su génesis parte de la ética abstracto-humanista en la crítica de la explotación y la opresión del género humano frente a la cual se levanta, y lucha por superar científicamente, lo que ello no quiere decir que se renuncie a los valores éticos de solidaridad, de lucha contra la injusticia, la desigualdad y la opresión, dado que precisamente es la ética la primera arma de rebelión que adoptan los revolucionarios, su deseo de combatir la injusticia, la opresión y la miseria antes que encontrar la fundamentación científica de las causas de la explotación y los medios científicos para la transformación y superación de la sociedad de clases. Ética clasista y revolucionaria  que con rigor científico nunca se abandona en la lucha contra la explotación.

El marxismo es una teoría científica, con capacidad para preveer las tendencias históricas. Si los marxistas no fuésemos capaces de predecir los acontecimientos y las tendencias, tampoco podríamos planificar nuestro trabajo político, no tendríamos programa o línea política, estaríamos a merced de los acontecimientos, como meros oportunistas o reformistas. Los que de ninguna forma pueden ser considerados marxistas-leninistas son aquellos que se aferran a la realidad como cronistas pretérritos en vez de esforzarse por preveer sus tendencias y por transformarla. El hecho de que no pueda existir movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria no significa otra cosa que la unidad de ambos. Es el trabajo de transmitir conciencia al movimiento espontáneo de las masas explotadas, de dirigirlas en sus luchas, lo que da validez a la teoría científica y ésta en su previsión de la transformación revolucionaria de la sociedad lo que da finalidad al movimiento revolucionario. Pero la importancia práctica no puede confundirse con el practicismo vulgar, con el viejo revisionismo en el que los principios revolucionarios no son nada y que el movimiento lo es todo, desenvocando en voluntarismo idealista o en el reformismo evolucionista. Marx y Engels fueron los primeros en exigir que las masas se adueñaran de la ciencia, el marxismo ni nace en abstracto de la cabeza de unos teóricos ni es tampoco una teoría separada de las masas y de la práctica. Si el marxismo sólo estuviera en los libros sería un dogma acabado, pero este está en las reuniones de los obreros que preparan las próximas huelgas, en los fusiles de los guerrilleros de las FARC, en las manifestaciones bolivarianas de Caracas, etc. El marxismo es el análisis concreto de la situación concreta que hace imposible el dogmatismo y el divorcio entre teoría y práctica, principios y movimiento.

2.1.1 El desarrollo del pensamiento en Marx

      El debate en torno al joven Marx es la expresión más clara de que la teoría marxista es producto de la praxis y elaboración teórica de la lucha de clases. Por ello vamos a dar un breve repaso al desarrollo de su pensamiento en conexión con su propia actividad teórica y política.

Marx se inició como intelectual de la burguesía, dejó de serlo en el momento en que tomó conciencia de que la sociedad capitalista ocultaba la explotación de clase y que la disimulaba bajo los efectos de los elementos ideológicos que el Estado capitalista trabajaba por unificar como ideología dominante. En el trayecto de 5 años (1841-45) vemos a Marx cambiar de objeto de reflexión al pasar del Derecho, al Estado y a la Economía Política; cambiar de posición filosófica al pasar de Hegel a Feuerbach y al materialismo dialéctico; y cambiar de posición política al pasar del liberalismo democrático radical al comunismo.

En la Gaceta Renana (1.841-43) Marx se coloca en una posición democrático-burguesa revolucionaria. En su lucha contra el Estado absolutista alemán abraza la alternativa política de la revolución social, y rompe con la izquierda hegeliana por su apoliticismo. Aun así todavía es preso de los ideales burgueses de carácter abstracto-universalista y neo-hegeliano: libertad, Estado constitucional y república democrática auto-representativa del pueblo frente a la monarquía absoluta. Ideales que superará luchando contra las prácticas del Estado prusiano, religioso y clasista, contra la nobleza y los junkers, contra la censura, las leyes reaccionarias, la falta de libertades democráticas…, y por los derechos sociales de los campesinos y trabajadores. En esa lucha, Marx acaba chocando una y otra vez con el fundamento del derecho burgués, la propiedad privada, lo que le costaría el exilio político.

Marx descubre la incompatibilidad entre el derecho representativo de las clases y estamentos con la propiedad privada que subordina al Estado, y la imposibilidad de subordinar los intereses individuales de las clases propietarias a los intereses generales del pueblo dentro del Estado burgués.

Ante la deserción de la burguesía liberal en su papel de sujeto revolucionario contra el absolutismo monárquico (burguesía vacilante y conciliadora), Marx buscará aliados desde la filosofía, en el pueblo sufriente, desposeído y explotado, donde verá a los campesinos del Mosela, hundidos en la miseria y oprimidos por medidas del Estado que favorecían a los grandes propietarios. No obstante, las masas para Marx todavía sólo existen por su lado pasivo, señala únicamente sus apuros y privaciones.

En la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, dentro de la etapa de los Anales franco-alemanes (1.843-44), vemos a un Marx crítico con Hegel desde Feuerbach, pero no en el terreno de la crítica de la religión, que sin dejar de ser importante como paso hacia la emancipación humana, ocupa ya en Marx un lugar secundario pasando a primar la lucha por los intereses sociales y políticos de los trabajadores.La Crítica a Hegel no es una síntesis cual mezcla química de la dialéctica hegeliana y el materialismo de Feuerbach, sino el efecto de la influencia de la lucha del proletariado, donde pesa ya en Marx el análisis sobre la imposibilidad de crear un Estado universal, racionalista y liberal, realizando su autocrítica de las anteriores posiciones hegelianas (3).

Si en el feudalismo los estamentos de la sociedad civil y los estamentos en sentido político eran idénticos, la Revolución francesa transforma los estamentos políticos en sociales y hace de las diferencias de la sociedad civil, sólo diferencias sociales de la vida privada que no tienen transcendencia para la vida poítica. Para Hegel el Estado representa la identidad que no existe en lo social, la unidad, la síntesis entre el Estado y la sociedad civil, para Marx es una contradicción legalmente constituida. La posición de Hegel es conservadora y la de Marx de oposición y revolucionaria.

En los Anales Marx argumenta que la emancipación política, la revolución burguesa, sólo crea una democracia formal que enuncia derechos y libertades inexistentes en la sociedad civil. El Estado declara las diferencias sociales, de estamento y ocupación, como apolíticas, proclama la igualdad de derechos, pero también hace que funcionen la propiedad privada y las diferencias sociales y muy lejos de superar estas diferencias hace valer su universalidad como Estado por encima de la vida material de la sociedad civil. Todas las condiciones de esa vida egoísta quedan relegadas fuera del Estado como propiedades de la sociedad civil.

Para Marx la universalidad del derecho es el decorado ideológico con que se recubre el Estado burgués para esconder su clasismo. El Estado es determinado por la sociedad civil donde domina la propiedad privada, donde la libertad humana es ilusoria, una ilusión encarnada en el Estado político como ente religioso, cuya base emana del egoísmo de la sociedad civil. La relación del Estado político con la sociedad civil es como la relación entre el cielo y la tierra, de índole espiritual, escisión de la vida espiritual y la vida material dentro de la sociedad capitalista. El ser humano es en el Estado miembro imaginario de una soberanía de ficción despojado de su vida real por una universalidad irreal, sea burgués o proletario.

Para Marx el Estado político es en términos antropológicos una negación de la “esencia humana” de Feuerbach, ante la que se antepondrá la socialización humana como principio de la democracia del pueblo. Mientras que para Marx el ser humano no es un ser abstracto que permanece fuera del mundo, su realidad es el conjunto de las relaciones sociales, Feuerbach no entra a considerar en su crítica este ser real, sólo considera al ser humano como género, como universalidad no clasista. La transición de la crítica de la religión a la crítica sociológica de la religión como conciencia falsa que refleja la inversión de su fundamento social trae como consecuencia en Marx la crítica al mismo mundo invertido, la sociedad civil, para propiciar la superación revolucionaria de ese mundo invertido. El objetivo es la realización de la filosofía como función liberadora, la emancipación de la humanidad en general.

En la Introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel Marx argumenta que el arma de la crítica no puede reemplazar a la crítica de las armas, que el poder material debe ser superado por la violencia material, ya que la teoría se convierte en fuerza material cuando se apodera de las masas, y hay que echar por tierra todas las circunstancias sociales por el que el ser humano es un ser rebajado y exclavizado. El humanismo es llevado más allá de sus límites antropológicos junto con la dialéctica materialista que encuentran en el proletariado la fuerza de las armas, las armas materiales de la filosofía y éste encuentra en la filosofía sus armas espirituales y tan pronto como la chispa prende en la conciencia se llevará a cabo la emancipación social. Esta forma de sobrepasar a Feuerbach es el primer punto de partida en Marx hacia el materialismo histórico (Luckas).

Engels paralelo a Marx y a Moses Hess también asume el comunismo humanista o filosófico abstracto, como oposición al egoísmo de la sociedad civil. La cuestión en Marx radicaba en cambiar el contenido social (propiedad privada, desigualdad) bajo la democracia del pueblo, ya que el cambio de forma de Estado no es suficiente, dado que éste es místico y alienante. Para Marx la sociedad civil capitalista ha desarrollado el quebrantamiento y autoalienación del ser humano a escala mayor, la emancipación política burguesa le dio libertad religiosa pero no lo ha liberado de la religión, le dió la libertad de propiedad, pero no lo ha liberado de la propiedad, le dio la libertad de la industria, pero no lo ha liberado del egoísmo de la industria. El dinero domina, enajena al ser humano de su trabajo por el hecho de que la sociedad civil capitalista es el mundo de la propiedad privada en el que todo se convierte en mercancía, todo se vende, y sólo con la superación de estas condiciones se produce la emancipación del ser humano (Marx).

Tanto en la Crítica como en los Anales, Marx ve en el proletariado a la clase deshumanizada, apuesta por la regeneración humana de la sociedad a través de la regeneración de esta clase. Esta es su nueva posición democrático humanista, rebozada del lastre idealista de la izquierda hegeliana, donde el proletariado de forma antropológica y sentimental se identifica como la “humanidad sufriente”, como palanca para la liberación de la humanidad entera. Aquí el pensamiento juega el papel de arma (filosofía de la acción) el pensamiento es la actividad, y el proletariado la crítica, pero no desde posiciones dialécticas en relación, sino separadas una (pensamiento-acción) de la otra (explotación-crítica), donde se establece una relación de simple coincidencia.

Marx desarrolla aquí una posición humanista abstracta y antropológica, la unidad entre la humanidad sufriente (proletariado) como lado pasivo del pensamiento, y la humanidad pensante (filósofos e intelectuales), como lado activo del pensamiento donde la humanidad pensante se pone al servicio de la sufriente. Planteamiento predominante en los jóvenes hegelianos donde se otorga la actividad al pensamiento y la pasividad a la materia, y para quienes el sufrimiento de las masas trabajadoras no genera pensamiento, y ello a pesar de que en el capitalismo es la organización y movilización activa del movimiento obrero lo que genera actividad y pensamiento, y es lo que precisamente el sistema reprime con dureza. La situación particular en Alemania, con la inexistencia de un movimiento obrero, es el origen de tales planteamientos ilusorios, que para Marx toma otra dimensión cuando entra en contacto con Francia (4).

La izquierda hegeliana concluye como las fantasías del Capitán Trueno o Dick Turpin al servicio de los desfavorecidos, subordinando la práctica al servicio de la teoría, situando por delante la práctica teórica de los intelectuales y filósofos, que no descubren el carácter revolucionario de la lucha del proletariado como arma de la crítica (humanidad sufriente) y no pueden ver su capacidad creadora que adjudica al proletariado la misión histórica liberadora (5).

Producto de la conexión con el movimiento obrero francés, se compenetran en Marx los restos del idealismo hegeliano y la influencia del comunismo y el socialismo utópico y sectario (Saint-Simon, Fourier, Blanc, Proudhom, Cabet y Blanqui) con el que empezaba a conectar, viendo las  primeras insurrecciones obreras (rebelión de tejedores de Silesia, París y Lyon), como fundamento de la realización de la filosofía. Ello le empuja a romper con Arnold Ruge quien desde posiciones pequeño-burguesas se conformaba con el cambio de forma de Estado como ente universal y negaba la lucha y la revolución social para acceder al comunismo, mientras que para Marx el simple cambio de la forma del poder político no implica nada si no se transforma la sociedad burguesa basada en la propiedad privada y su Estado político. La filosofía conecta así con el proletariado desde fuera guiando su praxis activa de liberación.

De esta manera la futura conexión con las luchas obreras en Francia promueven en Marx también su orientación hacia las masas popurales como las únicas posibles de llevar a cabo la revolución democrática, siéndole ajena la posición de los utopistas que rechazan la lucha de clases del proletariado y apelan a la fuerza de la razón de la burguesía. El Marx materialista y hegeliano adversario del kantismo rechaza el carácter abstracto de los objetivos proclamados por los utopistas cuyo método consiste en acercarse a la realidad con postulados ideales, sin cuestionar las condiciones reales para su realización en la sociedad existente.

Los Manuscritos Económico-Filosóficos de Marx de 1.844, suponen un esfuerzo teórico por superar la terminología analítica del pensamiento burgués donde el trabajo es la práctica de carácter social que aparece bajo conceptos imprecisos con diferentes elementos económicos y antropológicos (alineación o enajenación del trabajo). Es la obra de transición al materialismo histórico, del paso de una concepción antropológica compartida con restos de hegelianismo y del materialismo de Feuerbach, a una concepción socioeconómica de la praxis. Se pasa de la alienación entendida desde la visión antropológica como una relación roussoniana del hombre con la naturaleza, a la división del trabajo entendida como trabajo asalariado fruto de una relación social y política.

Precisamente en los Manuscritos Marx realiza una crítica a Feuerbach por su omisión de las relaciones humanas como relaciones económicas y sociales, y por su omisión a la acción política, haciendo del hombre un ser que sufre pasivamente sin participar activamente en el desarrollo de la historia. Marx ve en este momento al proletariado como clase objetivamente revolucionaria aún bajo el adjetivo de clase alienada.

      Los Manuscritos son un trabajo de transición teórica con contradicciones ideológicas y pre-científicas, negación del anti-humanismo de la sociedad burguesa, de su origen (propiedad privada, dinero y trabajo alienado) y negación de la miseria y la explotación, planteando una alternativa socioeconómica de superación revolucionaria en nombre del humanismo comunista, en nombre del trabajo liberado y creador, donde Marx se topa con los límites del humanismo abstracto que no explican todavía la lucha de clases y las leyes del desarrollo del Modo de Producción Capitalista, se queda en ese momento histórico-concreto en su lucha contra la explotación tomando como bandera un concepto pre-científico (la alineación) para expresar la práctica social.

La actividad suprema y determinante del género humano (el trabajo, la producción material) se convierte en una fuerza externa que le esclaviza, manifestándose en el dominio del producto del trabajo sobre su productor. El trabajo en el capitalismo se hace ajeno al trabajador frente a su trabajo y bajo esas condiciones adquiere la forma de trabajo forzado, ya que no satisface sus necesidades sino que es un medio de satisfacer otras necesidades externas. El trabajo no sólo produce mercancías sino que se produce así mismo y al trabajador como mercancía, cuanto más se vuelca el trabajador en su trabajo, más poderoso y extraño es el mundo objetivo que crea frente a él y eso es posible porque el producto de su trabajo no le pertenece sino al no trabajador. Produce palacios y riqueza para los ricos, pero para él sólo produce chozas y privaciones.

Marx ve la esencia de la lucha de clases que se da en la sociedad capitalista a través de la autoalienación humana, cuando el trabajador se relaciona con el resultado de su trabajo como objeto independiente de él, hostil y extraño, se está relacionando de forma que el no trabajador independiente de el, poderoso y hostil es dueño de ese objeto, la autoalienación adquiere la categoría de enemistad irreconciliable entre el trabajador y el propietario de su trabajo que se reproduce de forma permanente en el proceso de trabajo bajo las condiciones del capitalismo. Aquí Marx combate la alineación con la desalienación humana, la deshumanización (pérdida de la naturaleza humana) con la humanidad, pugna por la rehumanización del ser humano en la sociedad comunista, con la puesta de la producción a su servicio. Este humanismo abstracto, donde se nota la influencia de Feuerbach, empuja a Marx a la investigación científica del porqué de la alineación humana, buscando la base científica de sus causas. Marx descubre el carácter social del trabajo, analiza las condiciones materiales del mismo y liga la liberación del individuo a la racionalización de la sociedad. En este trayecto Marx va dejando los contenidos filosóficos y utilizando análisis económicos del trabajo social. Debemos de ver a los Manuscritos como una etapa teórica de transición, en la cual el pensamiento de Marx está lleno de contradicciones, de elementos ideológicos y científicos, de elementos hegelianos, feuebarchianos y elementos procedentes de la economía política burguesa y la doctrina socialista, elementos filosóficos, económicos, antropológicos y sociológicos, atravesado por las contradicciones sociales objetivas.

La categoría de la autoalienación fue tomada de Hegel por Feuerbach para sobre bases materialistas trazar la relación entre la religión y el ser humano, con el reflejo fantástico de su esencia, que el mismo ha creado pero al que rinde culto como poder extraño y dominante. Marx destaca las limitaciones metafísicas del punto de vista antropológico de Feuerbach, y resalta el sentido histórico social que contenía en Hegel pese a su idealismo. Marx da a la categoría de autoalienación un sentido nuevo, materialista e histórico social, llevando a cabo una superación de las limitaciones de la metafísica de Feuerbach y del idealismo hegeliano que fabrica la historia sólo por medio de la conciencia, opinión, imaginación especulativa y representación del filósofo, el espíritu absoluto. Marx, al contrario de la metafísica de Feuerbach, lleva a cabo una superación real de Hegel: para superar el pensamiento de la propiedad privada basta el pensamiento del comunismo, pero para superar la propiedad privada real se necesita una acción comunista real. El materialismo que aquí se proclama es opuesto a Feuerbach, es histórico y dialéctico, refleja  dialéctica de las fuerzas reales que impulsan el desarrollo de la humanidad, la dialéctica de la acción comunista real, de la revolución como protesta contra la vida deshumanizada cuya finalidad no puede ser sólo política (A. Ruge) sino social para la consecución del fin, la vida humanizada, desalienada.

A esta mistificación de Hegel y a la metafísica de Feuerbach Marx le opone en los Manuscritos la concepción materialista y dialéctica de la historia en germen en líneas generales por medio de la autoalienación, germen que no termina de ver en el proletariado la fuerza social consciente de su liberación, germen que será superado por las categorías del materialismo histórico de La ideología alemana. En los Manuscritos se encuentra el rechazo de la sociedad burguesa por la miseria, las condiciones de vida y la explotación, como situación negativa que encuentra en el comunismo utópico su alternativa positiva.

Marx en los Manuscritos también señala que la grandeza de la economía política burguesa consiste en sacar a la luz las contradicciones del capitalismo, y su limitación en el hecho de no comprender las leyes del trabajo alienado y ser incapaz de dar una deducción histórica. Capta el proceso material de la propiedad privada con fórmulas generales y abstractas que les da rango de leyes naturales, pero no explica el fundamento de la división de trabajo y capital, aceptando como fundamento último el interés del capitalista en la relación entre beneficio y salario en vez de dar una explicación. La economía política burguesa es la expresión ideologica de la autoalienación humana en la sociedad capitalista. Marx en los Manuscritos de forma anticipada se coloca más allá de las limitaciones del capitalismo y las barreras teóricas de la economía política que lo consideraba como eterno, necesario y natural.

Más adelante en la Introducción a La Crítica de la Economía Política (1.857) y El Capital, Marx superando el concepto de alienación, conceptualizaría teóricamente que la producción no se destina enteramente a satisfacer las necesidades humanas, que bajo el capitalismo una parte importante se destina a la reproducción y ampliación del capital. Que el objeto de toda producción mercantil no es la creación de valores de uso sino valores de cambio. Que las necesidades humanas no son absolutas sino históricas, y vienen determinadas por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de la producción, donde la necesidad máxima en el capitalismo es la ganancia y no el Estado de bienestar humano, siendo las clases los sujetos de la producción y no el individuo. Que antes de la distribución del producto se adelanta la distribución de los medios de producción y de los agentes de la producción. Y que el consumo no sólo existe en el acto de satisfacción humana sino también en el proceso de producción (consumo productivo: transformación de la materia prima, desgaste de los medios de producción y la fuerza de trabajo empleada). En La Crítica…Marx concluiría que la satisfacción de las necesidades humanas en la sociedad capitalista no tiene una base antropológica como en Feuerbach sino socio-histórica, pasando a desprenderse de las nociones antropológicas como determinación de lo económico (producción, distribución y consumo).

No obstante, la vuelta al Marx joven, pregonada desde distintos ámbitos revisionistas socialdemócratas y de ultraizquierda ven a los Manuscritos como la obra cumbre del pensamiento marxista, no la reconocen como trabajo de transición y germen sino de culminación, donde la ética abstracta e idealista que omite la realidad clasista, pasa a ser el núcleo duro del marxismo. Para estos ámbitos la alienación es el término supremo de la filosofía marxista, siendo los posteriores trabajos una mera traducción del lenguaje idealista al terreno de la economía y la política.

Pero para clarificarnos más recordaremos que esta posición olvida que en el Manifiesto del PC Marx ajusta cuentas con el socialismo verdadero y el humanismo racionalista de la izquierda hegeliana:

“…para los filósofos alemanes del S.XVIII las reivindicaciones de la primera revolución francesa, no eran mas que reivindicaciones de la razón práctica… de la voluntad verdaderamente humana. Toda labor de los literatos alemanes se redujo exclusivamente a poner de acuerdo las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica…De esta manera fue completamente castrada la literatura socialista-comunista francesa. Y como en manos de los alemanes dejó de ser expresión de la lucha de una clase contra otra, los alemanes se imaginaron de estar muy por encima de la estrechez francesa y haber defendido las verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, en lugar de los intereses del proletariado los intereses de la esencia humana, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad mas que en el cielo brumoso de la fantasía filosófica…” (6).

Considerar a Los Manuscritos como una guía “marxista” para la política y la economía, es una postura que beneficia a una burguesía asustada de las luchas obreras, y que sin embargo ve con buenos ojos la vuelta de un Marx hegeliano y feuerbachiano, en la que sólo se busca la lucha ética por un mundo mejor en abstracto y no en lo concreto. Mejor que se hable de trabajo y clase alienados, que de trabajo asalariado-plusvalía y de clase obrera, mejor que se hable de relaciones sociales humanas en vez de relaciones de explotación y lucha de clases, mejor que se hable de proyectos utópicos que de revolución política y social, etc.

Esta posición es característica en muchos intelectuales que pretenden ser marxistas sin ser leninistas, que omiten que el Marx de los Manuscritos, todavía no acaba de superar el contenido de los conceptos y la sistemática de la economía política burguesa, únicamente señala la necesidad de superar sus límites clasistas e históricos pero sin llegar a percibir todavía que la conciencia por sí misma es incapaz de solventar la contradicción de la economía política pensándola desde un planteamiento ético, en vez de superarla científicamente desde la praxis social y política, ya que la economía política y la filosofía marxistas, no se proponen simplemente una interpretación del mundo, sino que abren las puertas a través del conocimiento científico para el dominio de lo real por la práctica, para la unión de la lucha de las masas y la crítica científicia, de la práctica social y la práctica teórica en el proletariado.

En torno a los Manuscritos, la otra variante cientifista, parte también del concepto de alineación al que se menosprecia, enfocando a los Manuscritos como filosofía humanista pura, negando el contenido económico y social que aporta aún con conceptos prestados del pensamiento humanista burgués. Se ignora el paso de Marx desde las posiciones democráticas radicales a las posiciones comunistas aún de contenido humanista-abstracto las cuales servirán a Marx para avanzar hacia las posiciones de clase del comunismo científico. Esta otra concepción reformista desnuda a Marx de la dialéctica revolucionaria, al omitir que la praxis política de Marx en esa etapa de lucha pasaba por superar y vencer las concepciones burguesas. El cientifismo reduce el marxismo al determinismo mecanicista del desarrollo social, sustituyendo la lucha de clases por el destino apocalíptico inevitable. Por el contrario, la génesis de la teoría marxista del materialismo histórico no es como plantea Althusser en “La revolución teórica de Marx”, una ruptura absoluta, ya que tanto en los Manuscritos como en La Sagrada familia hay elementos conceptuales de transición que Marx mantendrá en su etapa madura con otros conceptos (crítica antihumanista del capitalismo, negación de la explotación y la propiedad privada, crítica del fetichismo…).

La historia del movimiento obrero ya ha demostrado lo inexactas y perjudiciales que son estas posiciones (humanismo supraclasista o cientifismo puro) para la causa del proletariado, para el proceso revolucionario comunista. El peligro de la invasión de la ideología burguesa en el comunismo científico, proviene tanto del humanismo abstracto pequeño burgués, como del positivismo cientifista, que oponen ideología a ciencia, ética a dialéctica, lucha de clases a fuerzas productivas.

Posteriormente en La Sagrada Familia (finales de 1.844) aparece la praxis social como fundamento de la transformación, desde donde Marx junto a Engels, formulan la teoría política de emancipación del proletariado como clase objetivamente revolucionaria, predominando la práctica, las circunstancias materiales, las condiciones que reproducen la miseria del proletariado, sobre la teoría, cayendo en la posición extrema hacia el materialismo francés metafísico, donde para cambiar el ser social sólo basta con cambiar las circunstancias.

Esta es la reacción opuesta de Marx hacia el hegelianismo en contra de la filosofía idealista de Bauer que considera la filosofía por encima de la práctica, la razón por encima del pueblo y de la actividad de las masas, limitándose a la crítica de la religión y del Estado en nombre de la Conciencia Universal. Filosofía idealista que es vista por Marx como reaccionaria, llegando a apoyarse para combatirla en el materialismo francés e inglés, donde la práctica del movimiento obrero inglés y el socialismo francés descubre el lado activo de las luchas obreras. Marx todavía no logra sin embargo la unidad dialéctica entre el pensamiento y el ser social. Aquí la teoría es más producto de un desarrollo espontáneo de la práctica social del movimiento obrero y socialista a través de sus luchas, y aparece más como una actitud ideológica del ser social ante la realidad, que como relaciones sociales y lucha de clases, donde la unidad de la ciencia y el conocimiento de la realidad objetiva con la actividad de la fuerza social revolucionaria va encaminada hacia un fin: la revolución social y política.

En las Tesis sobre Feuerbach Marx apuntala la teoría del conocimiento como teoría de la praxis, como negación definitiva del humanismo abstracto y el idealismo, del desdoblamiento del mundo en dos partes –imaginario y real- (tesis 4 y 8). Como negación del materialismo feuebarchiano que coloca a los individuos al margen de las relaciones sociales (tesis 1, 6 y 7) y como superador del materialismo metafísico francés, rompiendo el esquema que condena al ser social a la contemplación pasiva centrándose sólo en la educación previa moldeadura de las circunstancias externas (tesis 9), planteando que el ser social es quien hace que las circunstancias cambien y que el propio educador debe ser educado, donde la conexión entre la modificación de las circunstancias y la actividad humana se concibe como praxis revolucionaria (tesis 3), afirmándose el materialismo dialéctico y el comunismo, la teoría revolucionaria de la auto-liberación del proletariado. Con esta tesis Marx supera el entendimiento del objeto como mero efecto del sujeto (idealismo) y también como representación pasiva en la conciencia sin la mediación de la praxis del sujeto (materialismo vulgar).

Para Marx es necesario llegar al conocimiento científico de la contradicción en la realidad objetiva, y fusionar dialécticamente a tal fin la actividad espontánea de las masas en la práctica social, donde la práctica teórica coincide ya con la práctica social en el proletariado. La idea y la razón ya no se anteponen a la actividad de las masas, ni la actividad de las masas se antepone al conocimiento. La teoría se funde dialécticamente con la práctica (7), el ser humano histórico-concreto como producto de la naturaleza y de su ser social tiene a la vez capacidad y necesidad de dominar tanto la naturaleza como la sociedad modificando permanentemente el entorno y las circunstancias.

Marx supera el subjetivismo metafísico y el racionalismo iluminista que considera toda la filosofía anterior como un error o delirio, y que sólo con refutar sus argumentos las fuerzas sociales que sostienen tales ideas desaparecen de escena en desbandada. Para Marx toda la filosofía anterior debe ser contemplada desde el desarrollo histórico y de la dialéctica real de las fuerzas sociales, ya que todas las filosofías e ideas superadas han jugado un papel necesario en su tiempo, y que las fuerzas sociales que sostienen una idea o filosofía caduca no desaparecen de escena por medio de la crítica racionalista sino por medio de la actividad consciente de la fuerza social antagónica que la supera en la praxis, en la lucha de clases.

Y por último, la Ideología alemana es la afirmación del materialismo dialéctico en las relaciones sociales, en la lucha de clases, y la confirmación del comunismo científico, donde se sitúa el papel determinante de la producción como base de las relaciones sociales y de la historia, el origen y surgimiento histórico del proletariado como clase a través de las luchas de clase, de la conciencia de clase a través de la práctica revolucionaria, de su conexión con el conocimiento del carácter tanto inevitable como práctico de la revolución.

A partir de aquí y en escritos posteriores (Manifiesto del PC, Las luchas de clase en Francia, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política 1.857, Prólogo 1859…) comienza una nueva perspectiva teórica, poco a poco van desapareciendo las categorías filosóficas e ideológicas anteriores, se gesta la teoría del materialismo histórico con conceptos totalmente nuevos: modo de producción/formación social, relaciones de producción/fuerzas productivas, determinación en última instancia de lo económico/determinación específica de los demás niveles, lucha de clases como motor de la historia/dictadura del proletariado, clase dominante/clase dominada, ideología dominante/ideología dominada, etc. La teoría de la plusvalía se coloca en el centro de la teoría del modo de producción capitalista: plusvalía/explotación capitalista = lucha de clases, situando la crítica del modo de producción capitalista a través de las contradicciones internas, por sus propias leyes tendenciales (concepto de tendencia), que anuncian su desaparición bajo el golpe de la lucha de clases.

Marx en el Prólogo a la Contribución de la Crítica de la Economía Política de 1859 nos relata su esfuerzo para llegar a este punto y nos indica sus propias conclusiones. Empieza admitiendo que su primer trabajo La Filosofía del Derecho de Hegel es una revisión crítica de la cual concluyó que tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado, no pueden ser comprendidas ni por ellas mismas ni por la pretendida evolución del espíritu humano, sino que su raíz se encuentra en las condiciones materiales de vida confundidas como sociedad civil tanto por Hegel como por los ingleses y franceses del S.XVIII, y que la anatomía de esa sociedad civil debe ser buscada en la economía política, cosa que realiza en El Capital.

Marx sustituye el idealismo y el naturalismo, por el materialismo dialéctico de la praxis (económica, política, ideológica, científica…) en su interconexión socio-histórica, la unidad de las contradicciones, el movimiento de lo histórico en la contradicción. Si ya las tesis sobre Feuerbach suponía una ruptura con toda la filosofía interpretativa, en La ideología alemana el ajuste de cuentas con la conciencia filosófica anterior humanista abstracta y antropológica es definitiva al tomar cuerpo una fundamentación científica.

Para Marx las consignas emanadas de la revolución burguesa, igualdad, libertad, fraternidad y democracia que definen la orientación humanista en abstracto, históricamente tienen un peso clasista, son valores que su método materialista-dialéctico lo coloca en el marco histórico-concreto, y no caminan sueltos por la historia con voluntad propia. Lo que no quiere decir que estos valores se extingan con la revolución socialista, de la misma manera que los conceptos de filosofía, clases y lucha de clases no desaparecen en el marxismo por haber sido creados antes, sino que el punto de partida tanto en el método de análisis (dialéctico materialista) como en el contenido (socialismo científico) es distinto.

Precisamente el humanismo socialista de Marx surge en lucha contra el humanismo contemplativo y antropológico burgués. Después de los Manuscritos, Marx rompe con aquel fetichismo (alineación social) que oculta y niega la objetividad de las relaciones sociales (no es casual que Marx más adelante arremetiera contra el fetichismo de la mercanía en El Capital), y rompe con las tradiciones humanistas de la burguesía convirtiéndose en el teórico de la revolución proletaria, la lucha de clases y la dictadura del proletariado. El obrero aparece en los Manuscritos bajo relaciones sociales concretas de propiedad privada todavía con tintes de la antropología metafísica, de obrero fustrado en su naturaleza humana y reivindica la superación de la alineación social, religiosa, familiar y estatal. El humanismo socialista de Marx de la etapa que parte de La ideología alemana y las tesis sobre Feuerbach, se diferencia del anterior por su carácter científico y de clase, su conciencia activa y revolucionaria, y sus tareas y objetivos comunistas como movimiento histórico-concreto.

La transformación del pensamiento de Marx a partir de las tesis sobre Feuerbach y la ideología alemana hasta el Capital, conlleva la posición teórica de que la historia la determina la lucha de clases dentro de un proceso dialéctico de desarrollo de los diferentes modos de producción, bajo la determinación en última instancia de lo económico, es decir, que toda sociedad sea cual fuere no puede dejar de producir ni consumir, por lo que todo modo y proceso de producción social es al mismo tiempo proceso de reproducción. Y ello al margen de que ésta no sea la función más activa en varias formaciones sociales y modos de producción donde el plustrabajo se extrae por medio de factores extraeconómicos. Ya que si en el feudalismo la función más activa (determinada por las relaciones de la producción) le correspondía a lo político y lo ideológico bajo la hegemonía de la jerarquía eclesiástica y la religión en defensa de su base económica feudal, en el modo de producción capitalista la función dominante la detenta la producción y realización de la plusvalía (donde su extracción se realiza por medio de factores económicos), reforzándose a su vez las relaciones de poder tanto en el marco de la empresa como en el Estado capitalista, como superestructuras políticas e ideológicas que garantizan y velan por la reproducción de la relación social fundamentada en el dominio del capital. Ello tampoco quiere decir que los factores extraeconómicos desaparezcan por entero, Marx ya hizo referencia sobre la acumulación primitiva del capital, pero hoy también bajo la fase imperialista, el capitalismo defiende su existencia mediante la explotación el avasallamiento y saqueo de países enteros, el mantenimiento de viejas formas de producción precapitalistas en la periferia y por último mediante las guerras a las que se recurre para garantizar la supervivencia del capitalismo.

2.1.2 Conclusiones

      Resumiendo. Marx ha pasado en esta etapa 1.841-45 por 5 posiciones diferentes, desde la Gaceta Renana hasta las Tesis:

1ª Posición en defensa de la libertad, la razón y el Estado universal. Sobre el Estado, la realización del ideal universal/democrático-burgués que prima sobre la sociedad civil (Gaceta renana) en su combate contra el despotismo del gobierno prusiano, donde se reivindica que el Estado encarne la naturaleza humana impregnada de dos atributos: la libertad y la razón.

2ª Posición. Lucha contra el Estado Universal, defensa de la sociedad civil. Respecto al Estado, donde subsiste la alineación sobre el interés particular y egoísta de la clase dominante, Marx otorga la primacía a la sociedad civil (Anales franco-alemanes-Crítica del Estado del derecho de Hegel… Sobre la cuestión judía) término que expresa las relaciones económico-sociales que imposibilitan la realización de un Estado universal y racionalista-liberal, lo que empuja a Marx al abandono de esta reivindicación.

3ª Posición en defensa del comunismo humanista. Concepto de alineación aplicado a la propiedad privada y al trabajo. Comunismo filosófico y antropológico (Manuscritos filosófico-económicos de 1.844), donde la revolución es considerada no sólo política, sino también humana con el fin de restituir al ser social su esencia alienada por el trabajo, el dinero y el poder político, por obra de la filosofía y coloca al proletariado como clase que soporta la negación de la “esencia humana”. Condena del capitalismo y justifica las raíces socioeconómicas del comunismo.

4ª Posición en defensa del comunismo materialista metafísico. Crítica del idealismo subjetivo de la escuela joven-hegeliana y apoyo al movimiento obrero a través del materialismo metafísico francés (La Sagrada Familia). Apuesta por el cambio de las circunstancias.

5ª Posición en defensa del materialismo dialéctico. Unidad de teoría y práctica. Por último, unión dialéctica teoría-práctica. Superación de la filosofía idealista anterior condensada en Hegel. Superación de la filosofía antropológica (Feuerbach) y del materialismo metafísico francés. Superación mediante una posterior crítica de la economía política, a la explicación antropológica (ajena de relaciones sociales) de los fenómenos de la producción, la distribución y el consumo, que consideraban el mundo burgués como universal e imperecedero (superación del término alineación por el de fetichismo de las relaciones sociales como crítica). Superación del socialismo utópico y crítico-filosófico. La teoría y práctica se identifican en la relación social y la praxis revolucionaria del proletariado (Tesis sobre Feuerbach-La Ideología alemana).

La superación de los presupuestos teóricos del pensamiento burgués fueron necesarios para que Marx llegara a la formulación política de la auto-liberación del proletariado. Su conexión con el movimiento obrero francés influenciado por el socialismo y comunismo utópicos le quitará la venda que impedía ver la fuerza social revolucionaria del capitalismo, y le ayudará a superar la metafísica que separa el pensamiento del ser social, invirtiendo la dialéctica hegeliana y transformándola, llegando a entender el desarrollo social dialécticamente, basado en el movimiento de la totalidad en su unidad y contradicción interna, partiendo de la base que determina su desarrollo, que es la producción bajo determinadas relaciones sociales-lucha de clases.

La filosofía burguesa, ilusoria, mecanicista y metafísica que se basa en la escisión del pensamiento y su ser, de la teoría y la práctica, del trabajo manual e intelectual (cuyo origen se remonta a la sociedad esclavista), impide ver la nueva realidad revolucionaria de la sociedad, la vinculación de la teoría y la práctica y su retroalimentación vital. El ascenso de las luchas de clase del proletariado como fuerza social, es elemento de la praxis, el arma crítica, que a través de la adquisición de la conciencia revolucionaria de clase, permite en Marx la reformulación teorética de los adjetivos y fines humanistas, y su conversión al comunismo científico en la tesis de la autoliberación del proletariado como movimiento de lucha de clases, como expresión de la unidad de la teoría y la práctica revolucionarias. Tal y como lo argumentaría Lenin más adelante: ¡¡¡sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria, y sin práctica revolucionaria no hay teoría revolucionaria!!!.

Marx y Engels a lo largo de sus vidas criticaron toda posición pedantesca de los intelectuales utópicos, humanistas e idealistas, que separaban la conciencia de la praxis, el conocimiento de la ideología, la teoría revolucionaria del movimiento. Criticaron con gran mordacidad en el Manifiesto del PC a todas las variantes pequeño burguesas de socialismo crítico-utópico, alemán, etc., que nunca reconocieron el movimiento obrero y nunca vieron en el proletariado una fuerza social. Para estos intelectuales la idea fantástica y mística de sistemas utopistas era autosuficiente para transformar la realidad, ya que consideran que el proletariado no tiene tiempo para pensar, no saben lo que puede ser útil para ellos, sólo los intelectuales socialistas de forma independiente pueden cambiar el mundo, ellos que están por encima de todo antagonismo de clases: “Para ellos la clase obrera es un material en bruto, un caos, que para tomar forma necesita el soplo del Espíritu santo” (8). Para Marx y Engels la actividad de resistencia del movimiento obrero y popular adquiere mayor eficacia teórica y práctica que el espíritu de la crítica (9).

Por eso no podemos ignorar la historia y el desarrollo del pensamiento en Marx, porque quienes sólo parten del humanismo antropológico de la “esencia humana”, donde la historia es un tránsito hacia la recuperación de la naturaleza humana, no sólo niegan los postulados científicos, como si ello fuera una cuestión de sacrilegio anti-marxista, sino que empujan a praxis políticas no revolucionarias. Por ejemplo, para los socialdemócratas neokantianos de la escuela de Malburgo el socialismo era únicamente un ideal ético y su práctica política el reformismo, así pensaba el revisionista Bernstein y así acabó la socialdemocracia alemana en Bad Godesberg con su renuncia al marxismo.

La vuelta al utopismo, con la reducción de las relaciones sociales, políticas e ideológicas a simples relaciones humanas, tomando la transformación social como acto simplemente moral, y no como organización social y política, está tan lejos del marterialismo histórico como la vuelta al cientifismo que separa de la teoría de su práctica y alimenta la espera pasiva del socialismo. La aplicación de ambos planteamientos derivan hacia dos salidas negadas por la praxis revolucionaria, una el voluntarismo reformista o izquierdista (humanismo supraclasista o superclase con misión histórica o ética) y otra el reformismo determinista (cambio de las circunstancias). Sin embargo, y a pesar de las lecturas viciadas no hay atisbo de dualismo en Marx, ni mesianismo ético o predestinación en la acción política, ni automatismo en el desarrollo histórico, sino ¡¡¡ciencia y lucha de clases!!!.

2.2 Desembarazarse del fetichismo

La visión idealista de la historia parte de la tesis de que ésta la hacen las personas como sujetos creadores de las estructuras, como soportes del drama que ellos mismos escriben y que ellos mismos determinan con su conciencia. Esta es la visión invertida de la historia, para la cual las relaciones que transcurren son las establecidas entre personas-multitudes o cosas-dinero-mercancías, no relaciones de clases y de producción. Para Hegel ese lugar lo ocupaba su espíritu absoluto (encarnado en el absolutismo prusiano).

Esta concepción idealista disfrazada de un humanismo abstracto también abunda en la izquierda de nuestros días, que concibe a los individuos como sujetos centrales de la historia, desligados de las condiciones objetivas y de las relaciones de producción dominantes, y consideran al marxismo como una filosofía del trabajo antropológico-metafísica. Las personas para el humanismo abstracto que asumen el fetichismo, no son tomadas como seres sociales que actúan bajo determinadas relaciones sociales historico-concretas y que pueden adquirir conciencia de su praxis, sino que son tomadas desde una esencia humana que contiene rasgos perennes.

A esta conciencia deformada de la realidad Marx le atribuyó la teoría del fetichismo en El capital. Para Marx, al contrario de la filosofía anterior, el método materialista dialéctico parte del ser social y de su práctica social histórico-concreta, y no desde el humanismo antropológico y metafísico, ni del romanticismo roussoniano sobre el hombre natural aislado de sus condiciones sociales concretas de existencia.

Precisamente una de las leyes de la dialéctica materialista es partir de lo concreto para volver de nuevo a lo concreto por medio de lo abstracto (pensamiento cientifico). Marx en El Capital parte de lo concreto, la mercancía, para volver a ella a través de las relaciones sociales que la sustentan, por tanto no se queda en el terreno aparencial de lo concreto.

Por el contrario, el método idealista de Hegel arrancaba del pensar puro, y es desde ahí desde donde parten sus hechos sociales, económicos y políticos, con lo que el lado aparencial de las cosas predomina a la abstracción científica (práctica teórica) de lo concreto.

El método materialista dialéctico trata de descubrir en cada investigación (economía, historia…) las conexiones y antagonismos internos de los fenómenos para poder explicarlos, y ello no se puede realizar por medio de la idea pura ni de un manual, sino del análisis concreto de la situación concreta en su perspectiva dialéctica, ya que ésta no es un medio para conocer las cosas sin el estudio y la práctica teórica, sino el medio para investigar y descubrir el comienzo, desarrollo y del proceso histórico de las formaciones socioeconómicas Marx nos abre el camino para el estudio global del proceso de nacimiento, cambio, desarrollo y fin de las formaciones socioeconómicas, examinando el conjunto de sus contradicciones en la producción y reproducción de las diversas clases de la sociedad.

Si bien a los ideólogos burgueses le interesan, en primer lugar, el individuo en general, al cual le son innatas las cualidades antropológicas, relegando a una posición subordinada la situación social, las clases y su conflicto, con el objetivo de reproducir las relaciones de explotación. Por el contrario, Marx en El Capital analiza al individuo como clase en una formación social históricamente concreta determinada por las relaciones del modo de producción capitalista, desenmascarando estas relaciones de explotación. De esta forma Marx fundamenta científicamente la capacidad que tienen las clases como fuerzas sociales para desarrollar su práctica social, ideológica y política en la formación social capitalista. Siendo concluyente para el materialismo histórico que son las masas, las clases sociales las que con su práctica por medio de la lucha de clases empujan la historia, revolucionan las relaciones sociales, y no los hombres e individuos.

El materialismo histórico no parte del individuo, no cabe fundar en el concepto de individuo con pretensión teórica, es decir como sujeto originario de sus necesidades, de sus pensamientos de sus actos y de sus luchas la explicación de las formaciones sociales y de su historia; sino del periodo social económicamente dado, a través de su análisis puede llegar a los individuos reales, análisis que parte de las relaciones sociales del modo de producción, de las relaciones de clase y de la lucha de clases, aquí esos individuos son por entero diferentes del individuo de la ideología burguesa. Si Marx no parte del individuo, que es una idea vacía sobrecargada de ideología burguesa, si rehúsa engendrar teóricamente la sociedad y la historia a partir del concepto de individuo, es para romper con esta mistificación que no expresa sino una relación de fuerzas ideológicas, fundada en la relación de producción capitalista de la cual los individuos son prisioneros y partícipes, es para llegar a los individuos concretos, reales, distribuidos en clases y fuerzas sociales. Son las clases los sujetos en la historia, no es la lucha individual sino la lucha de clases la que posibilita la organización de las masas para la transformación revolucionaria del poder político y de las relaciones sociales. Marx en la Crítica del Programa de Gotha señalaba que la burguesía tenía potentes razones para atribuir al “trabajo humano” la potencia creadora, para hacer creer a los individuos que ellos hacen la historia y que el trabajo es la fuente de toda riqueza y cultura, silenciando la importancia de las condiciones materiales del trabajo humano y las contradicciones antagónicas que las relaciones de explotación encierran, la tentación idealista la libertad o del trabajo creador, tiene por función enmascarar e imponer, bajo las formas ilusorias del libre albedrío del individuo, otro albedrío real y poderoso, el del capitalismo.

Tanto la ideología burguesa como la socialdemocracia son los que tiran de Marx hacia Hegel, eliminando de la teoría marxista su contenido revolucionario e clase para convertirla en una filosofía que busca el “mejor de los mundos posibles”. La socialdemocracia ha intentado suprimir el carácter revolucionario del marxismo en dos vertientes, reduciéndolo a una teoría mecanicista del desarrollo evolucionista de la sociedad o con el recurso a las obras de juventud de Marx reduciéndolo a un ideal ético más digerible para la burguesía, ambas posiciones (mecanicismo y humanismo abstracto) reniegan de toda referencia a la lucha de clases en perspectiva revolucionaria. Olvidan que antes de Marx el estudio de la Historia estaba dominado por concepciones ideológicas de inspiración religiosa, moral jurídico política que enmascaraban los mecanismos que gobiernan las formaciones sociales y la historia, ideologías cuya función esencial consiste en reproducir las relaciones de explotación de las sociedades de clase. Olvidan que Marx salda sus cuentas con las distintas ideologías y filosofías de la historia abandonando la posición teórica de las clases dominantes para colocarse en el punto de vista del proletariado político y teórico. Olvidan que allí donde los filósofos de la historia hablaban del hombre, del sujeto económico, de la necesidad, de la alienación, de robo, injusticia, espíritu, libertad, etc, Marx se puso a hablar de modo de producción, fuerzas productivas, relaciones de producción, formación social, infraestructura, superestructura, ideologías, clases, lucha de clases, etc.

Para el marxismo-leninismo es importante comprender que la burguesía por razones de clase en su ideología haga silencio acerca de las relaciones de producción y la lucha de clases para exaltar el crecimiento y la productividad, el individuo y la libertad, disimulando y reproduciendo las relaciones de explotación, es importante para separar la línea revolucionaria de la reformista o revisionista, ¿cuántas crisis y rupturas han acontecido en el seno del marxismo, por quienes han abrazado la tesis del humanismo abstracto ignorando las relaciones de explotación y la lucha de clases desde Gotha, la bancarrota de la IIª Internacional, Bad Godesberd, eurocomunismo, hasta la “nueva” izquierda de nuestros días?.

2.2.1 La fundamentación científica del capitalismo

      Para Marx la clave de la dialéctica no es la enumeración y descripción de los fenómenos en su apariencia, sino la anatomía, la esencia del fenómeno concreto (Modo de Producción Capitalista –MPC-) y sus cambios dialécticos. Cuando se consideran las relaciones de producción capitalistas como algo eterno, resultado de la mutua voluntad obrero-capitalista, estamos en el plano de la apariencia, de lo que se ve, lo accesible a los sentidos y a la conciencia inmediata y precientífica. Pero si nos limitáramos a este plano nunca entenderíamos la historia de las relaciones sociales ni su esencia que está constituida por la confrontación clasista, viéndonos así empujados a tomar partido por la apariencia: la paz social, considerando cualquier conflicto que emerga a la superficie como extraño y antinatural.

La economía política burguesa que se aferra al plano aparencial sostiene que la plusvalía proviene de la circulación, del mercado, porque es lo directamente observable, pero Marx al sobrepasar el plano aparencial y precientífico descubre el ámbito oculto de la lucha de clases. No es casual que Marx considerase que no existiría la ciencia si la esencia de las cosas coincidiera con su forma de manifestarse, ya que en realidad es esa forma de manifestarse la que oculta la esencia y la deforma.

La tesis según la cual la ganancia proviene de la plusvalía suministrado gratuitamente por los obreros contrasta con el sentido común. La ciencia implica precisamente ir más allá del sentido común y las apariencias con el fin de descubrir la esencia en los fenómenos. De la misma manera que la astronomía prueba que, en contradicción con las apariencias, es la tierra la que se mueve alrededor del sol, la economía política científica prueba que la ganancia proviene de la plusvalía.

Por tanto, Marx supera los límites ideológicos y clasistas de la economía política burguesa, incapaz de sustraerse de las apariencias y el fetichismo (realidad deformada), conceptualizando lo no medible a simple vista, pasando la plusvalía a ser el concepto científico de su expresión en renta, interés y ganancia que se realiza en la esfera de la circulación de las mercancías, y el capital a ser producto de una relación social y no un simple instrumento/factor de la producción, estableciendo la relación de la ganancia no sólo con el capital global, la tasa de ganancia-que da pie a la teoría fetichista de la productividad del capital como instrumento, sino con el capital variable que da fundamento a la plusvalía en todas sus formas.

Para Marx si bien la conversión de los objetos de uso en mercancías se realiza en el intercambio, donde adquieren realidad como partes del trabajo social global, el mercado no es la causa de las relaciones sociales sino su expresión. Ya en los Grundrisse Marx analiza por vez primera la economía de la producción como la causa de las relaciones sociales, que en el mercado a través de sus mecanismos de competencia (oferta y demanda) se presenta de forma invertida, donde los objetos del trabajo del proceso de producción privado no se ven como relaciones sociales entre las personas, sino como relaciones entre los productos y relaciones entre las propias mercancías, atribuyendo el carácter de cosa a las relaciones sociales. En ese plano estamos ante la cosificación-reificación de la realidad objetiva, donde los productores independientes de mercancías se relacionan en el mercado a través de las cosas-mercancías, que por arte de magia adquieren vida propia y abducen y ocultan las cualidades que corresponden del trabajo vivo que encierran las mercancías.

Esta apariencia de enfoque de la realidad social adquiere la dimensión de forma natural y eterna en la vida social misma, donde es el dinero lo que determina la magnitud del valor y no el tiempo de trabajo socialmente necesario (trabajo abstracto), y donde el trabajo es la única fuente de toda la riqueza, y no la fuerza de trabajo mayorada, confundiendo el valor de uso con el valor de cambio, trabajo útil con trabajo abstracto, ignorando que la naturaleza también es fuente creadora de riqueza pero no por ello crea plusvalía, y por tanto que el valor de la fuerza de trabajo no equivale a su capacidad real de crear más valor. Tal apariencia nos oculta el carácter social de los trabajos privados que encierran las mercancías y las relaciones sociales que se dan en el proceso de trabajo global.

En el Capital Marx establece por tanto una visión científica del MPC y sus relaciones sociales, a la par que dibuja una teoría del fetichismo que parte de la crítica a la economía política anterior que cosifica las relaciones sociales, y que no han advertido que:

1.- La mercancía tiene un doble carácter (valor de uso y valor de cambio).

2.- La economía mercantil establece un dualismo que enfrenta al sujeto-productor con el objeto-mercancía. Para Marx la mistificación-inversión de la relación sujeto-objeto es mucho más desarrollada en el MPC a través de la ley del valor y el mercado, supliendo en ese papel a la religión.

3.- En el MPC, la sociabilidad del trabajo se hace a posteriori de la producción, no existe un control de los productores sobre sus condiciones de existencia. Es un orden social que no forma parte de la “esencia humana” sino que pertenece sólo a una determinada época de la historia de la humanidad. Marx pretende demostrar como objetivo político que no siempre hubo capitalismo y que no siempre tiene que haberlo.

4.- La novedad histórica del MPC con la generalización universal del capital-dinero-mercado-mercancía, con el predominio del valor de cambio sobre el valor de uso.

5.- La economía burguesa relaciona las categorías económicas con la naturaleza de las cosas y no con las relaciones de producción. Tal fetichismo da la apariencia de que el capital sin trabajo genera interés-ganancia, y desliga los dos polos de la relación dialéctica. El trabajo pertérrito acumulado como y por el capital no dispone de capacidad propia para crear valor adicional, sino el trabajo vivo, la fuerza de trabajo. Por tanto, el capital no es un factor de producción sino el producto de la relación social dialéctica históricamente determinada que aparentemente se confunde con la materia natural y la técnica del proceso de producción, pero éste es el trabajo muerto-cristalizado-cosificado-pretérito, y no una cosa que genera interés-ganancia. Los instrumentos de trabajo, las materias primas y la fuerza de trabajo como conjunto de las fuerzas productivas, han sido consumidas y acumulas bajo unas relaciones sociales de explotación capitalistas. Es el carácter capitalista de las relaciones de producción lo que convierte al capital en una relación social y no en un factor natural indispensable para la producción, como tampoco lo fueron la esclavitud o la servidumbre, que también fueron relaciones sociales históricamente determinadas. Decía Marx en los Grundrisse que en el concepto del capital está contenido el capitalista, por lo que el socialismo no necesita el capital (10).

6.- El dominio de las categorías y leyes de la economía son producto de relaciones sociales históricamente determinadas, son lo que distingue a una época histórica de otra, y no son una consecuencia de la “esencia humana” inmutable. Tomar las categorías económicas como cosas, como hace la economía burguesa, significa eternizar el MPC. Categorías objetivas (capital, dinero, mercancía…) sin génesis histórica. Mientras para la economía burguesa el capital existe al margen la historia, para Marx tales categorías son relativas y no fijas.

7.- Las leyes y conceptos generales (modo de producción, relaciones sociales, fuerzas productivas…) no se confunden con las leyes y conceptos específicos (trabajo abstracto y concreto, valor de cambio y de uso, plusvalía, capital constante y variable) del MPC ya que sólo sirven para el estudio específico del MPC y por tanto no son leyes y conceptos eternos.

8.- La pregunta no es ¿cuánto? sino ¿porqué valen las cosas?. Marx empieza a distinguir entre valor de uso y valor de cambio, trabajo abstracto y trabajo concreto, estudiando las categorías del capital en su aspecto no sólo cuantitativo, sino cualitativo, demostrando la historicidad del MPC.

9.- Todo trabajo útil concreto tiene un valor de uso determinado, y todo trabajo abstracto encierra un gasto de la fuerza de trabajo socialmente necesaria. Sólo el valor de uso específico de la fuerza de trabajo crea la plusvalía.

2.2.2 El fetichismo del salario y las fuerzas productivas

Marx nos decía que los planteamientos políticos de la economía burguesa que emana de las relaciones de producción capitalistas nos oculta el carácter histórico de las relaciones de producción bajo el manto del misticismo de las mercancías y de la ley de la competencia del mercado, manto que sólo será retirado cuando se implanten formas de producción comunistas (11), extinguiendose la mercancía y la economía de mercado como bases del fetichismo burgués. Desapareciendo por tanto en el nuevo curso histórico, la plusvalía, la acumulación de capital, la tasa de ganancias, el valor de cambio, etc, categorías que expresan la esencia del modo de producción capitalista, categorías que perecen con el capitalismo, categorías que son  relativas, particulares y transitorias para la dialéctica del materialismo histórico, mientras por el contrario para la visión y la propia conceptualización burguesa son categorías generales, inmutables y eternas.

Es ese fetichismo de la mercancía el que nos oculta las relaciones sociales de la producción capitalista, la esencia del trabajo asalariado: la producción y realización de la plusvalía, separando la circulación de la esfera de la producción, siendo en la circulación donde se forma la apariencia de que las mercancías determinan las relaciones sociales entre las personas y las clases. Las relaciones monetario-mercantiles para la economía burguesa adquieren el don de poderes supraterrenales, las contradicciones internas del capitalismo desaparecen, la democracia burguesa encuentra “su refugio” (12) para hacer la apología de las relaciones de producción capitalistas, presentado el trabajo y la mercancía como valores de cambio iguales entre los que no existe contraposición. Los sujetos sociales que intervienen son meros intercambiantes, no existe la acumulación de riqueza de unos a costa del empobrecimiento de otros, tal dualidad social depende de la “libre voluntad individual”, donde el burgués es tal porque “accidentalmente” posee una inteligencia y capacidad persuasoria superior, y no porque lo establezcan las relaciones de explotación, ya que según la economía burguesa el obrero recibe el “valor total de su trabajo”, lo que no explica de donde sale el excedente económico que aumenta el peso de la riqueza social global de la que se apropian tan “inteligentemente” los capitalistas.

De esta manera el salario como valor-mercancía también es mistificado por la ideología burguesa, su apariencia oculta la relación social de explotación, como si fuera una relación bajo forma jurídica entre personas libres e iguales (capitalista y obrero) que a través del contrato de trabajo con el pago del salario se da la apariencia de representar el precio de una cantidad trabajo en el cual se retribuye todo el trabajo realizado y no el precio de la fuerza de trabajo como única y auténtica mercancía que vendida al capital y puesta en funcionamiento genera el excedente, la plusvalía. Ocultando la capacidad de la fuerza de trabajo de crear trabajo por encima de su valor, ni que el salario es siempre inferior al trabajo vivo del producto creado, y que esta diferencia es precisamente la esencia de la explotación capitalista.

Marx mostró que la forma dinero del salario oculta esta relación de explotación implicada en el sistema de salarios, disimula el sobretrabajo del asalariado, donde sólo en la superficie de la sociedad burguesa, en su ideología, en su apariencia psicológica, el salario del obrero aparece como el precio del trabajo, de modo tal que todo su trabajo aparece como, trabajo completamente pagado. La expresión valor-trabajo o valor del trabajo no es marxista precisamente porque no muestra la venta de la fuerza de trabajo como una mercancía con su valor en el mercado, en el curso del proceso de producción capitalista.

Dicho de otra forma, para la economía burguesa el obrero simplemente recibe el salario equitativamente a cambio del trabajo que entrega, cuando en realidad el capitalista entrega un valor de cambio (el salario) y obtiene un valor de uso (la fuerza de trabajo) con el objeto de un intercambio que es desigual, ya que el objeto del proceso de trabajo es la conversión del valor de uso en un valor de cambio necesariamente adicional (plusvalía). El capital y el salario aparecen cosificados, cuando en realidad representan y son producto de una relación social, es decir, el capital no es tal sino se produce plusvalía y la plusvalía produce y amplia el capital, por lo que el valor de cambio de la fuerza de trabajo bajo forma de salario no es el valor total del trabajo que se realiza, por mucho que lo santifiquen los contratos de trabajo, sino el valor de cambio de las mercancías y servicios necesarios para mantener y reproducir al trabajador, o mejor dicho, a la fuerza de trabajo.

Para la dialéctica del materialismo histórico, la explotación sucede al margen del proceso de cambio, ya que en ésta esfera tanto el obrero como vendedor de su fuerza de trabajo y el capitalista como comprador son jurídicamente partes contractuales iguales y libres, mientras que es en el proceso de organización social de la producción donde florece la esclavitud asalariada. Frente al cambio de iguales en el mercado (apariencia) se levanta el reparto desigual en la producción (esencia).

Sólo la fuerza de trabajo como mercancía (y no el trabajo en general), es capaz de crear un valor de cambio adicional a su valor, y el capitalista lo que compra es el control sobre ese poder creador al que el obrero renuncia a través del contrato de trabajo, estableciéndose la relación social de explotación asalariada que se desarrolla en el proceso de trabajo y no en el mercado producto de la ley oferta/demanda, ni en el intercambio de mercancías.

Otro misticismo establecido por la economía política burguesa como categoría natural es la autonomía y espontaneidad de las fuerzas productivas, de la que siempre se ignora a la fuerza de trabajo como parte de las mismas y su supeditación a determinadas relaciones de producción. Este misticismo atribuye a los medios de producción la capacidad de aumento del capital, cuando éste sólo es posible a través del trabajo vivo, de la puesta en funcionamiento de la producción por la intermediación de la fuerza de trabajo que pone en funcionamiento los medios de producción (trabajo muerto). Esta apariencia parte de la errada fórmula trinitaria del valor descompuesto en salario, ganancia y renta (obrero, capitalista y terrateniente) que conduce a la creencia de que tanto el capital, como el trabajo (no la fuerza de trabajo) y la tierra, son las fuentes creadoras del valor. Pero el capital no es una cosa, es una relación social antagonista. Lo que deberían decir los trinitarios es que tanto el trabajo asalariado, como el capital y la renta de la tierra son formas sociales históricamente determinadas, correspondientes al capital y pertenecientes a la misma formación socioeconómica, por tanto, ni son naturales ni son autónomas. El movimiento luddista fue preso de esa apariencia al considerar a las máquinas como las responsables de su situación de paro forzoso, no viendo las causas en las relaciones de explotación, que a través de la apropiación de la plusvalía generada por el proletariado, crea la acumulación ampliada de capital en el proceso de trabajo, provocando el aumento de su composición orgánica y técnica, que es la que desencadena la superpoblación relativa al disminuir la proporción del trabajo vivo sobre el trabajo muerto.

Además, el marxismo-leninismo sostiene la tesis de la dominación de las relaciones de producción capitalistas sobre las fuerzas productivas, las cuales incluyen entre sus elementos a la fuerza de trabajo, tesis con el objetivo de desentrañar que la explotación es lucha de clases, y que los elementos tecnológicos de las fuerzas productivas cumplen un papel en el modo de producción capitalista, pero subordinado a la explotación, a la lucha de clases. Precisamente la IIª Internacional y todo el revisionismo posterior (bujarinismo, eurocomunismo, izquierda europea, tercera vía) doblaron las rodillas ante la primacía de las fuerzas productivas, entendidas en el sentido de medios de producción, de tecnología, asentando la vaga tesis de que una revolución científico técnica de las fuerzas productivas se encargará de resolver los problemas de la lucha de clases. Esta posición teórica, revisionista, fue catalogada por Lenin de economismo, que pretende reducir el materialismo histórico presentando el desarrollo de la sociedad como resultado exclusivo, natural, evolutivo y espontáneo del desarrollo de las fuerzas productivas, y en particular del desarrollo y transformación de los medios de producción. Las fuerzas productivas como motor de la historia. El economismo, distorsiona las relaciones dialécticas que existen entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas, la base económica y la superestructura, la producción y la revolución, la teoría del desarrollo espontáneo de las fuerzas productivas, niega que el paso de las viejas a las nuevas relaciones de producción se produzcan de forma revolucionaria mediante el derrocamiento de la clase dominante que personifica las relaciones de producción caducas, en definitiva, este revisionismo niega la revolución socialista y la dictadura del proletariado, y es la base del oportunismo histórico. Para el marxismo-leninismo es la revolución la que libera las fuerzas productivas de la sociedad oprimidas por las viejas relaciones. La lucha de clases es la manifestación de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, el desajuste de la necesaria correspondencia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas, ley enunciada por Marx en el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, que hoy bajo el capitalismo se expresa en la contradicción fundamental entre el carácter más socializado de la producción y la apropiación capitalista que se manifiesta como contraposición entre proletariado y burguesía, por tanto, históricamente las relaciones de producción frenan o impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas, y es la lucha de clases producto de las contradicciones económicas lo que posibilita su liberación, lo que transforma las relaciones de producción.

2.2.3 El fetichismo de la ganancia

La plusvalía se crea en la producción, pero se distribuye durante el proceso de circulación que adoptando la forma de ganancia se descompone en interés del capital bancario, beneficio del capital industrial y comercial, y renta de la tierra.

Es la ganancia la que se manifiesta en la superficie del fenómeno, no la plusvalía. Por lo que el capitalista no recibe la plusvalía como tal, porque no recupera toda la plusvalía que se crea, o porque obtiene más ganancia que la plusvalía que ha creado (ganancia extraordinaria), que depende no sólo de la explotación de la fuerza de trabajo propia, sino de su grado de explotación en competencia con otros capitales. Las empresas con una composición orgánica más alta de capital (mayor proporción de medios de producción y materia prima que obreros, mayor productividad) obtienen sus beneficios no sólo de la explotación de sus trabajadores, sino de los que trabajan en otras empresas con una composición más baja de capital, produciendose un reparto desigual de la ganancia entre los capitales.

Este espejismo hace que la ganancia se vea en relación con el capital total invertido (capital constante + variable), en medios de producción y materias primas + salarios, y no en relación a la parte creadora de valor, el capital variable. Mientras en la relación que hay entre capital y ganancia aparece el capital como una relación consigo mismo, en la plusvalía se pone al desnudo la relación de explotación entre capital y trabajo, en la que su cuota, su relación con el capital variable adelantado en salarios, expresa el grado de explotación del obrero asalariado.

2.2.4. El fetichismo de la inflación de los precios

El lasalleanismo, fue una corriente del movimiento obrero alemán del S.XIX, que fue presa de la apariencia al desconsiderar las relaciones de explotación confundiéndolas con una ley económica automática, la ley de bronce según la cual los salarios siempre se mantienen al nivel de la subsistencia, justificando de esta manera su renuncia a la lucha sindical, por considerarla inútil, innecesaria y perjudicial.

De forma similar, la economía política burguesa expresa su idea de lo inútil, innecesaria y dañina que puede resultar la lucha sindical, a través de su última visión deformada del salario, acusando al crecimiento de los salarios de provocar directamente la inflacción, es decir, del crecimiento de los precios de mercado.

¿Qué nos explica Marx al respecto?. Que cuando se producen más mercancías de las socialmente necesarias, el valor de las mismas disminuye, y por tanto su precio de producción y de mercado bajan. Y a la inversa, cuando se produce por debajo de las mercancías socialmente necesarias, el valor de las mismas aumenta. Lo que determina el valor de las mercancías es por tanto el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, y el precio en dinero es la expresión monetaria de ese valor. Es decir las mercancías valen lo que cuestan producirlas. Por tanto, si esto es así, por mucho que suban los precios sin incrementar la productividad social, el valor de las mercancías no varían, sino que se introduce interesadamente por el capital el fenómeno de la inflación (aumentando la masa de dinero circulante) para abaratar el valor de la fuerza de trabajo expresado en salarios.

Ya sabemos que los capitalistas no pagan el salario por el trabajo de sus obreros, ya que de ser así las mercancías sólo valdrían lo que costase el gasto de energía, materias primas, desgaste de maquinaria y salarios. Ni tampoco la competencia entre capitalistas produce un aumento de los valores de las mercancías, sino que únicamente reparte los beneficios creados en la producción. Por tanto, siendo en la producción por medio del trabajo consumido y no pagado al obrero donde se genera la posibilidad de beneficios al capital, donde se genera un valor adicional (plusvalía), ¿cómo un incremento de los salarios puede provocar la subida de los precios?. En realidad lo que provoca una subida de los salarios en el peor de los casos para el capital, es un aumento del tiempo retribuido al valor de la fuerza de trabajo y una disminución del tiempo o valor adicional creado en la producción, es decir, una disminución de la plusvalía, la tasa de plusvalía y la masa de ganancias.

Por tanto, cuando la economía política burguesa acusa a la lucha sindical de los obreros de ser los causantes del alza de precios, lo único que hacen es defender que los beneficios del capital no disminuyan. En todo caso cuando nos suben los salarios, sólo conseguimos que nos devuelvan una parte de la plusvalía que nos roban de nuestro esfuerzo de trabajo, y si la subida salarial coincide con la subida de los precios es debido únicamente a que los capitalistas no están dispuestos a ver disminuir sus beneficios.

Por otra parte, si el perfeccionamiento de la maquinaria, desplaza a obreros de la producción, la composición orgánica del capital aumenta (mas capital constante –maquinaria- y menos capital variable –salarios-), la proporción entre trabajo equivalente y trabajo vivo aumenta a favor del primero, por tanto aunque aumenten los beneficios en términos absolutos, e incluso la tasa de plusvalía (en relación al salario) la tasa de ganancias (proporción entre el capital global invertido: medios de producción + materias primas + salarios, con la plusvalía) cae en picado. Por tanto la tasa de ganancia cae de la misma manera que la cantidad de fuerza de trabajo empleada también decrece en relación a la cantidad creciente de medios de producción que pone en funcionamiento, por lo que es un absurdo explicar la caída de la tasa de ganancias por un alza de los salarios, ya que como diría Marx, la tasa de ganancia no baja porque el trabajo se haga improductivo, sino precisamente porque se hace cada vez más productivo, porque la productividad social aumenta, y el desarrollo de las fuerzas productivas choca en su expansión y socialización con las relaciones capitalistas de la producción.

Si buscamos por tanto una relación causal es la propia crisis de acumulación de capital, con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la que causa la pugna del capital por bloquear los salarios (trabajo sumergido, salarios de doble escala, temporalidad, etc) y subir los precios. En la actualidad es lo que vemos, ya que aunque bajan los salarios medios (en España éstos han perdido casi 3 puntos sobre el PIB en 10 años -1.997-06-), los precios no bajan, por lo que los capitalistas mantienen la inflación con descaro para apropiarse de una mayor cantidad de trabajo no retribuido, de más plusvalía y frenar  así la inevitable caída de ganancias. No olvidemos que Marx planteaba que la tendencia del modo de producción capitalista es la reducción del nivel medio del salario, y que por eso precisamente, y al contrario de Lassalle, veía necesaria la lucha sindical para el desarrollo del movimiento obrero, e insuficiente y estrecha si el movimiento obrero no se plantea también la superación del capitalismo.

Otro elemento de la lectura fetichista del salario es su fijación a un nivel de subsistencia material invariable. En realidad el valor de la fuerza de trabajo viene determinado según Marx por el valor de los medios de subsistencia básicos para satisfacer las necesidades humanas (cantidad y calidad de artículos) que acompañan a las fuerzas productivas en condiciones históricamente concretas, siendo por tanto históricamente relativas, es decir, no se pueden calcular por una cantidad fija de determinados articulos de uso y consumo, además hay que añadirle la reproducción de la fuerza de trabajo, y si la fuerza de trabajo empleada es compleja hay que añadirle los gastos de la formación profesional.

Por tanto, el límite físico para determinar el valor de la fuerza de trabajo es insuficiente, a ello se le debe añadir los factores históricos y sociales de la lucha de clases, las fuerzas productivas y la fluctuación del ejército de reserva como determinantes en la expansión con contracción de las necesidades que deben satisfacer los salarios.

También el valor de la fuerza de trabajo cuando la relación de las fuerzas sociales y políticas es favorable a la clase obrera puede lograr la incorporación de nuevas necesidades determinadas por las condiciones sociales e históricas que deben ser satisfechas por el salario, y a la inversa cuando la relación de fuerzas es desventajosa el capital puede reducir el valor de la fuerza de trabajo aniquilando las conquistas sociales de la clase obrera, históricamente alcanzadas, recortando parcialmente su nivel de vida por debajo de su valor.

El aumento del paro y el ejército de reserva ejercen presión sobre los salarios reales, primero de los sectores desorganizados de la clase obrera, como resultado de las relaciones desventajosas entre la demanda  la oferta de la fuerza de trabajo. El capital tratará de minar la solidaridad entre los obreros empleados y desempleados para deteriorar la capacidad sindical de los sectores organizados de la clase obrera, recuperando la competencia entre ellos, utilizando la presión del paro para disminuir los salarios y lograr una intensificación del trabajo, aumentando a su vez la tasa de plusvalía.

El cénit de esta correlación de fuerzas el capital lo logra con el aplastamiento legal de los sindicatos, tal y como ocurriera bajo el nazismo en Alemania que logró recortar el 23% de los ingresos salariales en 10 años (1929-1938) pese al considerable aumento de la producción en un 25% en el periodo. Los nazis redujeron el valor de la fuera de trabajo y su precio por debajo de su valor a pesar del pleno empleo. Otro ejemplo, España bajo el fascismo y tras la IIª Guerra Mundial entre 1945-1950 el coste de la vida aumentó el 60% mientras que los salarios permanecieron bloqueados que sólo alcanzaron el nivel de 1935 a finales de los años 50, mientras la producción española se había duplicado.

Posteriormente bajo el estado de bienestar en los países capitalistas desarrollados y el aumento del empleo contribuyeron al aumento de la fuerza social de la clase obrera los cuales fueron sometidos a presiones extraeconómicas para impedir que la tasa de plusvalía disminuyera, mediante la concertación y las políticas salariales. A mediados de los 60 el aumento de la fuerza reivindicativa y política del movimiento obrero con la intensificación de la lucha de clases, impidió al capital lograr un aumento efectivo de la tasa de plusvalía. La crisis de 1973 y la extensión del ejército industrial de reserva (parados + precarios) ha pasado a convertirse en la actualidad en el instrumento principal de la política económica al servicio del capital en la lucha contra los salarios y el valor de la fuerza de trabajo.

El capital tiene dos formas para reconstruir el ejército industrial de reserva, por un lado la reducción de las inversiones internas y la aceleración de las exportaciones de capital, y por otro la intensificación de la automatización para liberar la mayor cantidad de trabajo vivo.

La ola inmigratoria es aprovechada por el capital para crear una nueva estratificación de la clase obrera entre nativos y extranjeros, manteniendo los bajos salarios de la fuerza de trabajo no calificada y empleos inestables, frenando el desarrollo de la conciencia y la unidad de clase explotando artificialmente las diferencias étnicas y sectoriales propagando el racismo. Los inmigrantes junto a los jóvenes y las mujeres, y las minorías raciales forman la base de la preservación y constitución del ejército industrial de reserva de los países capitalistas avanzados, por su mayor fluctuación del empleo, precariedad y menores salarios.

En relación al valor de la fuerza de trabajo (simple o compleja) existen tres formas de salario (nominal, real y relativo). El salario nominal expresa el precio del salario en dinero, el salario real depende de la magnitud del salario nominal y del nivel de precios de los artículos de uso y consumo. Si el salario nominal crece y el nivel de precios se mantiene, el salario real crece, aunque lo más común, como hemos visto, es que si el salario nominal crece, los precios suben y el salario real se mantiene. Mientras por el contrario, cuando los salarios nominales bajan, y los precios se mantienen, provocan la reducción del salario real, o cuando la subida del salario nominal es inferior a la subida de los precios el salario real cae, es lo que conocemos por pérdida del poder adquisitivo obrero. De esta forma se produce la tendencia histórica de disminución del salario medio, descubierta por Marx, como empeoramiento absoluto de la situación de la clase obrera, es decir, como retroceso del nivel de vida obrero con respecto al nivel medio de demandas de la sociedad, y por tanto con respecto al valor real de la fuerza de trabajo, determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas historico-concretas del país dado. Por cuanto las fuerzas productivas se hayan en constante desarrollo, elevan el nivel social de consumo, y si el nivel de vida de la clase obrera se rezaga, aumentan en términos absolutos las necesidades no satisfechas.

La tercera forma del salario es el salario relativo que expresa el grado de explotación, es la relación entre salario/plusvalía, que se puede ver comparando el peso de los salarios en relación con los beneficios en la Renta Nacional. Es decir, si la ganancia aumenta un 25%, aunque el salario real aumente un 5%, el salario que se apropia el obrero de la riqueza social es menor, es 4 a1 a favor del capital, es decir por un incremento del 5% de valores de cambio que el obrero recibe, debe de producir un incremento del 20% de esos valores para el capital. De esta forma se produce un empeoramiento relativo de la situación de la clase obrera. El empobrecimiento relativo de la clase obrera se demuestra en el aumento de las ganancias del capital contrastado por la disminución del peso salarial de los obreros en la renta nacional.

La economía política burguesa en su etapa imperialista también busca otro responsable de la inflación: la influencia de las materias primas y los medios de producción en los precios. En El Capital  Marx nos aclara que el valor de los medios de producción y materias primas vuelve a aparecer equivalente en  el valor del producto, por tanto no crean nuevos valores, y el valor de los medios de producción y materias primas resucita como parte integrante del valor de cambio de las mercancías a consecuencia del trabajo de los obreros. El trabajo del obrero consume y conserva el valor de los medios de producción, materias primas y fuerza de trabajo, siendo capaz de crear nuevos valores.

Los precios de las materias primas no renovables crecen porque se agotan, nos dicen. Eso es una verdad a medias. Avances científicos permiten extraer petróleo de tierras y profundidades no exploradas. Pero además, existen inventos y máquinas que consumen menos combustible capaces de funcionar con otro tipo de energías renovables (solar, eólica…). A pesar de eso, los economistas burgueses imperialistas levantan el dedo acusador al petróleo de la subida de los precios. Curiosamente, la OCDE señala que las economías de los países industrializados son menos dependientes del petróleo que hace 50 años. En los EE.UU. por ej. el crudo representa el 1,5% del PIB, mientras en los 80 suponía el 8%, debido a la creciente influencia de las nuevas tecnologías en las economías más desarrolladas (13).

Respecto a la influencia en los precios del coste del suelo y edificios, su coste es cada vez menor para el capitalista. Las administraciones públicas y los Estados prácticamente regalan el suelo a los monopolios, y el Estado se encarga gratuitamente de crear las infraestructuras para la producción, circulación y distribución de mercancías.

Por tanto, el desarrollo del perfeccionamiento de los medios de producción (bienes de equipo) aumentan la productividad geométricamente, lo que permite una bajada generalizada de los precios de las mercancías. Entonces ¿porqué esto no sucede en la realidad?. Si aumenta la productividad social ¿porqué no bajan los precios? Estas son las preguntas que deberíamos hacernos. Y si además le añadimos, el empeoramiento absoluto y relativo de la situación de la clase obrera, la caida del salario medio, el desarrollo de la investigación con el descubrimiento de nuevos recursos energéticos y materias primas, las políticas públicas que cargan con el coste del suelo y las infraestructuras. ¿Porqué no bajan los precios si el valor real de las mercancías disminuye en proporción a la productividad social creciente? ¿Se va a seguir con la tontería fetichista que cargar al salario como responsable de la inflación?.

Los salarios pagados constituyen un poder de compra y por tanto un mercado para el capital, no son simplemente el costo de producción básico sino que también es el mercado esencial. Esto significa que los capitalistas deben considerar los salarios desde dos posiciones contradictorias: como costo de producción básico donde predomina el interés por aumentar la plusvalía y la ganancia; y como poder de compra esencial donde predomina el interés por aumentar los mercados. Es precisamente el predominio en el capital de la ganancia sobre el mercado lo que genera la inflación y la crisis de sobreproducción de mercancías y sobreacumulación de capital.

Las leyes de la producción capitalista hacen que el trabajo sea cada vez más productivo y que cada vez se produzcan mercancías más baratas en su valor de cambio. El uso acentuado de maquinaria ocasiona la caída permanente de la tasa general de ganancias del sistema, por lo que para obtener las mismas ganancias los capitalistas deben vender una mayor cantidad de productos, lo cual se ve limitado por la saturación de los mercados existentes y disponibles, es la sobreproducción y la crisis de ganancias, y no es que no exista necesidad de demanda cuando millones de personas carecen de lo básico (alimentos, vivienda, servicios de todo tipo…), sino que el mercado no es capaz de absorver, realizar las mercancías que salen de la producción, no hay capacidad de compra solvente para absorver toda la producción. Sobreproducción y pobreza son la misma cara de la moneda crisis. Y para impedir sus efectos negativos a la acumulación de capital, intervienen los efectos para frenar la caída de la tasa de ganancias, se aumenta el grado de explotación de los trabajadores, se abaratan las materias primas perjudicando a los países pobres y sus poblaciones, crece el comercio exterior e inversión en otros mercados y entre otros mecanismos se bajan los salarios, sólo entonces se pueden bajar los precios, pero a costa de los salarios. Es la única receta conocida, ser competitivos, significa acrecentar las ganancias para salir de la crisis a cargo de los salarios.

¿Quiénes entonces son los responsables directos, por tanto, de la inflación?. Ya hemos visto la causa, la caída de la tasa de ganancias, los ejecutores son la oligarquía financiera, los monopolios y el Estado capitalista actual, que disponen de mecanismos históricos en la socialización de las fuerzas productivas. Los monopolios, la oligarquía financiera y el Estado capitalista tienden a eliminar la libre competencia, fijan los precios, para que la tasa de ganancia no baje, encarecen el precio de mercado artificialmente. La monopolización de los mercados obliga a los compradores a tomar un precio inflado, los bancos crean  la burbuja financiera a través del crédito, préstamos y todo tipo de pagos ficticios que generan la apariencia de que las mercancías pueden venderse e impedir que la tasa de ganancias disminuya.

El capitalismo actual ha logrado el “milagro” de aumentar los beneficios empresariales a costa de subir la capacidad de consumo de la clase obrera ¡¡¡disminuyendo a su vez los salarios!!!. Prueba de ello es que  según el INE en el periodo 2.000-06 el IPC ha subido un 24,8% mientras que los costes laborales (salarios y cargas sociales) lo han hecho el 14,8%. (14), ¿Cómo se ha logrado?, elevando la deuda de los trabajadores a niveles nunca vistos. Según el Banco de España la media del endeudamiento de los hogares (2.005) supone el 99,3 % de los ingresos anuales (stock de deuda pendiente), para los más jóvenes (menos de 35 años) supone ¡¡¡el 193,3%!!!. De esa deuda media el 56, 8% se destina a cubrir el pago de hipotecas (15), superiores a 25 años. En los EEUU antes del estallido de la crisis del 2007 el crédito de los hogares había llegado al 100%. De esta manera el capitalismo consigue mantener una demanda artificial, contener la caída de ganancias y el estallido de la crisis de sobreproducción, aplazándola al descargar su coste sobre las rentas salariales obreras por medio del crédito. Los salarios financian artificialmente la crisis de sobreproducción, atrasando los pagos de la plusvalía futura hipotecando sus rentas futuras. Pero ¡ojo! todo tiene su límite ya que la pronunciada extensión de los bajos salarios, la precariedad laboral y la sobreexplotación de los trabajadores inmigrantes (aumento plusvalía absoluta), que en conjunto ha logrado incrementar la tasa general de plusvalía en España del 82% al 129% en 10 años (1.996-06 -del VAB los salarios el 43,6% y los beneficios el 56,4%-), ha provocado un descenso generalizado del valor medio del salario al colocar los ingresos de millones de obreros al mínimo de subsistencia (reducción absoluta y relativa del valor de la fuerza de trabajo), rebajando los niveles de consumo de las masas trabajadoras, cercenando el orden de sus prioridades (vivienda, alimentación, etc).

Sobre el precio de la vivienda, éste se ha disparado disparatadamente, si a principios de los 80 en España una vivienda suponía 3 años de salario medio, hoy cuesta 12 años de salario medio. Y en 10 años (1997-06) mientras los salarios han aumentado una media del 35% la vivienda lo hace el 173%. Tal aumento tiene causas muy claras, la primera es el monopolio del suelo urbano que da lugar a la renta del suelo en manos de una oligarquía parasitaria formada por familias que en España fueron los pilares económicos y políticos del franquismo y que ocupan las zonas estratégicas de suelo urbano (inmobiliarias privadas, terratenientes). La tierra con fines de edificación (viticultura, solares de las ciudades) dispone al propietario una renta del suelo. Una de las reminiscencias no resueltas por la revolución burguesa es precisamente la propiedad del suelo y la tierra, ya que esta no es pública sino privada, por lo que la plusvalía sigue manifestándose bajo una forma precapitalista de explotación analizada ya por Marx en El Capital. Producto de ello, la especulación sobre el precio del suelo ha disparado el precio de la vivienda, desde 1.998 el precio del suelo se ha encarecido el 100%. Marx decía en El Capital que en las ciudades en rápido progreso donde la edificación se practica, como Londres, a la manera fabril, es la renta del suelo y no el propio edificio lo que constituye el objeto básico de la especulación inmobiliaria.

La segunda causa son las hipotecas, con el fortísimo endeudamiento de las familias obreras, ya señalado. Si en 1.991 los intereses estaban al 16,7%, en 1.999 bajaron hasta el 4,75%, permitiendo el rebaje de la cuota mensual hasta menos de la mitad a costa de ampliar considerablemente el número de cuotas mensuales (de 10 años a 25-30). Hoy ante la desaceleración de la venta de viviendas el coste recae sobre las hipotecas vigentes con la subida de los intereses que han colocado por encima del 5% (euribor) antes de la depresión. De esta manera la plusvalía revierte a la clase capitalista, cuando los bancos descienden los tipos de interés para hacer más asequible el acceso a la vivienda aumentan el precio, y cuando se estanca el precio suben los intereses. ¡¡¡La banca siempre gana!!!. Así el capital financiero conquista la sumisión de las familias obreras con hipotecas de larga duración e intereses leoninos. En comparación con otra actividad productiva, la actividad hipotecaria no genera más plusvalía, y sólo la puede redistribuir a costa del fuerte endeudamiento de la clase obrera como el mecanismo perfecto para reabsorber la plusvalía futura hasta que la fuente (las rentas salariales) se agoten como modelo de financiación. Ello no ha evitado la desaceleración en la construcción de viviendas como actividad propiamente productiva, que supone el 10% del PIB español, un sector que ocupaba a 2 millones de obreros (12% de la población activa) y que ha causado la desocupación inmediata de más de medio millón de trabajadores de empleo directo.

La tercera causa son los gastos de promoción de la vivienda y la concepción de la vivienda como un bien de inversión y no como un bien de consumo.

El Estado capitalista da carta legal a todo lo anterior, e interviene como un comprador más, si es necesario, con dinero público, realiza las reformas fiscales y monetarias necesarias al capital, realiza costosas inversiones, sostiene el monopolio privado del suelo y su especulación, apoya la ampliación de las hipotecas y el crédito, etc.  La relación entre monopolios y alzas de precio por encima del valor-trabajo invertido en la producción es central para comprender la inflación galopante. Si el capital puede obtener en el plano del consumo con la subida de precios lo que la lucha obrera le impide con el crecimiento salarial, es debido además de la debilidad reivindicativa y organizativa de la clase obrera como consumidor a esa política clasista del Estado capitalista y la oligarquía financiera.

Mientras en la libre competencia las subidas de unos productos se compensan con las bajadas de otros, que hace que la plusvalía se distribuya entre los capitalistas en proporción al capital invertido, en el capital monopolista son los monopolios los que planifican el reparto de la plusvalía y los únicos que están en condiciones ventajosas de competir y de imponer un sobreprecio. La inflación surge por tanto, de la lógica capitalista de defender los beneficios frente a la progresiva socialización de la producción y la contínua bajada de la tasa de ganancias, disponiendo para ello entre otros recursos, la inflación, la subida artificial de los precios.

2.2.5 El fetichismo de la renta nacional y el producto nacional

La economía política burguesa confunde el producto nacional bruto con el producto nacional neto o renta nacional. En realidad el primero se diferencia del segundo en la suma de amortización anual.

Las concepciones burguesas definen el PIB como la suma de todos los ingresos de la sociedad, salario, interés, renta y ganancia. En esta definición desaparece no sólo el valor transferido de los objetos de trabajo consumidos en el proceso productivo, sino también la amortización de los medios de producción.

En la base de estas interpretaciones está la concepción de la reproducción de Adam Smith, en la cual el valor del capital constante invertido en la creación del producto social desaparece por completo.

Tanto los medios de producción como los objetos de trabajo, la parte de capital constante, realizan su ciclo económico y para que el proceso de producción no se interrumpa es necesario reponerlos cada año.

La economía política burguesa menosprecia el aspecto clasista de la distribución de la renta nacional, se mantiene al margen de las clases. La tendencia keynesiana vincula el problema de la distribución de la renta nacional no con las relaciones de producción sino con relaciones jurídico morales mediante factores psicológicos como la propensión al ahorro o al consumo. Afirman que la redistribución a favor de los trabajadores se realiza por el presupuesto estatal estableciendo la justicia social en el sistema fiscal y ampliando la infraestructura social. No tienen en cuenta los enormes gastos improductivos dedicados a la militarización que lleva el Estado capitalista a cargo de la renta nacional, y la financiación de medidas destinadas a consolidar el dominio de los monopolios y la oligarquía financiera (ayudas, exenciones fiscales, emisión de deuda pública, etc.).

2.2.6 La historia la empuja la lucha de clases superando las apariencias

La idea metafísica de las apariencias en la economía (fetichismo de las mercancías) se confunde con la idea idealista de que los hombres hacen la historia (apariencia), donde las relaciones sociales son sustituidas por relaciones entre cosas (mercancías) o entre personas (sujetos sin objeto). Donde para la ideología jurídica capitalista las relaciones de clase pasar a ser relaciones entre cosas y personas, dando a las relaciones mercantiles cualidades innatas y naturales. Para este idealismo burgués la historia parte del hombre abstracto dotado de una esencia innata y no de la lucha de clases, ignorando las relaciones de la producción que nos muestran a los individuos de la realidad social objetiva, partiendo del análisis del modo de producción dominante y la lucha de clases.

Cuando Gramsci nos habla de la estrechez científica del sentido común (falsa conciencia) y Lenin define su teoría del reflejo, nos plantean fielmente con Marx la necesidad de ir de la apariencia hasta la esencia infinita de las cosas por medio del conocimiento en su relación dialéctica con la práctica. De no haber sido así, la ciencia natural se hubiera quedado estancada con Tolomeo bajo el predominio del sentido común que sentenciaba como esencia inexacta de que era la tierra el centro del sistema solar.

Con el mismo crédito, la economía burguesa con la anulación de la existencia de contradicciones de clase, presupone la apariencia de que las relaciones capitalistas son eternas y atemporáneas, como resultado del pacto entre capital y trabajo, del consenso entre las personas sobre las relaciones económicas. Bajo este prisma gobierna la apariencia, el sentido pre-científico de los procesos, donde prevalece el sentido común de lo que se ve y percibe en la realidad inmediata. Las condiciones particulares de la producción capitalista, para la economía burguesa, son las condiciones generales de todo modo de producción. No ven que las categorías económicas (división social del trabajo, crédito, moneda…) son la expresión teórica propia de determinadas relaciones sociales historico-concretas y que como tales son un producto histórico y transitorio.

Al contrario de la ideología burguesa o reformista, para el marxismo-leninismo la acción política y social no es una actividad individual y espontánea, como sí lo es para el fetichismo burgués del individuo abstracto, sino como sitúa Althusser en su polémica con John Lewis, la acción política y social del proletariado es

“una lucha de masa organizada para la conquista y transformación revolucionaria del poder de Estado y de las relaciones sociales” (16),

donde el papel del individuo en la historia no está determinado por la esencia de la libertad individual en la acción, sino por las condiciones de la lucha de clases y los objetivos de clase que se marquen los movimientos organizados, que en el caso del proletariado es determinado por la ideología del movimiento obrero, su amplitud de masas y su grado de asimilación y aplicación de la teoría marxista.

El conocimiento científico de los instrumentos y mecanismos de la dominación y explotación de clase, producidos por Marx, pueden provocar el desplazamiento hacia la conciencia y la actividad de las masas, deshechando los cimientos del sentido común, de la superficialidad, el fetichismo, el humanismo abstracto, la realidad invertida que pivota en el reflejo y la actividad práctica espontánea.

La subordinación del proletariado a las apariencias, o la superación de dicha subordinación (desmitificación de las apariencias), tiene consecuencias para el posicionamiento de clase pasivo o activo. O bien, la apariencia como fuerza integradora del sistema capitalista, o bien, la desmitificación como fuerza activa de organización y movilización política del proletariado contra las relaciones de producción explotadoras. Porque si nos recluimos en la inmediatez de las apariencias, nunca veremos las relaciones sociales constituidas a partir de la contradicción antagónica, de la lucha de clases. De esta manera se consigue adormecer al proletariado en el sentido común, en la cosificación de las relaciones sociales, en la paz con contribuciones y anexiones para el capital, como algo habitual en la naturaleza de las cosas y de la historia.

No obstante, en la superación del fetichismo, de la apariencia, existe el peligro del fatalismo economicista y su no superación conlleva al voluntarismo. Las concepciones naturalistas y objetivistas de la lectura fatalista sobre las relaciones sociales y la historia, que ignoran la relación dialéctica entre las leyes objetivas y la actividad consciente de las fuerzas sociales, condenan a las fuerzas sociales a la pasividad, mientras que el subjetivismo cae en el voluntarismo, y niega los avances de la humanidad estrellándose contra una realidad objetiva que ignora. Sólo y únicamente, el carácter militante de la actividad revolucionaria, fundamentada científicamente, otorga a la clase obrera, una base dialéctica de objetividad al sujeto revolucionario que actúa subjetivamente.

 La clase obrera en su espontaneidad, con una concepción del mundo disgregada, dominada por el sentido común y la apariencia y sometida a la hegemonía de la ideología burguesa, nunca vegetara hacia el marxismo-leninismo. El sentido de la “reforma intelectual y moral” propuesta por Gramsci, entra de lleno en esa problemática, que consiste en elevar desde la organización política la capacidad intelectual de las masas cultural y políticamente atrasadas, de hacerlas participar activamente en el movimiento político para la transformación material e intelectual con la misión de la construcción del socialismo, comparable e incluso superior a los grandes movimientos premarxistas con que otras clases conquistaron su hegemonía.

2.3 ¿Existen las clases sin su conflicto?

¿Qué son las clases sociales? Lenin nos ha expuesto la definición más genérica donde las clases aparecen como grupos de personas que se diferencian por:

  1. El lugar que ocupan en un sistema de producción históricamente determinado.
  2. Su relación con los medios de producción.
  3. El papel que desempeñan en la organización social del trabajo.
  4. El modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen.

Esta es una definición que no tiene en cuenta las concepciones políticas ideológicas o religiosas del ser social, ni tampoco la conciencia que pueda tener de pertenecer a tal o cual clase y por tanto de sus intereses y objetivos (conciencia de clase). Por tanto, como esta es la definición de las clases en el ámbito de la infraestructura económica, en el ámbito de las relaciones de producción y las fuerzas productivas del modo de producción dominante en la formación socio-económica concreta. Se le debe añadir:

  1. Las clases tienden a ser fuerzas sociales activas en el marco de las coyunturas políticas.
  2. Las clases se definen en relación con las demás clases, relaciones de conflicto dentro de la formación social (económico y político-ideológico).
  3. Las clases tienden a transformarse internamente en lo subjetivo con acceso a la conciencia de clase revolucionaria, y en lo objetivo con las transformaciones derivadas del desarrollo de las fuerzas productivas en el marco de las relaciones de producción dominantes. Transformación que se entrelaza dialécticamente como efecto de la lucha de clases. Por ej., el paso al toyotismo es un efecto de la recomposición de la acumulación de capital de la misma manera que se produce como contra-peso a la resistencia del movimiento obrero.

Las clases son portadoras de la estructura socioeconómica son una realidad objetiva efecto de las relaciones producción, no son actores conscientemente creadores del drama genético-histórico que le ha precedido, son actores de un drama que no han escrito, pueden transformarlo partiendo de lo existente a través de las prácticas sociales y políticas, pero no crean conscientemente lo que ya existe. La determinación de la infraestructura es la matriz en torno a la que actúan las demás prácticas sociales (políticas, ideológicas, culturales, etc.). Estas se dan en el marco del modo de producción dominante.

La determinación en última instancia de la base económica no niega la autonomía relativa de la superestructura y su sobredeterminación sobre la base económica, cuyos efectos dependen de las ubicaciones y correlaciones de fuerza de las clases en toda la superestructura político-ideológica. Las clases coexisten tanto por su posición material objetiva (infraestructura) como dentro de las prácticas político-ideológicas (superestructura).

2.3.1 La dialéctica. Unidad y contradicción en las clases.

¿Pero las clases son o no, producto de su movimiento conflictivo, son o no, producto de la contradicción?. Para el método metafísico, las clases se distinguen en su inmovilidad identitaria, desligadas unas de otras, estableciendo la inmutabilidad de la división social, negando los cambios. También sostiene que dos clases contrarias no pueden existir al mismo tiempo en su unidad, lo que lleva al extremo de entender los cambios como obra de intervenciones externas, ya sea de Dios o personas privilegiadas, líderes, con el don de cambiar los acontecimientos. Para el marxismo-leninismo, por el contrario, las clases son en un mismo movimiento, relación mutua, transformación y unidad de contrarios, contradicción y lucha de clases, por lo que la revolución es producto de esa contradicción interna, no es obra de factores externos, es opuesto a la metafísica.

Los explotadores no podrían ser tales sin los explotados y a la inversa. Las relaciones de producción explotadoras, que son relaciones de la lucha de clases, ya sean esclavistas, feudales o capitalistas se fundamentan en esta relación contrapuesta en su unidad. El señor feudal no puede existir si no es a través de su relación de carácter extraeconómico bajo forma de renta con la clase explotada del modo feudal, el siervo campesino. De la misma manera el capitalista no puede existir sin el proletario por la extorsión de la plusvalía (coerción económica), y el proletario no puede existir como tal sino se sujeta al capital, sino produce o realiza la plusvalía.

Las clases antagónicas no pueden existir la una sin la otra, están determinadas mutuamente. Una contradicción dejaría de existir sin uno de sus contrarios. Las clases no se pueden concebir sin su unidad que es el campo de la lucha de clases, que definen las relaciones de dominio y subordinación de las clases en todos los ámbitos de las relaciones sociales: económico, político e ideológico. Es la dialéctica lo que predomina sobre la metafísica, donde la unidad de contrarios es como situara Lenin (17), de carácter temporal, transitorio, relativo y condicional, ya que son contrarios que se excluyen en la lucha, siendo ésta la fuente de su movimiento y la causa de la transformación de los contrarios, de la destrucción de lo viejo por lo nuevo. No hay reposo, equilibrio o síntesis entre los contrarios-clases en pugna. Por ej., el capitalismo suprime al feudalismo, la existencia posterior de ciertas relaciones precapitalistas en las formaciones sociales son sometidas al proceso de acumulación de capital, perdiendo su propia naturaleza anterior, siendo las antiguas clases del feudalismo transformadas en su contrario: nobleza y terratenientes en rentistas y burgueses, y los siervos en campesinos y proletarios. No hay síntesis, sino superación y surgimiento de nuevas contradicciones.

Para la dialéctica marxista-leninista, la contradicción es universal al existir en todos los procesos sociales desde su comienzo hasta su fin, y también es particular ya que cada formación social históricamente determinada contiene su propia estructura de contradicciones en contínuo desarrollo. Por ej. el capitalismo en su fase imperialista que no cambió la naturaleza de la contradicción principal, ha incorporado en su desarrollo nuevas contradicciones secundarias (burguesía-pequeña burguesía, proletariado-pequeña burguesía, democracia burguesa-fascismo en el seno de la burguesía, contradicciones interimperialistas, centro-periferia,  etc.) que son determinadas por la contradicción principal. La contradicción principal y el sistema complejo de contradicciones serán sustituidas por otras nuevas cuando sean superadas históricamente.

Cada contradicción se resuelve de forma particular, ya que está determinada por su carácter. La contradicción feudalismo/capitalismo se resuelve por medio de la revolución democrático burguesa, la contradicción burguesía/proletariado, por la revolución socialista, la contradicción entre las colonias y el imperialismo por la liberación nacional, etc.

Bajo el prisma marxista-leninista de la lucha de clases, debemos de sopesar el aspecto principal de cada contradicción, que es el que en la situación historico concreta determina y dirige el movimiento de los contrarios en presencia. Por ejemplo, bajo el feudalismo en la contradicción feudalismo/capitalismo, el feudalismo mantiene la posición de aspecto principal de la contradicción hasta que en la etapa de transición al capitalismo una vez surgido el movimiento político de lucha contra las relaciones feudales, el capitalismo pasa ha ser el lado principal de la contradicción sobre el feudalismo en su fase de liquidación, y por tanto determina su movimiento. En la etapa actual la contradicción burguesía/proletariado, es la burguesía imperialista el aspecto principal de la contradicción, ya que el proletariado se encuentra en una etapa de reflujo y recomposición de sus fuerzas, mientras la burguesía dirige la tendencia histórica hacia la barbarie.

Por otra parte, siguiendo con las contradicciones más generales de la historia, la determinación en última instancia de las fuerzas productivas, la práctica y la base económica, no implica que las relaciones de producción, la teoría y la superestructura no puedan desempeñar un papel principal en la contradicción, pues precisamente cuando la teoría y la superestructura dificultan el desarrollo de la práctica y la base económica, las transformaciones teóricas y políticas pasan a ser el aspecto principal de la contradicción.

No sólo hablamos de unidad y lucha de contrarios, sino también de su transformación, la burguesía a través de la revolución socialista se transforma de clase dominante en dominada, y el proletariado en dominante.

Tal dialéctica de la unidad de los contrarios está sujeta en su movimiento a dos tipos de cambio, los cambios cuantitativos, donde se mantiene un equilibrio social relativo, y los cambios cualitativos, donde se rompe el equilibrio de la formación social concreta. La unidad de los contrarios es temporal y relativa, mientras la lucha de contrarios excluyentes es absoluta.

 2.3.2 El reformismo una posición anti-dialéctica

Con este pequeño compedio sobre la dialéctica de los contrarios, podemos argumentar que sólo hay dos maneras de entender el movimiento, una de forma incesante y progresiva sin retrocesos, sin contradicciones ni antagonismos, sin cambios bruscos (propio de las lecturas fatalistas sobre Marx), u otra de forma dialéctica como unidad de contrarios, con saltos revolucionarios. El revisionismo que rechaza la dialéctica implica la ruptura total con cualquier comportamiento revolucionario (18).

Una de las variantes del reformismo que aceptan la existencia de las clases (aceptada también por la Economía política burguesa) es la afirmación de que éstas pueden coexistir sin conflicto, de que las clases existen antes y aparte de la lucha de clases. De forma metafórica Althusser nos explicaba esta actitud reformista de ver las cosas con un partido de rugby donde las clases salen al terreno de juego se enfrentan, luego descansan y una vez finalizado el partido se van a sus casas cansados de tanto conflicto (19). Para los reformistas lo primero no es la lucha de clases, sino la existencia de las mismas, éstas existen a priori de su unidad y contradicción, antes de la lucha de clases, donde como los equipos de rugby las clases existen cada una por su lado en el entrenamiento (condiciones sociales) antes del combate, la explotación asalariada aquí no se considera como lucha de clases, y ésta sólo se produce en el terreno de juego, en el enfrentamiento, es la revolución o la contrarrevolución la que sale triunfante, y sólo entonces hay lucha de clases.

Por el contrario, para los revolucionarios no es posible separar las clases de la lucha de clases, ambas son una misma cosa, ya que para que las clases existan es necesario que la sociedad esté dividida, y precisamente lo que constituye la división en clases es la explotación de una clase por la otra, o sea lucha de clases. Para analizar la existencia y la naturaleza de las clases, es preciso el colocar la lucha de clases en primer orden, no son las masas o los individuos los que hacen la historia en abstracto, sino como sostenía Marx, es la lucha de clases el motor de la historia, porque emana de lo material y transitorio en la historia y no de lo abstracto. La actividad de las masas está anclada materialmente en el modo de producción y está sujeta a la lucha de clases, que en última instancia es determinada por la unidad de las relaciones de producción y las fuerzas productivas, base material del antagonismo de clases, ya que es en la producción donde se realiza la explotación clasista, es la producción la causa motriz de la lucha de clases.

La posición reformista es propio de quienes confunden la lucha de clases con su aspecto físico, con motines, huelgas, manifestaciones, barricadas, revolución política, etc., o por el contrario con rompehuelgas, represión policial, detenciones, golpe de Estado, etc., es decir con los aspectos puntuales que rompen la situación de apariencia del conflicto latente entre las clases, prevaleciendo el fetichismo de la existencia pacífica de las clases, de la armonía e integración social de las personas, no viendo en la lucha económica en el marco de las relaciones de producción como lucha de clases, donde todavía se considera que cada clase se mantiene en su terreno de juego.

Esta posición ignora que el proceso de explotación capitalista es el modo histórico más desarrollado de la lucha de clases. El propio proceso de producción es establecido en torno a la lucha de clases de forma permanente y sin necesidad de factores extraeconómicos inmediatos. La explotación económica, la apropiación de la plusvalía como práctica social ya es lucha de clases, y la propia lucha reivindicativa del proletariado también genera aquellos aspectos que visualizan una lucha de clases con efectos en lo político (represión de las protestas y huelgas con intervención de la policía, el ejército y los tribunales, etc.), lo que indica que el capitalismo en su madurez sigue necesitando de la violencia-consenso desde el poder político para reproducir las relaciones sociales tambien desde la misma superestructura (reestructuración capitalista en Chile y Argentina, fascismo y nazismo en Italia y Alemania, reforma constitucional en Grecia y España, etc), para reprimir-contener las luchas obreras meramente reivindicativas o incluso revolucionarias.

La lucha de clases no se limita sólo al ámbito de la superestructura jurídico-política, sino que también atraviesa el interior mismo de las relaciones de producción y las propias fuerzas productivas que están compuestas por la fuerza productiva máxima, la clase obrera como contrario a las relaciones dominantes. En consecuencia las relaciones de poder proletariado/burguesía coexisten tanto en el Estado (superestructura), como en la fábrica (infraestructura). En consecuencia el valor, el dinero y el capital no son sólo categorías que expresan relaciones de fuerza económicas, sino también relaciones políticas entre burguesía y proletariado por la reproducción o superación del MPC.

En consecuencia, las clases sociales no son por tanto realidades independientes y preexistentes ante la lucha de clases, van juntas una y otra, para el marxismo-leninismo no pueden existir las clases sin la lucha de clases, a diferencia de la sociología burguesa donde las clases sólo existen bajo un criterio descriptivo de estratificación que excluye la contradicción social, precisamente la sociología burguesa, selecciona a las clases bajo forma mecanicista de dividir a la sociedad en grupos, donde los conflictos son independientes y accidentales a su existencia. Pero en realidad el capitalista sólo puede convertirse en tal a partir de la acumulación del capital, proceso en el cual compra la fuerza de trabajo y se apropia de la plusvalía que el proletario produce con su trabajo por encima del valor de su mercancía fuerza de trabajo, en ese momento el capitalista se convierte en clase a través de la relación social en la producción, a través de la explotación del trabajo asalariado, a través de la lucha de clases, no a priori ni a posteriori en el cambio. Y evidentemente la existencia del proletariado como clase sólo tiene sentido por la producción de la plusvalía la cual es producto de una relación social de explotación en la producción, producto de la lucha de clases, por lo que ni el capital puede subsistir sin el proletariado tanto como este no existiría sin el capital.

2.3.3 Los frentes de manifestación de la lucha de clases

Las clases aparecen cuando una se opone a otra en la acción, en la práctica social de clase. La realización del trabajo asalariado, el consumo de la fuerza de trabajo asalariada por el capital, la extracción de plusvalía es una práctica social de la clase capitalista y por ello ya es lucha de clases, es acción. Acción que no se limita sólo al nivel económico, sino a los niveles político e ideológico. No existen prácticas sociales y clases antagónicas sin lucha de clases, y dicha ley es la ley que rige la marcha de la historia de la sociedad clasista. Por tanto, el antagonismo de las clases es el motor de la tendencia en espiral con avances y retrocesos hacia el progreso social.

Existen tres frentes de la lucha de clases, el frente económico, el político y el ideológico. Los combates aislados entre los obreros de algunas fábricas y los patronos bajo la forma económica es la expresión de la lucha espontánea que todavía no tiene definida completamente los intereses de clase del proletariado. La lucha ideológica es la lucha que se da entre la ideología capitalista bajo todas sus formas de manifestación (filosofía, cultura de masas… ) y la ideología obrera basada en la teoría marxista-leninista de la historia. Es decir, en la visión no deformada de la realidad, y de la historia.

El frente político en el que se expresa la lucha de clases es el nivel supremo del conflicto que se establece entre dos clases antagónicas fundamentales, cuando luchan por sus objetivos de clase. Frente de lucha que moviliza a toda la clase explotada por la liberación social y política, en la que ya define sus objetivos de clase. Para llegar a esta fase la clase explotada debe de ser consciente de los intereses  estratégicos que defiende, debe de tener conciencia de clase no instintiva ni espontánea, sino un conocimiento objetivo y racional que pase a cuestionar el sistema de poder político que sobre-determina su condición de clase explotada. Para que la clase obrera supere su mera existencia objetiva y opere subjetivamente, debe de convertirse en una fuerza social activa que sea capaz de combinar estos tres frentes de lucha, a través de la acción social y política en la coyuntura, ya que estas luchas se materializan por las posiciones de clase que se toman en la coyuntura.

La clase capitalista como clase dominante, utiliza de forma permanente y combinada los tres frentes de lucha, no sólo en situaciones revolucionarias que cuestionen su poder, pues en primer lugar está obligada a reproducir la relación de explotación capital-trabajo, extender su dominación hacia otras clases o fracciones (campesino, pequeño productor), y mantener alianzas con otras clases, fracciones, capas o categorías sociales (terratenientes, pequeña burguesía, aristocracia obrera, burocracia, intelectuales, estudiantes) como fuerzas de apoyo a su dominación a través del bloque en el poder de la fracción burguesa dominante en el Estado capitalista. Por lo que la burguesía en el MPC pasa a ser una fuerza social activa de forma permanente, obligada a producir y reproducir su propia dominación.

El propio MPC en su movimiento ampliado reproduce las relaciones políticas e ideológicas dominantes, son las relaciones de producción y la lucha de clases quienes determinan y gobiernan los aparatos del Estado. Por ejemplo, la necesidad imperiosa de reprimir un fuerte movimiento revolucionario determina el aparato de Estado con predominancia de la estructura burocrático-policial y militar. La necesidad de mantener el consenso subalterno de las clases dominadas requiere de un reforzamiento de los aparatos ideológicos y de la lucha ideológica. Es la lucha de clases la que determina que la escuela como aparato de Estado, sea de contenido reaccionario y privada o de contenido progresista, público y de calidad, etc. La lucha de clases está presente en la denominada sociedad civil tanto como en su relación con el Estado.

2.3.4 Potencialidad revolucionaria de la clase obrera y desarrollo de la conciencia de clase

Objetivamente, la potencialidad revolucionaria de la clase obrera viene determinada:

  • por su posición central en el proceso de producción, circulación y cambio de mercancías, o lo que es lo mismo, respecto a la creación, realización y reparto de la plusvalía y la acumulación de capital, donde la clase obrera está en condiciones objetivas para accionar la parálisis del núcleo del sistema capitalista,
  • por su organización en el marco de una división social y técnica del trabajo que facilita la comunicación social, la organización de clase y la educación política,
  • y por la transparencia de las relaciones de explotación, donde mayores beneficios, horarios más largos y cargas de trabajo intensivas implican menores salarios, menos tiempo libre y mayor agotamiento.

Lo mismo cabe en sentido inverso para definir a la conciencia de clase de la clase dominante, por su posición central en la apropiación de la plusvalía. La conciencia de clase es, por una parte, la conciencia de la situación de clase dentro del proceso de producción y, por otra parte, la conciencia de las posibilidades reales, en un momento concreto de la historia, a la clase dominante para proseguir victoriosamente en el cumplimiento de sus tareas, o a la clase dominada para derribar a su rival y tomar la dirección de la sociedad. El capitalista no explota a sus obreros porque experimente un placer, por perversión, maldad o simple diversión. Lo hace porque su situación de clase le obliga a ello, porque el sistema económico que ha instaurado bajo presión de las leyes de desarrollo histórico dejaría de funcionar y el mismo se destruiría si procediera de otro modo. Y lo mismo pasa con la clase obrera, no obra a favor de la revolución socialista y con vistas a la destrucción del capitalismo por una simple necesidad de cambio, por fantasía, por deseo de afirmar su libertad, etc., sino porque posibilidades objetivas, inherentes al capitalismo, no sólo le autorizan, sino que incluso le obligan a hacerlo.

Pero para definir correctamente el papel revolucionario de la clase explotada desde una posición marxista-leninista, no sólo caben las condiciones objetivas que definen la situación de clase si estas no se acompañan de las condiciones subjetivas, donde la clase obrera se vea como portadora de la conciencia de clase, conciencia que define los objetivos estratégicos de sus intereses de clase, diferente al instinto propio de clase que se manifiesta por la defensa de los intereses inmediatos (por ejemplo los económicos) que no cuestionan la situación de explotación ni la superan. En lo subjetivo, también es necesario ver a las prácticas de clase ligadas a diferentes coyunturas políticas, dentro de las cuales se toman diferentes posiciones de clase, en unas pueden predominar las posiciones espontáneas y en otras las posiciones revolucionarias. En el marco histórico-concreto de una coyuntura de una formación social concreta, las clases adquieren la función de fuerzas sociales activas cuando su práctica social se orienta a lo político, a la toma o control del poder político.

La transformación o desarrollo subjetivo del proletariado en las prácticas de clase se produce en tres etapas  histórico-concretas dentro del tránsito para su transformación de “clase en sí” a “clase para sí”:

1ª.- El proletariado como masa pasiva y explotada: objeto de explotación.

2ª.- El proletariado como factor de lucha social y económica: sujeto socioeconómico reivindicativo.

3ª.- El proletariado como fuerza social consciente que lucha por la liberación social y política: sujeto revolucionario.

En consecuencia, el papel transformador de la clase obrera, no es algo innato, lo asume a partir de su ubicación en el proceso productivo, de la toma de conciencia de su condición de clase explotada y de su disposición de lucha por la liberación social.

Pero este esquema, explicado por Luckas en Historia y consciencia de clase, no es lineal, ni es un dogma. Aquí Lenin y Gramsci fueron quienes mejor definieron el papel de la teoría y la práctica en la lucha de clases a través de su teoría de la importación de la teoría marxista, concretando que la conciencia debe ser incorporada al movimiento espontáneo de la clase obrera desde fuera, para poder elevar la espontaneidad del proletariado a la teoría marxista-leninista, ya que la conciencia comunista de clase no acompaña a la espontaneidad proletaria. Por lo que no existe una armonía preconcebida entre la teoría marxista-leninista y la experiencia espontánea de la clase obrera dentro de la lucha de clases. ¿Cómo sino explicar objetivamente la conciencia en la mayor parte de la clase obrera carente de objetivos de clase? ¿Cómo contemplar sino que la teoría marxista-leninista también deba de aprender de la práctica en la lucha de clases?.

Mientras Lenin y Gramsci sitúan al partido como teórico marxista dentro de la lucha de clases que aprende del proletariado, la tesis predominante en la IIª Internacional elevaba la teoria marxista de la “autoemancipación del proletariado” por encima de la historia convirtiéndola en un dogma inmodificable, de esta manera las divergencias entre la teoría marxista y la práctica de clase se atribuían a la inmadurez de las condiciones históricas (Kaustky, Bernstein…) o al entreguismo de una dirección oportunista (Rosa Luxemburgo). No se establecía una relación dialéctica teoría-práctica y predominaba la espontaneidad de la teoría y el desarrollo de la autoemancipación de la clase revolucionaria hacia esa teoría de forma espontánea. La teoría de la importación de Lenin y Gramsci supera dialécticamente tal contradicción, y pone en su lugar la teoría revolucionaria de la autoemancipación del proletariado. Para Gramsci la autoconciencia del proletariado, significa históricamente la creación de una vanguardia de intelectuales orgánicos de nuevo tipo, el intelectual colectivo, el partido, ya que “una masa no se distingue y no se vuelve independiente por sí misma sin organizarse….y no hay organización sin intelectuales o sea sin organizadores y dirigentes” (20).

El desarrollo instintivo de la conciencia de los obreros los lleva tarde o temprano a la conciencia de sus intereses y objetivos, al reconocimiento de su situación dentro de la producción social a través de la praxis. Ahora bien, esto no se produce espontáneamente, ¡ojalá fuese así!, pues hay otros elementos entre el instinto y la conciencia de clase que entran en juego, elementos de carácter material donde domina el pensamiento cotidiano, el sentido común, de ampliar o mantener las condiciones de vida individualmente, fracturando la solidaridad clasista (economicismo, corporativismo), y elementos de carácter ideológico, donde se antepone la ideología de la clase dominante, que impide un desarrollo espontáneo hacia un conocimiento objetivo y racional de la propia situación de clase. Es la ideología dominante que deforma la realidad social y desnaturaliza el instinto de la clase explotada, limitándola a expresiones que no pongan en cuestión la pervivencia del sistema y que impiden que la conciencia sea puramente la expresión de su situación en la estructura económica de la formación social y la necesidad política de su superación.

Precisamente la clase revolucionaria por desenvolverse en el mundo dominado por la clase explotadora sólo consigue alcanzar mayoritariamente la conciencia de clase de forma colectiva como sujeto revolucionario, como fuerza social activa en la coyuntura política de crisis que defina la situación revolucionaria.

Pero contra esa necesidad revolucionaria vital, lo que la burguesía y los reformistas pretenden, es reducir la conciencia de clase del obrero a una conciencia meramente reivindicativa, economista, que lucha únicamente por las mejoras sociales y de vida, que no supongan un cambio de la estructura dominante. La burguesía niega la conciencia de clase en la organización política independiente del proletariado, evitando que la lucha de clases tenga lugar en todos los ámbitos de las relaciones sociales más allá del ciclo económico (producción-consumo-reparto del producto). Entienden las relaciones de producción capitalistas como leyes naturales todopoderosas, donde las épocas de crisis y prosperidad son inevitables. La burguesía y los reformistas del movimiento obrero imponen tal visión a los obreros en el dominio de la apariencia por medio de la tradición y el sentido común, impulsando la hegemonía político-ideológica de la clase explotadora. Ya Lenin advertía que el desarrollo espontáneo del movimiento de la clase obrera (el sindicalismo) lleva a su subordinación a la ideología burguesa, a la política liberal, por eso subrayaba la tarea del partido combatir el espontaneismo como ideología y práctica social, para llevar al movimiento obrero hacia el campo comunista.

El papel que juegan aquí los sindicatos de clase y los PCs es dialéctico, el primero une y cohesiona a la clase por su situación en la estructura económica en el ámbito nacional y estatal, y el segundo introduce la conciencia de clase en el proletariado en el plano ideológico y organizativo, mostrando el camino consecuente con sus intereses y objetivos de clase, combatiendo la ideología burguesa y sus variantes reformista, corporativo o izquierdista a través del propio desarrollo de las luchas de clase.

Es el momento de la lucha ideológica, de la fusión del movimiento obrero con el marxismo-leninismo a través de la praxis social y política, donde el PC juega la función de intelectual colectivo de la clase que lucha por organizarla y hegemonizar la conciencia de clase del proletariado a través de sus luchas y experiencias organizativas en las cuales la clase obrera toma  una posición de clase ante la coyuntura concreta actuando como fuerza social activa e independiente. Dialécticamente, la clase obrera deviene en fuerza social cuando su práctica de clase está vinculada a la teoría científica, y ésta se convierte en fuerza social cuando se incorpora en la conciencia obrera colectiva.

La lucha ideológica entre diferentes posiciones políticas (reaccionaria, reformista, izquierdista, revolucionaria…), que se concentran en la praxis social, política y teórica de la lucha de clases, acompaña a todas las clases en su esfera productiva y reproductiva. Y no sólo hablamos de la clase obrera, sino también del resto de ideologías imperialistas, burguesas, pequeño-burguesas y semi-proletarias, que en el plano de la lucha ideológica impregnan el sentido común y el pensar de las diversas clases sociales. Ya hemos visto que ninguna ideología se produce de forma espontánea en las masas, en el seno de una clase, estas adquieren el instinto de clase a través de las luchas y experiencias, pero la ideología se importa del exterior y la praxis la asume o la rechaza. Este ha sido también el camino que el anarquismo y el socialismo utópico tuvieron que atravesar para llegar a influir la actividad de las masas proletarias y semi-proletarias. No hay lugar para la actividad individual y espontánea hacia la ideología marxista-leninista, es parte de la clase la que a través de la praxis social y política llega a la teoría marxista-leninista que existe producto de su lucha y existencia, de la cual procede la elaboración teórica.

Concluyendo. La lucha política como forma superior de la lucha de clases, es revolucionaria y no liberal para el proletariado, cuando va dirigida por los partidos y sindicatos obreros no sólo a la mejora social inmediata de los trabajadores, sino a la superación de la sociedad de clases, empezando por la conquista del poder político y la organización del nuevo Estado obrero. Toda lucha económica debe de ir acompañada del elemento político, donde cualquier teoría o práctica que entienda únicamente la lucha de clases en su forma espontánea y embrionaria, no puede dejar de ser tachada de reformista, de ajena al marxismo-leninismo y a los intereses generales de la clase obrera. Esas luchas que movilizan a toda la clase, no logrando elevarla hasta el nivel de sus propios intereses de clase, es una lucha oculta. Precisamente la base del economismo ha sido el reducir el análisis de las clases únicamente en el terreno de lo económico, que no permite definir las clases y fuerzas sociales ante cualesquiera situación política concreta. La existencia de una clase en las relaciones económicas implica su existencia en las relaciones políticas e ideológicas, esta puede ser pasiva y subordinada o activa e independiente.

2.3.5 Superar la ideología liberal y ligar la reforma a la revolución en la acción política de la clase obrera

Hoy en día asistimos en el campo de la izquierda anti-neoliberal, a reivindicaciones de carácter democrático pequeño-burgués y radical, que desligadas del proceso revolucionario pueden llegar a convertirse no en un elemento de ayuda sino de freno y cooptación de la praxis revolucionaria en la lucha de clases. Son los derechos de ciudadanía, la democracia participativa, la subsidiariedad, etc., aspectos reivindicativos que desligados de la lucha por el socialismo pueden ser un bumerang que nos haga perder el sentido de clase y revolucionario, si al final se evapora la crítica del carácter clasista del poder político y el Estado, desplazada por el utopismo democrático. La ampliación de la democracia en el marco del Estado burgués no supone un fin sino un medio en la lucha política, ni tan siquiera son trocitos de socialismo en el capitalismo, son elementos de progreso y mejora de las condiciones de lucha del proletariado.

De forma perfecta en sociedades capitalistas más democráticas, pueden convivir una aceleración de la explotación de la clase obrera, con una inmensa pasividad de los sectores más sobreexplotados (jóvenes, inmigrantes, mujer trabajadora, obreros sobrantes), que en sociedades donde el proletariado resiste y combate al poder político dictatorial o bonapartista, como por ejemplo la lucha contra el franquismo aquí.

La lucha por los derechos democráticos de ciudadanía al margen de la nacionalidad, para todas las personas, es necesaria para poner en evidencia que tales derechos son imposibles bajo el capitalismo, para desvelar las contradicciones del sistema, y ver que la democracia real es incompatible con el capitalismo. Llegados a ese nivel, el reformismo intenta limitar el desarrollo político de las clases subalternas evitando la confrontación con el capitalismo, es decir evita dar el siguiente paso, elevar el listón de los objetivos políticos.

Por eso no podemos olvidar que la democracia-formal no es el fin de la explotación, la democracia a secas no existe, o es burguesa o es proletaria. Mientras la apropiación de la plusvalía, la propiedad privada de los medios de producción y la tierra, el fraude fiscal del capital, la limitación de los recursos presupuestarios del Estado a la aportación mayoritaria de parte del sustento de los trabajadores, las decisiones presupuestarias en manos del Estado burgués y las instituciones imperialistas (FMI, BM), no sean cuestionadas en la práctica, toda reforma fuera del trastocamiento de las relaciones de fuerza, no sirve al proceso revolucionario.

Pongámos un ejemplo, los presupuestos participativos de los municipios brasileños gobernados por el PT, son instrumentos de participación y organización de las masas para crear conciencia política. Pero estos instrumentos sólo controlan el 15% del presupuesto estatal financiado mayoritariamente por dinero de los trabajadores, lo que supone una tímida reforma que deriva hacia el cantonalismo administrativo, y no trastoca las relaciones de fuerza con la burguesía y su Estado, como sí lo hace la reforma fiscal progresiva, el incremento de peso de los presupuestos municipales, la reforma agraria, la nacionalización de las industrias básicas, los programas de choque públicos de creación de empleo estable de carácter social (guarderías públicas, hospitales, escuelas, etc) con presupuesto estatal, etc. Incluso la municipalización de servicios esenciales como el transporte no se ha logrado  en ciudades gobernadas por el PT, como Porto Alegre (21).

Pero aunque se hubiera logrado por medio de luchas reivindicativas, estas nunca deben desligarse de la lucha general por la transformación de la sociedad capitalista, ya que las cuestiones de la vida local, el municipalismo de izquierdas o socialista, por si solas no trastocan las bases de la dominación burguesa, ni lesionan las fuentes duras de su riqueza. Ya advertía Lenin en El programa agrario de la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-07, que en el municipalismo se traslada la atención a las cuestiones de la vida local, no al problema de los instrumentos principales de la dominación, sino al problema de cómo gastar las migajas arrojadas por la burguesía para “atender las necesidades de la población”, y señalaba que si la burguesía toleraba el “socialismo municipal”, era justamente porque éste no toca las bases de su dominación, no lesiona las fuentes estratégicas de su riqueza, concluyendo que la municipalización no amplia ni agudiza la lucha de clases, sino que, por el contrario, la amortigua al admitir el democratismo local paralelamente a un democratismo incompleto en el Estado. En consecuencia, desde una perspectiva revolucionaria las luchas que se dan en el ámbito micro-local, no deben impedir ver que si los capitalistas miran y operan en el mundo a nivel estatal y global, las luchas fraccionadas y puntuales sin ninguna coordinación orgánica ni articulación estratégica son insuficientes en la lucha por el socialismo. No se trata sólo de nacionalizar una fábrica o montar una cooperativa, sino (y aunque ello sea una estrategia a largo plazo) de socializar las principales fuerzas productivas de la sociedad, pero para ello es necesaria una estrategia revolucionaria global por la toma del poder, a la que se somenten las luchas locales y reivindicativas, no al revés.

La contradicción entre la igualdad y la democracia formales con la desigualdad y la dictadura de clase reales en la sociedad capitalista, donde el pueblo no gobierna para sí, ni legisla, ni ejecuta, ni controla los medios de producción principales, es una realidad patente producto de la existencia de las clases en su conflicto, donde hasta un obrero sabe por experiencia propia que en la lucha por los derechos de ciudadanía bajo el capitalismo nunca será igual al patrón capitalista, y para llegar a tal conclusión no hace falta que tal obrero sea teóricamente consciente de que la sociedad no está compuesta de ciudadanos sino de clases. Los derechos de ciudadanía forman parte de la lucha de clases en el capitalismo desde una perspectiva socialista, ya que la clase dominante se esfuerza por recortar todo tipo de derechos sociales, mientras por el contrario la clase obrera es la fuerza social más consecuente en la lucha por la ampliación de tales derechos, lucha que a pesar de las conquistas, desvela la incompatibilidad del capitalismo con los derechos de ciudadanía.

La lucha por las reivindicaciones democráticas (reforma agraria, impuesto progresivo a las fortunas, derecho de autodeterminación, reforzamiento de las libertades democráticas, condonación deuda externa, etc.) son elementos en la lucha de la clase obrera y sus aliados (campesinos, intelectuales, pequeña burguesía, capas, etc.) por el poder político como aspecto superior de la lucha de clases. Los derechos de ciudadanía como forma de igualdad real sólo son plenos en el socialismo, nunca antes en el mundo de los hermanos Grimm o en la ciudad Utopía llamada hoy Sociedad Civil, que solo existe en la imaginación, como ilusión sobre una realidad contrapuesta en la sociedad fraccionada y conflictiva entre clases antagónicas y un Estado reproductor y sostenedor de las relaciones dominantes de la clase vencedora que mira al resto como simples ciudadanos.

Esta ilusión sobre la democracia burguesa al margen de la hegemonía y el poder político de la clase dominante, todavía tiene hipnotizada a gran parte de la izquierda (reformista, izquierdista o anarquista) y es portadora de una incapacidad grandiosa para entender el cómo una minoría explotadora propietaria de los medios de producción, mantiene su hegemonía política bajo ¡¡¡formas democráticas!!!. Esta incapacidad ilustra la falta de una estrategia revolucionaria socialista en quienes son cautivos de los valores de la democracia-burguesa como ente al margen de la lucha de clases, confiando más en la lucha ideológica en el marco de la sociedad civil como suficiente para convertir el Estado burgués al servicio de la clase obrera a través de las urnas con una mayoría parlamentaria, no advirtiendo que el mejor resorte mediático con que cuenta el Estado-capitalista es su forma democrático-representativa, que ideológicamente atomiza a los obreros como ciudadanos en vez de considerarlos como como lo que realmente son, una clase explotada, y legitima al Estado representativo contemporáneo (capitalista) como forma superior de la organización política de la sociedad.

Perry Anderson analizaba la variante izquierdista de la socialdemocracia europea posterior a la IIª Guerra Mundial, que creía que sólo son la subversión ideológica en la sociedad civil podía arrancar a las masas de la dominación capitalista, ignorando el poder neutralizador que sostiene el sistema representativo capitalista, y consideraba que la democracia burguesa era el principal

“…cerrojo ideológico del capitalismo occidental, cuya existencia misma despoja a la clase obrera de la idea del socialismo como un tipo diferente de Estado, y con posterioridad, los medios de comunicación y otros mecanismos de control cultural afianzan este “efecto” ideológico central. Las relaciones capitalistas de producción, colocan a hombres y mujeres en diferentes clases sociales definidas por su acceso diferencial a los medios de producción. Estas divisiones son la realidad esencial del contrato salarial entre personas jurídicamente iguales y libres, que es la señal distintiva de este modo de producción. En otras palabras, presenta a hombres y mujeres sus posiciones desiguales en la sociedad civil, como si fuesen iguales en el Estado. El parlamento, elegido cada 4 o 5 años como la expresión soberana de la voluntad popular, refleja ante las masas la unidad ficticia de la nación como si fuera su propio autogobierno. Las divisiones económicas en el seno de la “ciudadanía” se enmascaran mediante la igualdad jurídica entre los explotadores y explotados, y con ella, la separación y no-participación de las masas en la labor del parlamento” (22).

Lo que Perry Anderson advierte es que el Estado democrático burgués como Estado-clase, tiene como misión organizar los intereses e ideología de la clase dominante y desorganizar a las clases dominadas en la sociedad civil, en un proceso de atomización e individualización de las masas. Es el ciudadano, es la igualdad en derechos la que suprime metamorfoseando la realidad objetiva de las clases en su conflicto político y social, que separa lo político de lo económico. Es en el Estado donde reside el poder de la clase dominante, el Estado democrático-burgués que guarda oculta su auténtica naturaleza de clase explotadora.

Es ese Estado quien se encarga de evitar la cohesión de la clase obrera, individualizando a sus integrantes transformándolos en meros ciudadanos y ocultando las relaciones antagónicas de clase. Su función principal es que los obreros no desarrollen la conciencia de clase. En este campo la lucha política se separa respecto a la lucha económica para despojar a los individuos de sus intereses de clase, y es en ésta lucha política donde la burguesía logra su hegemonía.

La lucha de la clase obrera y sus aliados por la ampliación de los derechos democráticos y de ciudadanía nos descubrirá la incompatibilidad de su realización con el capitalismo. Por lo que la lucha por las reformas debe desenvolverse de forma dialéctica y en unión con el proceso revolucionario, que contemple y no anule, el objetivo de la toma del poder político por los explotados. Por ello no hay que perder de vista a los cambios cualitativos como rasgo de la dialéctica marxista-leninista.

Pero también nos encontramos por una parte la política izquierdista, blanquista, anarquista, etc., la cual se centra únicamente en la fraseología y actividad seudorevolucionarias, niegan de hecho la necesidad de los cambios cuantitativos (reformas, organización y movimiento de masas) como medio preparatorio del cambio cualitativo, la revolución, callendo en la metafísica al separar la reforma de la revolución y la organización de las masas de la dirección política. Mientras que por otra parte, la política reformista cae en el otro extremo de la metafísica, atribuyendo los cambios cualitativos producidos en los acontecimientos históricos como obra del azar y entiende los cambios como una simple evolución natural cuantitativa (economista o antropologista) sobre la cual no hay que intervenir. La dialéctica marxista-leninista, huye de ambos extremos, y sólo entiende los cambios a través de la unión de lo cuantitativo (cambios continuos) y lo cualitativo (cambios discontinuos, ruptura), donde las actividades prácticas y cognoscitivas deben cuidar de no relegar alguna de las dos fases so pena de caer en la metafísica, donde el lado subjetivo que contiene la actividad por las reformas progresivas, la organización y dirección política de las masas va unida dialécticamente, siendo la revolución la parte culminante del proceso, a partir de la cual la actividad por los cambios cuantitativos pasan a ya a un segundo plano, y la actividad revolucionaria acelera o genera el cambio de modo de producción y sociedad nueva.

2.4 En torno a la ideología de los análisis estratificadores de las clases

La sociología burguesa en general surge como base de estudio de la sociedad al margen de lo económico, como reacción al materialismo histórico, otorgándose un contenido de ciencia natural. Para Weber, preso de la interpretación idealista de la historia, la sociología era una ciencia general del espíritu, y no del desarrollo de las contradicciones en lo económico como causa en última instancia. En este campo académico el marxismo a secas, se acepta como análisis sociológico de forma sutil con una fuerte dosis de filosofía kantiana, deshechando la dialéctica, la revolución, la teoría del Estado y la dictadura del proletariado, aceptando como válidas por el establishment académico-burgués la evolución pacífica y el reformismo político. De esta manera se asienta en este ambiente “sociológico” el revisionismo del marxismo, su adaptación a la sociología burguesa como plataforma de colaboración que termina por fragmentar el marxismo como teoría y prácticas científicas (Bernstein, Bobbio, etc.).

En esta pugna entre el materialismo histórico y la sociología burguesa-liberal mantenida desde finales del S.XIX hasta nuestros días, los dos troncos de análisis social más utilizados son el marxista y el weberiano. En la actualidad la sociología funcionalista que parte de la superestructura institucional (Durkheim, T. Parsons, Malinowski, Merton, etc.) y la estratificadora (Weber, Lloyd Warner) que parte de interaccionismo simbólico de las ideas y valores en el cambio social, van ganando terreno al método marxista en sectores académicos, e incluso este se ve atacado por su flanco más débil, fruto de la lectura determinista y anti-dialéctica de Marx.

Realizaremos un breve repaso por la sociología weberiana para comparar conceptos y superar confusiones, que se dan en la medida en que se insiste en mezclar ambas teorías (weberiana y marxista) y métodos (estratos y clases).

Empezaremos recordando que el propio Marx reconocía en carta dirigida a Weydemeyer (1.852), que su aportación al análisis de las clases y su conflicto no era novedoso ya que otros historiadores antes que él habían expuesto ya “el desarrollo histórico de esa lucha de clases”. Lo nuevo que Marx aportaba es que la existencia de las clases va ligada a “determinadas fases históricas del desarrollo de la producción”, que la lucha de clases en el capitalismo conduce a la dictadura del proletariado y que tal dictadura es el tránsito hacia la sociedad sin clases. Por lo que para Marx la existencia de las clases no es un hecho natural ni idealista. Para Marx las clases y su conflicto son un concepto dinámico y dialéctico que no admite el análisis tipológico y estático que caracteriza a la sociología burguesa que basa su método en la estratificación social para analizar las clases. Para Marx el concepto de clase es una herramienta de análisis para establecer los orígenes del cambio estructural de determinada sociedad histórica en movimiento dialéctico genético-estructural.

De ello se desprende que el origen de los conflictos sociales que desenvocan en revoluciones debe buscarse en las contradicciones fundamental y principal que caracteriza a toda sociedad clasista: relaciones de producción/fuerzas productivas y relaciones de clases explotadoras/explotadas. Tales contradicciones emanan de la producción social, con la existencia de dos clases fundamentales, una productiva que genera el excendente y otra improductiva que gobierna la producción y se apropia del excedente. Clases fundamentales aquellas sin las que resulta imposible el modo de producción preponderante y ue deben su origen a este modo de producción. En la sociedad de la esclavitud eran los esclavistas y los esclavos, en la feudal los señores y siervos, en la burguesa, los capitalistas y obreros.

Entre las dos clases se establece una relación conflictiva permanente de explotadores y explotados que es una relación estructural, en la que existen otras clases no fundamentales pertenecientes a otros modos de producción emergentes (caso de capitalismo en el feudalismo) o dominados (caso del feudalismo bajo el capitalismo). Esta peculiaridad histórica, con la existencia de diferentes modos de producción (capitalista y precapitalista) da lugar a la formación de las alianzas de clase.

Para Marx el modo de producción capitalista simplifica y polariza más el conflicto antagónico entre las clases fundamentales. Bajo el capitalismo la propiedad privada y la apropiación de la plusvalía dependen de la existencia de su antítesis, el proletariado. Dentro de esta relación el burgués es la clase conservadora de las relaciones de producción y el proletariado la clase destructiva-superadora por medio de la conciencia de clase que asciende del nivel reivindicativo al nivel político-ideológico. Por tanto, para Marx la clase no sólo es un producto económico, sino también un sujeto político y cultural.

La sociología weberiana constituye un ataque a la generalización marxista de que la lucha de clases constituye un proceso dialéctico decisivo. Mientras Marx parte del análisis económico para entender lo político, Weber va en sentido diferente. Weber conceptualiza a las clases a partir del intercambio, en la acción económica dentro del mercado, al margen de la producción social y las relaciones de explotación, luego pasa a definir la situación de clase como producto de situaciones típicas de provisión y posesión de bienes dentro de determinado orden económico, esa situación de clase es lo que define como clase a todo grupo humano que se encuentra en la misma situación. Para definir tales situaciones de clase Weber introduce una tipología de clases:

  • La clase propietaria, donde las diferencias en torno a la propiedad determinan la situación de clase.
  • La clase lucrativa o comercial aquella que depende de la valoración de bienes y servicios en el mercado como constitución de su situación de clase.
  • La clase social que viene definida por la totalidad de las situaciones de clase que se suceden generacionalmente.

Para Weber las clases propietarias se dividen entre clases poseedoras positivamente favorecidas (rentistas de tierras) y negativas (siervos, lumpenproletariado), clases comerciales positivas (empresarios y banqueros) y negativas (trabajador asalariado) situando entre ellas a la clase media (funcionarios del gobierno y la industria, artesanos y campesinos). Partiendo de esta conceptualización, la sociología weberiana divide las clases en el capitalismo entre, los obreros manuales, la pequeña burguesía, los trabajadores de cuello blanco (técnicos e intelectuales carentes de propiedad) y los Grupos dominantes (empresarios y banqueros).

A continuación Weber procede a separar de forma metafísica la situación de clase de los intereses de clase, situando este último en el ámbito de los estamentos (estatus), que agrupa a los individuos en base al consumo, la educación y el modo de vida específicos, tal definición de los grupos de estatus dependen del prestigio social adquirido a través del juicio de valor subjetivo asumido por la sociedad en general.

2.4.2 La sociología weberiana y funcionalista contra el marxismo

Ya hemos dicho que la sociología weberiana utiliza dos métodos distintos de análisis de la estructura social: el de los grupos o estamentos y el de las clases. Tal planteamiento fue muy desarrollado por la sociología norteamericana (W. Lloyd Warner) acentuando el método subjetivo, descargando más de por sí el peso de las dimensiones económicas y políticas de Weber. Para Warner las clases sociales son lo que los individuos sometidos a situaciones de clase creen, y establece un orden  de jerarquía de las clases dividida en seis categorías de clase: alta-alta, alta-baja, media-alta, media baja, baja-alta y baja-baja. Tal clasificación obedece a criterios de ingresos, fuentes de ingresos, nivel de educación, empleo, prestigio social, zona de residencia, etc.

Nos adentraremos un poco en el razonamiento. Si aplicamos el método estamental, veremos que en la sociedad se forman grupos de individuos afines a la tipología de clasificación empleada, en base a criterios elegidos previamente y datos que permiten clasificar y jerarquizar los grupos sociales, por nivel de ingresos, de calificación profesional y estudios, etc., la división de la sociedad en este tipo de grupos es lo que se denomina como estratificación social. Hasta aquí todo va bien, pero la confusión se generaliza cuando a estos grupos o estamentos sociales se les llama clases y se introduce la endémica y viejísima estratificación jerárquica empleada por la sociología yanqui, de clase alta, clase media y clase baja.

Para llegar a las clases ha de aplicarse el segundo método, pero no desde la metafísica de Weber y Warner sino desde la dialéctica marxista-leninista que nos da resultados más fructíferos, viendo no a grupos de individuos aislados estamentalmente que entran en conflicto producto de su voluntad, sino a concebir la sociedad como una estructura de clases y fuerzas sociales en movimiento dialéctico.

Pero para el análisis estratificador de Weber, es el individuo el punto de partida y no la clase. La estratificación de la sociedad capitalista, desde la sociología weberiana, no puede dejar de formarse a partir de la ideología dominante de esa sociedad: el individualismo liberal, que considera a la sociedad como conjunto de individuos que busca cada uno su máximo provecho, y se reúnen en la sociedad a través de las interacciones interindividuales (interaccionismo simbólico) por la coincidencia o no de los distintos intereses individuales. De la coincidencia surge el consenso en las normas sociales que todo el mundo respeta como imprescindibles para la convivencia, entre individuos con distintos roles, funciones, trabajos, que definen el estatus social general y de cada uno, y que la sociedad les atribuye.

Este aspecto en el que se destaca la armonía social en detrimento del conflicto coincide la sociología funcionalista de T. Parsons, que ya E. Durkheim anticipara en sus análisis (De la división del trabajo, Las reglas del análisis sociológico). Para Durkheim el Estado es la institución primordial de los derechos individuales y el resto de la superestructura (religión, cultura, ideología) cumple el papel de garantes de la disciplina moral de los individuos.

Para ambas escuelas de la sociología burguesa (weberiana y funcionalista), el consenso regula la vida colectiva, como garante del equilibrio social de los individuos estratificados jerárquicamente, según cual sea el estatus que el consenso social establezca para cada uno de los roles por ellos desempeñados. La no coincidencia de intereses hace surgir el conflicto, no como una contradicción antagónica de clases, sino como una contradicción de status y estamentos, que depende más de los valores, voluntades e ideas que de las contradicciones económicas y sociales, dado que las ideas aquí son las propulsoras del cambio económico, La ética protestante y el espíritu del capitalismo en Weber.

Para Weber la tendencia de la dinámica social no es la superación del capitalismo, sino una mayor organización eficaz de la sociedad y las masas, denominada racionalización, donde el desarrollo de la ciencia, la aplicación de la tecnología y la dirección de las actividades por la burocracia, dictan la organización de la vida social y económica. Para Weber la democracia parlamentaria es desde esta “racionalidad orgánica”, el mejor método de selección de jefes políticos competentes y responsables (cesarismo carismático y bonapartista), por oposición al método irracionalista de la demagogia social (fascismo, nazismo), ya que tanto él, como su hermano Alfred, consideraban a la democracia burguesa el dique más eficaz contra el movimiento obrero revolucionario.

Para el análisis marxista-leninista si el punto de partida es la estructura clasista, no es a partir de los individuos, sino de las fuerzas sociales antagónicas condicionadas por la dinámica de las fuerzas productivas, fuerzas sociales que la acción de tales individuos bajo determinadas relaciones de producción, produce el cómo se conforma la sociedad de clases. Las diferencias entre uno y otro tipo de método y análisis son claras, lo que para Weber es el conjunto de los individuos, el consenso y el rol social, para Marx es resultado de fuerzas sociales, el conflicto de clases y la distinta situación en las relaciones de producción.

La base jurídica de la sociedad burguesa sostiene una visión más opaca en cuanto al análisis clasista de la sociedad capitalista que en anteriores modos de producción. Mientras en el feudalismo la diversificación de las clases sociales estaban plasmadas jurídicamente, y el paso de una a otra, era por principio, contrario al derecho y las costumbres, en el capitalismo la movilidad social es la posibilidad de ascenso social que se ofrece al individuo en general y a las clases explotadas y oprimidas en lo particular.

Dicha “oferta” de movilidad social que ofrece la ideología burguesa y sus presupuestos jurídicos, se convierte en un sustento ideológico de consentimiento del sistema, ya que frente a la prespectiva clasista de la acción colectiva para la transformación social, se presenta la alternativa individualista del ascenso social. El capitalista no es tal por su origen y títulos nobiliarios, sino por su propiedad sobre los medios de producción y de capital. Tal lógica permite dar mayor legitimidad a su dominación ya que la “movilidad social ascendente” se ofrece como tapabocas y vía de escape de las clases subalternas. Precisamente en las sociedades capitalistas donde la movilidad social es prácticamente inexistente, es más difícil el desarrollo de la hegemonía burguesa a través del concenso en la sociedad civil, y más recurrente el dominio en base a la disposición de los instrumentos de coerción contemplados en el Estado.

Coherente con el ordenamiento jurídico de la dominación burguesa, la sociología weberiana entiende la movilidad social, y no el conflicto de clases, como el elemento impulsor del cambio social, por lo que la evolución progresiva y racionalizadora de la sociedad capitalista en lo económico y lo político es beneficiosa para todos, la intercambiabilidad de roles al margen de la extracción social si es alta, más eficiente será la sociedad y si es baja es cuando la sociedad se estanca en el conflicto. En este sentido para el análisis estratificador, más que el cambio, lo que prevalece es el perfeccionamiento social basado en el progreso de la sociedad en su conjunto y en su movilidad interna, haciéndose según Weber cada vez más democrática y transparente. Esta sociología se halla presa del evolucionismo vulgar e ignora el principio dialéctico del paso de la cantidad a la calidad, paso que precisamente trastoca toda evolución y uniformidad social.

Cuando se considera la sociedad como estructura dialéctica de clases, la dinámica que engendra los cambios es el enfrentamiento de fuerzas sociales antagónicas, y el desarrollo de las fuerzas productivas. En éste método la transformación es el centro y el soporte del análisis de la sociedad (23) y la movilidad social una simple anécdota.

2.4.3 Incompatibilidad del método marxista con la sociología burguesa contemporánea

     Al situar los análisis estratificador, funcionalista o de clase, aún en el sentido weberiano, de forma separada o yuxtapuesta, se cae o bien en la metafísica o bien en el positivismo, porque se están empleando parámetros totalmente diferentes e incompatibles. No se está hablando de diferentes aspectos de la misma realidad objetiva, sino de realidades diferentes con parámetros distintos. Yuxtaponer el estrato a la clase o viceversa, es como colocar la tierra bajo los mares. No se pueden unir por mucho que Weber y sus herederos lo intenten, son dos conceptualizaciones, dos maneras de medir el mundo social con resultados diferentes. Si aceptamos que la sociedad es el resultado de la oposición de fuerzas sociales antagónicas entre sí en torno a la las relaciones de producción, ni los estratos, ni el consenso pueden subsistir, ni jugar un papel de progreso o cambio social.

Por el contrario, si aceptamos que la sociedad está compuesta de individuos, cohesionados racionalizadoramente (interaccionismo simbólico) o a través de las instituciones sociales de la superestructura (funcionalismo) por unas normas sociales consensuadas, que los jerarquiza, ¡¡¡el conflicto de clases nunca tiene lugar!!!, dado que en el análisis las clases son fuerzas sociales antagónicas, negadoras del consenso en que se basan los estratos y la jerarquización social de roles y status.

La sociología contemporánea intenta fusionar sus conocimientos académicos bañándose en las riberas del marxismo sin leninismo. Aparecen las clases, junto a los estratos, capas profesionales, etc. De este modo se contamina el análisis marxista, dado que las clases no existen sin su lucha, pero al optar por la estratificación social se hace gala del fetichismo ideológico, al quedarse en la apariencia, en la superficie, y para ello no faltan la lluvia de datos, preestablecidos por una clasificación intencionada. En tal sentido debiéramos preguntarnos si ¿es marxista iniciar el estudio de las clases a partir de las capas profesionales?, ¿es marxista considerar el aburguesamiento de fracciones de trabajadores, como un análisis objetivo de la clase obrera contemporánea?. El análisis marxista de las clases no es un análisis de estratos, sino de fuerzas sociales, las cuales solo pueden ser descubiertas analizando el conflicto social y sus agentes, pero para ello es necesario abrir el cascarón de la superficie que nos impide ver el núcleo del movimiento de la sociedad.

Mezclando los estratos y las clases de forma jerarquizada (clase alta, clase media y clase baja) donde resulta que el proletariado no es la clase más baja, ni la burguesía la clase más alta que vulgarmente se identifica con la “alta sociedad” compuesta de una mezcolanza de clases y fracciones (monarcas, príncipes, yuppies, gerentes de grandes empresas, presidentes y ministros de gobiernos capitalistas y ex, estrellas de cine, televisión, música y pandereta, futbolistas…) no encontraremos un método diferente al estratificador. Por el contrario, un análisis dialéctico-materialista nos descubre la esencia del fenómeno tanto en la producción como en la reproducción de la vida social, nos destapa en toda su desnudez a la burguesía, el proletariado, la aristocracia, la pequeña burguesía, los intelectuales, etc.

Sin embargo, en la actualidad está muy extendida la mezcolanza de análisis funcionalistas y estratificadores, herederos de la sociología de Weber y Durkheim, que analizan las clases bien colocándolas bajo el sometimiento de la supestructura jurídico-política, bien confundiendo la objetividad (situación de clase) con lo subjetivo (conciencia de clase), o bien separándolas metafísicamente, como hace Weber.

En este sentido el denominado fenómeno de “aburguesamiento de la clase obrera”, visto desde el prisma de la sociología estratificadora, se entiende más como una delimitación mecanicista en torno a las diferencias físicas visibles del obrero manual de una cadena de montaje y el obrero intelectual ante un panel de control supervisando procesos automatizados (24), o incluso entre el obrero precario y el obrero con trabajo estable. Por el contrario, el análisis marxista-leninista entiende el aburguesamiento como la identificación corporativa de una fracción de la clase obrera en el seno del conflicto de clase, traducido en una posición de clase no proletaria, pro-capitalista, pro-imperialista o pro-militarista.

Precisamente los datos ofrecidos sobre la autoidentificación del 70% de los trabajadores manuales en España como clase media (25), como factor determinante de su aburguesamiento, en realidad nos dice que es una cuestión más subjetiva e ideológica, que objetiva y dialéctica. Esta manera de ver las cosas es característico de la sociología funcionalista y estratificadora, que ignora que las clases también son lugares donde reside la lucha de clases, la lucha ideológica y política, donde la clase explotada en lo económico, es dominada en lo político, y subalterna en lo ideológico en el marco de una coyuntura no revolucionaria. Estos análisis caen en la metafísica, con la nueva tipología de estratificación (tecnocracia, infraclase, excluidos, tercios, multitudes, precariado, desclasados, etc.), y muerden su propia presunción de cientifidad, de imparcialidad y no toma de partido en los conflictos sociales, porque hay diferentes maneras de hacer las estadísticas, pues lo mismo que se pregunta a un obrero sobre su situación ideológica, se puede realizar un test de preguntas que vayan en la línea de saber si se sienten dueños de los medios de trabajo que emplean, si creen que perciben en salario toda la riqueza que su ocupación crea, etc., seguramente la estadística se alteraría por completo, y ¿por qué? pues porque el sentido de la misma se alteraría al emplear otro método.

Que términos como clase obrera y proletariado hayan perdido uso dejando lugar, a clase media, como señala Tezanos (26), no deja de ser una cuestión ideológica, estando como estamos metidos en una coyuntura de lucha de ideas donde el Pensamiento Unico neoliberal va ganando la partida a toda alternativa de clase y revolucionaria, donde el resistencialismo de la sociedad civil española, va dejando paso a la integración ideológica y cultural sistémica como efecto de la derrota y el retroceso social y político de la clase obrera. Situación coyuntural que no hay que confundirla como algo estático, ¿o alguien pensaba en los 70 y en los 80, que la conceptualización de proletariado y clase obrera, muy en boga, fuese desplazada del lenguaje común de las gentes e incluso en medios académicos?, ¿alguien creía que el sistema no se recompondría de su crisis e iniciaría la ofensiva en todos los terrenos incluido en lo ideológico y cultural?

Ante el flujo de la ola neoliberal no es de extrañar, que la clase subalterna se plegue en lo ideológico. La referencia de Tezanos (27) a la evolución del voto de los “trabajadores manuales” esta dentro de esa dialéctica, al margen de los módulos estratificadores usados. La derechización del voto obrero que ha evolucionado en los últimos años, de 1.991 sólo el 13,5% de obreros votaban a la derecha política (PP, CiU, PNV, CDS y otros) con el 47,2% que votaban a la izquierda (IU + PSOE), al año 2000 donde la derecha aglutina el 25,1% y la izquierda el 29%, creciendo la abstención paralelamente a la derechización del medio obrero, por ej. en las elecciones municipales del 2.003 la abstención en España se situó en torno al 32,64%, mientras que en Barcelona provincia con un fuerte núcleo obrero rondó por encima del 40%, aspecto que se inscribe en el ámbito de la dialéctica marxista-leninista, de la lucha de clases.

Esta es la realidad objetiva que unida a los cambios introducidos por el capitalismo en los métodos de organización de la explotación asalariada (postfordismo), explica que las organizaciones sindicales hayan perdido poder no sólo en relación a la ruptura del pacto socialdemócrata basado en el Estado del Bienestar, realizado por gobiernos socialdemócratas deslizados hacia el centro político en la búsqueda del electorado menos clasista y sobre todo empujado por los monzones neoliberales, lo que provoca los altos niveles de abstención del medio obrero. Sino también en relación a la pérdida de la influencia sindical durante la década de los 80 hasta la mitad de los 90, influencia que retrocede ante los cambios políticos y económicos como efecto de las medidas neoliberales desreguladoras del mercado de trabajo, donde las tasas afiliativas de Francia, España, Alemania, e Inglaterra bajan al margen de los diferentes planteamientos y objetivos sindicales. Mientras que a partir de la recomposición de la respuesta obrera iniciada en Europa en la segunda mitad de la década de los 90, con una recuperación de la resistencia y las luchas obreras y sindicales (huelgas generales, recomposición de la organización sindical en las empresas de nueva creación, etc.), comienza por primera vez tras la ofensiva neoliberal a estabilizarse la afiliación en España, Italia y Francia.

En definitiva, no podemos ignorar, como hace la sociología estratificadora y burguesa, que la coyuntura político-económica, el modelo de acumulación neoliberal, la ofensiva ideológico-cultural anti-clasista, la fragmentación de la condición obrera, son elementos poderosísimos, que intervienen como instrumentos de combate de la clase dominante, que dificultan la organización y el desarrollo de una amplia conciencia de clase de los explotados.

2.5 Clases, fracciones y categorías sociales no fundamentales

El Modo de Producción Capitalista (MPC) está compuesto por dos clases fundamentales: la burguesía y el proletariado. Este no funciona en estado puro sino dentro de una formación social históricamente determinada, donde pueden coexistir diferentes modos de producción precapitalistas, en el que el modo de producción capitalista es dominante, ello justifica la existencia de clases de transición y de transformaciones internas de las clases y las relaciones de clase. Por ejemplo, la transformación de la nobleza feudal en burguesía por la capitalización de la tierra o de los artesanos y campesinos en pequeños capitalistas, la proletarización creciente de la pequeña burguesía, son fenómenos que se dan por la determinación dominante del MPC en las distintas formaciones sociales nacionales.

Las clases de transición han existido siempre en las formaciones sociales historico-concretas y son aquellas que se hallan en proceso de formación en el interior de un modo de producción en vías de superación (burguesía ascendente en la época feudal), aquellas que representan a las relaciones de producción en proceso de extinción (la nobleza feudal-terrateniente en la etapa de transición al capitalismo) y aquellas que entran en un proceso de subyugación e integración (campesinado, pequeña burguesía bajo el capitalismo).

Las clases de transición del capitalismo son la pequeña burguesía tradicional, compuesta por el campesinado y artesanado, procedentes de modos de producción precapitalistas superados y dominados. Clases que se expandieron en la etapa incipiente del capitalismo con la liberación de la servidumbre y desintegración de las relaciones de producción feudales. Clases de pequeños productores, propietarios de sus medios de producción que controlan el proceso de trabajo y su distribución, típicas en las formas del capitalismo de producción mercantil simple (D-M-D), que son absorvidas por las relaciones de producción capitalistas bajo las formas de producción mercantil compleja (D-M-D´ conversión de parte de la plusvalía en capital), donde domina la gran producción, grandes redes de distribución y la reproducción ampliada del capital, que opera con efectos de conservación y disolución de las formas de producción mercantil simple precapitalistas.

Incluso hoy encontramos en diferentes formaciones sociales concretas del mundo, formas precapitalistas de explotación, tribal, esclavista, o de servidumbre, como el régimen y modo de producción de las comunidades tribal-patriarcales en Asia o África (28), la esclavitud por deudas en el mercado negro de la inmigración ilegal en los países centrales o las relaciones de servidumbre que se conservan en países de Africa, Asia y Latinoamérica a través del sistema de peonaje de los campesinos y jornaleros de los grandes latifundios. Las relaciones capitalistas de intercambio a nivel internacional hoy como ayer ligan las relaciones capitalistas y precapitalistas en un todo orgánico. Ya Marx indicaba que la expansión de la industria algodonera capitalista de Inglaterra empujó al modo de producción esclavista basado en la trata de negros en los estados del sur de Norteamérica en los siglos XVIII y XIX.

Pervivencias precapitalistas que son mantenidas e inducidas por el ciclo de reproducción ampliada del capital y extorsión de la plusvalía a escala mundial, que también sirven de soporte para perpetuar el estancamiento de las formaciones sociales concretas a través de formas de explotación precapitalistas reproducidas por regímenes políticos neocoloniales donde la identidad territorial se sujeta en el marco de un Estado teócrata semi-feudal (Afganistán, Arabia Saudí, etc.) o en un marco de régimen bonapartista o bipartidista negador de los derechos políticos y sociales (Chile de Pinochet, Nicaragua de Somoza, Venezuela bajo el bipartidismo de AD y COPEI…), o leyes de inmigración que niegan los derechos políticos y sociales en los propios Estados imperialistas.

Esta pervivencia de regímenes políticos y legislaciones reaccionarias que legitiman las formas precapitalistas de esclavitud y servidumbre, incompatibles con los principios abstractos de la democracia burguesa, aparecen como efecto de la reproducción tanto interna, como la expansión externa de Estados imperialistas, pues históricamente hace muy poco existía el régimen nazi en Alemania que consagraba el racismo, la esclavitud y la conquista; el régimen de apartheid en la República Surafricana que consagraba el racismo y la negación de derechos de la mayoría de la población; e incluso todavía queda la última pervivencia bajo el Estado de Israel, que como Estado teocrático consagra la primacía religiosa del judaísmo ortodoxo, donde las personas no judías son sometidas a un Estado de excepción militar, como refugiados internos, carentes de derechos de residencia y ciudadanía, tratados como extranjeros en su país, estando sus bienes y tierras sujetos a la confiscación y requisación bajo libre arbitrio del gobierno en beneficio de la clase dominante sionista y sus clases de apoyo (pequeña burguesía y colonos sionistas, y aristocracia obrera), una fotocopia actual del Guetto de Varsovia en la IIª Guerra Mundial.

Estos regímenes políticos desarrollados en la cuna del imperialismo, guardan una similitud histórica nada más y nada menos que con la Grecia y Roma de la Antigüedad, donde los derechos políticos de ciudadanía eran patrimonio de las clases explotadoras y subalternas integradas jurídicamente en las ciudades-Estado, destinadas a dominar y conquistar a otros pueblos.

¿Cómo es posible que la burguesía que antaño se levantaba contra el feudalismo, sostenga tales regímenes socieconómicos con instituciones políticas reaccionarias?. Ello es así porque desde hace un siglo el mundo reúne las condiciones materiales para la superación del modo de producción capitalista. Ello ha comportado el paso definitivo de la burguesía del campo revolucionario al campo conservador, esta clase ha dejado de ser la instigadora de la subversión y de la transformación de las relaciones sociales existentes, ha dejado de ser la instigadora de la movilización de masas y tiende a la conservación de lo existente porque siente que en cada amplio movimiento de masas está presente el peligro de su final. Este es el motivo por el que la sociedad burguesa sostiene, apoya y mantiene en pie sistemas económicos, políticos y sociales atrasados (como la sociedad tribal y esclavista de Arabia Saudí, Afganistán, etc.), basando en ellos la defensa de sus propios intereses, ya que su desaparición perturbaría y amenazaría el orden social imperialista.

Las propias relaciones político-económicas establecidas entre los Estados imperialistas y la periferia pueden encuadrarse dentro de tales pervivencias precapitalistas, que los diferentes modelos de acumulación de capital han mantenido y reflotado históricamente en beneficio de la acumulación y reproducción ampliada del capital de los propios Estados imperialistas y evidentemente como ariete contra los movimientos revolucionarios y de liberación nacional, ya que el mayor problema con el que se han encontrado los revolucionarios de África y Oriente Medio es la carencia de proletariado y la existencia de relaciones tribales, enfrentamientos religioso-raciales, como secuelas de la política colonial e imperialista en nuestros días.

No vamos a analizar aquí este tema, pero si es interesante señalarlo para distinguir que el capitalismo como modo de producción puro no existe, y que aquellas pervivencias de las relaciones precapitalistas son la causa de  la existencia de las clases de transición, que el modo de producción capitalista no termina de extiguir, sino que lo supera y las somete en su expansión y reproducción.

2.5.1 La pequeña burguesía. Campo de lucha entre la burguesía y el proletariado

      Ahora nos interesa el análisis económico y político de las formas económicas que caracterizan al capitalismo de producción y circulación mercantil simple (D-M-D), la pequeña producción y la pequeña propiedad privada. La primera obtiene beneficio de la venta de mercancías sin arrebatar plusvalía, la segunda se remite en la esfera de la circulación al pequeño comercio típicamente familiar; lo que caracteriza a ambos es la propiedad sobre los medios de producción y la no existencia de la explotación del trabajo asalariado y de la plusvalía.  Es la pequeña burguesía tradicional, tanto en la industria como en el campo (campesino parcelario) y el pequeño comercio.

En la actualidad, esta fracción supone apenas el 16% de la población española, unos 3 millones, de los que la mayor parte son autónomos, pequeños agricultores, pescadores, ganaderos, comerciantes, vendedores y profesiones liberales.

No obstante, hay que hacer un paréntisis y añadir que actualmente una gran parte de los denominados “trabajadores autónomos” han surgido a raíz de la política de flexibilización del mercado de trabajo en nuevas actividades segregadas de las grandes empresas (servicios, transporte, construcción, teletrabajo y hostelería) que encubren relaciones laborales de explotación. Aproximadamente un tercio de los autonomos son semi-proletarios, antiguos obreros que ahora trabajan por su cuenta y son subcontratados por el antiguo patrón, no tienen trabajadores a su cargo, no disponen de ninguna forma de negociación sobre sus condiciones laborales ni tarifas, y sin embargo tienen todas las obligaciones de un empresario (18% IRPF, IVA e impuesto actividades económicas) como dueño de sus medios de producción  y ninguno de los derechos de un trabajador asalariado. Desaparecen derechos de protección social, descansos, vacaciones, seguridad social, subsidio desempleo, IT sólo a partir de los 15 días de baja y su pensión media es un 40% más baja al resto de asalariados. En la actualidad, transformar al obrero en “pequeño burgués” se ha convertido en una buena manera de liquidar derechos sociales conquistados por el movimiento obrero.

Pero volvamos al análisis de la pequeña burguesía. Sobre estas clases de transición el Estado capitalista contempla la política de alianzas al servicio de la clase dominante. Por ejemplo, la Francia gaullista se guardó bien de aplicar una política proteccionista a favor de la agricultura para ganar el apoyo electoral del pequeño campesino frente a la clase obrera. No obstante, es inevitable la tendencia que se da en la etapa imperialista en el acercamiento de las condiciones de vida de los proletarios y la pequeña burguesía. Esa degradación de las condiciones de vida impulsa a la pequeña burguesía a sumarse con el proletariado en la lucha por las mejoras sociales en los barrios y por una política de asistencia social pública.

Por otra parte, la condición de clase de transición, también explica las propuestas redistributivas que emanan de la pequeña burguesía en su pugna particular con el dominio del MPC, la justicia social y una política impositiva fiscal igualitaria, el humanismo, la democratización de los aparatos del Estado burgués, que permitan la ascensión social, e igualdad de oportunidades a los individuos para renovar las élites institucionales, como aspectos que acompañan siempre al individualismo pequeño burgués, característico de una clase reacia a la proletarización, y que destaca por su fuerte apego al Estado, considerándolo por su propia situación intermedia entre burguesía y proletariado como una institución neutra por encima de las clases. Aspectos que conforman una base material de aversión hacia el proceso socializado del trabajo y la solidaridad de clase.

Por tanto, en estas clases de transición se da una base material contradictoria (deterioro condiciones de vida/aspiraciones individuales) que puede derivar hacia posiciones anti-capitalistas desde perspectivas distintas a la clase obrera (anarquismo, utopismo, reformismo, fascismo). Marx ya advertía que dada su condición intermedia, la pequeña burguesía, en función de la coyuntura de clases en los inicios del capitalismo adoptaba ideas pre-proletarias, como el socialismo feudal, socialismo utópico y crítico.

Y es que a la pequeña burguesía les acerca al capital la propiedad privada, y les aleja su condición de trabajadores que por el contrario les acerca al proletariado, siendo distintos al no realizar ni crear plusvalía. Su temor a la proletarización por un lado, se complementa por su atracción hacia la burguesía por otro, lo que determina una posición de fuerza social poco dada a las transformaciones radicales. Marx y Engels expresaban esta idea en la praxis del proceso revolucionario en Europa de 1.848 a 1.850, donde destacaban a la pequeña burguesía democrática como una fuerza social tendente hacia el cambio reformista del régimen social y político que recoja sus propias reivindicaciones económicas y la coloque al frente del poder político, diferenciándose del gran capital y del proletariado, considerando a éstos últimos siempre como aliados subalternos (29).

Como clases de transición dejan de ser portadores del progreso social anterior (liberación del yugo de la servidumbre) y pasan a ser clases que fluctúan entre los intereses del proletariado y los de la burguesía. Espontáneamente tienden a la idea de sentirse por encima de la oposición de las clases en general, y por una parte les puede interesar el reforzamiento del Estado capitalista como catapulta de ascensión social, como reabsorción de su negatividad de clase de transición.

En su seno se entremezclan la ideología proletaria y la burguesa, convirtiéndose la ideología pequeño burguesa un campo de lucha ideológica entre las ideologías burguesa y proletaria en torno al cual la pequeña burguesía puede derivar hacia el bloque histórico revolucionario o hacia el bloque en el poder del Estado capitalista.

Históricamente la pequeña burguesía ha sido base social del jacobinismo en la revolución francesa, y en las revoluciones burguesas (puritanismo en Inglaterra; unificación italiana, etc.), es decir hacia la izquierda; de la misma manera que también ha basculado a la derecha, constituyéndose en clase apoyo del bonapartismo, del fascismo y del nazismo, jugando la baza de clase apoyo de la burguesía o clase reinante en representación de la burguesía (por ejemplo, gobierno jacobino en la revolución francesa, el peronismo en Argentina, fascismo en Italia y Alemania, socialdemocracia en Europa occidental tras la IIª Guerra Mundial). Lo que demuestra que la pequeña burguesía no dispone de una posición política de clase propia, lo cual da más razones para desprenderse de la denominada tercera vía, esa propuesta ilusoria no es real en las formaciones sociales capitalistas en la etapa del imperialismo. Sólo existen dos vías, lados, frentes o trincheras, la burguesa y la proletaria. Ello es así porque no existe ni hay fundamento para un modo de producción pequeño burgués y esta clase es portadora, sobre su cabeza y estómago, de la contradicción entre burguesía y proletariado.

Marx hace referencia a esta problemática cuando explica la tendencia histórica de la acumulación capitalista, señalando “la expropiación del productor directo, esto es, la disolución de la propiedad privada fundada en el trabajo propio”, donde la pequeña producción y la propiedad del trabajador sobre sus medios de producción “libre de sus condiciones de trabajo, manejadas por el mismo” característico de la pequeña industria, tienden a ser superadas, absorvidas, sometidas y proletarizadas por la gran propiedad y producción capitalista. El modo de producción pequeño burgués supone la parcelación de todos los medios de producción, excluye la concentración e impide el desarrollo “libre de las fuerzas productivas”, éste es superado por medio de la acumulación prehistórica del capital, por “la expropiación que despoja de la tierra y de los medios de subsistencia e instrumentos de trabajo a la gran masa del pueblo”, donde el productor independiente es desplazado por la propiedad y producción capitalista que se fundamenta en “la explotación del trabajo ajeno”. Este proceso prepara objetivamente su propia contradicción y las dosis para su superación, el proceso de expropiación en la acumulación de capital se desarrolla de forma natural despojando no ya sólo al pequeño productor, sino también al capitalista por medio de la concentración de capital, reduciendo el número de “magnates del capital” que monopolizan la producción. La socialización creciente de la producción como germen del nuevo modo de producción entra en contradicción con “su corteza capitalista”. Para Marx el propio modo de producción capitalista es la negación de la “propiedad privada individual fundada en el trabajo propio”, negación que el proletariado defiende, donde este no se propone la restauración de la propiedad individual, sino que retiene

“el fundamento de la conquista alcanzada por la era capitalista: la cooperación de trabajadores libres y su propiedad colectiva sobre la tierra y sobre los medios de producción por el trabajo mismo” (30).

Por ello, la tendencia histórica de la pequeña burguesía es hacia su extinción.

2.5.2 Posición marxista-leninista hacia la pequeña burguesía

La posición de Marx en la política de alianzas, se desmarcaba de Lasalle, en cuanto a la alianza del proletariado y la pequeña burguesía, señalando la posibilidad que establecerla.

Marx situaba a la pequeña burguesía como un campo influenciado por la lucha de clases entre obreros y burgueses, donde no es correcto caer en el dogmatismo y considerarla como clase objetivamente contrarrevolucionaria, recordando que ya en el Manifiesto admitía que la pequeña burguesía es potencialmente revolucionaria a la vista de su tránsito inmediato al proletariado, siendo absurdo considerarla junto a la burguesía y la aristocracia únicamente una masa reaccionaria, como hacían los socialistas lasalleanos (31).

No obstante, la alianza interclasista denominada bajo el concepto de pueblo, que incluye a estas clases junto al proletariado, no se pueden ocultar las diferencias con respecto al proletariado ni en su adscripción de clase (pequeño burguesa) ni en sus aspiraciones. Las denominadas contradicciones dentro del pueblo deben ser tenidas en consideración para establecer una sólida política de alianzas con la hegemonía del proletariado, entre otras cosas porque el resto de capas, clases y fracciones oprimidas (campesinos, intelectuales, pequeño burgueses) no aspiran en su inmediatez a los mismos objetivos que el proletariado. Tenerlo en cuenta significa huir de estrategias vagas, como la tercera vía, en la que se considera como base genética de su propuesta la denominada clase media donde se desdibujan las clases agrupando a sectores de obreros aburguesados y la pequeña burguesía, como clase apoyo-reinante de la política reformista dentro de la sociedad burguesa que tiende al equilibrio del sistema capitalista.

Autores procedentes del tronco marxista como J. Miras se inspiran en esta tendencia que tiende a difuminar las contradicciones de clase, confundiendo la alianza interclasista con un sujeto único. Eso es así cuando se plantea que el agente revolucionario llamado a constituir un poder social y orden alternativo ya no es la clase obrera sino el conjunto de clases subalternas arrejuntadas en el pueblo, el demos (32). Un paso muchísimo más ambicioso que Miras, dan Negri y Hart en Imperio, con el concepto de multitud que como variante reciculada del espíritu santo, viene a categorizar el nuevo sujeto revolucionario de la era de la Globalización imperial, con un término añejo, ya que la multitud es un adjetivo pre-marxista ya utilizado por Hobbes para definir al pueblo como conjunto humano indiferente y ajeno al Estado.

Para Negri la multitud es un sujeto desterritorializado y plural que sustituye al proletariado, las clases aliadas y los estados-nación anti-imperialistas, en un mundo abducido por el Imperio. Es decir, que la multitud no sería la alianza del movimiento obrero con el movimiento antiimperialista y los movimientos sociales a nivel internacional, sino la disolución de las clases en un nuevo sujeto. La dialéctica capital/trabajo como fundamento de rechazo del capitalismo, no existe, es el mito sobre el desarrollo positivista de las fuerzas productivas y la multitud que encarnan el nuevo modo de producción “comunista” en el nuevo marco de la Globalización. El Estado, la revolución, el poder de clase del sujeto revolucionario, y las alianzas de clase desaparecen de un plumazo.

Marx dejó bastante claro que objetivamente el sujeto revolucionario es el proletariado. Y si bien para Lenin y Gramsci, otras clases o fracciones pueden ser potencialmente revolucionarias por su condición social en una alianza interclasista en la lucha contra el feudalismo, el absolutismo monárquico, las dictaduras bonapartistas, el fascismo, la transición socialista en la periferia etc, llegando incluso a incorporarse subjetivamente en la lucha por el socialismo, nunca dejaron de situar que los intereses inmediatos de tales clases y fracciones (campesinos, pequeña burguesía, intelectuales…) están condicionados por la propiedad privada, por lo que objetivamente no pueden llegar a ser revolucionarias, con lo que las contradicciones en el seno del pueblo bajo un poder popular de carácter democrático y anti-imperialista subyace en la etapa de tránsito al comunismo como ya se ha demostrado en todas las sociedades que lo han intentado (URSS, China, Cuba, Yugoslavia, etc).

Ello no quiere decir que el proletariado a través de su partido no deba establecer una política de alianzas en la lucha por la democracia y las transformaciones sociales, ni que deba de considerar al resto de clases como una “masa reaccionaria” como creía Lassalle, pero que en la lucha por el comunismo sólo la clase obrera encarna objetivamente el sello de la nueva sociedad, la “negación de la negación” (33) y es la única que puede arrastrar a las demás, al conjunto del pueblo, dado que éstas clases son terreno propicio para la lucha de clases entre las dos fundamentales, porque no poseen una posición política de clase propia, porque no pertenecen ni encarnan un modo de producción distinto al capitalista, y están sujetos a la dialéctica entre la burguesía y el proletariado. Y a las que sólo subjetivamente se les puede incorporar en la lucha por el comunismo ligando sus intereses inmediatos de contenido anticapitalista a la estrategia revolucionaria.

Por tanto, el concepto pueblo es expresión de una alianza interclasista, no exenta de contradicciones, como proyecto o bloque histórico de tránsito en la lucha por el comunismo.

2.5.3 Las categorías sociales, capas y fracciones de clase

También encontramos en el MPC a categorías sociales que proceden de diferentes clases sociales, formadas en el marco de las relaciones políticas e ideológicas, como por ejemplo la burocracia del aparato de Estado definida en su relación con él. Estas categorías son los profesionales “independientes” (profesores, abogados, médicos, músicos etc.), personas que no viven de la venta de su fuerza de trabajo, sino de la venta de mercancías o servicios (música, enseñanza, asesoramiento de un abogado, etc), los estudiantes, y en el marco de la superestructura jurídico-ideológica la intelectualidad como elaboradores de la ideología. Estas categorías en coyunturas concretas pueden convertirse en fuerzas sociales activas, no existen al margen de la lucha de clases y toman ante las situaciones concretas adscripción de clase.

Podemos distinguir en el seno de una clase las capas, en relación a la posición política o ideológica que toman en una coyuntura histórico-concreta, como por ejemplo la denominada aristocracia obrera formada por la posición pro-imperialista que una fracción del proletariado adopta en el apoyo a la política exterior e interior del Estado imperialista, consecuencia de la explotación neocolonial de los países y economías menos desarrolladas de la periferia mundial.

Si bien Marx en El Capital al analizar los efectos de la crisis sobre la clase obrera, identifica a la aristocracia obrera como al “sector mejor remunerado”, destacando como ejemplo “Uno de los grandes ramos industriales londinenses…fue el de la construcción de barcos de hierro” (34) y en una carta de Engels a Marx en 1.858, este destaca el “aburguesamiento” del proletariado inglés como efecto de la explotación del mundo por el capitalismo británico. No dejando de ser causas económicas que determinan la existencia de esta capa de obreros, por si solo no explican la forma en que se manifiestan las posiciones del conjunto del proletariado ante una coyuntura revolucionaria o contrarrevolucionaria dentro o fuera del país. Además tampoco olvidemos que Engels también señalaba que las ganancias extraordinarias de Inglaterra tenían por base no tanto la explotación colonial como el monopolio industrial, su mayor productividad respecto a los otros países, de la cual se derivan las diferencias salariales.

Cuando Engels habla de la aristocracia obrera, habla también de la mentalidad burguesa de la clase obrera y no de un sector concreto. En este sentido, Lenin sin abandonar la fundamentación de la causa económica que explica la existencia objetiva de la aristocracia obrera (soborno de capas superiores de obreros, corporativismo sindical, etc), identifica a esta capa de forma dialéctica en el decurso de la lucha de clases bajo la posición que determinado sector y representantes obreros toman en relación a la coyuntura histórico concreta (apoyo o combate frente a la guerra imperialista, indiferencia y rechazo o solidaridad hacia la lucha de trabajadores y pueblos de otros países, etc). En nuestra época esta capa se encontraría en el sector de obreros europeos, japoneses y norteamericanos, las organizaciones sindicales y políticas (sindicatos corporativos, tercera vía, etc) que apoyan y se identifican no sólo con el capitalismo sino con el aplastamiento de los pueblos por el imperialismo y sus métodos de agresión bélica en situaciones concretas (apoyo a guerras “humanitarias” de Yugoslavia, Somalia e Irak, etc.).

El término de aristocracia obrera es correcto por tanto y también para denominar a los sectores del movimiento obrero que se encuentran cómodos dentro de la democracia burguesa, siendo indudable que existe una correlación entre las ganancias extraordinarias monopolistas y neocoloniales, y la integración reformista de sectores del movimiento obrero organizado. Pero lo que es válido para el movimiento obrero, ya no lo es tanto para la clase obrera. En la producción en masa, los obreros mejor pagados no son ya los que integran la aristocracia artesanal, sino los obreros fabriles. Decir hoy que estos obreros mejor pagados constituyen una aristocracia obrera, significa ignorar parte de la historia del S. XX. En muchos países imperialistas estos sectores de la clase obrera, en Alemania, Francia, Italia, Grecia, Portugal, EE.UU. (en los años 30, 50, 60, 70…) se convirtieron en la base social de partidos comunistas y formaciones de izquierda transformadora, donde a veces los obreros peor pagados, menos concentrados, menos sindicalizados, menos militantes, se convirtieron en pilares de sindicatos amarillos o partidos reformistas e incluso derechistas, y que precisamente una de las bases de la ultraderecha en los países capitalistas desarrollados es parte importante del ejército industrial de reserva de la clase obrera nativa, además de la pequeña burguesía.

En los años 70 del S.XX la lucha de clases empujó a que la mayoría de la clase obrera que se encontrara concentrada, conquistara jornadas de trabajo limitadas, con una alta sindicalización y militancia, etc. En consecuencia, ni podía, ni puede hablarse de una aristocracia obrera que destaca entre la masa de la clase obrera occidental. Precisamente la ofensiva neoliberal de los años 80-90 ha ido dirigida a fragmentar a la clase obrera, ya que los sobornos de las capas superiores de la clase obrera no bastaban para facilitar el control de la burguesía imperialista sobre el conjunto del movimiento obrero y la clase obrera. Precisamente con la crisis actual iniciada en el 2008, los sindicatos de clase comienzan a manifestar dificultades para afiliar y retener a parados, temporales, obreros de las pymes y de los sectores más dispersos y expuestos a la precariedad y los bajos salarios.

Actualmente el contraste dentro de nuestra clase en el siglo XXI es el de entre una amplia masa de obreros sindicalizados y otra importante franja de sectores sobreexplotados (precarios, inmigrantes, etc.), ni unos, ni otros son sinónimos de aristocracia obrera per se.

Las fracciones de clase, en función de las diferencias económicas sustanciales, determina que puedan formarse fuerzas sociales entorno a tales fracciones de clase, como las burguesías industrial, comercial y financiera, monopolista y no-monopolista, que forman la clase burguesa, que en su conjunto son la minoría de la sociedad, por ej. en España la burguesía propiamente dicha que explota trabajo ajeno sólo la componen 350.000 personas con respecto a los 19 millones de población activa (2.005), sólo el 1,8%.

Tanto las fracciones, capas de clase y categorías sociales no existen aparte de las clases, las primeras tienen pertenencia de clase y la última (categorías sociales) son heterogéneas y de diversa adscripción de clase.

En torno a la burguesía no-monopolista ha habido una errónea consideración en el seno de varias posiciones marxistas, que han llegado a considerarla como parte de la denominada alianza anti-monopolista, uno de los errores por ej. de la estrategia euro-comunista. Nada más lejos de la realidad.

El capital no-monopolista no hay que confundirlo con la pequeña burguesía artesanal, comercial y manufacturera que no explotan trabajo asalariado, ya que el capital no-monopolista es en la actual fase imperialista desde la década de los 90 la fuerza de choque que utiliza el monopolio para contener la respuesta obrera. El capital no-monopolista es el capital de subcontrato industrial y de servicios, de empresas dedicadas a actividades que sirven a empresas o negocios matrices, donde el proletariado es explotado en condiciones más precarias (salarios más bajos, mayor siniestralidad laboral, más inestabilidad del empleo, etc.). La nueva división del trabajo de las grandes empresas no se agota dentro de las mismas sino que se extiende a toda una red de empresas medianas y pequeñas, suministradoras, donde el dominio del proceso de trabajo está determinado por las necesidades de la gran empresa, como el poder de posesión con capacidad de planificar, disolver, quebrar y hasta expropiar al capital no-monopolista si este no sirve a sus funciones (bajos costos, entrega a tiempo sin interrupciones y calidad del abastecimiento), con lo cual la empresa matriz impone las normas de la organización del trabajo y la estandarización de los productos, dependiendo tecnológica, comercial y productivamente las empresas subcontratadas de la gran empresa.

También hay que tener en cuenta que la categoría pyme es engañosa, pues muchas supuestas pymes como tales en realidad son partes de grandes empresas que subcontratan o externalizan sevicios para que la empresa matriz abarate costes y pague menos impuestos. Y además hay que tener en cuenta el tamaño estadístico de las pymes, una empresa por ej. de 200 trabajadores y que facture más de 40 mill. € no puede ser científicamente pyme por mucho que la estadística oficial lo diga, estamos hablando de una empresa de alto capital con un empresario que explota a 200 obreros, y jamás debiera meterse en el mismo saco que los autónomos o falsos autónomos (obreros reales sin derechos).

Las empresas principales se benefician de las transferencias de plusvalía de los obreros de las empresas subcontratadas, pudiendo realizar incluso concesiones en torno a los salarios y jornada laboral a los obreros de la empresa principal. Es la misma lógica analizada por Marx, donde los capitalistas con alta ganancia se apropian de la plusvalía (plusvalía extra) creada por los obreros donde la ganancia es más baja, y esto lo hacen a través del mercado, bien por su baja productividad en relación con las empresas capitalistas competidoras o bien porque están sometidos bajo el dominio monopolista al subcontrato de la gran empresa, donde el monopolio dispone del poder sobre el mercado. Por lo que la tasa general de ganancia aumenta a través del mayor grado de explotación de los trabajadores de la pequeña empresa, lo que da lugar a una transferencia de la plusvalía de ésta a la empresa principal. El margen de ganancia del empresario no-monopolista pasa por contener los salarios y aumentar la jornada, al mismo tiempo que transfieren plusvalía a los grandes, por lo que no es extraño el interés de las empresas principales de mantener la pequeña empresa. También de forma indirecta aumentan la tasa general de plusvalía ya que los salarios más bajos y las jornadas más largas de empresas proveedoras en orden inverso ejercen una presión a la baja sobre los salarios y jornadas en toda la economía.

Por lo que es un absurdo, en los países capitalistas más desarrollados donde se está produciendo una aceleración de la explotación (externalización productiva, precariedad…), el considerar a este tipo de capital no-monopolista, ya sea especulativo o industrial, como aliado anti-monopolista, cuando juega de apéndice en la reproducción ampliada del capital monopolista. Precisamente cuando las luchas obreras crecen, este capital con su reducido margen de acumulación y de maniobra es el que más resiste al mantenimiento y aplicación de las conquistas obreras, e incluso el capital monopolista deriva hacia ella los costes de los beneficios reivindicativos que la clase obrera de la gran empresa consigue, lo que significa una mayor transferencia de la plusvalía generada en la pequeña y mediana empresa hacia la gran empresa.

Tampoco podemos hablar de un proceso de asalarización o proletarización del capital no-monopolista como el caso de la pequeña burguesía tradicional, esta nueva pequeña burguesía está precisamente en crecimiento y es efecto de las desconcentración productiva y de negocio de las grandes empresas. Aquí cabe destacar que el proceso de centralización de capital no es uniforme ni lineal, la centralización también promueve la subdivisión, donde los grandes monopolios en vez de acabar con la pequeña empresa la reconvierten, le dejan subsistir en precario. Mientras las actividades que no emplean trabajo asalariado decrecen, la cantidad de estas empresas van en aumento. Esta es la nueva clase social, la tecnocracia incrustada en los sistemas de dirección empresarial, considerada por análisis sociológicos positivistas y funcionalistas como la clase emergente de la revolución tecnológica, que tanto gusta a la socialdemocracia (35).

2.6 ¿Quién compone el proletariado?

No es casual que los principales ataques a la concepción marxista-leninista de la clase obrera siempre se haya dirigido a segmentarla en grupos y subgrupos en incluso en clases, para negar su existencia y unidad. Precisamente la ideología liberal se ha dedicado a introducir factores ideológicos que rompan la unidad de la clase obrera, e incluso ha intentado argumentar la progresiva desaparición de la clase obrera bajo el desarrollo tecnológico del capitalismo, remarcando énfasis sobre las grandes diferencias entre las diversas formas del trabajo asalariado, los obreros de mono azul, los trabajadores de cuello blanco, los empleados públicos, etc. Este campo introducido por la sociología burguesa yaqui ha abducido a parte de la izquierda no marxista o renegados del marxismo.

Existe en la izquierda un revisionismo que viene desde hace 4 décadas clamando al cielo con el fin de la clase obrera, y su sustitución por una hipotética clase media representada por técnicos y administrativos. Desde esa atalalaya se ha teorizado que el trabajo intelectual sustituiría progresivamente al trabajo manual y que el trabajo complejo en la producción sustituiría a todo trabajo simple, y que como consecuencia la clase obrera se aburguesa en sentido inverso al descenso del número de trabajadores manuales con respecto a los trabajadores de cuello blanco, los trabajadores cualificados y profesionales. Los técnicos crecen en la industria y en servicios por delante de los trabajadores manuales.

Según Adam Schaff la 3ª revolución industrial y  las nuevas tecnologías conducen a la desaparición del trabajo asalariado y su sustitución por una diversidad de ocupaciones carentes del carácter de trabajo asalariado. Para Brzezinski, asesor de Carter, es la era “tecnotrónica”, en la que se eliminan los antagonismos objetivos y la lucha de clases, reemplazados por otro motor de los cambios, la revolución tecnológica. Es la sociedad postindustrial dominada por expertos y tecnócratas, donde la lucha de clases va desapareciendo, desaparecen las ideologías, y la ciencia y la técnica son neutrales. Los representantes de la Escuela de Francfort (Adorno, Horkheimer, Polloch, Marcuse, etc.), defienden la tesis de que las actuales fuerzas productivas se corresponden con las relaciones de producción y son expresión de ellas, argumentando desde la década de los 60 que las sociedades capitalista y socialista se asemejan en las relaciones de producción, “postindustriales”.

En las últimas décadas del S.XX, se registró en la denominada sociología del trabajo la expansión de la tesis del “fin del trabajo”, con la consiguiente equivocada tesis sobre el “fin de la vigencia de la teoría del valor”, en la qué esta habría sido sustituida por la ciencia, abriendo el espacio para el desarrollo y la consecuente preeminencia de la esfera comunicacional (Habermas). Estas tesis tuvieron fuerte repercusion en autores diversos como Negri, J.Rifkin, Andre Gorz (con su pretendido Adiós a la clase obrera), Serge Mallet, Dominique Meda, la escuela italiana de los teoricos de la “intelectualidad de masas”, etc., que vislumbraban el advenimiento de la era de la especializacion productiva y científica sin trabajo y sin valor. Estas tesis nublan la comprensión del capitalismo contemporáneo y la lucha de clases.

En resumidas cuentas, Gorz, Adam Schaff, Galbraith, Brzezinski y Negri junto a Fukuyama, se dan la mano en sus planteamientos: fin ideologias, fin de la clase obrera, homogeneización social por el desarrollo de la ciencia y las fuerzas productivas, muerte del trabajo asalariado, superación de la explotación asalariada bajo el capitalismo, superación de la lucha de clases.

Siguiendo el esquema weberiano y funcionalista, toda esta serie de elaboraciones academicistas se fundamentan en estereotipos vulgares, por los que se identifica al proletariado con el trabajador manual industrial, con jornadas agotadoras y penosas, ignorando cualquier relación de las clases con las relaciones de producción, y en base al nivel de ingresos se tipifica un impreciso y vulgar status social, en la cual la clase media aparezca como la mayoritaria, a los que hoy algunos energúmenos izquierdizantes suman el precariado como una nueva clase distinta de la clase obrera. Entre “clases medias” y fracciones de trabajadores desclasados se alimenta el vicio de desdibujar a la clase obrera, se mancha de oprobio al marxismo y se potencia la sociología burguesa.

Pero vayamos por partes, porque si recurrimos al análisis marxista-leninista vemos que clase obrera igual que la burguesía también está compuesta por fracciones. En el sentido amplio no está reducida al proletariado industrial. De la misma manera la burguesía no se reduce a la fracción industrial que es la que invierte directamente el capital para el proceso productivo, para la producción de la plusvalía. La burguesía en el sentido amplio engloba además a la burguesía  comercial, a la burguesía financiera que se apropian ambas de la plusvalía en la esfera de la circulación del capital.

De la misma manera, que a la burguesía industrial le corresponde un proletariado industrial, al resto les corresponde un proletariado comercial y de banca. El beneficio comercial, y el interés financiero son formas de apropiación de la plusvalía en la circulación, que no podrían ejecutarse sin la puesta en escena de una fuerza de trabajo que destine el tiempo adicional de trabajo (trabajo no pagado) para realizar la plusvalía global y la parte de la que se apropia el burgués comercial o financiero. Por lo que el proletariado no comprende únicamente el trabajo físico e industrial, sino también el trabajo técnico, intelectual y el trabajo no industrial (servicios, campo, banca), como trabajo asalariado sometido al capital en el proceso de creación y apropiación de la plusvalía. Tampoco el trabajo industrial se debe de confundir únicamente con el trabajo físico o manual, ya que la cadena de explotación capitalista actualmente también absorve en el ciclo productivo cada vez más trabajo intelectual y técnico en sus procesos productivos.

No es casual que durante las últimas decadas se haya producido una paulatina reducción del peso relativo del proletariado industrial ante el crecimiento de la composición orgánica del capital, en los paises centrales con respecto a otros sectores, pero aún así ésta fracción del proletariado sigue conformando el núcleo de la actividad industrial, el motor básico de la economía capitalista tal y como planteara Marx en El Capital:

El capital industrial es el único modo de existencia  del capital en el cual no sólo la apropiación de plusvalía, o en su caso de plusproducto, sino al mismo tiempo su creación, es función del capital. Por eso condiciona el carácter capitalista de la producción; su existencia implica la del antagonismo de clase entre capitalistas y asalariados… Los otros tipos de capital que aparecieron antes que él…no sólo se subordinan a él y se los cambia, en el mecanismo de sus funciones, de acuerdo con él, sino que únicamente se mueven sobre él como base, y por tanto, viven y mueren, se mantienen y caen con esta su base. El capital dinerario y el capital mercantil, al aparecer con sus funciones como vehículos de ramos especiales de los negocios, junto al capital industrial, sólo son ya modos de existencia –que, por la división social del trabajo se han vuelto autónomos y se han desarrollado unilateralmente- de las distintas formas funcionales que el capital industrial ora adopta, ora abandona, dentro de la esfera de la circulación.”(36).

El proletariado industrial está ocupado en la esfera principal de la actividad humana, la producción de los bienes materiales, crea el valor y la plusvalía y como su núcleo central, los obreros fabriles, están ligados a la gran producción, se distingue por su mayor cohesión, grado de organización, conciencia y experiencia en la lucha de clases más madura. Este concepto incluye a todos los asalariados implicados en la creación de mercancías en construcción, todo tipo de industria, energía, transporte y almacenamiento de mercancías, mantenimiento o limpieza, etc.

No sin razón Lenin consideraba al proletariado industrial como la fuerza principal y predominante del movimiento obrero por su grado de concentración y organización fabril, influencia y capacidad de lucha respecto al resto (37). Y aunque su peso se haya reducido relativamente respecto a otras fracciones del proletariado no industrial, en los últimos 30 años, el proletariado industrial ha multiplicado por 5 la producción acelerándose su grado de explotación, produciendo el grueso de la plusvalía de la que depende el proceso de acumulación de capital en general, donde el sector servicios y todo el sistema económico gira sobre su eje, el capital productivo. Por lo que el proletariado industrial sigue siendo por su vinculación estratégica a los sectores claves de las ramas de producción industrial, el motor fundamental que opera en el modo de producción capitalista tanto en el centro intensivo como en la periferia expansiva de desarrollo industrial. A veces, olvidamos que cuando Marx comenzó su trabajo con El Capital, apenas el 1% de la población mundial eran obreros industriales, y sin embargo reconoció en el embrión de esta clase a la futura creadora de una sociedad socialista. En Alemania en 1860 la clase obrera no alcanzaba al 3% de la población. El obrero de nuestros días ha dejado atrá al proletario semianalfabeto que en la segunda mitad del siglo XIX era la figura típica dentro de la clase obrera de la mayoría de los países capitalistas. La clase obrera ha crecido incomparablemente no sólo numéricamente, sino también en la formación profesional y el nivel cultural.

Por tanto, queda claro que el hecho de que el proletariado industrial constituya la parte preponderante de la clase obrera, no tiene que ver con su número, sino con su posición en el proceso de la producción. Es la fracción del proletariado que sufre más directamente la explotación, la que crea la plusvalía, que sin su trabajo no existiría), que luego se reparte entre los capitales comercial y bancario. En el 2002 de los 137,5 mill. de trabajadores asalariados en la UE15, 40 millones (29,1%) corresponden a la industria, y en el mundo de 885 millones, 282 mill. son obreros industriales (31,9%).

Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra ya analizaba el componente del proletariado por fracciones (industrial, extractivo, agrario, inmigrantes irlandeses), y consideraba al proletariado industrial como la génesis del proletariado:

“Los primeros proletarios pertenecieron a la industria y fueron producto directo de ella…” (38).

Y como núcleo duro de la clase y el movimiento obrero,

“…los trabajadores de las fábricas estos antiquísimos hijos de la revolución industrial, han sido, desde el principio hasta ahora, el alma del movimiento obrero…” (39).

Esta afirmación también es extensible para entender que la clase obrera no está formada exclusivamente por proletarios industriales, precisamente cuando Marx consideraba a la clase obrera como la mayoría del pueblo en El Capital, estaba identificando a un proletariado diverso, no limitado sólo a la producción industrial y a a los países centrales del capitalismo. El capital no produce de forma automática la unidad de la clase obrera, produce el proletario que necesita, por eso se les presentan divididos por el sexo, la raza, la edad, la nacionalidad, la profesión, etc., en un terreno donde el capital pueda usar esas diferencias contra la unidad. Marx advirtió el odio que profería el obrero medio ingles hacia el obrero irlandés por considerarle un rival que hace que bajen los salarios y el nivel de vida, era utilizado por la burguesía para fomentar y conservar ese antagonismo entre las filas del proletariado en Inglaterra, ya que esta escisión es imprescindible para su poderío, para acabar advirtiendo a los obreros ingleses de que el pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas.Marx llegaría a explicar precisamente que la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su gran organización sindical, se debía a ese antagonismo innato que dividía a los obreros ingleses e irlandeses en beneficio del capital, igual que hoy ocurre con los obreros inmigrantes de otros países.

Ello es más categórico hoy precisamente cuando el proletariado a nivel mundial se ha convertido en la clase principal, con 1 tercio de la población mundial proletaria y otro tercio semi-proletaria. La clase obrera de núcleo industrial a principios del S.XX apenas si existía en países de América Latina (Brasil, México, Argentina…) y de Asia (Corea del Sur, Taiwán, Thailandia, Indonesia…) y todavía era minoritaria en Europa central y del sur. Hoy esta situación se ha invertido, la industrialización capitalista copa las economías de la periferia.

A fecha de hoy la población campesina le ha cedido el puesto al proletariado como clase más numerosa, millones de campesinos son expulsados en la periferia de sus tierras por la especulación, los grandes propietarios, los paramilitares y el ejército, se convierten en semiproletarios y en ejército industrial de reserva del nuevo proletariado emergente. La clase obrera de los 3 sectores de la economía (industria, servicios y agricultura) en el 2002 ya alcanzaba la cifra de 137,5 millones en la UE15 y 885 millones en el mundo en 1995 según Peter Mertens. Buena prueba de que los sepultureros del capitalismo siguen bien vivos y en crecimiento. Las teorías burguesas en las que el capitalismo evolucionaba hacia una sociedad donde la industria no sería la principal fuente de riqueza, quedan en entredicho. Estas teorías se equivocan al intentar extrapolar los datos de empleo en los EE.UU. a todas las economías de los países capitalistas occidentales, mientras en los EE.UU. el peso de la población ocupada en la industria disminuye en la segunda mitad del S. XX (debido a las deslocalizaciones) en el resto de países de la UE y Japón, el peso industrial se mantiene y sube ligeramente. Estas teorías ignoran que el capitalismo en su fase imperialista ha actual ha trasladado la industria no estratégica a regiones y países donde las condiciones de explotación les proporcionan menos costes laborales (salarios + coste social).

La urbanización del mundo es otro de los factores que ya Marx analizara como efecto de la acumulación de capital, se está acrecentando, si en 1.975 el 37% de la población vivía en las ciudades, en 1.995 ésta suponía el 45% (40).

La actualización de esos debates revisionistas de los años 70, sobre las teorías acerca de las innovaciones tecnológicas que robotizan las ramas industriales y eliminan al obrero industrial,  y al obrero en general, por las máquinas inteligentes, resucitan hoy en Toni Negri y Hardt (Imperio  y Multitud), con el reemplazo de la producción material por la inmaterial. ¿Pero de qué estamos hablando?. ¿Acaso el capitalismo en los últimos 30 años no ha avanzado en la industria de la construcción, electricidad, petroquímica, automotriz, petróleo, bioquímica, etc.? ¿Acaso la lógica de acumulación de capital no está en subordinar y proletarizar la mayor cantidad posible de actividades que puedan generar ganancias y que antes existían sólo como actividades individuales de pequeños propietarios que incluso no se plasmaban en mercancías? ¿Acaso las ramas vinculadas con la cibernética a la alta tecnología “desplaza-obreros” no ha provocado una oleada de inversiones de capital en producir fibras, chips, microchips, etc?. De esta manera el campo de la explotación del trabajo asalariado se ha ensanchado notoriamente y la fuerza proletaria está implicada en un radio de acción productiva material e inmaterial creciente.

Por tanto, al contrario de lo que teorizaran los ya mencionados Andre Gorz hace 30 años en su Adiós a la clase obrera o Serge Mallet con su nueva clase obrera de técnicos, no estamos asistiendo a una etapa en la que la teoría pos-industrial de eliminación del trabajo físico, la desindustrialización masiva o la implantación de una producción desmaterializada que hayan dejado de ser ciencia-ficción, sino que asistimos a la plena expansión mundial y masificada del trabajo asalariado y su proletarización. La población asalariada en virtud de la universalización de la ley del valor-trabajo se amplia hacia núcleos poblacionales cada vez mayores que en el pasado. Ya en 1.999 la población asalariada mundial era de 2.362 millones de personas (41). En la fase actual de internacionalización de las relaciones de producción capitalistas el crecimiento relativo y absoluto de la clase obrera internacional dentro de la cadena imperialista es la tendencia predominante e irreversible.

El proceso de acumulación mundial y la lógica que dispara la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, en el marco de la lucha de clases de las dos últimas décadas del siglo XX, ha potenciado la superexplotación de la clase obrera como eje central convirtiendo a los salarios como el factor n° 1 de los ratios de rentabilidad de las empresas, provocando la movilidad industrial hacia la periferia con menores costes laborales con el consiguiente debilitamiento del movimiento obrero en los países centrales, como una estrategia de contención de la caída de la tasa de ganancias, y de aumento de la tasa de explotación de plusvalía, extendiéndo inevitablemente con ello la proletarización a nivel mundial del trabajo físico, intelectual, industrial y no industrial. La cadena de la explotación capitalista no se reduce, sino que se amplia todavía más y hace más necesaria que nunca la lucha por la emancipación internacional de la clase obrera.

Se repite lo que Marx ya advertía en el Manifiesto Inaugural de la Iª Internacional, mostrando el contraste del desarrollo del capitalismo, mientras que en el período comprendido entre 1848 y 1864 ofrecía un desarrollo incomparable del comercio y de la industria, la miseria y explotación de la clase obrera no disminuía. Ya en aquel entonces, Marx demostraba ante el incipiente movimiento obrero internacional, algo que olvidan los novísimos teóricos de la sociedad postindustrial, que ni el perfeccionamiento de las máquinas, ni la aplicación de la ciencia a la producción, ni el mejoramiento de los medios de comunicación, están en condiciones de suprimir la miseria del proletariado; al contrario, mientras exista la base capitalista, cada nuevo desarrollo de las fuerzas productivas ahondará los contrastes sociales y agudizará los antagonismos sociales. Marx ponía al desnudo la deliberada mentira, ya difundida entonces por la burguesía, de que el progreso técnico supera los antagonismos de clase y elimina la explotación. Algo que hoy los teóricos funcionalistas olvidan tan fácilmente.

2.6.1 Lo que define al proletariado es la relación de explotación

Si bien es cierto que la clase obrera surge de la industrialización y con el obrero manual industrial, y sigue aún siendo el núcleo principal de la clase y del movimiento obrero en los países desarrollados y se extiende más hacia la periferia, ya hemos dicho que no se puede identificar con la clase obrera en términos globales y absolutos ligándolo a una única condición de trabajo y profesional. El proletariado comienza a formarse en la producción material. Pero, a medida que las relaciones de producción capitalistas van subordinando bajo su control la circulación y los servicios, la clase obrera engrosa sus filas también con destacamentos de trabajadores asalariados fuera de la producción material.

Frente al oscurantismo imperante que pretende hacer pasar la diversidad de la clase obrera como algo novedoso, debemos recordar que Engels ya en 1845 analizaba una clase obrera inglesa muy diversa (industrial, extractiva, agraria, inmigrantes…) y que Marx en El Capital nos describía con exactitud los diferentes sectores (obreros cualificados, no cualificados, inmigrantes del campo, mujer y juventud obrera, trabajo infantil, empleo irregular, temporalidad…) y las diferentes fracciones del proletariado ligadas a la creación y reparto de la plusvalía (obrero industrial, comercial, etc.). Marx ya investigó la estrategia del capital de nivelar a la baja el salario medio utilizando para ello la fragmentación de la clase obrera, la sobreexplotación, el antisindicalismo y la competitividad obrera. ¿Qué novedad aporta los obreros inmigrantes, la mujer obrera ocupada en trabajos menos remunerados, los obreros jóvenes cobrando menos salario y el trabajo infantil de hoy?. Hace más de 1 siglo que bajo otras condiciones concretas e históricas ya existían.

Por tanto al proletariado como clase objeto de explotación del capital sólo lo define su relación de explotación por el capital, sea fijo, temporal, cajero, almacenero, estibador, transportista, mecánico, de renta salarial media o baja, de Nueva Delhi, Brasilia, Rabat, Detroit, Hamburgo o Barcelona.

Partiendo de la premisa que coloca a la clase obrera objetivamente como componente homogéneo por el lugar que ocupa en la producción y realización de la plusvalía, por su propia relación con las otras clases, como clase explotada y asalariada, bajo el régimen de producción y circulación capitalista, podremos concluir que de esta situación común de la que se desprenden unas condiciones de trabajo y de vida similares.

Ello no impide adentrarse más en el análisis actual de la composición de la clase obrera y comprobar que en sus formas y niveles es diversa, objetivamente por la propia división del trabajo, intelectual-manual, industrial-agrícola-servicios, por el desarrollo desigual del capitalismo que se refleja en las diferentes condiciones salariales (diferentes oficios y categorías profesionales); diferentes condiciones de empleabilidad de la fuerza de trabajo (estable o precaria) producto de la acumulación de capital que genera la superpoblación relativa con un ejército de reserva variable desempleado o parcialmente empleado (para presionar a la baja sobre salarios y la fuerza colectiva de la clase obrera), acompañando una legislación laboral fragmentadora que da carta legal a la condición obrera con diversas condiciones materiales de existencia y trabajo. El cambio legislativo ha profundizado en la diferenciación de la clase obrera por sectores, por ej. las subcontratas, ETTs y los autónomos cumplen tareas que estadísticamente desaparecen de la industria y que reaparecen en el sector servicios, pero que por su propia actividad siguen vinculados a la gran industria, lo cual quiere decir que la clase obrera industrial es más numerosa de lo que las estadísicas contemplan. La base del cambio estadístico está fundamentado en el proceso de precarización y segmentación de las relaciones laborales, por tanto no hay reducción real del núcleo industrial sino segmentación estadística. En la UE15 por ej., existen 14 mill. de trabajadores de servicios ligados a las empresas, trabajos que antaño se clasificaban como industriales que a través de las políticas de outsourcing, desintegración en red de las grandes empresas, hoy son subcontratados como servicios. Lo importante es que estos trabajos siguen vinculados a la producción, si a ello le sumamos los trabajadores transportistas que con su trabajo producen la plusvalía nos encontramos con 20 millones de trabajadores de la UE15 que realmente corresponden al sector industrial y hoy están clasificados como servicios (en España son 3 millones). Por lo que de 137,5 mill. de obreros industriales reales en la UE15 en el 2002 son 60 mill., o sea el 43,6% mientras que la estadística sólo nos da 40 mill. (29,1%).

También encontramos distintos grados de conciencia clasista (economista, revolucionaria, pequeño burguesa); diferencias regionales y nacionales dentro del mismo Estado, desigualdad de condición en el trabajo por género con la discriminación, opresión y sobreexplotación de la mujer obrera a través de la feminización de los trabajos menos calificados (alimentación, hostelería, textil, limpieza, etc.), y hacia los proletarios inmigrantes, a los que Marx y Engels ya hicieran referencia (irlandeses en Inglaterra y checos en el Imperio austro-húngaro) como resortes utilizados por el capital para abaratar la fuerza de trabajo confrontando salarios bajos, trabajos más precarios y condiciones irregulares de contratación. Conviene por tanto, distinguir entre las fracciones de la composición de la clase obrera que son producto de la división capitalista del trabajo en la empresa (especialistas, obreros cualificados, técnicos, etc.) y aquellos sectores que sufren una opresión particular: jóvenes, inmigrantes y mujeres, los cuales son proletarizados de forma específica por el capital.

Esta breve descripción es una concepción del proletariado amplio, no corporativa, actual y no circunscrita a una sola parte del mismo. Estas divisiones de la clase obrera son agravadas por la manera en que hoy el capital explota un mercado mundial de la fuerza de trabajo, sea exportando industrias hacia países de la periferia o importando ejércitos de trabajadores inmigrantes, oprimidos y explotados.

2.6.2 La inmigración como consecuencia del capitalismo

La emigración de la fuerza de trabajo es una consecuencia del surgimiento y del desarrollo desigual del capitalismo. EE.UU. y Europa se configuraron a base de oleadas de inmigrantes. La mitad de Irlanda emigró a Norteamérica, y más de 5 millones de británicos lo hicieron a EE.UU, Australia y Canadá. A fines del S.XIX y principios del XX más de 3 millones de españoles emigraron a América, y después se sumarían los exiliados de la guerra civil. Todavía hay más de 2 millones de españoles emigrados fuera de nuestro país. La Europa actual se fue conformando a base de oleadas migratorias. Después de la IIª Guerra Mundial, españoles, griegos, italianos, portugueses, turcos, etc., emigraron a la RFA, Bélgica, Suiza, Francia y Holanda, contribuyendo al gran desarrollo industrial y económico de esos países. Sin la fuerza de trabajo extranjera la expansión del capitalismo europeo y de EE.UU. hubiera estado coja.

En Europa Occidental el nuevo proceso de industrialización tras la II Guerra Mundial no se da igual en todos los países y regiones, la acumulación de capital provoca la crisis de sectores de la economía poco preparados (pequeñas empresas artesanales, industrias no competitivas, agricultura tradicional), lo que genera desplazamientos internos de capital y de población hacia las zonas industrializadas internamente en países como la RFA y externamente en países como España donde el modo de producción capitalista y la acumulación es insuficiente e incapaz de absorber toda la fuerza de trabajo desplazada hacia las zonas industrializadas (Catalunya, Euskadi y Madrid). Precisamente la estrategia del franquismo en aquellos años pasó por exportar el paro hacia Europa, ante la imposibilidad del capitalismo español dependiente de absorber toda la fuerza de trabajo. La emigración al extranjero fue una válvula de seguridad social y político para el régimen franquista (resolución del problema del paro, y percepción por el capital de las divisas ingresadas por los trabajadores en el extranjero). En los años 70 ya habían salido casi 3,5 millones de españoles trabajando más allá de los Pirineos.

Este desarrollo desigual en la Europa capitalista ha forjado una división del trabajo entre países o regiones en los que se encuentran los sectores punta de la industrialización y el resto. Una división que corresponde al papel dominante de unos y dependiente de otros que se ven obligados a recurrir al capital y la tecnología extranjera con las consiguientes relaciones de dependencia. A estos países les corresponde entre otras tareas la de proporcionar una materia prima indispensable para la acumulación de capital, la fuerza de trabajo inmigrada adicional. Francia, Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, recibieron oleadas de inmigración de países de la periferia europea (Italia, Portugal, Grecia, España, Turquía) además de África del Norte, durante los años 50, 60 y 70 del siglo pasado. Fuerza de trabajo inmigrante que tendía a ocupar los puestos de trabajo menos cualificados y penosos, y que obedecía a la necesidad que el capitalismo monopolista de Estado tiene de una fuerza de trabajo cuyas características (mayor sumisión, vulnerabilidad jurídica, carencia de derechos sociales y políticos, etc.) no puede encontrar en la fuerza de trabajo autóctona.

La emigración juega para la acumulación de capital un papel clave para mantener un ejército de reserva y presionar negativamente sobre los salarios, para reducir al mínimo el coste de la reproducción de la fuerza de trabajo, disponiendo de una masa de fuerza de trabajo dispuesta a trabajar en cualquier momento y bajo cualquier condición. Ello no quiere decir que la introducción de inmigrantes sea causa de paro para los trabajadores nacionales, ya que dicha introducción obedece a una demanda adicional de trabajo masivo y no cualificado. Los millones de obreros inmigrantes constituyen una masa de trabajo ideal para mantener la tasa media de ganancia del capitalismo, un medio anticrisis y freno a la caída de la tasa de ganancias. Es precisamente la diferencia de situación con respecto a la clase obrera nacional, lo que convierte a la inmigración en un bocado apetecible para los empresarios europeos. La inmigración ha constituido para el capitalismo europeo y su mercado de trabajo un elemento de flexibilidad permanente que los trabajadores nacionales ya no podían garantizar. El inmigrante desempeña el imprescindible papel de recambio, de puestos de trabajo no cubiertos por la fuerza de trabajo autóctona y compensa su inmovilidad para el capital. La permanente rotación y movilidad a la que se ve sometida la fuerza de trabajo inmigrada garantiza a los empresarios una disponibilidad ilimitada de fuerza de trabajo joven y en buenas condiciones físicas. Lo que en realidad le interesa al capital es esa debilidad, desorganización y división de la clase obrera para aumentar la tasa de explotación media.

La vulnerabilidad política de los inmigrantes no es sólo un arma del capital para imponer sus condiciones de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, sino también un elemento fundamental de la política de clase de la oligarquía financiera contra el conjunto de la clase obrera. La existencia de la inmigración representa un fraccionamiento permanente de la clase obrera, tanto a nivel general como en cada una de las empresas y sectores donde coexisten trabajadores nacionales y extranjeros. Semejante fraccionamiento es un obstáculo objetivo para el progreso de la lucha y organización del proletariado, pues sitúa a una parte importante de la clase obrera en condiciones de inferioridad tales que su participación en los movimientos sociales y políticos de la clase obrera representa una empresa más difícil.

El coste de reproducción de esta fuerza de trabajo ha constituido y constituye en sí un enorme ahorro importante para el capitalismo europeo en los países más avanzados. El ahorro es mucho mayor si se considera que la mayoría de estos trabajadores vuelven a su país de origen más pronto o más tarde, con lo cual le ahorran al capital el tener que pagar los gastos de su jubilación, o los cuidados médicos en su vejez. Pocos son los inmigrantes acogidos en clínicas geriátricas o en asilo de ancianos, que perciban subsidios por viudedad, larga enfermedad, jubilación, etc., no hay duda que la inversión social es mínima comparada con los beneficios del capital. Pero además, el obrero inmigrado paga impuestos, cotizaciones de seguridad social, de desempleo, etc., con lo que los beneficios del Estado receptor de la inmigración son inmensos. Siendo contribuyente a igual que el obrero nacional, el inmigrante recibe en compensación mucho menos: inferiores necesidades sociales, y familiares, menor capacidad de reivindicar una infraestructura digna, etc. Son miles de millones embolsados por los organismos públicos en cotizaciones sociales e impuestos, sin ningún tipo de contraprestación para este sector de la población trabajadora.

Pero todo proceso tiene su reverso para el capital. Cuando la duración de la estancia se prolonga, las familias aumentan, crece la población inmigrada. Todo ello hace que comiencen a peligrar las características antes señaladas, que hacen del inmigrante una magnífica “adquisición” para el capital. Aumenta su consumo individual, crecen las necesidades de capital social para la reproducción: inversión en escuelas, hospitales, etc, y lo que es peor, aumenta el grado de organización sindical y de clase. Es precisamente entonces, cuando la población inmigrada establecida llega a un tope considerado peligroso, no tanto por su número, sino por su composición. Entonces es cuando se fijan los límites de las entradas y salidas.

En conclusión diremos que la inmigración es un fenómeno estructural, permanente y necesario para los países del centro de la cadena imperialista, que da por hecho con la existencia de una fracción permanente de la clase obrera de cada país como proletariado inmigrante, el cual sólo puede actuar en la mayoría de los casos como inmigrantes, pues como trabajador carece de los derechos básicos del resto de la clase obrera. El punto esencial que explica la necesidad que el capital tiene de la fuerza de trabajo inmigrada es su inferior capacidad de organización política y sindical, en comparación con la clase obrera autóctona. Precisamente el reconocimiento de los mismos derechos sociales y políticos con los trabajadores nacionales, es la reivindicación fundamental de los inmigrantes, la única que el capital no puede ceder plenamente sin que pierda todo su sentido su política de inmigración, ya que es la base en la que se fundamenta todo su sistema de sobreexplotación de la fuerza de trabajo. Por tanto es necesario que a las reivindicaciones generales de toda la clase obrera se le añadan las propias de los inmigrantes (por su establecimiento en igualdad de derechos sociales y políticos que los trabajadores nacionales) como el único camino de realizar la unidad de todo el proletariado.

Si bien la contradicción principal en los países capitalistas receptores de la inmigración se sitúa entre capital y trabajo, su aspecto principal es el que enfrenta el Estado capitalista y la clase obrera en la lucha por la total igualdad de derechos de todos los trabajadores. Para abordar esta batalla contra el capital monopolista, los inmigrantes tienen que librarla como trabajadores, en unidad organizativa, sindical y política con el resto de la clase obrera.

2.6.2.1 Las razones y causas de la emigración

Las difíciles condiciones económicas, sociales y materiales, y la falta de perspectivas de un futuro mejor son determinantes para decidir migrar hacia los países del centro imperialista. No se trata sólo de huir del hambre y las guerras. El diferencial de salarios nominales, el elevado paro estructural o la ausencia de prestaciones familiares, sanitarias o educativas ya son por sí mismas, razones suficientes.

Las razones económicas de las migraciones, parten de la causa de que el 80% del PIB se destina a cubrir las necesidades y gastos de un 20% de la población mundial, lo que hace que el 80% del mundo tenga que vivir sólo con el 20% de la riqueza generada. Esta es la principal causa de los movimientos migratorios del sur al norte, de la periferia al centro.

En el mundo hay 192 mill. de inmigrantes, de los cuales en el 2008, 5,2 mill. viven en España de los que 4,4 mill., el 84,6% tienen permiso de residencia. La razón de los actuales flujos migratorios a España es la económica y laboral. La gente viene a trabajar y a vivir a nuestro país. Las personas que llegan por medio de pateras o cayucos suponen un porcentaje pequeño (4%). Este flujo migratorio del tercer mundo hacia las zonas más desarrolladas, está en expansión en todo el mundo. En nuestro caso, la proximidad geográfica con África, los lazos históricos, culturales y de idioma con Latinoamérica, el envejecimiento de la sociedad española, la falta de fuerza de trabajo en determinados sectores y el crecimiento económico de los últimos años, son algunas de las razones que explican la inmigración.

En España existen dos situaciones en el colectivo de inmigrantes, la mayoría, los que cuentan con la autorización para vivir y trabajar en el país, y la minoría, los que se encuentran en situación irregular. La inmigración irregular supone, sobreexplotación laboral, más economía sumergida, y en consecuencia el recorte de la recaudación para las arcas públicas que necesitan para mantener y mejorar los servicios públicos y el empleo que sostienen, y una presión a la baja para las condiciones salariales y los derechos laborales de la clase obrera en general.

Esta inmigración es a priori, entendida como una fuerza de trabajo que viene a cubrir los crecientes déficits a causa, de un lado, del proceso de envejecimiento de las sociedades desarrolladas, y por otro, por el crecimiento de la economía que sigue generando un importante volumen de puestos de trabajo de baja cualificación.

Este crecimiento de la inmigración ha acompañado a la creación de empleo, si en 1996 había en España 12.872.000 ocupados, en el 2005 había 6 millones más (18.973.000). El crecimiento económico de esos años se basa en sectores intensivos en fuerza de trabajo poco cualificada, con baja productividad y bajos salarios: servicio doméstico, hostelería, comercio, agricultura, transportes, limpieza, construcción… Hay que destacar que cualquier variación de las condiciones macroeconómicas que afecte al mercado interno, afectarían al crecimiento y el empleo de estas actividades, por lo que el paro afectaría con mayor intensidad a la comunidad inmigrante que se ocupa mayoritariamente en esos sectores más vulnerables, tal y como se está viviendo con la crisis actual. Se ha confundido el término crecimiento con el término desarrollo socioeconómico, pero el crecimiento de los últimos años en España se ha basado en actividades poco productivas con bajos costes laborales y la disponibilidad de un ejército de reserva amplio (temporales + parados). Precisamente una economía con crecimiento, pero sin desarrollo como la nuestra, profundiza en la desigualdad e injusticia social, con un escaso crecimiento de la productividad y el salario medio y una desigual distribución de la riqueza, perdiendo peso las rentas salariares sobre la contabilidad nacional.

Ya a partir del 2006 la tasa de paro de la población activa extranjera se coloca 8 puntos por encima de la tasa de paro de los españoles (8,6%), uno de cada 6 parados es de origen foráneo (16,7%), lo cual dificulta los procesos de integración y aumenta las bolsas de exclusión y pobreza.

Contar con un importante ejército de reserva flexibiliza el mercado laboral, gracias a la reducción de costes (cotizaciones y salarios), la mayor disponibilidad y a una actitud menos exigente en el cumplimiento de las leyes en la población trabajadora inmigrante. Además hay que tener en cuenta que para garantizar la renovación de la residencia se necesita haber cotizado 6 meses a la seguridad social y tener un contrato de trabajo, si no es así se perdería la autorización para trabajar y residir, situación que el empresario aprovecha para que el trabajador acepte las peores condiciones de empleo. Esa mayor flexibilidad y el abaratamiento de los costes laborales son incentivos para que las empresas contraten fuerza de trabajo inmigrante. En la economía regulada el salario de los hombres extranjeros se sitúa entre un 7,2% y un 16,3% en el 2002 por debajo del de los españoles, los contratos son limitados y en caso de despido el trabajador se encuentra inmediatamente en una situación de ilegalidad. Fuera de la economía formal, donde se localiza gran parte de la inmigración, la diferencia es todavía mayor y supone un ahorro del 30% del coste laboral por trabajador para el empresario. La autorización de trabajo depende de que el empresario quiera enviar al organismo competente la oferta previa, y son muchos los que prefieren aprovecharse de una situación de irregularidad que les permite tener atado al inmigrantes. Cuando el inmigrante logra obtener un permiso de residencia o de establecimiento este tipo de coacciones desaparecen, pero hasta entonces, deben pasar varios años, determinantes para el objetivo perseguido por el capital, la sobreexplotación.

2.6.2.2 Condiciones de vida y vivienda para la inmigración

Existe una posición, claramente procapitalista, que considera al inmigrante económico en una permanente situación de inestabilidad geográfica y laboral. Esta continua y permanente precariedad reduce al inmigrante exclusivamente a su dimensión de trabajador y consumidor, necesario en las fases expansivas del ciclo, pero prescindible en periodos de recesión.

En la misma línea, es evidente que la política de vivienda no llega a los inmigrantes, y de hecho sus condiciones residenciales son inferiores al resto de la sociedad. De hecho, podría decirse que el problema residencial constituye otra forma de explotación para muchos inmigrantes en forma de alquileres abusivos en viviendas indignas (amontonamiento, barraquismo). Se trata de una explotación a todos los niveles: legal, laboral y residencial, en la cual, el inmigrante pasa a ser identificado de forma negativa como un extranjero, trabajador provisional en tránsito.

La expansión migratoria de finales de los 90 en España ha ido acompañada de un incremento de los precios inmobiliarios ya sea en alquiler o propiedad, que ha enganchado al segmento de población económicamente excluida del mercado, entre ellos, muchos inmigrantes.

Muchos inmigrantes sin recursos ni apoyos suelen ser víctimas de prácticas abusivas por parte de subarrendadores de viviendas, o de empresarios que les ofrecen un lugar donde dormir a cambio de un coste desorbitado. Por tanto, son relativamente frecuentes los casos de inmigrantes que en esta fase viven en la calle, en barracas autoconstruidas, o ocupando construcciones antiguas. Los inmigrantes se ven obligados a compartir piso y gastos, porque únicamente pueden pagar una habitación o una cama. El barraquismo más precario que después de mucho tiempo vuelve a ser un fenómeno emergente tal y como va a suceder en los años 50 y 60 en España. Otras veces se trata de talleres o locales de trabajo ilegales donde duermen y trabajan inmigrantes. Las características generales de las viviendas de los inmigrantes son más antiguas, están peor conservadas, son más pequeñas, y con mayor frecuencia no disponen de ascensor, agua corriente, agua caliente, calefacción, baño o lavabo, u otras instalaciones. Mientras que en España la propiedad es la posesión más usual y el alquiler es una opción minoritaria (9%), para los inmigrantes es inverso, únicamente el 27% es propietario de su vivienda, mientras que el alquiler afecta al 67%.

En las antípodas, de la posición procapitalista que coloca al inmigrante como trabajador de tránsito, se debe situar una política alternativa de clase, migratoria, que parta del planteamiento de que los inmigrantes, en su mayoría, no sólo han venido a trabajar, sino que también han venido para quedarse a vivir. En consecuencia, el reagrupamiento familiar y la regularización laboral son aspectos necesarios en la economía, tanto para favorecer el consumo interno, como para aumentar el número de trabajadores cotizantes en la caja de la seguridad social española.

2.6.2.3 Desmontando mitos sobre la inmigración

En la cadena imperialista, sin olvidar que el desarrollo económico es desigual, la gestión de la crisis está creando crecientes bolsas de emigración de fuerza de trabajo en países donde los efectos de la crisis son más devastadores. La presión sobre el empleo, los salarios, la liquidación de los aparatos públicos del Estado y sectores productivos es creciente en muchos países de la periferia (latinoamérica, África, Europa del Este, Asia) lo que les empuja hacia los Estados centrales, donde las prestaciones públicas y los salarios aún estando acosados por el capital todavía son más altos. En la actual etapa de mundialización del capital éste es incapaz de crear más plusvalía con ratios de crecimiento social y públicos (salario diferido e indirecto) conocidos en el Estado de Bienestar, siendo inviable en nuestro tiempo ya incluso en las metrópolis imperialistas el proceso de valorización del capital junto al incremento y estabilidad del empleo y salarios, minándose la existencia y los postulados sostenedores del Estado de bienestar.

Ante esta oleada de inmigración a la UE se olvida decir que está sosteniendo contributivamente los Estados de bienestar que todavía existen. Por ej. En España en diciembre del 2003 había 848.491  extranjeros afiliados a la seguridad social, un 2% de la población, de los cuales 668.082, la mayoría, son no comunitarios. Según la presidenta del INE la Seguridad Social tenía un superávit de 4.808 mill. € en el 2.001 gracias a los inmigrantes, y CC.OO. argumentaba que los extranjeros estaban contribuyendo con unos 18.000 mill. €, equivalente al 2,5% del PIB en el primer trimestre del 2002. ¿Cómo es posible que los obreros inmigrantes en el Estado español, que aportan a las arcas públicas, son considerados un problema, mientras que los millones de turistas, incluyendo a jeques y multimillonarios de países “civilizados” que generan un alto coste medioambiental y son responsables de graves problemas de abastecimiento de agua, no sean un problema?. Además el Estado capitalista saca de nuestros bolsillos millones de € en infraestructuras para el turismo, que solo genera beneficios privados y empleo inestable, mientras trata de delincuentes a los inmigrantes que riegan con su sudor el mantenimiento del Estado de bienestar, nuestro salario diferido.

Otro mito es el racismo que quiere vincular inmigración con delincuencia, cuando en realidad esta es producto de la explotación y la marginación social que no tiene fronteras, tal es así que resulta paradójico para sostener el argumento racista que en el año 2000 mientras aumentaba la población inmigrante un 17%, la delincuencia bajó un 3%. También se oculta que en el año 2.002 que sólo el 10% de los acusados de un delito entran en prisión preventiva siendo todos inmigrantes, el resto no  entra en prisión preventiva porque no son inmigrantes, lo que refleja una política estatal claramente racista. Precisamente el gobierno del PP en mayo del 2002 afirmaba que un 40% de los detenidos por la policía eran extranjeros, mientras que el Sindicato Unificado de Policía desmentía esas cifras rebajando el porcentaje al 28,2%, lo que es un indicador de que el propio gobierno incita el discurso racista entre los trabajadores, de forma interesada. Tambien se oculta que uno de los delitos que más ha aumentado, un 394%, son los relativos a las denuncias contra los derechos laborales vulnerados por “honestos” empresarios, las víctimas de este delito son precisamente los obreros inmigrantes, y para combatir esos delitos los gobiernos neoliberales de turno plantean reformas laborales (sic) que rebajen esos derechos laborales (42).

Se critica la hacinación de los inmigrantes en los llamados “pisos patera” y ¡que pronto! se olvida que en España familias enteras, abuelos, padres, hermanos, tíos, primos, etc., se hacinaban en una sola vivienda para poder subsistir la hambruna de la postguerra, y de la miseria en la España de los años 40/50. El hacinamiento por tanto no es sinónimo de inmigración, sino de bajos salarios, especulación de la vivienda, contratos basura, mercado sumergido a falta de permisos de trabajo, etc.

Se critica la hacinación de los inmigrantes en los “pisos patera” y se olvida también que la inmigración masiva de los años 50/60 hacia Catalunya fue acompañado con un gran crecimiento de las barracas en las zonas suburbiales de Barcelona, donde la única alternativa era el realquiler, pero este resultaba costoso para una familia con hijos. Las barracas de Can Clos, Idelfonso Cerdá, Huerto de la Paloma, Camp de la Bota, Montjuich, fueron la gran lacra del suburbio y la degradación del inmigrante que aguantaba todo tipo de condiciones pésimas, porque eran aún mejores que las de los lugares que abandonaron en cuanto a la posibilidad de alcanzar un trabajo retribuido y estable. Ese éxodo rural no se produjo a causa de la mecanización de la agricultura, fué la miseria la que obligó a inmigrar a los campesinos y jornaleros hacia las ciudades y zonas industriales, Catalunya, Euskadi y Madrid, y también la emigración hacia la RFA, Francia, Suiza… Y ello fue así porque la industrialización bajo el franquismo se concentró únicamente en Euskadi, Catalunya y Madrid mientras que el resto de España continuaba bajo el predominio agrícola semifeudal. La gran mayoría de inmigrantes en Barcelona residían en barracas, hechas de madera, cartón-cuero, uralita, chapas, ladrillo, de pequeñas dimensiones liliputienses, y con carencia de prestaciones básicas, sin agua, luz, wáter, (en realidad todas estas prestaciones eran “comunitarias”). Al barraquismo le sucedió los barracones prefabricados con luz eléctrica y luego las costosas viviendas monobloques de cemento y ladrillo de 50 metros y menos. Estos “otros catalanes” de los que nos hablaba F. Candel, que corresponden a la 3ª ola inmigratoria eran albañiles, metalúrgicos, carpinteros, peones, mecánicos, etc., obreros, estaban distribuidos en Can Tunis, Montjuich, Trinitat-Verdum, Marítima (litoral hasta la Barceloneta y Besós), Poble Nou, Sant Martí, Carmel-Guinardó, Torrasa, Bordeta, Collblanc, con condiciones de vida deficientes. También en las comarcas colindantes con Barcelona, Barcelonés Nord, Vallés Occidental, Baix Llobregat y Maresme. Estos “otros catalanes”, formaban el cinturón suburbial, cercano a las zonas industriales de las poblaciones que ocupaban en aquellas décadas. Sería un error olvidar todo esto porque forma parte de nuestra propia historia, de nuestras mismas familias obreras inmigrantes.

En realidad se esconde que sobre el debate ideológico contra el obrero inmingrante en la actualidad, se utiliza la xenofobia y el racismo hacia determinados países de la periferia del “tercermundo” que se han constituido en fuentes exportadoras de fuerza de trabajo barata hacia el centro como antaño fuera España la cantera de mano de obra barata de la RFA y Francia, algo que hoy fácilmente se olvida, como también se olvida que muchos emigrantes españoles iban “sin papeles” hacia el extranjero en busca de trabajo. Esta política de acumulación de capital está preñada de hipocresía ya que mientras se levantan las barreras a la inmigración persiguiendo policialmente a quienes huyen de la miseria y la represión, las empresas que les sobreexplotan en condiciones irregulares  con salarios inferiores ¡¡¡nunca son molestadas!!!. En este caso una política de clase consecuente debiera orientar la reunificación de la clase obrera entre todos los obreros nativos o inmigrantes, política que aquí en Catalunya tuvo su referente en un fuerte movimiento obrero anti-franquista constituido en los años 60 y 70 (las Comisiones Obreras de Catalunya-CONC), movimiento obrero que combatió la política segracionista entre obreros nativos e inmigrantes.

2.6.3 La crisis causa de la sobreexplotación y expansión mundial del proletariado

Como tendencia histórica la acumulación de capital contiene una contradicción esctructural (crisis de acumulación), en la que por un lado tenemos el aumento de la composición orgánica de capital que reduce el porcentaje de trabajo vivo, y coloca a la tasa de ganancia en picado permanente, y por otro lado se vislumbra que la creación de las condiciones para salir de la crisis dentro del capitalismo, al menos coyunturalmente, condiciones que pasan sólo con la creación de nuevo trabajo asalariado, trabajo vivo, aún a costa de destruir formas precapitalistas de la producción y la economía y engordando la masa de los excluidos.

En éste sentido, la búsqueda del capital a la caza y captura del trabajo vivo, la ampliación de la masa proletaria va más allá del obrero industrial, y de los países cuna del capitalismo incorporando a otros sectores de la economía, a otros países de la periferia, y a diversas formas de trabajo asalariado sujetos a la explotación capitalista, ampliando la base social del proletariado con una nueva división internacional del trabajo, a la par que introduce elementos negativos contra la organización y la lucha de la clase obrera (aristocracia obrera, deslocalización, dumping social, etc.). Por eso, sin duda hoy, el trabajo asalariado proletario constituye la base del capitalismo en una escala mucho mas amplia que en los tiempos de Marx. Por lo que podemos gritar con orgullo de clase que ¡¡¡Marx tenía razón!!! y Mallet-Gorz estaban equivocados, equivocadísimos en cuanto al fin de la clase obrera en el capitalismo.

Marx nos decía que la productividad de la máquina se mide por el grado en que sustituye a la fuerza de trabajo, si ésta cuesta tanto como la fuerza de trabajo que sustituye, el trabajo objetivado en ella es menor que el trabajo vivo que desplaza. Desde esta lógica el capital invierte en el desarrollo de las fuerzas productivas primando la maquinaria (mayor composición orgánica y técnica del capital) como medio de abaratamiento del valor del producto y crecimiento de las ganancias.  No obstante, Marx advertía ya en El Capital que la proporción de la jornada laboral entre trabajo necesario y plustrabajo varía de un país a otro, y dentro de un mismo país entre las distintas ramas de la industria y la economía, que el salario real del obrero varía hasta por debajo del valor de la fuerza de trabajo, por lo que la diferencia entre la maquinaria y la fuerza de trabajo que sustituye puede variar mucho, haciendo más atractivo para el capitalista en algunos casos que en vez de renovar la maquinaria invierta en otros lugares para acrecentar la tasa de ganancias, por el bajísimo valor de la fuerza de trabajo (43). Esa es la razón por la que muchas Transnacionales, en vez de ampliar las producciones y medios industriales en los países centrales, trasladen producciones y fábricas a países de la periferia donde la mano de obra es barata y la composición técnica y orgánica de capital baja. Los adelantos de la industria de transporte e información, se encargan de reducir los costes adicionales que supone la distancia del lugar de  producción al de consumo, y los mercados emergentes de ahorrar los costos comerciales de mercancías que ayer eran importadas y actualmente pasan a la categoría de fabricación nacional en las filiales de la periferia.

La crisis de 1.973 puso unos límites muy altos a la acumulación de capital, y el actual modelo neoliberal de acumulación permite que las relaciones capitalistas de producción se mantengan a duras penas al precio de la sobreexplotación del proletariado, ampliando el mercado irregular característico en países de la periferia, también en los países más industrializados. Y en la búsqueda de más trabajo vivo, se incorpora el trabajo precario de mujeres y niños bajo métodos taylor-fordistas a escala mundial a niveles desconocidos, donde el aumento de la intensidad del trabajo, la prolongación de la jornada, la inestabilidad del empleo y la remuneración de la fuerza de trabajo por debajo de su valor es la regla común de una franja del proletariado cada vez más creciente.

En este sentido debemos destacar la existencia deprolable igual que en los siglos XVIII y XIX con la introducción de las manufacturas y el maquinismo, de la extensión de la explotación del trabajo infantil (prohibido por los convenios de la OIT) en el mundo capitalista del siglo XXI con ¡¡¡250 millones de niños y niñas!!! entre 5 y 14 años explotados en todos los sectores (pesca, industrias manufacturera y extractiva, construcción, servicio doméstico, etc), de los cuales 80 millones corresponden a África y el 1% se concentran en la triada imperialista. Carne de cañón infantil dedicada a la creación y realización de plusvalía en las peores condiciones de vida y trabajo  y con la mayor opresión conocidas. El trabajo forzado es característico en Malasia donde los niños trabajan más de 12 horas en plantaciones de caucho, en Perú largas jornadas en los telares, en Brasil se dedican al duro trabajo de fabricar carbón, etc.

Con esta fotografía actual podemos dictaminar que la mayor o menor profundidad de la hetereogeneidad de la condición obrera depende más de la lucha de clases que del propio desarrollo de las fuerzas productivas. Por ejemplo no es igual la composición de la clase obrera mucho más homogénea bajo en modelo fordista-keynesiano con un fuerte movimiento obrero desarrollado y el campo socialista, que bajo el modelo toyotista-neoliberal con un movimiento obrero en recomposición y sin la URSS.

2.6.4 Trabajo productivo e improductivo para el capital

De la misma manera que análisis dogmáticos y moralistas que consideraban y consideran al proletariado como algo estático e inamovible en su composición como trabajo manual en las condiciones más duras, o como trabajo únicamente material, no nos sirven para un estudio científico sobre la clase obrera, tampoco nos sirven las tesis más modernas que consideran a todo asalariado como proletario, ni los estudios más centrados en los cambios de los procesos productivos y en especial con la emergencia del sector de trabajadores técnicos y altamente especializados, que dividen a la clase obrera entre vieja y nueva (Mallet), considerando a ésta última como prototipo del sujeto revolucionario, ni los análisis que buscan otro sujeto central alternativo al capitalismo (A. Gorz, Negri), ni los análisis que  identifican las categorías de industria y servicios respectivamente como trabajos manual y de cuello blanco, cuando precisamente en los servicios hay un gran número de obreros manuales (estibadores, limpieza…). Tales análisis omiten que la premisa fundamental para que un trabajador se convierta en proletario, disponga o no de conciencia de clase, es que éste genere o aporte con su trabajo plusvalía al capital, sea del rango que sea.

Marx destacaba 2 elementos constitutivos del proletariado como fuerza central del capitalismo y como sujeto revolucionario: fuerza básica para la creación y apropiación de la plusvalía/ sujeto de lucha colectiva a nivel de fábrica y de toda la sociedad. El obrero sólo puede constituirse en sujeto si se organiza colectiva y no individualmente. El capital tratará por todos los medios de evitarlo, vía legislativa y vía desmasificación de la concentración obrera (postfordismo), pero al final el dilema y el fin seguirá siendo el mismo que planteara Marx: la organización colectiva del proletariado como clase explotada. Clase que no debe de confundirse según el tipo de trabajo manual/intelectual, sino si su trabajo contribuye o no a la creación-apropiación de la plusvalía por el capital, si este tiene la consideración de trabajo productivo al capital, ya que éste puede prescindir de los desempleados y los pequeños productores, pero no de su fuente de riqueza: el proletariado.

Marx ya en El Capital nos advertía que el trabajo denominado productivo no se reducía únicamente a la producción de mercancías materiales, sino también de carácter inmaterial (obras de arte, mercancías educativas, transporte de mercancías, venta de mercancías, etc.):

“Sólo es productivo el trabajador que produce plusvalía para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital… digamos que un maestro de escuela, por ej., es un trabajador productivo cuando…se mata trabajando para enriquecer al capital en una fábrica de enseñanza en vez de hacerlo en una fábrica de embutidos, no altera en nada la relación…de producción específicamente social (44).

Por tanto, como trabajadores asalariados que ocupan un lugar en la producción social, muchos ingenieros, técnicos, profesores…que trabajan en la gran fábrica (laboratorios, oficinas, centros de formación) pertenecen, objetivamente, a la clase obrera. Las mercancías son productos del trabajo cuya naturaleza se expresa en bienes que son almacenados (automóviles, libros, alimentación, máquinas…) y servicios que no son almacenados (transporte, enseñanza…) y cuyo carácter puede ser manual o intelectual.

Marx en el El Capital definió al trabajador productivo como aquel que participa en la producción de mercancías, y en consecuencia creadora de valor y plusvalía, y en la realización de la plusvalía. Por lo que todo trabajo que crea, modifica o conserva valores de cambio o es técnicamente indispensable para su realización es un trabajo productivo, aumenta su valor de cambio o realiza la plusvalía, valoriza el capital con su tarea (aunque no agregen valor).

Constituyen trabajo productivo los gastos de trabajo relacionados con el transporte de la mercancía,  almacenaje, mantenimiento, que agregan valor a las mercancías trasnportadas u almacenadas, la utilización de las comunicaciones, así como la actividad de los científicos y obreros que participan en el desarrollo, preparación y organización del proceso productivo con vistas a la aplicación en la producción de los logros científicos. También se incluyen en el mismo los gastos de trabajo destinados a conservar los valores de uso ya creados, por ej. en reparación, envase, almacenaje, etc., gastos conforman el grupo de los llamados servicios materiales.

Los servicios juegan hoy un papel importante en el capitalismo contemporáneo, el sector terciario representa una parte creciente del conjunto de la actividad económica. Con el desarrollo del sector terciario productor de mercancías (turismo, restaurantes, hoteles, garajes…) contribuye al reparto de la ganancia, los asalariados ocupados en algunas de estas empresas son una fuente adicional de plusvalía.

No obstante, hay que anotar que todo aumento del sector comercial o servicios aunque expande la inversión de capital excedente, no hace descender la composición orgánica (excepto transporte, mantenimiento, etc.), ya que la fracción de la plusvalía que se destina al sector comercial capitalista es una deducción, no una agregación, de la plusvalía creada en la esfera del capital productivo.

El conjunto de gastos de distribución, comercio, publicidad, telecomunicaciones, etc., se efectúa por el capital comercial que participa en el reparto de la plusvalía. El papel esencial de la distribución no es el incrementar la masa de plusvalía sino asegurar su realización. A los gastos de distribución vienen a añadirse los gastos de venta que aumentan el precio de las mencarcías para el consumidor. El carácter parasitario de la producción capitalista viene demostrado por el aumento desmesurado de este sector, por ej., a mediados del S.XX en la industria de automóviles de EE.UU. el 60% de los asalariados estaban en la distribución y venta de coches. Especialistas de nuevas técnicas, desde investigadores del mercado, técnicos de relaciones públicas, expertos de la publicidad y la mercadotécnica suponen una enorme cantidad de medios de persuasión que se dedican a estimular el consumo de masas.

Queda claro que el proletariado es aquel que crea o realiza con su trabajo adicional la plusvalía del capital, potenciando la acumulación del mismo, y que consustancialmente a ello, trabajo productivo lo es cuando sirve a la acumulación de capital, el trabajo que produce o realiza la plusvalía, los conceptos de trabajo productivo y no productivo considerados desde el punto de vista de la producción de valor de cambio no pueden confundirse nunca desde el punto de vista de los intereses generales de la sociedad. Por ejemplo, el trabajo de cuidado de ancianos, de la familia y de niños, es muy necesario para la reproducción del género humano e incluso para la renovación, mantenimiento y cuidado de la fuerza de trabajo del capital, pero desde la dinámica de la acumulación del capital no es un trabajo productivo al no crear ni realizar plusvalía (trabajo adicional), es sólo un trabajo que se cambia por renta (guarderías, sanidad…) y no por capital:

“…la distinción de trabajo productivo e improductivo, distinción basada pura y simplemente en el hecho de que el trabajo se cambia, en un caso, por dinero como tal dinero, y en el otro por dinero como capital.” (45).

Dentro de esta lógica, actividades orientadas para satisfacer las propias necesidades del trabajador, como los servicios educativos y la salud, suelen calificarse como trabajo improductivo para la acumulación del capital, de ahí que la existencia de la reforma social bajo el capitalismo sea más producto del empuje del movimiento obrero en la lucha de clases que de una posición “democrática” de la burguesía, pero desde el punto de vista de la clase obrera tales trabajos pueden ser y de hecho lo son totalmente productivos,  ya que satisfacen sus necesidades sociales, igual puede decirse de las actividades realizadas para la reproducción del trabajador, improductivo para el capital, como el cuidado de hijos y mayores, pero que sin embargo es necesario y productivo para la clase obrera.

El trabajo productivo que califica al proletariado como tal entra dentro del ciclo de circulación del capital (monetario, productivo y mercantil), bajo la fórmula expresada por Marx en El Capital:                                 

D-M-D´

La inversión de una cantidad de dinero para la producción y venta de unas mercancías dan un montante adicional. ¿De dónde sale tal diferencia?, ¿de la estafa?, ¿del engaño?, ¿de la manipulación?. Sale de la plusvalía, porque el proletario como mercancía produce mas de lo que vale, y su puesta en acción garantiza la adquisición por el capitalista (ya sea industrial, comercial o financiero) de la plusvalía como remanente adicional.

Por tanto, ¿quién crea o realiza la plusvalía?. Quien vendiendo su fuerza de trabajo (trabajo asalariado), produzca o realice un excedente (plusvalía), que sea utilizado para la acumulación del capital repitiendo el ciclo. Por lo que el trabajo productivo no se identifica con trabajo útil (ya hemos dicho que el cuidado de niños de una guardería pública no es productivo al capital), ni con trabajo manual exclusivamente (el trabajo adicional de una cajera de un supermercado por el capital aun siendo monótono no es predominanemente manual), ni tampoco se confunde con trabajo que únicamente produce bienes materiales, sino de mercancías (bienes y servicios) que se producen y se consumen.

Decíamos más arriba que tampoco sería correcto identificar al trabajo productivo con trabajo asalariado, porque no todo trabajo asalariado que reside en la compraventa de la fuerza de trabajo, se emplea para producir o realizar la plusvalía. Por ejemplo, un capitalista puede disponer parte del capital como renta particular para cubrir sus necesidades (criado, chofer, peluquero, sastre, etc.), o funcionarios públicos y privados que viven del salario como el profesor de una universidad o centro de enseñanza, abogados, jueces, policías, empleados del ejército, curas, etc, que forman parte de la superestructura. Ello no quiere decir que los asalariados profesionales no puedan encuadrarse junto a la clase obrera política y también sindicalmente por su condición de trabajo asalariado y no-propietarios de medios de producción, donde por sus condiciones de trabajo y salarios se asemejan a las del proletariado (profesores de los centros educativos, personal sanitario, etc.) y son sujetos potenciales de luchar junto a él, no sólo por su cercenamiento salarial, sino por su vinculación a objetivos sociales que dignifiquen el potencial político de su profesión en el marco de la defensa de una escuela pública, de calidad y laica, una sanidad universal, etc.

Bajo la lógica D-M-D´, tampoco podemos confundir al proletariado únicamente como el productor directo de la plusvalía (46) –aunque sin el no existiría la plusvalía como tal-, plusvalía que es la que se genera en el proceso productivo y el transporte de mercancías el cual, según Marx, modifica el valor de cambio de la mercancía por el cambio de lugar incrementado por el tiempo de trabajo añadido hasta su destino. A partir de ahí el resto del proceso de circulación de capital facilita la realización de la plusvalía generada en la producción, previamente descontada del capital productivo la parte proporcional para el resto de capitales (financiero y comercial). Y es cierto que en estas esferas no se genera mas plusvalía, sino que se reparte la plusvalía creada en el proceso de producción y traslación, pero de la misma manera que no puede circunscribirse la clase capitalista al industrial, por que el resto de capitalistas no participan directamente en la extorsión de la plusvalía, el proletariado tampoco puede limitarse al obrero industrial. ¿A quién sino explota el comerciante de los grandes almacenes, supermercados e hipermercados?. Evidentemente de forma indirecta al proletariado industrial, pero de forma directa al proletariado comercial (cajeros, vendedores, almaceneros, etc.).

Esta problemática la trata Marx en El Capital destacando la similitud de los trabajadores del sector terciario con los del sector industrial, en cuanto a su condición asalariada y en cuanto a que el producto de su trabajo está dividido en dos partes, una de las cuales se la apropia el capitalista comercial en forma de plusvalía (trabajo no pagado), siendo la diferencia entre el obrero comercial y el industrial la misma que hay establecida entre los capitalistas de la rama industrial y la comercial. Si bien el capital industrial se apropia de la plusvalía creada por el trabajo no pagado del obrero industrial, parte de esa plusvalía la transfiere al capital comercial, y aunque el obrero comercial no cree una masa de plusvalía adicional, la apropiación del capital comercial de su parte de la plusvalía generada en la producción industrial se realiza en el trabajo no pagado de los obreros comerciales. El obrero comercial ayuda con su trabajo a reducir los gastos de realización de la plusvalía con la parte de su trabajo no retribuido, por lo que de la misma manera que el trabajo no pagado del proletario industrial crea directamente la plusvalía, el trabajo no pagado de los proletarios comerciales realiza la apropiación de parte de la plusvalía por el capital comercial (47).

El proletariado comercial abarca a los trabajadores asalariados ocupados en la esfera de la circulación que continúa el proceso de producción (almaceneros, embaladores) o bien intervienen en la realización de la  plusvalía (vendedores, trabajadores de banca). Estos obreros del comercio y banca realizan un trabajo indirectamente productivo al capital mediante la puesta en acción de la fuerza de trabajo en la esfera de la circulación de capital, facilitando la circulación monetario mercantil, reduciendo el tiempo de rotación del capital productivo y extendiendo los límites del mercado en la realización de la plusvalía mediante la venta de mercancías y el crédito. Ello es así porque si bien es imposible la plusvalía sin la producción, es imposible que esta se acumule en capital sin realización en el consumo, para lo cual es necesario la conversión el producto del trabajo en valor de cambio en la esfera de la circulación mediante de conversión del producto excedente en dinero adicional.

Los pequeños productores o comercios dedicados a la producción o circulación simple (pequeña burguesía tradicional), los artesanos, campesinos, pequeños comerciantes, como trabajadores que producen y trabajan para su consumo, realizan actividades que no son cambiadas por capital, y por tanto también son improductivas para el capital. No crean ni realizan plusvalía, así como aquellos profesionales que realizan trabajos particulares (sastre, abogado, fontanero, médico, etc.). No es el trabajo creativo el que define la existencia del proletariado como clase explotada y sumida al capital. Ya hemos visto que sólo se puede considerar como trabajo productivo, aquel que cambiándose con capital, directamente constituye una fuente creadora de plusvalía, o indirectamente contribuye a la realización del valor de cambio y la apropiación de la plusvalía por los capitales (comercial y bancario).

Lo que tampoco quiere decir que debamos considerar a todos los profesionales como no obreros, pues hay obreros autónomos que el marco legal de desarrollo de su actividad encubre auténticas relaciones de explotación bajo relaciones de trabajo de carácter irregular o sumergido. Actividades productivas que emplean fuerza de trabajo bajo formas mercantiles que ocultan las relaciones laborales de explotación, existen hoy en sectores como construcción, transportes, limpieza, hostelería y alimentación. También actividades de supervivencia realizadas por trabajadores en paro, como el trabajo a domicilio, albañiles, pintores, servicios domésticos, vendedores, confección, etc. En definitiva, actividades ligadas al proceso de producción y realización de plusvalía que quien las hace por muy “autónomo” que oficialmente sea, sin ser asalariado es proletario, ya que una parte de su trabajo se lo apropia el capital. Hoy en día tales formas se han reflotado con marco legal desde la introducción de las ETTs, donde los trabajadores cedían y ceden parte de su salario anticipadamente para obtener empleo, y con la generalización de las subcontratas de actividades de empresa a empresa.

Concluyendo, en las condiciones del capitalismo pertenecen a la clase obrera todos los trabajadores asalariados que no poseen medios de producción propios y se ven obligados a vender su fuerza de trabajo, física o intelectual, para ganarse la vida, participando en el proceso de creación o de realización del valor y de la plusvalía, siendo por ello la fuerza productiva del capital. Todos ellos son miembros de la clase obrera independientemente de que estén ocupados en la producción o en la circulación.

2.6.5 La industrialización de las actividades económicas

Adentrándonos más en los análisis del componente proletario vemos que el análisis clásico de la división de los sectores productivos (agricultura, industrial, servicios), sociológicamente nos separa al proletariado según el sector, pero ignora que actualmente el proceso productivo de las grandes empresas ya engloba profesiones de los sectores servicios e industria. Parte de las profesiones consideradas como industriales se realizan en empresas servicios y viceversa parte de profesiones consideradas como servicios se engloban en la industria. El capitalismo ha desarrollado la combinación de empresas industriales y comerciales, donde se desenvuelven trabajos relacionados colectivamente con la producción y la circulación, como por ejemplo en una empresa de automóviles Transnacional la existencia de las redes comerciales de venta y postventa (reparaciones, etc.), la red de fabricación de componentes, y las empresas matrices de montaje y acabado final, donde hay que destacar la fuerte concentración y centralización monopolista a nivel mundial, de 52 empresas en 1.964 se ha pasado a 10 grupos en la actualidad (producto de fusiones, absorciones y alianzas) que engloban a numerosas marcas comerciales en 1 sólo consorcio.

La producción y distribución de la riqueza actualmente se fundamenta más que nunca en la industria moderna, la cual se ha extendido como un pulpo con sus tentáculos aumentando el trabajo industrial en sectores como la agricultura y los servicios. Existe un proceso de industrialización de todos los sectores de la actividad económica y social.

El capitalismo tiende a industrializar y socializar los servicios privados (transporte, energía, agua, comida, confección, etc.), la industrialización de las esferas de reproducción constituye la cúspide de este desarrollo. La producción de mercancías penetra en todos los sectores de la vida social. La penetración de capital en las esferas de circulación, servicios y reproducción puede aumentar la masa de plusvalía debido a que asume funciones productivas propias del capital industrial, como el sector del transporte; reduce el tiempo de rotación del capital productivo, como es el caso del comercio y el crédito; reduce los costos indirectos de producción en infraestructuras y extiende los límites de la producción de mercancías, reemplaza el intercambio de servicios individuales con la venta de mercancías que contienen plusvalía. La empleada doméstica, el cocinero y el sastre particulares no producen plusvalía, pero la producción de aspiradoras, sistemas de calefacción, electricidad, comidas precocinadas, etc., son una forma de producción capitalista de mercancías y plusvalía como cualquier otro tipo de producción industrial capitalista que tiende a socializar las tareas reproductivas.

2.6.6 La proletarización del trabajo intelectual

Los revisionistas de derecha, desde Bad Godesberg en adelante, afirman que el capitalismo se transforma en socialismo, declarando auténticamente socialista al régimen social que surge no como resultado de la revolución socialista, sino en forma de transformación. La revolución científico-técnica resuelve en apariencia todas las contradicciones sociales del capitalismo, y sin necesidad de la lucha política esa sociedad nos llevará al socialismo. Afirman que en las condiciones del progreso científico-técnico como portador de la iniciativa histórico-revolucionaria figura no ya la clase obrera, sino la intelectualidad, la única en influir en el desarrollo de la conciencia de las masas. Ya no es la unión de los trabajadores bajo la dirección de la clase obrera, sino en nuevo bloque histórico encabezado por la intelectualidad. Los revisionistas de derecha tratan de revivir las viejas ideas de los hegelianos de izquierda, refutadas por Marx y Engels, acerca de los intelectuales de pensamiento crítico, llamados a dirigir a la masa inerte y pasiva. Paradójicamente la revolución científico técnica, propiciando el rápido crecimiento de la intelectualidad y acelerando su diferenciación, ha convertido bajo el capitalismo a una parte considerable de ella en asalariados, que por sus intereses se aproxima cada vez más a la clase obrera, y ha proletarizado una parte importante del trabajo intelectual y de los intelectuales.

La fuerza de trabajo se asalariza en profesiones liberales significativas, por ejemplo, farmacéuticos que ya no disponen de su propio negocio pasan a ser empleados en grandes laboratorios, lo mismo sucede a los arquitectos, ingenieros, etc. Prácticamente más del 80% de la fuerza de trabajo empleada en España es asalariada (2.005). La pequeña burguesía que suponía hace 30 años el 40% de la población activa española, hoy sólo representan apenas el 16%. Aunque no todos los trabajadores intelectuales asalariados son clase obrera, ya que no todos están sujetos a una relación de explotación (creación o realización de la plusvalía), lo que si es cierto es que en estos sectores profesionales el proceso de acumulación de capital los convierten en trabajadores que no disponen más que su fuerza de trabajo, y son expropiados por el capital.

A principios del presente siglo la tasa de asalarización de los técnicos y cuadros medios era casi 10 puntos superior que la tasa del total de ocupados. Lejos de lo que podría pensarse respecto a una tasa de asalarización baja, por tratarse a priori de colectivos proclives a formas más autónomas de trabajo (teletrabajo, autoempleo, profesiones liberales, free lance…), los técnicos y cuadros medios presentan unas tasas altas, 8,6 de cada 10 son asalariados. Las únicas ocupaciones que superan esa tasa son la de los empleados administrativos (95,6%) y los obreros no cualificados (93,1%).

Los cambios en la organización del trabajo que afectan a los técnicos se concretan en una relativa masificación de este colectivo, en la intensificación de su asalarización, en la paulatina degradación de su situación laboral y profesional, pérdida de influencia y estatus en la estructura organizativa de las empresas, como consecuencia de los cambios en la organización del trabajo, de la masificación, de la tendencia a la desvalorización de sus puestos y funciones, etc., mediante sistemas arbitrarios de retribución por objetivos y valoración del desempeño, sistemas de promoción y movilidad profesional generadores de agravios comparativos, alargamientos forzados de jornada e incremento injustificado de cargas de trabajo, necesidades de formación y reciclaje profesional no atendidas, formas sostenidas de contratación en precario, abuso de subcontrataciones, etc. Los actuales cambios productivos derivados de la organización del trabajo y sus consecuencias sociolaborales siembran dudas en el tradicional posicionamiento laboral aparentemente neutral de este colectivo. No se sostiene que la cuarta parte de las plantillas de las empresas puedan seguir disfrutando de situaciones y posiciones privilegiadas, ya que la tendencia de la acumulación de capital es hacia la desvalorización y degradación de toda fuerza de trabajo.

En la actual etapa neoliberal a pesar de las diferencias del proletariado diverso, la relación dialéctica lucha de clases y fuerzas productivas en el proceso de industrialización que la acumulación de capital genera no sin crisis, impone una reducción de las diferencias en cuanto al salario y los standares del consumo entre trabajadores técnicos y manuales dentro de una misma empresa. La proletarización de las tareas técnicas provoca una igualación en cuanto a la mecanización del proceso de trabajo y en las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo.

No obstante, a diferencia de los trabajadores de taller y administrativos, cuyas problemáticas y condiciones de trabajo son más próximas y homogéneas, los cuadros medios técnicos (ingenieros, físicos, investigadores, laboratorios, etc.) con o sin titulación universitaria y que no ejercen facultad de mando, constituyen un colectivo menos homogéneo, lo que obliga a los sindicatos de clase a ofrecer alternativas comunes (empresa, sector y trabajadores en general) y altenativas particulares de cada colectivo (vinculación a los convenios, promoción, formación, jornada, salud laboral, etc.). También hay que diferenciarlos de los staffs de dirección, que por su posición e intereses se asimilan a los de la empresa, en el sentido del capital. Los sistemas de trabajo y retribución por objetivos y la valoración del desempeño, constituyen el vértice sobre el que se fundamenta la política empresarial de individualización laboral de estos colectivos de trabajadores, al desligar los elementos sustanciales de la relación laboral (salario, valoración del trabajo, categoría y promoción profesional) de los instrumentos de regulación colectiva de dicha relación de trabajo (convenio colectivo). Los efectos no sólo se limitan a un empeoramiento de las condiciones objetivas (cuantificables) de trabajo (por ej. trabajar más y durante más tiempo del que se debe), también implican un empeoramiento del clima laboral y las relaciones humanas en el trabajo, pues fomentan la competitividad, agravios comparativos, etc.

Desde la generalización de la enseñanza media a partir de la década de los 60 en Europa occidental para todos los sectores de trabajadores y obreros (industriales, técnicos, servicios, etc.), sólo queda un margen exclusivo de diferenciación de “status” entre fijos y precarios, estables y jóvenes, mujeres e inmigrantes, etc. O lo que es lo mismo, entre fuerza de trabajo establemente empleada y fuerza de trabajo de reserva, siguiendo el esquema de Marx.

La fuerte pujanza del movimiento estudiantil se inscribe dentro del panorama de la lucha de clases y de la tendencia hacia la proletarización del trabajo intelectual a raíz de su integración creciente en el proceso productivo que genera la uniformidad y mecanización del proceso de trabajo intelectual. Si retrocedemos al S. XIX veremos a aquellos ingenieros, arquitectos, abogados, etc, que vivían en grandes residencias y dependían de un trabajo profesional propio, asemejándose sus condiciones de vida a la de capitalistas, latifundistas y aristócratas. Ya entrada la segunda mitad del siglo XX nos encontramos con que graduados universitarios que antaño se convirtieran en pequeños empresarios y profesionales, se ha pasado a graduados universitarios que realizan tareas en el proceso productivo como obreros manuales o técnicos, con salarios similares y en muchos casos inferiores a un obrero cualificado. De lo que también se desprende que cada vez son más los obreros con un cierto nivel intelectual académico profesional o universitario.

Manuel Sacristan bajo el impacto de mayo del 68, destacaba que en el marco de la IIIª Revolución Industrial de los países capitalistas más avanzados, la producción maquinista exige un trabajador más versatil, de mayor cualificación, no un trabajador exclusivamente apéndice de la máquina y parcelario, y que esa tendencia del propio desarrollo de las fuerzas productivas es la que empuja a la generalización de los estudios hacia niveles cada vez más altos, la universidad se masifica, el título universitario se degrada y la intelectualidad se subemplea y proletariza cada vez más. La división clasista también acaba por entrar en la universidad (48).

Estos desequilibrios educativos causan la carencia de profesionales con titulaciones medias que demanda el sistema productivo, y un divorcio entre la fuerza de trabajo con titulación superior-media y los puestos de trabajo generados, mayoritariamente precarios, aumentando el número de titulados abocados a ocupar empleos por debajo de su nivel formativo. Precisamente en las dos últimas décadas se ha roto la tendencia de la creación de empleos cualificados en la industria en los países capitalistas más avanzados que se va a agotar a finales del siglo XX iniciándose un proceso de destrucción de empleos cualificados y precarización generalizada. Con el actual sistema educativo jerárquico y la precariedad laboral, la titulación es cada vez menos una garantía de encontrar empleo. Los niveles más altos de precariedad se encuentran por este orden en titulados de enseñanza primaria (43%), pero a partir de ahí los segundos peor situados son los titulados universitarios y BUP/COU (39%), y los que menos precariedad disponen son los que han estudiado FP, con menos del 35% de precariedad (49).

2.6.7 La condición proletaria de los técnicos

El desarrollo del modo de producción capitalista origina inevitablemente la ampliación de los límites del proletariado. El proceso de acumulación de capital invade cada vez más actividades, funciones y tareas que se descualifican al caer en la esfera de la plusvalía. Simultáneamente se proletarizan, técnicos, profesionales, etc. La ampliación de esos límites es un proceso histórico, ligado a los cambios que se generan en la producción material, por medio de la cual el capitalismo convierte en proletarios a muchos grupos profesionales que, en fases más tempranas de la producción capitalista, pertenecían casi en su totalidad a la pequeña burguesía. En las actuales condiciones de la producción capitalista, la clase obrera industrial no incluye sólo a trabajadores asalariados dedicados al trabajo manual (especialistas y obreros de máquinas de producción) y los que realizan tareas auxiliares de la producción (mecánicos, transportistas…), sino que también incluye a trabajadores asalariados que aplican en el proceso de creación del producto y la plusvalía su trabajo intelectual (ingenieros, técnicos…). Marx ya indicaba que el proletariado industrial estaba constituido, además de los obreros que trabajan en las máquinas especializadas,

“ …un personal…ocupado en el control de toda la maquinaria y en su reparación constante, como ingenieros, mecánicos, carpinteros, etc. Se trata de una clase superior de obreros, en parte, educada científicamente, en parte de índole artesanal, al margen del círculo de los obreros fabriles y sólo agregada a ellos. Esta división del trabajo es puramente tecnológica” (50).

Ya hemos señalado que pertenecen también al proletariado creador de plusvalía los trabajadores asalariados ocupados en la esfera de la circulación, que es continuación de la producción (almacenamiento, empaquetado, desempaquetado de mercancías). Así mismo, son parte del proletariado industrial los oficinistas que trabajan en las secciones de abastecimiento, venta (realización de plusvalía) y programación de las fábricas. Igualmente, ingenieros, técnicos y trabajadores científicos empleados en la producción y que no cumplen funciones explotadoras. Su trabajo forma parte de la creación de valor y plusvalía.

Diferentes capacidades de trabajo muy diversas participan directa o indirectamente en el proceso productivo y en el proceso de realización de la mercancía, es lo que ya Marx denominaba como el obrero colectivo (51), producto de la creciente socialización del trabajo y la intensificación de la explotación que aunque no suponen un control total del proceso productivo por los productores, se integran en una misma función tareas manuales e inmateriales (operaciones manuales, analíticas, deductivas y de verificación, obreros manuales, técnicos, ingenieros, etc.), donde aún así ningún obrero por separado es capaz de fabricar la mercancía entera, como antes en la producción artesanal o manufacturera (cooperación simple).

La creación de valor no se basa exclusivamente en la explotación del proletario de la fábrica fordista, sino de cada actividad de la fábrica socializada, a través de diferentes modos de apropiación del plustrabajo. Marx lo señalaba en El Capital, al destacar que el carácter cooperativo del proceso de trabajo, amplia el ámbito del trabajo productivo, donde éste no se identifica exclusivamente con el trabajo manual, ya que basta con ser un órgano del trabajador colectivo, que reune en un mismo proceso combinado a diferentes trabajadores que ejecutan  trabajos manuales y trabajos intelectuales.

Marx refiere que este proceso se inicia ya en el paso del artesanado a la manufactura, donde se establece una separación del trabajo manual e intelectual, y donde el trabajo intelectual forma parte del trabajo colectivo. La socialización creciente de la producción proletariza esos trabajos, absorve tareas desarrolladas por la vieja y nueva pequeña burguesía, al descomponer los trabajos complejos en procesos simples para la producción tanto manual como intelectual en el marco del proceso productivo, haciéndose cada vez más difícil para el obrero  (individual o colectivo) bajo el capitalismo el control sobre la producción completa del producto. Por ejemplo, trabajos realizados anteriormente por ingenieros, son realizados hoy por obreros especializados en procesos informáticos. La informática permite prescindir de ingenieros y diseñadores y sin clase alguna de planos, de dar directamente en CD-ROMs los programas para las máquinas y cadenas automáticas correspondientes, proletarizándose las tareas de proyección y diseño. Todos estos trabajadores asalariados operan directamente en la producción de la riqueza material y reproducen además de su salario una plusvalía para el capitalista (trabajo no pagado) (52).

En la época del capitalismo premonopolista y en los inicios del imperialismo, las grandes empresas industriales tenían en sus plantillas un número mínimo de ingenieros que por lo general ejercían las tareas de dirección de la empresa. Hoy, en las grandes empresas monopolistas trabajan muchos ingenieros y un numeroso personal técnico inferior, trabajan como asalariados, venden su fuerza de trabajo, participan en la creación de valor y plusvalía y son objeto de la explotación capitalista. Por eso los ingenieros y técnicos empleados en la producción de bienes materiales y que no cumplen funciones de explotación deben ser considerados como un sector de la clase obrera y parte del proletariado industrial. Mientras que en las fases tempranas del capitalismo sólo se utilizaban en la producción los resultados finales de las investigaciones científicas, hoy la labor de investigación se convierte cada vez más en un elemento del mismo proceso de la producción, y si antes toda actividad científica se realizaba en las universidades o por cuenta particular, ahora, multitud de trabajadores científicos (químicos, biólogos, proyectistas, auxiliares de laboratorio…) trabajan como asalariados en fábricas pertenecientes a los monopolios.

Por lo que sigue siendo válida, la tendencia enunciada por Marx sobre la proletarización de la pequeña burguesía, donde ingenieros, empleados de oficina, vendedores y asalariados profesionales tienden no a configurar la nueva clase media enumerada por los “novedosos” estudios de sociología (53), sino a proletarizarse tanto productiva (tareas absorvidas por el proceso de valorización del capital) como socialmente (movilidad funcional a otras especialidades de trabajo). Los conocimientos técnicos y profesionales ya no garantizan una mayor autonomía y control del proceso de trabajo, al estar sometidos a regímenes de trabajo estrictos y parcelados, donde lo más destacado es que tampoco pueden controlar el producto final acabado más allá de su propia parcela de trabajo.

Concluiremos diciendo por un lado que no todo trabajo colectivo es productivo y por tanto generador de plusvalía. En modo alguno se debe incluir en la clase obrera a los ingenieros y técnicos que son empresarios o gerentes y se apropian de parte de la plusvalía (beneficios patronales, intereses de capital, elevados sueldos, dividendos por acciones, o participación en las ganancias), ni tampoco a aquellos ingenieros y técnicos no dedicados a la organización técnica de la producción, sino al perfeccionamiento de los métodos de explotación (“relaciones humanas”). Por tanto, el trabajo de los técnicos que diseñan medios de explotación, que participan en la agravación de las condiciones de apropiación de la plusvalía, y en la reproducción de las relaciones ideológicas y políticas en el marco de la empresa (analistas, cuadros con funciones de mando y control dentro y fuera de la producción), aparecen como agentes del capital y no frente a él.

Por otro lado como ya hemos visto, no todo trabajo no manual es improductivo. Este puede ser el trabajo de los técnicos que participan indirectamente en la creación de la plusvalía, no participan en la agravación de las condiciones de extracción de la plusvalía y aparecen frente al capital, como los informáticos, trabajadores de banca, investigadores e ingenieros que producen contabilidad, planos y proyectos, que en el proceso de trabajo colectivo no intervienen para nada en la represión del trabajo productivo, son proletarizados porque venden su fuerza de trabajo para la realización de la plusvalía. Son apéndices de la máquina por la división parcelaria y la mecanización de su trabajo informático que se ha desarrollado con la expansión de las TIC (calculadoras, ordenadores, computadoras, etc), y parte de su trabajo se intercambia por capital (plusvalía) en el proceso de la circulación de capital y reparto de la plusvalía. Incluso el proceso de trabajo de una oficina tiende a asimilarse cada vez más al de una cadena de producción, donde cada persona ejecuta una parte del trabajo, y donde el empleo de medios como calculadoras y ordenadores, están sujetos a una infinidad de trabajos tan monótonos como el suyo realizados antes o después de él.

No obstante, tampoco debemos omitir que estos trabajadores técnicos, por la característica de su trabajo (enteramente intelectual, no manual) son también portadores materiales de relaciones políticas e ideológicas de la empresa efecto de la división tecnológica del trabajo.

2.6.8 La mujer obrera. Perspectiva de clase 

      El capitalismo como sistema de producción desde sus origenes proletariza a todos los pequeños productores (campesinos, artesanos) y a todos los miembros de la familia obrera (mujeres y niños). Durante el desarrollo de la manufactura, el trabajo a domicilio tuvo un desarrollo muy importante, ofreciendo a los miembros de la familia obrera extenuantes jornadas laborales y bajisimas tarifas salariales. Las jornadas largas, la falta de cuidados durante el embarazo, los trabajos perjudiciales para la salud, el aumento de enfermedades y el aumento de la mortalidad infantil eran comunes en los inicios del capitalismo durante la primera revolución industrial.

Por otra parte, el capitalismo va a conseguir que se combine el trabajo doméstico y laboral, aumentando la explotación de la mujer hasta los límites de una doble jornada, dándo al trabajo productivo de la mujer un carácter meramente subsidiario, desvalorizado, convirtiendo a la mujer en parte del ejército de reserva y mano de obra barata que se incorpora a la producción o se la devuelve a casa dependiendo de las necesidades de acumulación del capital. Como norma la mujeres iban siendo incorporadas a la industria textil, alimenticia, farmacéutica y servicios (maestras, secretarias, limpieza, telefonistas…), siendo marginadas sistemáticamente de las ramas con un mayor desarrollo de las fuerzas productivas.

La industria capitalista por un lado fue absorviendo paulatinamente la fabricación de productos que antes realizaba la mujer en el hogar, liberando de esta forma más tiempo libre, pero por otro lado la familia obrera fue necesitando de mayores necesidades, y ello sólo podía obtenerse si la mujer vendía también su fuerza de trabajo, con un salario menor incluso a igual trabajo que el hombre. El resultado de esta situación es que el capitalista siempre obtiene una mayor cuota de plusvalía de la familia obrera en su conjunto.

El origen de la opresión de la mujer apareció con la familia patriarcal ligada al desarrollo de las clases sociales, la división del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción, quedando apartada de la producción social y recluida en el trabajo doméstico reproductor.  Desde el esclavismo hasta el capitalismo, intelectuales, filosofos, políticos, etc, han elaborado teorías que tienen como fin, presentarnos la situación de la mujer como algo natural. Estas teorías hacen a la mujer responsable de la continuidad de la especie humana, pasando por alto la responsabilidad del hombre, a ello se le une la creencia de la incapacidad de la mujer para realizar tareas pesadas, peligrosas e incluso de responsabilidad. Se teoriza que lo determinante para la mujer es la maternidad y todas las actividades domésticas, mientras que para el hombre lo principal es el trabajo productivo y las actividades sociales, de esta manera se justifica ideológicamente la división social del trabajo entre sexos en vez de tender hacia su superación.

La burguesía, como clase portadora de la igualdad entre los individuos, también ha basado el dominio sobre la mujer en el razonamiento sobre la diferencia entre hombre y mujer fundamentada en la naturaleza para justificar la opresión de la mujer: la mujer está hecha para el hogar, para ser madre, el hombre está hecho para ser ciudadano. El mundo de la mujer se convierte así en el mundo de lo privado frente a lo público. Esta justificación es contradictoria con la ideología desarrollada por el capitalismo en la que se manifiesta por definición la libertad e igualdad de todos los individuos.

      El trabajo doméstico como trabajo independiente del resto de la producción no existía de forma completa en el feudalismo, ni en el trabajo rural, ni artesanal. Bajo el capitalismo el trabajo doméstico privado se separa geográfica y físicamente de la producción social, de la producción industrial, con la separación de la vivienda y la fábrica, del lugar de la reproducción de la fuerza de trabajo y de los lugares de la producción social. Bajo este nuevo contexto el capitalismo articula las relaciones de parentesco otorgando a la mujer una función social en la que el papel principal es ser madre, especializándose en el trabajo doméstico en el ámbito aislado de las demás relaciones sociales y políticas.

      La institución familiar puesta en pie por la burguesía no es solamente el lugar privado para la producción doméstica, sino el lugar de lo privado frente a lo público, la familia no es sólo el lugar que produce y reproduce la fuerza de trabajo, sino el lugar que produce y reproduce al individuo como ciudadano, un instrumento imprescindible como aparato ideologico para la socialización del individuo dentro de las relaciones sociales de la sociedad burguesa. Es inexacto decir que la burguesía haya reforzado la familia patricarcal conocida en las sociedades precapitalistas, lo que ha hecho es crear otro tipo de familia. El estado capitalista se constituye situándose por encima de las clases, atomizando a los individuos frente a él, y al fomentar la igualdad formal crea una nueva familia donde las mujeres salen ganando formalmente con respecto a la familia precapitalista.

Bajo la producción en masa del capitalismo con su fuerte carga de productos y medios ideológicos se sitúa la nueva familia donde las relaciones de vencindad, la sociabilidad de la vida comunitaria se disuelve ocupando su lugar la vida en familia (pasar la velada en el hogar, ver la telebasura, fin de semana fuera con la familia, etc.), este modelo está más avanzado donde la crisis  las relaciones sociales del capitalismo son más fuertes, los EE.UU., donde la burguesía estadounidense utiliza a la célula familiar como marco de sociabilidad para hacer frente a la crisis social.

Pero con la incorporación de la mujer a la producción también se inicia bajo el capitalismo la crisis de la familia como unidad económica. Si bien la familia burguesa responde a la función de célula económica basada en la propiedad privada de los medios de producción, la familia obrera no tiene esa base económica, y sólo disponen sus miembros de su fuerza de trabajo para subsistir. El obrero carece de bienes y las relaciones familiares entre hombre, mujer e hijos no tienen nada en común con las relaciones de la familia burguesa. El capitalista sólo necesita a la familia obrera como medio económico de reposición y reproducción de la fuerza de trabajo, y como medio ideológico de transmisión de los valores tradicionales  y dominantes, por ello para la ideología burguesa el trabajo, la producción social de la mujer sólo se reconoce como ocasional.

2.6.8.1  ¿Valor de cambio o valor de uso?

      La gran industria introduce una ruptura radical con el patriarcado, abriéndole a la mujer obrera el camino de la producción social, pero su posición como mujer como ya se ha dicho le persigue en el trabajo productivo, mano de obra subcualificada, salario de apoyo, insertadas masivamente en empleos feminizados, doble jornada, etc.

El modo de producción capitalista es donde la producción mercantil ha experimentado su más amplia difusión, es la primera formación socieconómica de la história en la que la mayor parte de la producción está compuesta por valores de cambio, por mercancías. El trabajo doméstico es el lugar de producción de valores de uso en un mundo donde el trabajo socialmente dominante es la producción de valores de cambio.

      Para Marx un trabajo concreto no puede convertirse en trabajo abstracto más que a través del mercado, bajo este prisma las leyes que rigen el trabajo en el modo de producción capitalista no se aplican al trabajo domestico, la ley del valor no tiene un efecto sobre el mismo, ya que la ley del valor determina cuanto trabajo socialmente necesario se debe invertir en cada mercancía, esa lógica no existe en el trabajo doméstico. Por tanto, para el capitalismo el trabajo doméstico privado es un trabajo que socialmente no existe porque sólo se reconoce como tal aquel que produce para el mercado.

Marx daba importancia al trabajo doméstico en el terreno de la acumulación del capital, ya que el objetivo del trabajo doméstico no es otro que la reposición de la fuerza de trabajo (comer, vestirse, descansar…) para poder continuar produciendo para el capital, y para ello es necesaria la inversión de muchas horas en el trabajo doméstico, en las labores de subsistencia que como norma realiza la mujer gratis de forma indirecta en beneficio del capitalista.

Aunque esta actividad no forme parte del modo de producción capitalista, es importante para el propio desarrollo del sistema, y aunque los capitalistas no tengan relación directa con el trabajo doméstico, si que lo explotan indirectamente, ya que gracias a esas actividades y servicios realizados por la mujer en el hogar, se puede liberar y gastar toda la fuerza de trabajo de la familia obrera en el proceso productivo. Pero este trabajo es gratis indirectamente ya que Marx indicaba que el valor de la fuerza de trabajo expresado en salario no está determinado por el tiempo de trabajo necesario para mantener al obrero individualmente, sino por el necesario para mantener a la familia obrera como lugar de reproducción, el coste de producción de la fuerza de trabajo simple (excluyendo los gastos de formación profesional) se cifra incluyendo siempre los gastos de existencia y reproducción, donde se incluye el coste de procreación que permite a la clase obrera estar en condiciones de multiplicarse. Aunque hay que anotar que la reproducción de la fuerza de trabajo en nuestros días se realiza cada vez menos en la familia.

      La noción de trabajo productivo para Marx en El Capital no es una categoría que intenta delimitar la utilidad social de dicho trabajo en relación a un proyecto de sociedad socialista. Esta noción pretende delimitar simplemente lo que es un trabajo productivo para el modo de producción capitalista, para la acumulación de capital. En ese marco para que el trabajo sea productivo dicho trabajo debe intercambiarse por capital y generar un valor adicional, plusvalía. Demostrar que el trabajo doméstico privado no es un trabajo mercantil es decisivo para dar cuenta de la condición de la mujer en el hogar y la ideología que la acompaña.Todo lo que se produce en el hogar para el autoconsumo aunque exige inversión de trabajo humano, toda esa producción doméstica constituye una producción de valores de uso, no se produce para el mercado, ni para la producción o el reparto de la plusvalía.  El “ama de casa” no produce un valor de cambio, no produce un pedido del capital para el mercado como lo hacen los obreros u obreras. Por tanto, que la producción de bienes y servicios por medio del trabajo domestico sea útil para la reproducción de la fuerza de trabajo como mercancía, no implica que dicha producción sea creadora de valor de cambio ya que no produce una mercancía. El proceso de trabajo doméstico es una producción privada para uso privado al margen del mercado.

2.6.8.2 La tendencia a la disolución de la carga doméstica

 

      Para suplir las labores domésticas y liberar a la mujer de esa pesada carga, si el capital reduce las horas de trabajo de los hombres o pone en marcha toda una serie de servicios sociales colectivos (guarderías, lavanderías, comedores…) pagados por el capitalista a través del salario, la plusvalía arrancada al obrero quedaría reducida y la tasa de ganancia bajaría precipitadamente. Bajo esta lógica el capitalismo no puede ofrecer la liberación completa de la mujer obrera, por lo que desde una perspectiva de clase se hace necesario acabar con la unidad económica de la familia obrera, absorviendo todas las funciones domésticas por la sociedad.

Este desarrollo económico es contradictorio ya que el capital tiende a bajar el valor unitario de las mercancías con la expansión de la producción mercantil y la producción de plusvalía y realización de la ganancia como objetivos finales de la acumulación de capital empuja hacia la baja el salario real, haciendo que éste sea siempre insuficiente para las nuevas necesidades de consumo creadas por la producción capitalista en masa en la familia obrera, lo que empuja a un número creciente de mujeres a la producción social en busca de un salario. Este proceso se da frente a una ideología burguesa que prohíbe el contacto de la mujer con relaciones sociales fuera del ámbito familiar, y también frente al interés económico ya que para el capitalista que exista una esfera de producción doméstica indirectamente grátis que le garantice la reproducción de la fuerza de trabajo, puede ser superior al interés que puede tener en explotar directamente a una mujer obrera. Si el trabajo gratis del “ama de casa” es sustituido por mercancías y servicios, el valor de la mercancía fuerza de trabajo se acrecienta, por lo que el trabajo no pagado del “ama de casa” acrecienta indirectamente la plusvalía proporcionando un valor de uso superior y  gratis a la fuerza de trabajo utilizada por el capital.

No obstante, la acumulación de capital y el desarrollo histórico del capitalismo con la producción en masa tiende a descomponer la familia obrera como unidad de reproducción, ya que la reproducción de la fuerza de trabajo se asegura cada vez más por medio de mercancías minando la base material de la familia obrera a través del consumo por la producción de mercancías. La confección de productos de consumo en el ámbito familiar ya no se reduce a causa de la pobreza como en el S.XIX sino a causa de la abundancia por la producción capitalista en masa.   El creciente mercado de alimentos preparados, ropa de confección, electrodomésticos, artículos eléctricos para el hogar, el aumento del consumo juvenil, etc., corresponde a la rápida disminución de la producción de valores de uso inmediatos para la familia. Ha sido necesario llegar a la producción capitalista en masa para que los alimentos básicos y la ropa ya no se produzcan en el hogar, reduciendo el papel de “ama de casa” a la reproducción de la fuerza de trabajo no produciendo los bienes de consumo, sino suministrando los bienes ya producidos dentro del mercado capitalista.

      Aunque una parte creciente de mercancías sea consumida por las familias en sustitución del trabajo doméstico gratuito del “ama de casa”, ello no dejará de tener un beneficio para el capital al facilitar con el consumo de esas mercancías la realización de la plusvalía, la acumulación y reproducción ampliada de capital. De esta manera cuando la producción de bienes y servicios del trabajo doméstico se realiza crecientemente fuera de la familia resulta inevitable imaginarse una situación en que su consumo ya no precisará del marco familiar y aunque el capitalismo nunca estará dispueso a desembarazarse de la familia, las contradicciones que genera su propio desarrollo, mediante la incorporación de la mujer al trabajo y la absorción por el mercado de las tareas domésticas privadas con su transformación en productos o servicios, no deja de acentuar la crisis de la familia como unidad económica y de consumo, base material de la reproducción de la fuerza de trabajo. El capitalismo inicia el final del proceso de reclusión de la mujer en el trabajo doméstico, al proletarizar masivamente a la mujer y al socializar tendencialmente las tareas domésticas, por lo que en el proceso de socialización de todos los sectores de la producción para el mercado el trabajo gratis de la mujer sirve indirectamente al capital sólo de forma coyuntural, pero no de forma estructural.

Por tanto, a pesar del interés de la burguesía de integrar la familia patriarcal, la lógica capitalista a largo plazo tiende a desintegrar este tipo de familia al incorporar a las mujeres en la fuerza de trabajo asalariado y a transformar las tareas del hogar en servicios y mercancías organizadas y producidas en la forma capitalista. Las amas de casa que desempeñan un trabajo no remunerado indispensable para la reproducción de la fuerza de trabajo que no es cambiado por capital y no produce plusvalía y que es compensado por una fracción del salario obrero, tienden a desaparecer, lo que de forma indirecta hace decrecer la plusvalía porque el salario mínimo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo con las mercancías y servicios de la esfera reproductiva añadidas, aumentan el valor de la fuerza de trabajo. Más mercancías tendrían que ser compradas con salarios y más servicios tendrán que ser comprados por el obrero fuera del hogar. Pero con la incorporación masiva de la mujer como fuerza de trabajo asalariada aumenta la masa de la plusvalía social producida, con lo cual amplía el campo de la producción de mercancías y la acumulación de capital.

      Pero aún así, aunque el capitalismo tienda a disolver estructuralmente la familia obrera socavando su base económica, aminorando el ámbito de la producción doméstica familiar, el trabajo doméstico familiar sigue siendo todavía una necesidad de peso importante para la reproducción de la fuerza de trabajo. Ahí está la doble jornada que soporta la mujer obrera, para probarlo. Ya que entre la tendencia general a  su desaparición y la realización efectiva perdura un amplio espacio para las tareas domésticas del hogar, y de la familia como lugar de reproducción de los valores de la clase dominante. En este campo de adaptación burguesa de la imagen de la familia obrera, se produce una reorientación en la imagen de la mujer, sin llegar a cuestionar la imagen de la mujer madre, mujer niña que se utiliza también como palanca de explotación en la producción social. Por ejemplo, en este nuevo campo del capitalismo esa imagen burguesa de la mujer se reproduce en las profesiones feminizadas, características de la mujer “ama de casa” que en manos de la patronal se convierten en una justificación de la sobreexplotación específica de la mujer trabajadora que participa en la producción mercantil capitalista en condiciones muy desfavorables. Ante esta situación de doble filo, las mujeres trabajadoras deben de adquirir como parte de la clase obrera conciencia de sí mismas para luchar colectivamente por cambiar y mejorar las condiciones de trabajo, pero al mismo tiempo, esta lucha debe abarcar todos los aspectos como mujer, todos los aspectos que contribuyen a mantener a la mujer en un estado de inferioridad de género.

2.6.8.3 Igualdad formal y desigualdad real

      El capitalismo lleva al extremo la contradicción de la existencia de la mujer mujer entre lo objetivo,  medio de producción y reproducción, y lo subjetivo, a través de las relaciones de género, al tiempo que la destruye. Al extremo porque al quedar marginada de la producción social, la mujer queda confinada en las tareas de reproducción acentuándose su condición de madre y mujer recluida en el hogar, pero también destruye esa contradicción cuando empieza a convertir en la mujer, por su partipación en la producción fuera de la familia, en un individuo como los demás.

      El matrimonio de la familia,  concertado como contrato bajo el capitalismo, a diferencia de las sociedades precapitalistas, presupone la igualdad entre hombre y mujer, y contiene ya las contradicciones que aparecen entre la deología de igualdad y libertad de los individuos y la realidad en la que se encuentran las mujeres.

      Las mujeres trabajan como asalariadas fuera de casa con la implantación del dominio del capital porque las relaciones de producción se han separado de las relaciones de parentesco. El capital tiene necesidad de trabajadoras libres y la voluntad del Estado es eliminar las antiguas jerarquías, ya que las necesidades económicas del capital exigen una libertad jurídica de los que venden su fuerza de trabajo, este elemento condiciona la relación entre capitalismo y mujer.

Como principio ellas trabajan como individuos libres igual que los hombres, por primera vez en la historia una sociedad define a todos los individuos como iguales, mientras sin embargo pervive su contrario el desajuste entre los principios y la realidad de desigualdad entre las clases y la desigualdad de género.

La proletarización de la mujer no significa de forma automática su igualdad con los hombres en la producción ya que esa proletarización sigue marcada por su posición dentro de la familia, pero aunque el trabajo productivo de la mujer no implica su liberación directa, esta participación en la producción social como individuo libre se contrapone a la condición que le ha sido otorgada en la familia, y sienta las bases de su independencia frente al hombre.

En la proletarización específica de la mujer el capitalismo se sirvió de las formas de dominación precapitalistas, al tiempo que destruía las antiguas relaciones sociales, y si la diferencia de los salarios se acentúa no obedece tanto a la nueva condición dentro de la familia, sino por la lógica de la ganancia que se expresa en la voluntad del capital sobreexplotar a la mujer utilizando el ropaje de la dominación de género. Marx veía que las mujeres tanto como los campesinos recién proletarizados y no cualificados, suministran una fuerza de trabajo barata, análoga también a los trabajadores inmigrantes. Es por tanto, la voluntad de realizar una ganancia adicional lo que mantiene aún a las mujeres en oficios femeninos, peor pagados y desvalorizados, actitud que entra en conflicto con la ideología igualitaria del Estado capitalista.

2.6.8.4 Fuerzas productivas y división del trabajo

      Bajo el capitalismo la ideología burguesa mantiene la división del trabajo entre sexos por el papel de la mujer como reproductora-madre, división considerada como natural para justificar la dominación masculina. En realidad hoy nada justifica que se mantenga dicha división del trabajo, el nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas permite superar esa división. En las sociedades primitivas esta división surgió no como algo natural sino como producto de las dificultades para desarrollar la maternidad en sociedades con bajo nivel tecnológico, como consecuencia el paso a las sociedades explotadoras refuerza y justifica esta división bajo el ropaje ideológico de la debilidad física de la mujer, etc., sin embargo la división del trabajo hoy no está determinada por las limitaciones de la naturaleza sino que es producto de un determinado desarrollo social y productivo, siendo posible desprenderse de la ideología patriarcal en la división del trabajo ya que nada hay que justifique la desigualdad de género ante el trabajo, mas allá del papel que se le asigne ideológicamente, papel que ya no tiene que ver con las limitaciones naturales de las fuerzas productivas.

El capitalismo  al generalizar la producción de mercancías lleva hasta sus últimas consecuencias a división del trabajo separando de forma definitiva la producción doméstica de la producción social, la reproducción  de la producción mercantil, pero también el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas contienen la desaparición de la pequeña producción doméstica privada como fundamento de su exclavitud y su socialización.

Y esta socialización no sólo implica la independencia económica sino también sexual ya que la difusión ampliada de los anticonceptivos permite disociar la sexualidad y la procreación, liberando a la mujer de una maternidad no deseada. El capitalismo a partir del siglo XX ha abierto las puertas para que las mujeres puedan ser las dueñas de su destino fuera de toda determinación por relaciones de parentesco poniendo en crisis la familia y la ideología en la que se asienta la dominación masculina. Este desarrollo contradictorio del capitalismo no hace surgir sólo las posibilidades de independencia material, económica, sino que pone también en cuestión su reclusión en las tareas de reproducción, la división del trabajo que se deriva, el derecho a disponer de su cuerpo y su sexualidad. Tenían razón Marx y Engels al anticipar que la evolución del capitalismo sentaría las bases para la liberación de la mujer.

2.6.8.5 ¿Lucha de géneros o lucha de clases?

      Hay que añadir la critica a los análisis que se limitan a caracteriza la situación de la mujer como homogénea, exterior a la producción y común al trabajo doméstico privado. El hecho de que existan puntos comunes para la lucha de la mujer de las diferentes clases, la dinámica de estos puntos en común no se inscribe en una lógica de confrontación entre géneros, es la lucha de clases la que determina las luchas por la liberación de la mujer, incluso el contenido clasista se ve en las tareas domésticas de las “amas de casa” burguesa y proletaria, mientras la primera dirige el trabajo de sus criadas, la segunda realiza ella misma ese trabajo, la primera dispone de mayor tiempo libre, la segunda no, por lo que la situación común es vivida de forma diferente porque esta atravesada por la pertenencia de clase, y esta realidad no se puede esconder al determinar la situación de la mujer. Objetivamente la mujer proletaria que cuida del hogar está atada al destino de clase de su marido, por lo que la lucha contra su opresión es fruto de un compromiso más amplio dentro de la lucha de clases.

Pero también la mayoría de las mujeres participa ya directamente en la división clasista de la sociedad, por medio de su trabajo, y aunque las mujeres se hayan proletarizado de una forma particular en comparación con los hombres no influye en nada en el hecho objetivo de que sean proletarias directas por el lugar que ocupan en las relaciones de producción. Limitarse a analizar la situación de la mujer por el lugar que ocupan en el trabajo doméstico  y en la reproducción significa dejar de lado la particularidad de su proletarización en el capitalismo. El análisis científico y dialéctico no puede omitir la contradicción entre su reclusión  la familia y su participación en la producción social, de la misma manera que tampoco se puede ignorar la forma de proletarización de la mujer en cuanto a mujer con salarios bajos y en oficios femenizados.

Precisamente el problema de la liberación de la mujer ha sido planteado por primera vez en la historia de la lucha de clases por las revoluciones burguesas y proletarias. Las mujeres de las clases revolucionarias se encuentran en la vanguardia de las luchas, pero por sus resultados se ven estafadas, ello hace que en nombre de los ideales de igualdad y libertad que no fueron aplicados en su condición, estas luchas continúen. Precisamente la lucha de las sufragistas por el derecho de voto era una lucha por conseguir que las conquistas de la revolución burguesa beneficiaran también a la mujer. La revolución socialista presupone una conciencia del objetivo histórico, ya que al plantearse la lucha contra la opresión de la mujer esta lucha adquiere un carácter más consciente para la sociedad que en una revolución burguesa. No es casual que la cuestión de la liberación de la mujer fuera retomada mucho más rápidamente por el movimiento obrero que por el movimiento burgués revolucionario.

      Por lo ya dicho, significaría un error reducir la lucha por la liberación de la mujer a una lucha contra la sobreexplotación, sin hacerse cargo de la lucha contra su opresión, de la misma manera que seria un error como hacen diversas corrientes del movimiento feminista tratar la lucha contra la opresión de la mujer sin superar el horizonte social que las marca. La lucha es doble, contra la sobre explotación por la igualdad salarial, y contra la doble jornada por la socialización del trabajo doméstico y el reparto igual entre géneros, en la perspectiva del socialismo.

2.6.8.6 Feminismo y movimiento obrero

      El desarrollo del capitalismo pone en el orden del día la lucha de las mujeres por su liberación, lucha en el que las mujeres obreras deben tener el papel central por su situación objetiva, por encontrarse en el centro de esa doble condición planteada por el capital a la mujer, explotadas como obreras y oprimidas como mujeres, son las mas afectadas por las contradicciones del capitalismo; en ellas se unen la explotación de clase y la opresión de género que caracteriza al capitalismo y forman parte de la clase obrera cuyo lugar en las relaciones de producción es determinante para derrocar el capitalismo y sentar las bases de una sociedad liberada de cualquier forma de explotación y de opresión.

Pero en los inicios del movimiento obrero cuando la clase obrera no disponía de unos objetivos políticos claros, la mujer obrera encontró incomprensión, en varias ramas de la industria les fue prohibida la entrada por sus propios compañeros, y se pedía su explusión del trabajo y el retorno a casa. El enfoque era unilateral, ya que sólo se veían las consecuencias negativas que acarreaba la incorporación de la mujer a la producción: competencia peligrosa para la clase obrera masculina, despido de la fuerza de trabajo masculino, reducción general de los salarios en las ramas femenizadas, consecuencias para la familia y la salud física de la mujer, etc. Se ignoraba que la causa de estos males no estaba en el trabajo de la mujer y su incorporación a la industria, sino en el monopolio de la producción que ejerce la clase capitalista, por lo que la mejor arma contra el capitalismo era y es incorporar a la mujer en el movimiento obrero en la lucha contra la explotación y por la emancipación del proletariado en su conjunto.

A mediados del S.XIX la mujer suponía nada menos que la mitad del proletariado inglés, la cual era utilizada por el capital en condiciones de sobreexplotación, con salarios inferiores, y fundamentalmente en determinadas actividades feminizadas. En el Congreso de Ginebra de la Iª Internacional (septiembre de 1.866) el tema de la mujer obrera levantó ampollas en el debate. Los delegados franceses proudhonianos “denunciaban” el trabajo de la mujer, declarando que la “propia naturaleza” le fijaba su lugar en las tareas de “la casa y su familia” en vez de trabajar en una fábrica, además de oponerse a la reivindicación de la reducción de la jornada de trabajo. Marx logró que el Congreso introdujera la reivindicación histórica de la jornada de 8 horas a defender en todo el mundo para todos los obreros (hombres y mujeres), especificando que las mujeres sólo pudieran desempeñar trabajos u oficios que no perjudicaran a su organismo o salud. No obstante, la posición mayoritaria del Congreso acabó por acordar que era mejor prohibir el trabajo de la mujer, pero que donde se efectuara se redujera a los límites propuestos por Marx (54).

Marx y Engels fueron los primeros en señalar el alcance revolucionario que representa la incorporación de la mujer a la producción capitalista, al convertirse en compañera de la lucha obrera por una sociedad nueva. La influencia del socialismo científico entre los obreros afiliados a la Iª Internacional colocaron el trabajo de la mujer desde el punto de vista de su situación de clase. En casi todas las secciones de la Internacional se terminó por reivindicar a pesar de los planteamientos proudhonianos, el derecho de la mujer a ocupar un puesto en la producción industrial, y se luchó para que su trabajo fuera protegido y se prohibiese en aquellos lugares en los que la toxicidad o la peligrosidad perjudicaran su salud o la de sus hijos. Pero aún así la imagen de la función social de la mujer como madre-educadora siguió teniendo fuerza psicológicamente entre la clase obrera de forma hegemónica durante bastante tiempo.

El acceso a los sindicatos en las mismas condiciones que sus compañeros, a igual trabajo igual salario, protección del trabajo femenino y a la maternidad, fueron las reivindicaciones que terminaron por ser asumidas mayoritariamente.

En este estado de cosas se movía el debate y desde entonces mucho se ha avanzado históricamente con la fuerza de los hechos, donde el mayor aporte liberador de la mujer obrera lo dió el propio desarrollo industrial del capitalismo, y la generalización del trabajo de la mujer prácticamente en todos los oficios a partir del primer tercio del siglo XX en la URSS y otros Estados socialistas, con la máxima de a igual trabajo igual salario y con la conversión de la protección de la maternidad como una tarea social no privada ni familiar, liberando a las mujeres de las responsabilidades del cuidado doméstico y familiar, lo que supuso un salto cualitativo, del que a pesar de los derrumbes contrarrevolucionarios no se debiera retroceder al menos ideológicamente.

Decimos esto porque en los tiempos que corren de reacción mundial se vuelve a tratar de recluir a la mujer obrera dentro del trabajo doméstico, como “típicamente femenino” aunque se mantenga lo contrario, dado que reivindicar la remuneración del trabajo realizado por la mujer en esta esfera reproductiva, es lo mismo que recluirla en él, es lo contrario a luchar por repartir todo el trabajo realmente existente el que produce plusvalía y el que se realiza en la esfera individual fuera del proceso productivo, y se efectúa en el intercambio entre los dos géneros.

Algunas teorías feministas (Selma James) pretenden hacer de la familia una “fábrica social” donde el pivote es la mujer “ama de casa” que produce la fuerza de trabajo como una mercancía, considerando como primer nivel social la comunidad y el hogar, donde la mujer es la figura central de la subversión en la comunidad (Dalla Costa).

      Un paso más allá da quienes pretenden hacer de la familia un “modo de producción” paralelo al sistema capitalista, donde se desdibuja la polarización de clases, donde las “relaciones de producción” son comunes a todas las mujeres que la hacen producir gratis a cambio de su subsistencia, donde estas relaciones de explotación pasan a ser la base material del sistema patriarcal que oprime a las mujeres, sus beneficiarios los hombres (Encuentro internacional de feministas revolucionarias de Amsterdam, 1977).

      Las relaciones de producción capitalistas, a diferencia de los modos de producción anteriores, no determinan más que indirectamente la opresión de la mujer al separar de forma radical el lugar de la producción social del lugar de la reproducción, de ahí a considerar el lugar de reproducción un modo de producción propio, homogéneo e independiente de la producción capitalista y la división clasista, media el error y de forma doble, al independizar en exceso a la familia como lugar de reproducción, y no ver que no puede entenderse la condición de la mujer bajo el capitalismo más que a través de una doble determinación, el lugar que ocupa en la familia y su participación en la producción social precisamente fuera de la familia y las relaciones de parentesco.

Si el capital no hubiera apartado a la mujer en la familia la actualidad histórica de la liberación de la mujer no existiría, ya que el primer lugar donde se determina la opresión de la mujer es la familia, la que produce y reproduce a la mujer en tanto que mujer. Pero sin caer en simplismos ya que de la misma manera de que el proletariado no se reproduce únicamente por las relaciones de producción, aunque estas sean determinantes, existe toda una red de aparatos e instituciones del estado capitalista, públicas y privadas que refuerzan las relaciones de producción. También la opresión de la mujer no se reproduce únicamente por la familia, ya que todo el sistema capitalista con sus aparatos ideológicos están orientados a reproducir a la mujer en su destino femenino, reforzando el lugar que ocupa en las relaciones de parentesco.

      Determinar por una analogía falsa con el proceso de producción capitalista, la existencia de unas relaciones de explotación de la mujer por el hombre, aplicándolo a la mujer por medio del trabajo doméstico, como hace el feminismo radical  pequeño burgués oculta que la raíz de la opresión no debe buscarse únicamente en el trabajo doméstico sino en la función social que el capitalismo otorga a la mujer mediante su reclusión en la reproducción en el seno de la familia, ya que esa opresión no es un rasgo de las sociedades precapitalistas, sino que bajo el capitalismo adquiere una nueva orientación.

Desde este flanco de la falsa analogía el feminismo pequeño-burgués ataca irreflexivamente al marxismo (lucha de sexos en vez de clases y salario de hogar), y se olvida con frecuencia las aportaciones que Engels realizó en defensa de la incorporación en pie de igualdad de la mujer a la producción como parte de la clase obrera y la superación del régimen patriarcal y el matrimonio en las relaciones de género (55).

Engels analizaba que durante el tránsito al modo de producción esclavista, con la aparición del la propiedad privada (ganadería y esclavos) se produciría una revolución en las relaciones de género ya que la economía que empezaba a desarrollarse en la primera división social del trabajo en el ámbito de la ganadería y la agricultura con la aparición del excedente y su apropiación privada, el hombre de la tribu pasaba a ser el propietario individual de la producción que generaba un excedente. La división social del trabajo, la propiedad privada y la utilización de esclavos para la producción, hizo que el trabajo útil para la reproducción realizado por las mujeres en el ámbito comunitario que no producía excedente quedara relegado a un segundo plano (recoger madera, agua, cuidado de corrales, hilar, etc.) realizando los trabajos más penosos y feminizados, perdiendo estas su posición en la producción y el papel activo que ejercieron durante la etapa del matriarcado en el modo de producción del comunismo primitivo. La oposición entre producción mercantil reservada al hombre y producción de valores de uso reservada a la mujer ya exista antes del capitalismo, éste ha establecido desde la revolución industrial una separación física del lugar de producción y de reproducción atrayendo a la producción mercantil una parte creciente de las actividades domesticas.

La posición predominante del hombre en la producción social generó la introducción de la familia monogámica, con el triunfo de la familia individual sobre el régimen comunal de la tribu, entrando en escena el antagonismo entre los sexos en el matrimonio monógamo, que Engels considera coincidente con el primer antagonismo de clases entre esclavistas y esclavos. ¿Y cual fue el salto que se dió en la condición de la mujer comunista a la mujer esclavista y la de nuestros días bajo el capitalismo?. Mientras que en antiguo hogar comunista las tareas del hogar confiadas a las mujeres era una actividad social pública, realizada en común, a partir del régimen esclavista hasta nuestros días, el trabajo doméstico, se individualiza, limitándose al ámbito privado de la familia, a la reposición privada de la fuerza de trabajo, con las tareas de mantenimiento del hogar, preparación de la comida, vestido, lavado, cuidado de generaciones… bajo responsabilidad única de la mujer. Es decir, todas las tareas que no crean plusvalía pero que son necesarias para reproducir la fuerza de trabajo que diariamente desgastan los miembros de la familia en la producción.  El trabajo doméstico se convirtió con el antagonismo de clases en un trabajo invisible, se perpetuó como una tarea feminizada tras la que queda oculta la actividad económica útil y necesaria para el desarrollo y la reproducción de la sociedad.

Desde esta perspectiva teórica nos queda claro que el capitalista, no el proletario, aunque no paga directamente ese trabajo, se sirve de él gratuitamente en la esfera de la reproductiva de la fuerza de trabajo, y ni siquiera lo reconoce. No obstante, el trabajo reproductivo, improductivo desde el objeto del capital al no crear plusvalía, no convierte a la mujer en proletaria, por eso si se busca la liberación de la mujer como componente activo del proletariado, es más factible reivindicar la reducción de jornada con el objetivo de liberar mayor tiempo de ambos sexos para la realización de actividades de reproducción, reivindicar también que la sociedad desde lo público absorba parte de las denominadas tareas reproductivas de carácter individual y doméstico (cuidado de niños, ancianos, limpieza, etc.), a través de la creación de servicios sociales de calidad financiados por el Estado, lo que indirectamente crearía puestos de trabajo, y sentaría bases materiales para suprimir la “doble jornada de trabajo” productiva y reproductiva de cualquiera (hombre o mujer). Es decir, volver al principio comunal en el que las tareas del hogar eran en el pasado y deben ser en el futuro socialista una actividad social pública con la novedad de serlo sin distinción de géneros. Y esto no lo puede ofrecer el capitalismo,  ya que sólo una ínfima parte de los escasos servicios sociales que se han creado al ser privados, no están al alcance de muchos salarios de familias obreras.

No olvidemos que los comunistas siempre hemos planteado como horizonte, que la familia como pequeña empresa privada debe ser suprimida, a través de la socialización de las actividades reproductoras con mecanismos colectivos: casas cuna, maternidades, jardines de infancia, restaurantes populares, lavanderías, hospitales, sanatorios, organizaciones deportivas, de teatro, culturales, etc. Es decir, la absorción completa de las tareas de reproducción por la futura sociedad socialista.

Esta es la manera más coherente con lo que dirigentes comunistas y feministas del proletariado como Alejandra Kollontai, defendieron para incorporar en plan de igualdad a la mujer en el mundo de la producción social, de que la reproducción de la fuerza de trabajo deje de ser un ámbito exclusivo de la familia obrera, que oprime a la mujer asediada con la doble carga y debilita la fuerza laboral de las trabajadoras en el mercado de trabajo. Angela Davis, dirigente del PCUSA, definía en 1.981 que ni las mujeres ni los hombres debían de malgastar horas de sus vidas en un trabajo no estimulante, ni creativo, ni productivo, transformando la naturaleza del trabajo doméstico con su socialización, arrancándolo del ámbito privado. Esta es la única forma material para que a través de los servicios sociales, el trabajo doméstico entre en la contabilidad económica, como valor medible y no desde la lógica de la acumulación de capital, transfiriendo las tareas de las mal denominadas “amas de casa” a trabajadores de fuera de la familia a través de guarderías, comedores públicos, etc.

Por el contrario, recluir todas éstas tareas al ámbito de la unidad familiar significa recluir a la mujer en “sus labores”, reflotando dichas tareas en el ámbito de la unidad familiar, en un momento en que el capitalismo necesita que la mujer vuelva al hogar para encubrir el paro o aumentar la natalidad en los países centrales, lo que no es impedimento alguno para que ideólogas del feminismo se apresuren a justificar y teorizar esa política encubriendo los fines reaccionarios del sistema capitalista. No olvidemos que el auge de los regímenes fascistas en Europa, supusieron un fuerte retroceso social y político para la mujer, donde uno de sus primeros pasos fue precisamente apartar a la mujer de la producción decretando su retorno al “hogar”. Así bajo la necesidad reaccionaria de tener hijos, se encubría toda una concepción fascista sobre la maternidad y el papel de la mujer en la sociedad. Apartando a la mujer de la producción era una condición indispensable para impedir su toma de conciencia, recluirla al hogar facilitaba la labor ideológica desplegada por los regímenes fascistas y sus aparatos ideológicos (medios de comunicación e iglesia), pues de esta manera la familia quedaba configurada como el puntal más importante del régimen, y en ella, la mujer se convertía en el principal transmisor de la moral conformista, de obediencia y respeto a la jerarquía social y la política dominante.

La estadística oficial da la razón al posicionamiento comunista de liberación de la mujer obrera, ya que las consecuencias de la sobrecarga de la mujer, en ausencia de los servicios sociales es la baja tasa de ocupación, que en España alcanza el 41,8%, mientras el promedio del 48,5% (2009), lo que suponen 1,2 millones menos de trabajadoras cotizando a la seguridad social, y si lo comparamos con la tasa de empleo masculina (55,4%) suponen 2,5 millones. El 26% de “amas de casa” querrían trabajar en el mercado laboral pero las responsabilidades familiares se lo impiden, un 12% manifiesta haber dejado el trabajo por esos motivos y otro 12% ha debido rebajar su jornada de trabajo (56). La precariedad en el trabajo es otro de los ratios, igual salario igual trabajo sigue siendo una reivindicación a conquistar en el porvenir, ya que las mujeres, igual que los inmigrantes acaparan el trabajo menos productivo, menos remunerado y más intensivo. El empresario prefiere no invertir en más productividad ya que los bajos salarios y la división de la clase obrera le compensan en dividendos y debilidad del movimiento obrero.

Otra de las propuestas del movimiento feminista, la campaña de “discriminación positiva” hacia la mujer en general, sino se toma como un mecanismo de impulsión de la mujer activa y dirigente en la lucha por sus intereses de clase, siempre es y será una cortina de humo, que impida la magnificación dialéctica del problema y posibilite la supresión de su lectura clasista. Precisamente en España la contrarreforma del mercado de trabajo del 2002, que discrimina aún más a la mujer obrera, fue aprobada por la mayoría de las mujeres parlamentarias, que chupan cuota “femenina” del PP.

No podemos omitir que el movimiento feminista desde sus orígenes tomó dos direcciones, mientras que las mujeres de la burguesía formaron organizaciones feministas, las mujeres obreras se fueron incorporando a las organizaciones obreras. La cuestión femenina se plantea para las mujeres del proletariado, la pequeña burguesía, la intelectualidad y la gran burguesía con diferentes características. Mientras para las mujeres de la gran burguesía tiene un claro objetivo, disponer autónoma y libremente de su patrimonio, sus postulados nunca han representado la emancipación de la mujer sino su aspiración a ejercer su papel de clase dominante arrebatando a los hombres de su clase el monopolio del poder político o los negocios, participando de forma activa en la explotación y opresión de la clase obrera.

Para las mujeres de la pequeña burguesía y la intelectualidad, el problema se plantea desde el punto de vista político y profesional, del derecho al voto, la enseñanza y poder ejercer cualquier profesión sin discriminación, sus postulados no alcanzan a ver la realidad socioeconómica de las clases sociales.

Para la mujer obrera su emancipación está inmersa en la lucha contra el sistema capitalista, en lo socioecómico, lo político e ideológico. El origen de la cuestión femenina parte de la necesidad que el sistema capitalista tiene de una fuerza de trabajo más barata, para lo cual ha roto las barreras de las diferencias de sexos.

El feminismo burgués sólo trata el problema de la mujer como un conflicto de género destacando metafísicamente los aspectos de opresión (mayor pobreza, discriminación, violencia, etc.) sin proponerse más, ni tan siquiera erradicar las causas sociales. El feminismo burgués se niega a ligar los intereses inmediatos de la mujer obrera (acoso sexual, violencia doméstica, doble carga de trabajo, etc.), a sus intereses de clase, de lucha por el socialismo. Por tanto, los movimientos feministas que no articulan la lucha de las mujeres con las luchas de liberación social, se transforman en un instrumento de división de las masas y en elementos de reproducción de un orden social basado simultáneamente en la explotación de los hombres y mujeres por hombres y mujeres, y en el mantenimiento de la familia como unidad económica y la opresión de la mujer en general.

En tal sentido Barbara Ehrenreich (57) destaca certeramente que la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, que en los últimos 40 años ha doblado su presencia (1960-2000), poniendo al descubierto la polaridad de las clases entre las mujeres, a lo que el movimiento feminista burgués es incapaz de dar respuesta. Tal movimiento ha tenido impacto para las mujeres de la burguesía pequeña y media el cual les ha servido para progresar profesionalmente, mientras que para las mujeres obreras este movimiento ha tenido un nulo impacto en sus salarios u ocupaciones tradicionalmente femeninas (dependientas, limpieza, secretarias, enfermeras, etc.). De lo que se desprende que la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo,  ha ahondado las diferencias de clase en el género femenino igual que en el género masculino.

Acoso sexual y violencia masculina siguen siendo los temas estrella del movimiento feminista burgués, los otros tipos de violencia y opresión que no están relacionados con el género parecen no tener cabida, o si la tienen son un aspecto secundario, como por ejemplo la presión psicológica de un mando en una fábrica que puede provocar depresión, el trabajo en pésimas condiciones de seguridad y para la salud, la discriminación salarial y de ascensos laborales, la prolongación abusiva de la jornada, etc., parecen seguir siendo temas tabús para el feminismo burgués que no aspira a transformar la sociedad, y mucho menos cabida tiene la lucha por que los servicios domésticos se socialicen, ya que las mujeres de clase burguesa conquistan su libertad contratando a las “trabajadoras del hogar”, en condiciones de precariedad.

Tampoco podemos ignorar la realidad viviente en aquellos países que han vuelto a las cadenas del capitalismo (Europa del este, Afganistan…), donde de una mujer con derechos se ha pasado a una mujer aplastada por las peores ideologías patriarcales, las religiones en su versión más reaccionaria y el tráfico humano, que florecen a la sombra de la contrarrevolución ideológica impulsada por el imperialismo, desde Reagan y Bush hasta las mafias esteeuropeas y Bin Laden. ¿Para qué separar artificialmente, como hace el feminismo burgués, la lucha por la igualdad de la lucha por la emancipación social, si lo uno no es viable sin lo otro?.

2.6.8.7 El objetivo de la liberación de la mujer, el socialismo

      La incorporación de la mujer a la producción y la disolución de la familia como célula económica de la sociedad son dos objetivos unidos e inevitables para el desarrollo socioeconómico y para alcanzar la emancipación de la mujer, cuyo eje pasa por la lucha contra el sistema capitalista, elimando la propiedad privada, la explotación y la supresión de la división del trabajo entre sexos que la familia tradicional sostiene y socializando las tareas domésticas; sólo entonces la mujer podrá abandonar de forma completa la esfera privada e instalarse en igualdad real de condiciones en la esfera social.

Nada hay más alejado de la realidad que simplificar el tema de la emancipación de la mujer, reduciéndolo a la simple cuestión de alcanzar la igualdad jurídica y la independencia económica. La abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y la incorporación de la mujer al trabajo son condiciones indispensables, pero debe añadirse la socialización del trabajo doméstico o tareas reproductivas, sacándolas del ámbito privado de la familia al ámbito público, sentando bases para la igualdad social absoluta suprimiendo al completo la familia como célula económica e impulsando la lucha ideológica que transforme el concepto de las relaciones entre sexos, la maternidad, paternidad y educación de hijos/as. Lenin lo decía así:

“La mujer continúa siendo esclava del hogar, a pesar de todas las leyes liberadoras, porque está agobiada, oprimida, embrutecida, humillada por los pequeños quehaceres domésticos, que la convierten en cocinera y niñera, que malgastan su actividad en un trabajo absurdamente improductivo, mezquino, enervante embrutecedor y fastidioso. La verdadera emancipación de la mujer y el verdadero comunismo no comienza sino en el país y en el momento en que empiece la lucha en masa (dirigida por el proletariado, dueño del poder del Estado) contra esa pequeña economía doméstica, o más exactamente, cuando empiece su transformación en masa en una gran economía socialista…El proletariado no puede alcanzar su plena liberación sin conquistar la liberación de la mujer” (58).

En nuestra perspectiva revolucionaria hay que sembrar medios materiales y culturales, para que las tareas domésticas sean plenamente absorbidas por servicios públicos y facilitando la incorporación plena de la mujer obrera al trabajo social y productivo. Se deben socializar las tareas reproductivas, sacándolas del ámbito privado de la familia al ámbito público, sentando bases para la igualdad social absoluta hombre/mujer, suprimiendo al completo la familia individual como unidad económica de la sociedad.

2.6.9 Los agentes del capital y su participación en la apropiación de la plusvalía

De la misma manera que el trabajo productivo e improductivo tienden a mezclarse, también en las grandes empresas o conglomerados industriales fundamentados en el subcontrato industrial, el capital se fusiona y confunde en uno solo (capitalismo financiero), con lo que la extracción de la plusvalía en la etapa imperialista se realiza de forma directa por todo el capital que depende enteramente de la valorización de las mercancías producidas, de la plusvalía extraída, no ya por separado (capital comercial, bancario e industrial) sino unificadamente (capital financiero).

En este terreno de juego bajo el sol del capitalismo financiero, la Universidad privada juega un papel imprescindible ya que es la fábrica creadora de las élites políticas y económicas que el capitalismo necesita, por un lado los intelectuales que adquieren la capacidad profesional y técnica (jueces, ingenieros…) y por otro los “intelectuales orgánicos” (Gramsci) que adquieren la “capacidad de mandar” (Ortega y Gasset), que reciben una sólida formación en aquellas materias que interesan y una gran cualificación muy especializada, a la vez que se los prepara ideológicamente. La principal función de la universidad desde el punto de partida de la lucha de clases es la producción de la hegemonía mediante la formación de sus intelectuales ideológicos, técnicos y orgánicos, perpetuando una capa ilustrada de científicos, administradores económicos y políticos del capitalismo bien remunerados en continua oposición al especialismo fijo de los obreros como meros productores de la plusvalía.

El capitalismo de los monopolios financieros es la transformación de una parte de la burguesía en rentistas y cortadores de cupones, grandes accionistas, propietarios de fondos del Estado, deuda pública, etc. La separación de la burguesía entre industrial y rentista, se prolonga en separación entre los dirigentes técnicos del proceso productivo y distribución de mercancías, y los principales propietarios de fondos financieros. La función de la propiedad y la gestión se separan cada vez más. El capitalismo se hace más parasitario. Ya Marx y Lenin argumentaban la tendencia del capitalismo a separar la propiedad del capital y la aplicación de éste en la producción, a separar el capital monetario y el productivo, a separar al rentista y al empresario que participa directamente en la gestión del capital.

Esta separación no implica que los gestores del capital formen una nueva clase distinta a la oligarquía financiera, son agentes del capital que también participan en la apropiación de la plusvalía. La teoría que presenta a los directores y gerentes de los monopolios como una nueva clase no capitalista, que vive de un sueldo y que se guía por el interés de ampliar la producción y el nivel de vida de los trabajadores, es una falacia. La principal tarea de esta tecnoestructura gerencial es extraer la mayor plusvalía posible para la oligarquía financiera, contraponiéndose como agente del capital a los obreros, por ello es ridículo contraponer a las altas capas de administradores frente a la clase capitalista, tal y como lo hacían quienes preconizaban la teoría de la “revolución de los gerentes o managerial” (J. Burham, J. Galbraith…) y algunos planteamientos socialdemócratas desde Bad Godesberg.

Las funciones principales de los grandes administradores dio un salto cualitativo tras la crisis de 1973, su atención se centra permanentemente en la reducción de los costos de producción y el aumento de la productividad. Fueron los consorcios yanquis los primeros en dedicarse antes a la planificación antes de la IIª Guerra Mundial confeccionaban planes financieros, la planificación en el estudio de los mercados y la previsión de la demanda, aprovechando su posición de monopolio.

La unidad de intereses de esta tecnoestructura, gerentes-administradores y patronos ejecutivos (presidentes y vicepresidentes de los monopolios) se crea por medio de las fuentes de beneficios. Los fabulosos sueldos de los gerentes contienen plusvalía, su sueldo supera en muchas veces el precio de mercado por una correspondiente cualificación de trabajo y además por si fuera poco el peso del sueldo de los gerentes se va reduciendo respecto a las gratificaciones, y en el total suelen percibir entre un tercio y la mitad respecto a los presidentes y vicepresidentes de los monopolios. En la cúspide de esa tecnoestructura que sirve a la oligarquía financiera se encuentran los presidentes y vicepresidentes de las compañías que como altos ejecutivos sus sueldos e ingresos complementarios ocultan la participación en las ganancias, incluso algunos directivos disponen de una ganancia que se les puede incluir entre la oligarquía.

La “revolución” de los mánagers no ha avanzado tanto como se cree, ya que la dirección y las decisiones permanecen en manos de los mayores accionistas, los mánagers están en la escala baja de la cumbre, en la cumbre se encuentran los jefes de los monopolios, las grandes familias de la oligarquía financiera. El poder con el que cuentan los gerentes de las sociedades anónimas es autónomo relativamente, reduciéndose en última instancia a cumplir la voluntad de los grandes accionistas, de la oligarquía financiera. Con frecuencia los grandes capitalistas ocupan ellos mismos los altos cargos en la dirección de la economía, y a la misma vez determinados patronos ejecutivos se han convertido en grandes capitalistas. Estos últimos, en la cima de su carrera reúnen importantes fortunas y se convierten en grandes burgueses, integrándose en las grandes familias dominantes de la oligarquía financiera. Entre esos grandes administradores la acumulación de capital se realiza por la concesión de sueldos de marajá, distribución de acciones gratuitas, posibilidad de realizar enormes ganancias gracias a las “opciones” que es la forma más rápida de hacerse millonario, la posesión de información que les posibilita especular en bolsa, etc. El éxito de los grandes administradores, mánagers, no es más que una renovación clásica de la oligarquía financiera por la integración de nuevos elementos.

En las dos últimas décadas las remuneraciones de los ejecutivos de las grandes empresas han pasado de 42 a 400 veces el salario medio de un trabajador, e incluso en situaciones de crisis sus “sueldos” no paran de crecer. Por ej. en  España en el 2.006 ejecutivos como Francisco González del BBVA cobraron 20 mill. €, Alfredo Sáenz del Santander 18 mill, y mientras se aplicaban miles de despidos por reajustes de plantilla los ejecutivos mejor pagados se subían el sueldo ¡¡¡un 24,6% durante ese año!!!. Por eso resulta esperpéntico cuando las empresas capitalistas para reconducir los beneficios de la acumulación de capital, ver cómo tales directores recurren a la precarización de la fuerza de trabajo y la eliminación de empleo. En cuanto a las indemnizaciones por despido, el Banco Santander por ej. indemnizó a dos de sus ejecutivos, uno con 43,7 millones de € en el 2001 y otro en el 2002 con 108 mill. €, también muchos ejecutivos reciben una parte de su remuneración en acciones (stock options) u otros incentivos variables (bonus, extras…) que están situados entre el 30-50% de la retribución total (59).

En las cuentas de resultados de las empresas se incluye en la categoría de salarios y sueldos al ingreso de todo el personal superior de gestión (directores y administradores) que sociológicamente forman parte de la burguesía. Estos ingresos deben considerarse en realidad deducidos de la plusvalía y no del capital variable (salarios). Las partes de los directores y de los consejos de administración de las sociedades anónimas, los sueldos de los funcionarios superiores del Estado y otros sobrestiman los ingresos del trabajo camuflados entre el resto de ingresos salariales.

Fred Block sociólogo seguidor de la antropología económica de Kart Polanyi establece una división del trabajo entre la clase capitalista, los que se dedican al Estado y los que se dedican a la economía, los gerentes empresariales y los gerentes estatales los cuales promueven decisiones que favorezcan los intereses generales del capital. Es lo que planteaba Gramsci entre los intelectuales técnicos y los intelectuales orgánicos, los primeros se encargan de la gestión económica y los segundos de las funciones de gobierno, de mando, de la hegemonía y del aparato de coerción estatal, son los representantes de los intereses generales del capital no presentados como un interés corporativo, particular, sino de hegemonía al servicio de la acumulación general de capital, por lo que aparecen también como representantes del interés general de la sociedad, mientras que los intereses de todos los demás grupos y clases sociales se presentan como particulares y corporativos.

Las decisiones políticas que promueven los intereses generales y no particulares de la clase capitalista reafiman la autonomía relativa del Estado-clase en sus decisiones político administrativas, autonomía relativa sometida al control de los medios de comunicación de masas y los principales partidos políticos, que son los instrumentos del capital desde los cuales limitan las aspiraciones autonomistas de los intelectuales orgánicos o gerentes estatales. Autonomía relativa pero no sin contradicciones ya que existe entre el extremo de la determinación en última instancia de la infraestructura económica y el extremo de la autonomía relativa del Estado capitalista, las políticas determinadas, la situación histórico-concreta del desarrollo de las luchas de clases, ante las cuales el Estado capitalista debe intervenir para mantener la hegemonía del capital no sin fisuras entre sus propias fracciones de clase y de bloque de poder, y ante las tensiones sociales con las cuales el Estado capitalista se tropieza en la lucha de clases interviniendo para aliviar o agravar las contradicciones producidas por el capitalismo. Son coyunturas en las cuales el Estado capitalista adquiere rango de autonomía para introducir reformas que van más allá de los márgenes puros del sistema para frenar el alcance progresista o revolucionario de las luchas, o a la inversa dentro de los márgenes puros para acelerar la tasa de explotación de la clase obrera.

También hay que añadir una novedad al análisis de Gramsci ya que tras la constitución del capitalismo monopolista de Estado la división del trabajo intelectual técnico/intelectual orgánico se torna flexible, gerentes de monopolios que acaban dirigiendo órganos estatales y de gobierno y a la inversa dirigentes de gobierno y aparatos de estado que acaban en direcciones ejecutivas de las transnacionales. Por ejemplo, de los 33 miembros del gobierno de Churchill en 1953, 19 eran directores de 75 Sociedades Anónimas, mientras 14 pertenecían a familias aristocráticas que formaban parte de la oligarquía financiera.

De esta manera, se levanta toda una tecno-estructura de profesionales, ingenieros y técnicos (directores, subdirectores, recursos humanos, cuadros superiores, financieros, comerciantes monopolistas, políticos, abogados, tecnocracia del Estado, etc.) dedicados a la gerencia de las empresas, bancos, comercios y aparatos del Estado, que se entremezclan y son fuente de carrerismo y que de ninguna manera pueden considerarse trabajadores asalariados, ni productivos, ni improductivos, dado que su función es representar y dirigir los negocios del capital. Jerárquicamente están en la cúspide de la estructura de las empresas, participan en la dirección de la apropiación de la plusvalía para el capital y se apropian de parte de él a través de acciones, bonus y prebendas. Son gerentes que no están regulados por un salario y viven del beneficio. Esta tecno-estructura no se ve necesitada de vender su fuerza de trabajo ya que su remuneración le permite vivir de los intereses y participar en la apropiación de la plusvalía, y disponen de contratos blindados con acero reforzado.

En esta tecno-estructura se integran dirigentes de la socialdemocracia, en 1965, 410 miembros del SPD ocupaban 929 cargos importantes en grandes compañías y bancos del país, 65 líderes socialistas eran directores de los consorcios de Mannesmann, Krupp, etc. En Austria, entre los 600 directores de las empresas nacionalizadas 400 pertenecían al partido socialdemócrata, el hijo de Kaustky, Benedicto, ideólogo y autor del programa del partido, fue vicedirector del banco Kreditanstallt, miembro del consejo de observación del consorcio Elin y consejero del Banco naciona austríaco. Todo un enroque de la socialdemocracia alemana y austriaca con el capitalismo monopolista de Estado.

La oligarquía financiera, cúspide de la clase dominante, enmascara su participación en la dirección del Estado capitalista instalando en los aparatos del Estado a sus testaferros y apoderados provenientes de esa tecnoestructura. Los altos funcionarios públicos son promocionados en su mayoría de entre los directivos de las grandes compañías privadas. Una vez terminado su servicio en el aparato estatal regresan a esas compañías, ocupando puestos altamente remunerados. Es la fusión de la burocracia managerial de los monopolios financieros con la burocracia política estatal que se prolonga con la incorporación de la burocracia militar (complejo militar-industrial).

Los dirigentes del aparato estatal se funden con los de los grandes monopolios, prueba de ello es que la movilidad de altos administradores de los monopolios hacia el aparato estatal y viceversa es permanente:

-Dick Cheney, empezó en el gobierno de Nixon 1969, secretario defensa con Bush I y vicepresidente de EE.UU. con Bush II, en 1995 presidente ejecutivo de Halliburton Co.

-La familia Bush ligada desde los pinitos del abuelo al negocio petrolero de Texas;

-Condoleezza Rice, consejera de seguridad nacional con Bush II, miembro del consejo de administración de Chevron, Administradora de Gilead Technologies y Asea Brown Boveri LTD (energía nuclear).

-Donald Rumsfel, secretario de defensa con G. Ford y Bush II, administrador de GulfStream Aerospace.

-Paul O´Neil, Secretario del Tesoro con Bush II, director gerente de Alcoa cuya sucursal Vinson & Elkins asesoraba a Enron.

-Lawrence Lindsey, consejera económica con Bush II, asesora de Enron;

-Timothy White, Secretario del Ejército con Bush II, miembro consejo de administración Enron.

-Robert Zoellick, representante federal del comercio, asesor de Enron (como vemos estos 4 últimos casos demuestran el estrecho vínculo entre la administración Bush II y Enron).

-G. Schultz, secretario de Estado con Reagan, antes fue presidente de Bechtell.

-Josep Piqué, ministro de industria con Aznar, presidente de aerolínea Vueling y miembro del consejo de Applus.

-Abel Matutes, ministro de exteriores con Aznar, presidente de hoteles Matutes y propietario de la TRANSNACIONAL Fiesta Hotel Group.

-Ana Palacio, ministra de exteriores del gobierno de Aznar, vicepresidenta y asesora del presidente del Banco Mundial.

-Rodrigo Rato, ministro de economía de Aznar,  director gerente del FMI, asesor del Banco Santander, presidente de Caja Madrid y Bankia.

-Davignon, comisario europeo de industria fue presidente de la Societé Generale;

-Martine Aubry de Gandóis y Péchiney que llegó a ministra de empleo del gobierno de Jospin.

-Edith Cresson, tras ser ministra socialdemócrata francesa, pasó al comité ejecutivo de la TRANSNACIONAL francesa del vidrio Saint Jobin y de ahí al cargo de comisaria europea…).

-Wolfgang Clement ministro de trabajo por el SPD (2002-2005), trabaja en la empresa de subcontratación más importante de Alemania.

-Gerhard Schröder, canciller de Alemania por el SPD que va a potenciar el negocio de los oleoductos bálticos, trabaja para la compañía rusa Gazprom presidiendo la compañía resultante Nord Stream A.G.

-Giuliano Amato, presidente de gobierno italiano por el PD de centro-izquierda, miembro del consejo europeo de Siebel System.

-Silvio Berlusconi, presidente del gobierno italiano (por Forza Italia y Polo de la Libertad), magnate de los mass media italianos (prensa y televisión).

-Un caso especial es la meteórica carrera de Eduardo Serra, responsable de Defensa con el PSOE hasta 1988, presidente de Cubiertas y MZOV en 1989, presidente de Peugeot-Talbot en 1993, presidente de Airtel y como guinda ministro de defensa en 1996 con el PP., etc., etc., etc.

Como vemos existe un entrelazamiento entre las administraciones del Estado y los comités ejecutivos de las Transnacionales industriales y financieras. En la UE la gran mayoría de los expresidentes de gobierno y ministros de economía van a formar parte de organismos de dirección de las Transnacionales, o simplemente retoman sus posiciones que tenían en las empresas antes de convertirse en cargos públicos del Estado. Las Transnacionales están presentes den Bruselas, haciendo trabajo de lobby en el parlamento y la comisión europea, hacen trabajos supuestamente científicos, forman parte de comisiones técnicas de la UE, discuten sus necesidades con los gobiernos y emiten informes que adquieren rango de ley.

Los ministros y miembros del gobierno en Estados capitalistas tan democráticos como Francia, España y Gran Bretaña, que se incrementan su “sueldo” por encima de la estadística oficial, un 10%, un 30% y hasta un 70%, incluso “políticos retirados”, conferenciantes como Gorbachov y Clinton, éste último ingresó 6 millones de € en el 2.005 en actos organizados por el Estado y asociaciones privadas, y que también trabajan a “sueldo” en instituciones financieras y empresariales…, en estos casos tales políticos en retiro se apropian de la plusvalía en el ciclo de la redistribución de la renta donde tales “sueldos” y sus elevados aumentos se costean con la disminución de las partidas destinadas a servicios públicos, rentas extraidas por impuestos a la población asalariada mayoritariamente y políticas de flexibilización laboral con ataques al empleo y el salario de la clase obrera. Todo un mérito.

Lo mismo podemos decir de las estrellas de cine, televisión, deportes, etc, que cobran “sueldos” millonarios (Ronaldo, Raúl, Michael Jordan, Julia Roberts, Mel Gibson, etc), y no son exclusivamente profesionales de su trabajo, ni siquiera son asalariados, sino que también participan en la apropiación de plusvalía en el ciclo de circulación de capital.

Por ej. para que veamos un poco la pirámide de los sueldos de tales mega estrellas, Nike explota a fuerza de trabajo infantil en India e Indonesia a 0,10 € para fabricar un producto que luego vende a 100 € en Occidente, ¡¡¡después de pagarle la despanpanante cifra de 20 millones de dólares a Michael Jordan por su colaboración publicitaria!!!, cantidad millonaria ¡¡¡equivalente a los salarios de todos los trabajadores de Nike en el mundo!!!. A principios de los 90 la fuerza de trabajo para fabricar las zapatillas Air Pegasus representaba el 0,2% del precio de venta, mientras que el 10% se gastaba en publicidad (60).

Esta división del trabajo (intelectual-manual) entre la tecnoestructura de gerentes profesionales de las empresas, plublicidad, deportes, cine, política, etc, (representantes de los negocios del capital en tales ámbitos) y el mundo proletario (industrial, servicios, etc) es una división de carácter social y sólo puede ser superada en una sociedad socialista, que no busca la supresión de las funciones de investigación científico-cultural y la administración, sino la socialización de todas las actividades despojadas de su manto capitalista.

2.6.10 Conclusión. La clase obrera sigue siendo el sepulturero del capitalismo

Ya bajo el Imperialismo Lenin analiza que los monopolios a través de su control del abastecimiento de la producción de decenas y centenares de millones de consumidores evidencia que nos hallamos ante una socialización de la producción, y no un simple entrelazamiento económico, que las relaciones de la economía capitalista constituyen una envoltura que no corresponde al contenido de la economía.

Actualmente sólo algunos miles de familias financieras controlan, directa e indirectamente, el trabajo de cerca de mil millones de obreros de todo el mundo, controlan la tecnología, la comunicación, el transporte y la organización de su propiedad capitalista. Esta envoltura hoy igual que en los tiempos de Lenin, se encuentra en estado de descomposición y son el principal obstáculo al progreso de la humanidad. ¿Sigue siendo el proletariado el sepulturero del capitalismo en su fase imperialista?.

A esta pregunta recordaremos que el socialismo científico se distingue de otras teorías burguesas, pequeñoburguesas y revisionistas del marxismo, al identificar que la fuerza social llamada a sepultar el capitalismo y crear la nueva sociedad socialista es la clase obrera. Lenin destacaba que lo principal en la teoría de Marx y Engels es el esclarecimiento del papel histórico del proletariado como creador de la sociedad socialista.

La clase obrera se haya vinculada al desarrollo de las fuerzas productivas, no tiene vínculos con el pasado de anteriores regímenes de producción, sino con el desarrollo y el futuro de la producción. Precisamente el desarrollo de la base material del capitalismo, la gran industria hoy transnacional, hoy como ayer, no amenaza la existencia del proletariado como clase, sino que impulsa el crecimiento cuantitativo y cualitativo del proletariado, y su papel en la vida social, el avance de la industria ha requerido siempre de fuertes contingentes de fuerza de trabajo. Entre todas las clases oprimidas, la clase obrera es la más capaz de desarrollar su conciencia y de aceptar una ideología científica.

El marxismo-leninismo tiene sus tres fuentes y partes, reivindicar una sola de ellas es incompleto. Pero ya hemos visto cómo hay intelectuales revisionistas del merxismo quienes sólo admiten como vigente la crítica del capital, pretenden reducir el marxismo a una “crítica teórica” del capitalismo, niegan la práctica política de la clase obrera, así como la revolución y la dictadura del proletariado.

Los ya nombrados Marcuse, André Gorz, etc., desde hace más de 40 años vienen cantando la misma copla de “envejecimiento del marxismo” y la misma bravata del “adiós a la clase obrera”, que la clase obrera de los centros imperialistas alcanza buenos niveles de vida y que en consecuencia se vuelve conservadora sin interés en revoluciones, que su rol de vanguardia pasa a ser ocupado por los estudiantes, indígenas, mujeres, ecologistas, minorías sexuales, Ongs, etc, que hay que abandonar el lugar de trabajo, que la combatividad hay que encontrarla fuera de los muros de la fábrica, que los trabajadores se han vuelto individualistas y consumistas, y que otras fuerzas sociales deben desempeñar el papel de vanguardia.

Estas teorías tuvieron su cénit tras la contrarrevolución de los 90, precisamente cuando la ofensiva neoliberal contra el movimiento obrero se reforzaba, ofensiva socioeconómica con el recorte de las conquistas sociales y políticas y ofensiva ideológica con el ataque al partido comunista y los sindicatos de clase. El punto común de todas estas teorías es que ignoran las leyes sociales y económicas del capitalismo descubiertas por Marx, todas evitan el papel de la producción en el desarrollo socioeconómico.

Confundir la aristocracia obrera, como hacen los revisionistas del marxismo, con todo el proletariado de los centros imperialistas, adolece de una ceguera tanto histórica como teórica, histórica por negar las luchas de clase desde la II Guerra Mundial hasta el presente, y teórica por pretender presentar a toda la clase sin cuyo objeto de explotación no existiría el capitalismo, que ésta esté asimilada por el imperialismo. Se olvida que el Estado de bienestar existió en países de Europa Occidental precisamente con el propósito de frenar las luchas de la clase obrera y sus partidos comunistas, así como por el miedo a la revolución socialista de octubre y la existencia de los países socialistas europeos.

Hoy se demuestra más que nunca que tales posiciones revisionistas son teóricamente erróneas, cuando precisamente el Estado de bienestar, gracias a la contrarrevolución terciopelada, está en jaque por el imperialismo, y ha puesto en el orden del día el empeoramiento absoluto de la situación de la clase obrera en los centros imperialistas subsumidos por la ofensiva neoliberal desde fines de los 70 del siglo pasado. Ofensiva que va desde la flexibilización que pretende disminuir los tiempos muertos, aumentar la precariedad, el trabajo a domicilio, el teletrabajo, la vuelta al destajo, como en los tiempos de las manufacturas, las fábricas se vuelven a convertir en cuarteles, los empleos fijos son convertidos en empleos temporales, los empleos con salarios medios y regulados por convenio, por empleos basura y fuera de convenios, y todo en aras de la tasa de ganancias del capital, aumentando el estrés, las horas extras, las enfermedades y accidentes laborales.

Ya lo decía Marx en El Capital que la máquina por sí sola acorta el tiempo de trabajo y lo aligera, pero que su empleo capitalista prolonga la jornada de trabajo, aumenta la intensidad y empobrece a los productores. Esa realidad objetiva en las relaciones trabajo/capital no han cambiado. ¿O qué se piensan estos revisionistas neoninis?.

Estos intelectuales revisionistas que denigran a la clase obrera y el trabajo productivo industrial o de  servicios, ignoran que la fábrica es una cárcel, pero para la clase obrera es además el lugar donde se ganan el pan, donde ejercen su profesión y donde pueden organizarse y realizar la lucha, ya lo decía Lenin (Un paso adelante, dos pasos atrás), la fábrica como forma superior de la explotación capitalista, tiene su contrario, la cooperación y disciplina del trabajo que coloca al proletariado a la cabeza de todas las categorías de trabajadores.

Pero echemos un vistazo más a la trayectoria histórica en la evolución de la clase obrera, para arrojarla al rostro de los viejos y nuevos revisionistas del marxismo. Si bien a mediados del siglo XIX en los EE.UU. la clase obrera y sus familias constituían menos del 6% de la población, en Alemania no alcanzaba el 3%, a mediados del siglo XX el peso del proletariado en tales países había alcanzado la mitad. Según la OIT desde la década de los 80 hasta ahora, la clase desposeída de medios y que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario ha oscilado en torno al 65%. Ahí tenemos, la tendecia de la clase obrera a la mayor.

No olvidemos que ya Marx y Engels incluso a mediados del S.XIX consideraban a la clase obrera como la clase llamada a hacer la revolución y construir el socialismo, porque lo que decreta tal papel a la clase obrera son las leyes económicas y políticas del régimen capitalista. Lenin tras la revolución socialista soviética lo remarcaría admitiendo que en cualquier país capitalista, la fuerza de la clase obrera es mayor que su peso sobre la población por su posición y dominio sobre el centro y el nervio de todo el sistema económico del capitalismo.

Incluso la propia estadística burguesa no puede ocultar esta tendencia de crecimiento cuantitativo de la clase obrera. Entre 1950-2006 el empleo mundial en la agricultura disminuyó del 67% al 38,7%, la tendencia es que los agricultores están siendo arruinados y desplazados por la producción capitalista, en Europa este proceso se ha dado en los últimos 2 siglos, ahora lo vemos a escala mundial. Hay que destacar que la estadística burguesa también clasifica como agricultura tanto a los grandes terratenientes, capitalistas, campesinos como a los obreros agrícolas que forman en decenas de millones parte de la clase obrera mundial, ocultando el carácter de clase de la sociedad capitalista a nivel internacional.

El sector servicios pasó del 18% al 40% en el mismo período.

El empleo del sector industrial ha pasado del 15% al 21,3%, estabilizándose desde la década de los 80 en torno al 20% debido a la externalización-subcontratación y deslocalización industrial, lo que tiene su efecto en el crecimiento del empleo en el sector servicios, el descenso del empleo industrial en los países desarrollados y el aumento en la periferia.

Muchos de los trabajos incluidos en los servicios son proveedores de las industrias bajo la figura de la subcontratación que es un ataque contra la fuerza colectiva de los trabajadores como clase, la estadística burguesa incluyen al las telecomunicaciones, transporte, mantenimiento, reparaciones, limpieza y el trabajo en almacenes en los servicios. Por tanto, una parte importante de los asalariados del sector terciario, de servicios, también forman parte del núcleo industrial. En Europa el proletariado industrial cuenta camuflados como sector terciario a 20 millones de asalariados, y en España 3 millones. Estos empleos son actividades externalizadas y por la industria, que antaño se clasificaban como empleo industrial, empleos que siguen vinculados al proceso de producción, transporte y almacenamiento de la industria.

A este aspecto recordar la figura del obrero colectivo, desde el surgimiento de la manufactura basta con participar en una parte del trabajo parcelado en la creación de las mercancías para tomar parte del proceso productivo industrial, tal y como refleja Marx en El Capital. Si la estadística fuera correcta la industria representaría hoy a nivel mundial no el 21,3% de los empleos, sino en torno al 35%.

En este terreno la anunciada “desindustrialización” no deja de ser un mito. En realidad en los países centrales se trata de fragmentación de la clase obrera productiva en empresas más pequeñas y ETT, además de la deslocalización con industrias que se mueven de unas regiones, países y continentes a otros, con lo que observado a nivel mundial el sector industrial crece.

El fenómeno de la descentralización y deslocalización industrial obedece más a la estrategia de la lucha de clases y de recomposición de la tasa de ganancias en la lógica de acumulación, que a una presunta liquidación del proletariado como creador de la producción social. Cada cambio en la organización de la producción el fordismo, el toyotismo, la maquila, han traido no solo el reforzamiento de la centralidad de la clase obrera en el proceso productivo, sino el ataque ideológico por parte del pensamiento burgués para quebrar la unidad del proletariado. El proceso general de la producción capitalista tiende a su concentración y centralización, esto lo atestigua el crecimiento ininterrumpido de las transnacionales, el hecho de que cada vez un mayor porcentaje de la clase obrera trabaja directa e indirectamente para ellas, y su reflejo en el crecimiento de las concentraciones urbanas y los polígonos industriales o zonas francas.

Esto significa que los intereses y aspiraciones de la clase obrera coincide con el desarrollo general de las fuerzas productivas. El nivel de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas demanda la supresión de la propiedad capitalista sobre los medios de producción. De hecho esto se anuncia ya, tal y como lo analizaron Marx, Engels y Lenin, con la propia supresión de la propiedad privada individual desde que surgen la sociedad anónima y los monopolios. Por ello el único camino que la clase obrera tiene para emanciparse es la liquidación de la propiedad capitalista y su sustitución por la propiedad socialista.

Ya hemos visto que la clase obrera no sólo se compone de su núcleo industrial, el más importante, sino que se extiende al resto de sectores. La plusvalía sólo se crea en la producción, transporte y almacenamiento, en el resto del proceso de circulación del capital (financiero y comercial), lo que se produce es un reparto de la plusvalía ya creada en la producción, plusvalía para la cual es necesario el trabajo adicional de la fuerza de trabajo contratada en tales sectores (fracciones de la clase obrera). El hecho de que el proletariado industrial constituya el núcleo preponderante de la clase obrera no tiene nada que ver con su número, sino con su posición en el proceso de producción. Sin ella no existiría la plusvalía, ni el resto del proletariado que aparece en el proceso de circulación del capital.

Por tanto, no son los ordenadores, internet, la informatización, ni la automatización, los que crean las riquezas, tal y como sugieren los nuevos revisionistas del marxismo de moda, como Negri y Hardt. La fuente de la plusvalía sigue siendo la misma, las personas que accionan las máquinas, y que con su trabajo adicional permiten la creación y apropiación de la plusvalía (fuente de la ganancia) por toooodo el capital, las máquinas siguen sin crear valor adicional sólo el trabajo no pagado a la clase obrera genera plusvalía. No se puede generar ni captar plusvalía sin el trabajo productivo, sin el proletariado.

Concluyendo, los sepultureros del capital lejos de estar en disolución, están más vivos que nunca, para ello no más que echar un vistazo a los datos de la estadística de la Comisión Europea, la clase obrera europea en el 2002 suponía 137,5 millones de personas de las cuales 2 millones eran obreros agrícolas, a escala mundial la clase obrera supone en torno a los 1.000 millones de los cuales el 10% son obreros agrícolas. Estos son los actuales sepultureros del sistema de las transnacionales capitalistas y de la tasa de ganancias.

2.7 Toyotismo: panacea del eslabón perdido o lucha de clases 

La ciencia es una fuerza productiva que sometida bajo las relaciones capitalistas sirve para amplificar por un lado la división social del trabajo intelectual y manual, y por otro ofrece las condiciones materiales para tal división clasista. Pero el capital en su lógica de acumulación siempre utiliza los frutos de la Ciencia y la Tecnología únicamente para aumentar las ganancias, sacrificando para ello la calidad de vida de la clase obrera, degradando incluso la capacidad y el valor intelectual de los trabajadores y condenando a los países dependientes a la sobreexplotación.

A pesar de ello, el toyotismo se nos ha presentado, con una fuerte campaña ideológica desde los medios empresariales, como la forma superadora de todas las contradicciones entre capital y trabajo, contaminando con ello a sectores de la izquierda de positivismo en los análisis sobre los cambios introducidos a raíz de la implantación de lo que sólo es un cambio de las relaciones técnicas inmersas en la explotación del trabajo asalariado. Este positivismo sitúa en su peculiar interpretación del materialismo histórico a los medios de producción y los cambios estructurales de las fuerzas productivas como el motor de la historia, ignorando las relaciones sociales que definen la lucha de clases en todas sus formas tanto en la infraestructura como en la superestructura jurídico-política.

Esta lectura positivista, que no es nueva, en su actual Odisea por la búsqueda de los nuevos paradigmas productivos se ha enfrascado buscando la nueva clase obrera, y parece que la ha encontrado una vez más, ahora en el toyotismo, método de organización de la producción que no es más de un sometimiento de las relaciones capitalistas de explotación, ni menos de un cambio en la condición obrera que conocíamos bajo el fordismo.

Analizaremos por encima lo que históricamente en el modo de producción capitalista se entiende por relaciones técnicas de la producción para abordar el asunto del toyotismo en su amplitud. 

2.7.1 Relaciones técnicas de la producción bajo el capitalismo

Según Marx, bajo el dominio del trabajo asalariado, existen históricamente dos formas de división y relaciones técnicas de la producción, fundamentadas en el control del trabajador sobre los medios de producción y el proceso entero de producción de la mercancía. La Cooperación Simple en talleres artesanales, donde el trabajador individualmente realiza el proceso de trabajo de una mercancía entera explotado por el capitalista, característica en la infancia del capitalismo, donde el trabajador asalariado controla el medio de producción y el producto final, e incluso a veces suele ser el propietario del medio de producción, contratado por el capitalista. El capitalista dispone y asigna la finalidad del producto, pero no controla el proceso de producción.

La Cooperación Compleja en la Manufactura, como forma de producción característica de la etapa de transición del feudalismo al capitalismo, con la división técnica del trabajo entre obreros, desposeídos de los medios de trabajo, el capital los reune para la producción de una misma mercancía que en un taller realizan individualmente el proceso entero, introduciendo en su desarrollo la primera división técnica capitalista del trabajo, a través de la fragmentación parcelada del proceso, donde cada obrero se especializa en una parte, con el objetivo de acrecentar el rendimiento y productividad del trabajo. El capitalista controla el proceso de trabajo, por medio del mecanismo gerencial y vigilancia del proceso productivo (capataces y encargados), pero no dispone de un control efectivo de la producción.

La supeditación del trabajo al capital adquiere un carácter jurídico-formal, dado que bajo ésta división técnica compleja, el obrero aunque ya no tiene un control completo del proceso de trabajo, todavía dispone por su habilidad profesional de un control sobre el medio de producción, dándose una continuidad del oficio y la cultura artesanal en la manufactura por medio de la unidad de la fuerza de trabajo y su medio de trabajo, donde el obrero destaca por su destreza y habilidad del uso en su especialidad. Al calor de la producción manufacturera, proliferó el trabajo a domicilio de operaciones preparatorias de artesanos dispersos bajo dependencia del capitalista, que trabajaban para las manufacturas que realizaban el montaje final. Cobraban menos salario que los obreros de las manufacturas y estaban sujetos a jornadas más largas. Aspecto que nos recuerda la novedosa realidad potsfordista.

De la cooperación compleja surge la Gran Industria, como la base material y técnica del capital, de su composición orgánica alta y reproducción ampliada, donde se rompe la unidad obrero/medio de producción en el proceso de trabajo al introducir la máquina para la producción en masa, simplificando el proceso productivo, lográndo la supeditación real del trabajo al capital, con la incorporación a la máquina de los conocimientos profesionales del obrero.

La máquina-herramienta independiza la organización del trabajo de las características humanas de la fuerza de trabajo, donde en lugar de adaptarse la herramienta a la destreza del obrero, éste debe adaptarse a la máquina. Desaparecen unos oficios, apareciendo otros nuevos, menguando el último reducto de resistencialismo corporativo obrero, desvalorizando y descalificando la fuerza de trabajo sobre el control efectivo de los medios de trabajo. Esta etapa se consolida con la utilización de fuentes de energía nuevas y la ciencia para la producción, primero se desarrolló en la industria ligera y en su efecto en la industria pesada. El capitalista ya dispone de un control efectivo de la producción, dado que la producción en masa está dispuesta a recibir cualquier proletario.

Los nuevos métodos de producción toyotistas, no erradican el sentido de las relaciones técnicas de la cooperación compleja sobre el proceso de trabajo de la gran industria, que sigue siendo la base material y técnica del capital, donde por ejemplo en la industria modelo automovilística todos los obreros calificados controlan sólo partes del proceso productivo. Lo único que se recupera es una fragmentación aun mayor de la condición obrera similar a la división del trabajo establecida entre las manufacturas y el trabajo a domicilio, a lo que es hoy la división del trabajo entre la empresa central y la dispersión de talleres de provisión estandarizada de componentes y accesorios a la fábrica central. Pero el control efectivo de la producción por el obrero a través del medio de trabajo no se recupera, sólo existe una minoría de trabajadores profesionalizados, que pueden imponer pautas a los ritmos de trabajo sin llegar a controlar ni el proceso de trabajo entero ni la finalidad del producto, siendo hábiles en su trabajo y difíciles de sustituir en lo inmediato, a la misma vez que ideológicamente son más fácilmente integrables en su coincidencia hacia los objetivos comunes de la gran empresa.

Los diferentes métodos de la producción y de la división técnica del proceso productivo bajo las relaciones capitalistas de la producción, obedecen más a la dialéctica acumulación/crisis/acumulación determinada por el resultado de la lucha de clases que a un desarrollo autónomo y místico de las fuerzas productivas.

2.7.2 Nuevas relaciones técnicas de la producción. Positivismo o lucha de clases. 

¡¡¡Ya se ha encontrado el eslabón perdido, la nueva clase obrera, la clase obrera culta!!!. Los cambios organizativos producto del desarrollo de las fuerzas productivas han conseguido en el toyotismo unir trabajo manual e intelectual como una sola persona, donde sólo las máquinas son los autómatas y los trabajadores quienes gobiernan y rigen desde las neuronas de su celebro la producción en masa independientemente. Se ha recuperado la unidad rota con el maquinismo de la gran industria entre el trabajador y el medio de producción. En definitiva la panacea productivista y positivista de los nuevos tiempos.

En la época actual del imperialismo, donde predomina el dominio de las Transnacionales y los Estados imperialistas del centro capitalista (USA, Japón y UE), las necesidades actuales de expansión de la acumulación del capital y la recuperación de la tasa de ganancias, exigen como siempre una ampliación-renovación-destrucción continuada de las fuerzas productivas y aceleración de la tasa de explotación. Tales necesidades se encuadran en un nuevo-modelo y reordenamiento mundial de la división del trabajo capitalista, donde se vislumbra primordialmente en los países del centro capitalista la introducción de otras relaciones técnicas del trabajo en la industria que superan la vieja división fordista, pasando de la descalificación y la vieja división profesional a una mayor calificación e integración de tareas productivas y control en fases de la producción directa, integrando tareas manuales y celebrares de control, lo que también implica la descalificación de profesiones anteriormente supravaloradas (inspección de calidad, reparación herramientas, etc.).

Sin negar parte de tal realidad, estos cambios se dan dentro de unos límites, que imponen la división técnica de todo proceso de trabajo. La integración de tareas no va mas allá de la esfera de la producción y su periferia más cercana (logística, preparación, mantenimiento, autocontrol de producción y calidad), donde el toyotismo como parte de la cacareada tercera revolución industrial no implica la automatización de las tareas manuales del proceso productivo, sino el trasavase y/o automatización de procesos intelectuales (verificación, control, reparación…) a la producción, que obedece a la lógica capitalista de acrecentar la productividad y/o la intensidad de los ritmos de trabajo (61) a través de una mayor tasa de explotación de los obreros manuales, los cuales realizan trabajos más complejos al desempeñar funciones multiformes, lo que genera mayor plusvalía tanto relativa y extra (productividad-ritmos de trabajo).

Es decir, algunos obreros controlan más márgenes de la diversificación de lo que fabrican producto de la explotación intensiva de la fuerza de trabajo, pero sin llegar a determinar y decidir para qué y para quien fabrican, dado que la propiedad de las fuerzas productivas y el resultado del trabajo sigue estando en manos privadas. Por lo tanto no son creadores conscientes del producto desde el inicio hasta el acabado final siendo un apéndice del sistema de la producción capitalista.

La división social dentro del proceso productivo entre tareas intelectuales de concepción-programación donde se centraliza el poder de planificación organizativa, la dirección y decisión sobre la ejecución, en manos de patrones, gerentes, ingenieros y técnicos de alto plantel, y las tareas de ejecución manual e intelectual en manos de obreros, sigue vigente sin fisuras en el modelo de acumulación postfordista.

Lo cual quiere decir que la división social entre el trabajo manual y el trabajo intelectual que emana de la sociedad esclavista, se sigue manteniendo, dado que las decisiones de asignar, disponer y dirigir los medios de producción son todavía patrimonio como trabajo enteramente intelectual ejercido por la clase explotadora en el marco del proceso capitalista de la producción, de la distribución, y el ejercicio del poder político, dado el carácter clasista del Estado, reproductor de las relaciones de clase.

En este marco los cambios que introducen los avances tecnológicos, que absorben tareas profesionales y de oficio, y las modificaciones de la organización del trabajo de integración de tareas diversas, basadas en la parcelización del ciclo operativo (manual o intelectual) en un tiempo dado, son de carácter totalmente técnico y no social, dada la tendencia de socialización creciente de la producción, que la propia lógica de acumulación de capital genera a la misma vez que limita en las etapas de crisis.

En la fase actual del capitalismo imperialista y a partir de los años 70 en la industria se da esta tendencia de división del proceso de trabajo, que no se acaba únicamente en la esfera productiva sino que afecta también a empleados, técnicos e ingeniería, donde el postfordismo ha entrado para integrar tareas antes profesionales y hoy unificadas en una misma profesión multiforme, resultando una absorción de los conocimientos profesionales anteriores por el capital y una profundización en la división técnica del trabajo donde si ciertamente se dan precarias superaciones de la división manual/intelectual que caracteriza a la sociedad de clases, nunca llegan a su total superación si no se rompen las relaciones capitalistas de producción las cuales son las sustentadoras de la división social del trabajo, y las que impiden que los trabajadores sean a la vez ejecutores y creadores conscientes de lo que producen como trabajador colectivo en la planificación de la producción, la distribución y el consumo.

2.7.2.1 Crisis y superación del fordismo

Es en este nuevo contexto capitalista en el que se da el fenómeno del toyotismo o neofordismo, donde el objetivo central en los marcos de la acumulación de capital es aumentar la intensidad de la fuerza de trabajo y la productividad con el fin de extraer una plusvalía mucho mayor que permita frenar la caída de la tasa de ganancias y dar salida capitalista a las crisis por agotamiento del modelo de acumulación anterior fracturado a partir de la crisis de la década de los 70 del siglo pasado. A ello se le añade la competitividad Inter.-imperialista y monopolista como factor que potencia los cambios organizativos e innovaciones tecnológicas (informática, electrónica, etc.) que se producen en la búsqueda de la superganancia.

El modelo fordista entra en crisis  como sistema de trabajo dada la fuerte conflictividad obrera y la revuelta de los productores en su aspiración a un trabajo más cualificado. Entra en crisis como modelo de acumulación cada vez más internacionalizado y como modelo de regulación donde la acumulación de capital cuestiona el pacto social que supuso el Estado de Bienestar, surgido como contrapeso al auge del movimiento obrero y como contrarréplica a la existencia de los países socialistas europeos. El Estado de Bienestar se desmorona y son los propios gobiernos socialdemócratas los que aplican las recetas del FMI.

En tal sentido y en contra de las opiniones mayoritariamente deterministas sobre el tema, el toyotismo muy en parte, es un producto de la lucha de clases, dado que las propias crisis de acumulación provocada por la caída de la tasa de ganancias, son resultado de la lucha de clases. Después de casi 30 años de idilio fordista/keynesiano,  a fines de los 60 el empuje reivindicativo y revolucionario del proletariado en las fábricas empuja al capital hacia la experimentación de otros métodos empresariales, o relaciones técnicas de la explotación asalariada. El modelo toyotista es la respuesta del capital dirigida a romper la unidad establecida por el obrero-masa de las fábricas fordistas basadas en la producción integral, que dotadas de un potente movimiento obrero y sindical habían generado un contrapoder (unidades homogéneas de producción) importante dentro de las empresas frente al capital en el proceso de trabajo como antítesis del modelo fordista (control de los ritmos y cadencias, homogeneidad en la estructura salarial y profesional, unidad reivindicativa fuerte, etc.).

Si el maquinismo y el fordismo que aportan una mayor productividad social para los dividendos del capital, también aportan un mayor grado de cooperación no sólo laboral sino social y política de clase entre los propios productores. Ante esta situación el capital puede decidir el sacrificio de los niveles de productividad con tal de dividir la fuerza colectiva de los obreros. Aquí el proceso de acumulación de capital es coherente ya que debe de aumentar la tasa de explotación con una mayor productividad social, pero también debe de impedir la realización de los objetivos sociales y políticos del proletariado, por eso el sacrificio de los ratios de productividad social en sectores productivos, entran en la lógica de recuperación de la tasa de ganancias con una productividad inicialmente inferior y con un movimiento obrero y sindical profundamente desarmado.

Los múltiples cambios del mundo del trabajo habidos en los últimos 30 años caracterizados por reestructuraciones industriales y financieras, incremento de la productividad e intensidad del trabajo, incorporación de la microelectrónica y la tecnología informacional, el debilitamiento de la afiliación sindical y la mundialización sin trabas de la acumulación del capital, obedecen a esa dialéctica de desarrollo de las fuerzas productivas y la lucha de clases bajo el predominio de las relaciones capitalistas de la producción. Estamos ante una nueva revolución tecno-industrial controlada por el capital, cuyas consecuencias negativas la estamos sufriendo igual que en anteriores revoluciones industriales, la clase explotada, la clase obrera.

La vieja estrategia de acumulación del capital que no fué derrotada con la revolución socialista en la década de los 70, condicionó la desmantelación conquista a conquista de los derechos sociales de la clase obrera y el derribo de las rigideces que encerraba el mercado laboral para la acumulación de capital (empleo estable y muy remunerado).

En un nuevo contexto se han introducido políticas de flexibilización laboral basadas en la ampliación y disponibilidad flexible de jornada, junto con la precariedad del empleo fracturando a la clase obrera en la base de su unidad (homogeneidad contractual y de salario). Se rompe la fábrica integral, el cuerpo físico que une a los obreros en una misma condición, se subcontrata desde empresas sindicadas a proveedores no sindicalizados, a los cuales se derivan servicios y partes de la producción, con una fuerza laboral mas precaria, menor retribuida y más difícil de sindicalizar, dejando en el perímetro el montaje final de las mercancías (empresa matriz). Entramos en la fábrica red, donde conviven formas de organización del trabajo toyotistas (parte de la empresa matriz) con formas de organización del trabajo fordistas en las empresas proveedoras y en gran parte de la empresa matriz.

La actual cadena de subcontrataciones esconde la magnitud de una gran empresa con relaciones laborales diferenciadas, que realizan parte del trabajo dentro o fuera del ámbito de la empresa matriz. En su fase de implantación la industria red consigue en la propia empresa matriz: aumentar la contratación temporal para la realización de ajustes y necesidades puntuales, la subcontratación interna de actividades (productivas y ligadas a la producción), y desplazar actividades productivas fuera hacia empresas proveedoras de la producción central conformando una gran empresa red.

La fábrica no desaparece como centro físico de la producción sino que se ha desmasificado, donde el capital, más concentrado y centralizado, ha pasado a controlar una gran variedad de fábricas con fuerte concentración obrera con diferentes funciones productivas, de servicios, profesiones, sectores, etc., sometidas a un mando único desde la empresa matriz, la cual sigue dirigiendo el proceso de trabajo de miles de obreros con el objetivo de obtener mas plusvalía. La producción ya no se localiza entera en una fábrica integrada, sino que parte de la misma se deriva donde los costes de producción y salariales son inferiores. La desconcentración de las actividades siendo un dique contra la masificación del proletariado, potencia la individualización y corporativización de los trabajadores, objetivo decimonónico del capitalismo, que acaba con enfrentar a obreros entre sí (precarios-estables, empresa central-proveedores, etc), desdibujando el interés clasista.

Esta situación se ha dado como efecto del resultado de la lucha de clases y del desarrollo de las fuerzas productivas con las nuevas tecnologías de la información que facilitan el control en materia de coordinación y dirección de procesos productivos desconcentrados, dividiendo las grandes empresas gracias al recurso de la informática y la organización a distancia con el fin de evitar las grandes concentraciones obreras, lo que de entrada rompe la propia organización sindical y la masificación espacial de la concentración obrera, quebrando la columna del sindicalismo de clase que pugna por la homogeneización de las condiciones laborales (convenios, empleo, salud laboral…), lo que facilita la virtud empresarial de aplicar ajustes a la fuerza de trabajo más localizados y con menor resistencia ante la existencia de diversos modelos de organización y condiciones laborales.

La desmasificación de la gran fábrica en España también es facilitada por la pre-existencia de un el mercado laboral ya de por sí bastante difuso, ya en 1.996 existían mas de 8.000 grandes empresas con más de 100 trabajadores (3,7 millones de asalariados en total), lo que supone poco más de una tercera parte del empleo asalariado, que acaparaba el 52% de los salarios y el 62% de las retenciones, el resto son pymes.

También hay que añadir que en esta la diversificación que por sectores de actividad se integran empresa matriz, empresas trabajando para la misma actividad central (subcontratas), tareas de servicios accesorios (limpieza, mantenimiento, asesoramiento técnico, labores de vigilancia) como de actividades que forman parte del proceso productivo (informática de gestión, fabricación, mantenimiento etc.) se concentran en la misma fábrica, pero con convenios colectivos diferentes, con diferentes condiciones obreras, producto del retroceso de la lucha de clase del movimiento obrero en general (regresión de la legislación laboral) y el aumento de la explotación de la clase con el acicate de su diferenciación a la baja (dumping social). La empresa matriz consigue un altísimo nivel de flexibilidad laboral, al suprimir la relación laboral directa en los procesos externalizados, descargándose de costes estructurales, traspasados a las empresas subcontratadas las cuales son más vulnerables ante situaciones de crisis y reajuste laboral.

Esta tundra llena de fractura en condiciones de trabajo, inmerso en un marco de niveles de desempleo y precariedad importante, dificultan la percepción del camino hacia el desarrollo de la identidad y comunidad clasista, lo que erosiona el poder de negociación y resistencia obrera. En lo inmediato impulsa el debilitamiento del poder sindical organizado y un aumento de la diferenciación de la condición obrera: la fragmentación y variedad de condiciones de trabajo dificultan la elaboración de reivindicaciones comunes, lo que genera unas condiciones más precarias para la generalización de una conciencia de clase. Y ante la dispersión se hace más difícil informar y movilizar a una masa de obreros mas dispersa que a un amplio y compacto grupo de obreros, generalizándose dos velocidades en la clase obrera, los calificados y semi, con un nivel de remuneración y protección de empleo alto, y los no-cualificados con grandes niveles de precariedad (salario y empleo) en subcontratas y proveedoras, donde el proceso productivo se fundamenta en el taylorismo más clásico con trabajos más intensivos, con lo que la actuación sindical de clase se ve empujada a superar la tesis de limitarse a la representación de las plantillas de las grandes empresas y dedicarse al control de todo el micromundo de subcontratas y proveedoras.

El reclutamiento de una fuerza de trabajo precaria no es exclusivo de los países de la periferia capitalista. El subcontrato industrial ha creado un nuevo proletariado dentro de los países centrales del capitalismo. Esta estrategia del capital, de desintegración productiva, la empresa red, busca expresamente una fuerza de trabajo flexible con el objetivo de socavar la fuerza de trabajo organizada. La subcontratación en la praxis de la acumulación de capital pasa a ser un claro ataque contra la fuerza colectiva de los trabajadores como clase.

Desde el sindicalismo de clase organizado y de la gran empresa, pasa a ser urgente el reforzar en la Negociación Colectiva, posiciones que tiendan a frenar y regular las condiciones de la subcontratación de empresas para incidir en la dirección de equiparar condiciones de trabajo de obreros de empresas subcontratadas con empresas matrices, reforzando los lazos clasistas entre obreros de unas y otras empresas, dando apoyo a las negociaciones colectivas de empresa o sectoriales de los obreros subcontratados, a la par que el sindicalismo organizado se introduce en las empresas subcontratadas para organizar a los trabajadores y emprende estrategias de progreso en la legislación laboral.

El toyotismo también incorpora diferencias sobre el consumo. Mientras en el fordismo la producción era standarizada, apenas existía la diversificación de productos para el consumo de masas, y la fabricación era absorbida en grandes series de un mismo producto, en el toyotismo se invierte esta lógica a través del just in time. La empresa matriz se dirige el proceso productivo a la misma vez que mantiene un contacto directo con el consumo, el cual dicta la cantidad en torno a una gran variedad de productos que se fabrican, con el objetivo de reducir los stocks hasta eliminarlos, aminorando costes productivos, financieros y de fuerza de trabajo, dirigiendo la red de empresas subcontratadas bajo el método de suministro a tiempo (just in time), donde la empresa matriz necesita una fuerza de trabajo muy vulnerable en las empresas subcontratadas para que puedan ser absorbidos y expulsados del mercado de trabajo según la demanda, implantando una línea divisoria entre los obreros estables de la empresa matriz y los inestables de las proveedoras.

2.7.2.2 Regresión en los derechos laborales 

Con este proceso se impone una flexibilidad laboral que causa más explotación, sin derechos, a cualquier lugar, de cualquier manera, y a cualquier precio. El objetivo es implantar la primacía de unas relaciones laborales individuales que apueste por la desarticulación del conflicto colectivo y la desorganización sindical, cercenando con la fractura la capacidad reivindicativa, unificadora y transformadora de la clase obrera. Esta fractura se configura jerárquicamente en el mercado de trabajo de España hoy de la siguiente forma:

  • Fijos de contrato ordinario con condiciones laborales y de salario por encima de la media.
  • Nuevas modalidades de contratación indefinida con despido más barato y salarios de ingreso más bajos.
  • Prestamismo laboral con agencias de colocación privadas, subcontratos autónomos y sin contrato donde se encubren relaciones laborales como mecanismo de superexplotación (falsos autónomos, asalariados en fraude de ley). En España hay 3,1 mill. de autónomos cotizantes a la seguridad social (2.009), donde la gran mayoría son trabajadores que irregularmente son forzados a escoger esa modalidad para ser empleados en la actividad externa de las grandes empresas, cargando los costes que antes cargaban sobre las empresas.
  • 2,5 mill. trabajadores/as a tiempo parcial (2.009).
  • El paro que sumaba 2,1 mill., el 8,6% de la población activa en el 2.007, con la crisis se ha disparado a los 4,4 millones a finales del 2009 (EPA), acercándose al 19,1% el doble de la UE-27 (9,5%), mientras en la UE el paro ha subido 2,6 puntos por la crisis en España se ha multiplicado por 4 lo que no deja de ser una muestra de la fuerte dependencia y debilidad de la economía española. La tasa de paro es la 2ª más alta de la UE por detrás de Letonia.
  • Trabajadores con contratos temporales, España sigue siendo el país de la UE con más precariedad en la contratación estancado en el 33,5%-32% (1997-2.007), mientras que en la UE la media no supera el 12%-10% (2007-2009), la tasa de temporalidad ha bajado hasta el 25,4% (2009) debido a la destrucción de empleo por la crisis que afecta a los contratos temporales, el empleo temporal ha pasado de 5 millones (2007) a 3,9 millones (2.009), España es el 2º país con la tasa de temporalidad más alta de la UE por detrás de Polonia.
  • Ejército de reserva; sumando los parados y los temporales en España se sitúan en 8,3 millones, el 35,9% de la población activa, el mas alto de la UE-27.
  • La juventud trabajadora, el paro juvenil en España (menores de 25 años) es el más alto en la UE-27, con la crisis se ha doblado del 20% al 40% (2007-2009) la mitad de la UE (20%); en contratación temporal el 70% de los obreros menores de 30 años tiene contrato eventual frente al 12% de la UE, y junto con Portugal, España es el pais donde menos gente vive sola, sólo el 4,5% de los menores de 30 años viven solos, con lo que buena parte del desempleo se carga a cuenta de las familias obreras que corren con los gastos, a veces hasta con un solo salario del o la “cabeza de familia”.
  • La política inflacionista del capital, la especulación del suelo, la vivienda y la pérdida de poder adquisitivo se ha convertido en un grillete enorme a las necesidades de consumo básico, si en el 2.002 los préstamos suponían una media del 69,2% de las rentas del hogar, en el 2.005 se acercaron al 99,3%, endeudamiento del cual el 56,8% de los préstamos lo acapara la vivienda aspecto que afecta mayoritariamente al sector más joven de la clase obrera (62), según el Banco de España la deuda financiera obtuvo un récord histórico (2.006) con 832.289 mill. € equivalente al 85,25% del PIB de España, ¡¡¡los salarios financian la crisis de sobreproducción con el endeudamiento de las familias obreras!!!;
  • La discriminación de la mujer sigue a pesar de alcanzar ratios historicos en el mercado de trabajo (tasa de actividad), en España dispone de la tasa de paro femenino más alta de la UE, el 18,5% frente al 8,9% de la UE-27, el doble; aunque esta tasa se encuentre por debajo de la media hay que destacatar que la tasa de actividad femenina está en el 51,7% , 8 puntos debajo de la tasa de actividad del 59,8% y 16 puntos de la tasa de actividad masculina del 68,1% (2009) por lo que si la tasa de actividad femenina se equiparase el paro femenino sería superior a la media, si las mujeres en España tuvieran el mismo porcentaje de actividad en el mercado de trabajo que las mujeres suecas, en España habría 3 millones más de trabajadoras pagando impuestos. Sólo el 40% de las mujeres casadas tienen empleo, mientras en paises como Gran Bretaña suponen el 75%, la diferenciación salarial persiste en torno a 35 puntos, y el 65% del empleo temporal y parcial corresponde a la mujer, y constituyen el 65% de las personas sin empleo durante más de 2 años seguidos.
  • Todo lo anterior incluye la discriminación laboral (salarial-contractual), por género y edad (mujer y jóvenes), y de inmigración, con trabajadores sin derechos con el mayor grado de precariedad laboral. Además hay que destacar que la economía sumergida aporta nada menos que el 23% del PIB (2.006) el doble de la UE, donde mayormente se ven afectados obreros inmigrantes, jóvenes y mujeres.

Consecuencia de lo anterior el salario medio en España según un informe de la OCDE se ha reducido un 4% en el periodo 1.996-06, lo que técnicamente supone un incremento de la tasa de explotación y los beneficios del capital (46,4% del PIB). España es el tercer país donde menos salario medio se gana al año en la UE-15 (informe INE 2.005), 17,5 puntos por debajo de la eurozona, mientras que los beneficios empresariales se han multiplicado el 73% en los últimos 7 años (1.999-06). La polarización social y la segmentación de la fuerza de trabajo ha provocado el aumento de los salarios más bajos, si en 1994 el 32,2% de los asalariados ganaban un salario bruto anual inferior a los 16.000 € (los llamados mileuristas), en el 2004 ya alcanzaba el 35,7%, o sea, 2,7 millones más de asalariados en la escala salarial más baja.

A lo que también hay que sumarle el retroceso del salario indirecto o diferido. Ya que desde el Tratado de Maastrich (1.993) el gasto público en protección social en España está estancado, representa sólo el 76% del promedio de la UE (sanidad, educación, pensiones,  vivienda, prestaciones por desempleo y enfermedad…), es decir, mientras España destina el 21,1% del PIB, la UE-15 el 27,5%, y la UE-27 el 26,9% (2.006). En Enseñanza España destinó en el 2.002 el 4,3% del PIB, sólo por encima de Grecia e Irlanda y por debajo de la media de los países de la OCDE (5,1%), en pensiones los gastos en el 2.004 fue del 9,2% del PIB muy por debajo de la media de la UE-25 que fue del 12,3%, y muy por debajo de países como Italia (14,6%) y Francia (13,3%). La pensión contributiva en España supone el 68% de la media de la misma pensión en la UE-15. Tampoco salimos del penúltimo lugar en la UE-15 en gasto por habitante y estamos en el último lugar en cuanto a presión fiscal, 37% del PIB (impuestos+ cotizaciones sociales 2006), que ahora con la crisis ha caído en picado al 33,5% (2008) y el 30,7% (2009) teniendo la mayor caída de los países de la OCDE, mientras países del entorno como Alemania, Francia e Italia tienen una presión fiscal del 37%, 41,9% y 43,5% respectivamente. Tal es la situación que el fraude fiscal a Hacienda y la Seguridad Social supuso en España 88.617 mill. € en el 2005, equivalente al déficit del gasto social de las CC.AA. con respecto a la UE-15 que supone u diferencial de 85.000 mill. €.

De lo dicho hay que destacar que en España el desarrollo del estado de bienestar se divide en dos períodos invertidos, de 1975 a 1992 el gasto público por protección social aumentó y se redujo el déficit social con respecto a Europa, pero partir de 1993 el gasto público en protección social ha sufrido un descenso continuado. En los 90 se destruyó todo el avance conseguido en la década de los 80, en general el gasto social en España presenta un estancamiento y ello a pesar del crecimiento económico experimentado desde los 90. Este descenso del gasto social constituyó la opción de los gobiernos para recortar gastos y equilibrar las cuentas públicas tal y como exigía la UE, aumentando el déficit social respecto a la UE.

En tiempos de crisis (2009) la organización profesional de Inspectores de Hacienda planteó al gobierno aplicar un plan especial que supondría recaudar 100.000 mill. de € en 4 años, impacto recaudatorio mucho mayor que subir los impuestos indirectos, el IVA, que supone 11.000 mill. anuales, o reducir el gasto público. Tambien se destaca que Hacienda deja de recaudar 70.000 mill. € anuales por la economía sumergida. Ello es así en un país,  donde los asalariados aportan el 80% de la recaudación de impuestos, y donde además los empresarios declaran una media de 8.000 € menos que los trabajadores asalariados (2006). La renta media que declaran los empresarios era en 2006 de 11.642 €, mientras que la de los asalariados era de 19.733. Es decir, la media declarada por los capitalistas es del 59% de sus asalariados. Todo un timo.

En el mercado de trabajo aunque en el periodo (1.996-06) se pasara de tasas de paro por encima del 20% al 8,1%, el peso del trabajo inestable se ha mantenido, 1 de cada 3 trabajadores sigue siendo temporal, por encima del doble que en la UE-15. Ahora con la crisis, el paro con 4,4 mill. de parados según la EPA (2009) se acerca al 20% otra vez. Esa temporalidad existente da lugar a una relación causa-efecto entre la temporalidad existente y su negativa influencia en las negociaciones de convenios. La diferenciación salarial se pronuncia mucho por colectivos de la clase obrera (mujeres, jóvenes e inmigrantes) y tipo de contrato (estables y precarios) y está asentada de forma transversal en todos los sectores de apropiación de la plusvalía (industrial, servicios, construcción, etc). La clase obrera española padece una situación dualizada entre los que en un mercado laboral de condiciones colectivas con salarios medio-altos, estabilidad del empleo, posibilidades de promoción, etc, característico de una clase obrera con derechos, y otro mercado laboral de condiciones colectivas con salarios bajos, malas condiciones laborales, inestabilidad en el empleo y pocas posibilidades de promoción, lo que es característico de una clase obrera sin derechos. Consecuencia de ello la siniestralidad laboral en España se coloca a 25 puntos por encima de la media de la UE-25.

El fuerte crecimiento económico (2.000-06) con ratios del 3,5% por encima de la media de la UE se ha visto frenado. Tal crecimiento se ha paliado con una redistribución desigual (salarios/beneficios). La  plusvalía (excedente bruto de la explotación) supone el 8,6% del valor global (PIB) durante el periodo 2000-06, mientras que los salarios a la zaga suponen el 6,5%. Comparativamente con el periodo anterior (1.996-00) aunque el valor añadido (salarios + beneficios) crece, la tasa de plusvalía y explotación aumenta una barbaridad (63), siguiendo la lógica de Marx empleada en El Capital.

1.996-2.000 2.000-2.006
Excedente bruto de explotación 6,3% 8,4%
Remuneración asalariados 7,7% 6,5%
Valor Añadido Bruto 14% 14,9%
Tasa de explotación 82% 129%

Tal redistribución y aumento de la explotación, la ha causado la extensión de los bajos salarios, la precariedad, la sobreexplotación de los trabajadores inmigrantes, una política industrial dependiente, y la inversión especulativa (suelo y turismo) en servicios y construcción en la búsqueda del beneficio rápido y barato (bajos salarios y fuerza de trabajo inmigrante sin derechos). Por ej., en el 2003 la construcción acaparó el 59,4% de la inversión de capital, mientras los bienes de equipo recibían sólo el 23,9%, con lo que el crecimiento de la renta y el empleo se ha centrado sobre la inversión en construcción, sector con alta precariedad. Disponer de fuerza de trabajo barata hace que el capital no se preocupe por aumentar la productividad mediante inversiones en nuevas tecnologías.

Esta situación de fractura, recorte de conquistas y derechos empieza al filo de las reformas del mercado iniciadas en la década de los 80 con la socialdemocracia en el gobierno, provoca una ruptura generacional en cuanto a las condiciones de trabajo, los derechos garantizados por las luchas del movimiento obrero se pierden, la diferenciación de las condiciones de vida y trabajo. Estas políticas neoliberales aplicadas en España, en lo general, incentivan el trabajo precario, la negociación individual, la facilidad del despido y la restricción del derecho de huelga, atacando la columna vertebral del movimiento obrero, la fuerza colectiva.

El aumento de la contratación temporal no causal, que se fomenta desde mediados de los 80, cambió por completo la fisonomía del empleo. De una ocupación prácticamente sin asalariados temporales se pasa, en sólo 5 años (1985-1990), a que un tercio tenga un contrato de duración determinada. Más de la mitad de la tasa de temporalidad se ubica en sólo 6 ramas: construcción, agricultura, comercio, hostelería, administraciones públicas y servicio doméstico, esta varía desde el 22,3% en la Industria, al 56,2% en la Construcción, el 58,7% en la Agricultura y el 27,2% en los servicios (2003). Hoy continúa empleándose el contrato temporal en un alto porcentaje sin atender a sus causas legales. Uno de los principales es el contrato de “entrada” a pesar de no ser ésta una causa legal para realizar este tipo de contratos. Evidencian este uso el que la mitad de los temporales sean jóvenes menores de 30 años y que la temporalidad afecte más a los inmigrantes, recién llegados al mercado de trabajo español. Por otro lado, la entrada de inmigrantes ha ampliado el ámbito de la economía irregular y ha hecho disminuir los costes laborales medios en aquellos sectores donde se localizan (servicio doméstico, agricultura, construcción, comercio y hostelería).

Esta ofensiva anti-obrera tampoco debe ignorar de que en la UE sólo el 12% de los empleos son inestables, y que el 88% restante son empleos permanentes, fundamento de un mayor grado de sindicalización. La inestabilidad es una realidad, pero los gobiernos neoliberales de derecha o socialdemócratas, utilizan la bandera de la precariedad precisamente para crear inseguridad y mermar la capacidad de lucha que la fuerza de trabajo estable objetivamente dispone e impedir que los inestables se organicen en el movimiento obrero. El trabajo precario y los salarios bajos desmovilizan, excluyen, generan fustración, alejan a los obreros que lo padecen de la cultura de clase y sindical, reforzando el individualismo como alternativa.

Esta es la nueva situación objetiva producto de la derrota, desde donde la clase obrera y las organizaciones sindicales de clase y la vanguardia política deben reorganizar a los destacamentos obreros hoy desvertebrados. No olvidemos que a lo largo de la historia del Movimiento Obrero los propios cambios organizativos del proceso de trabajo, acompañados de cambios legislativos, siempre han sido producto de la lucha de clases al mismo tiempo con la lógica de acumulación. De los oficios a la manufactura, de la manufactura al maquinismo, y en el maquinismo del Taylor-fordismo al toyotismo. Nuevas formas de doblegar la resistencia de los obreros tendentes a debilitar la fuerza colectiva organizada, que una y otra vez a lo largo de la historia el movimiento obrero supera a través de la lucha y la organización.

2.7.2.3 Toyotismo. De apéndice de la máquina a apéndice de la empresa.

El toyotismo como propuesta innovadora en la organización del trabajo, si por un lado supera y muy tímidamente la barrera física del obrero de ser apéndice de la máquina en cuanto a las operaciones monótonas y repetitivas, por otro lado rompe la solidaridad de clase que fue efecto de la masificación productiva. El grado de dependencia del capital se hace mayor, más intenso, no sólo de carácter físico sino psicológico. Se imprime un carácter más ideológico a las relaciones que busca la mayor implicación obrera en la obtención de beneficios, de apéndice de la máquina se convierte en apéndice de la empresa. Se da un giro superior en el reforzamiento de las relaciones ideológicas y políticas del capital sobre el trabajo.

Bajo el denominado Trabajo en Grupo, como esqueleto de la organización toyotista del trabajo, el control de la ejecución y rendimiento del trabajo se traspasa al propio Grupo de Trabajo, que eligen un líder (coordinador-portavoz), otorgando al grupo de autonomía en su funcionamiento, planificación y distribución de tareas asignadas, aumentando veladamente de forma autoregulada la presión sobre la fuerza de trabajo. Bajo esta forma organizativa el capital puede estimular más la competitividad entre obreros y grupos de producción, se incentiva la persecución y el auto-control de los propios obreros al imbuir que el absentismo (enfermedad, accidente, falta de rendimiento, etc.) perjudica al resto con la sobrecarga. Se incorpora una mayor carga de responsabilidades a los grupos (control desperfectos, reparación, etc.) lo que de ninguna forma significa una mayor autoridad o poder de decisión sobre el trabajo ya que no se discute sobre las condiciones de trabajo (salud laboral, tipo de contrato, nivel salarial, etc.) sino sobre pequeñas decisiones sobre cómo ajustar o recuperar producción. En la producción en cadena las tareas siguen siendo mayoritariamente parceladas, sólo se impone la rotatividad de los puestos, mientras que el enriquecimiento profesional se da en una parte reducida de las plantillas (profesionales de mantenimiento, manipuladores de máquinas e instalaciones, reparaciones o control de los grupos de trabajo) (65).

Con este sistema de división técnica del trabajo la lógica de acumulación de capital busca borrar los lazos de la solidaridad clasista empujando a los trabajadores hacia la auto-explotación común de todos contra todos. La organización sindical de los obreros/as en los grupos como antítesis a la ideología y prácticas integradoras, seguirá siendo la mejor receta igual que bajo los métodos fordistas, contra la disolución de la clase como cuerpo colectivo, reivindicativo y solidario (incorporación del sindicato en los grupos, elección y revocabilidad de los portavoces por los propios trabajadores, retribuciones líneales, control tiempos, prevención y normativas del convenio colectivo, etc).

El toyotismo como nueva ideología de la organización del trabajo capitalista es un mecanismo que intensifica la sobrecarga del trabajo, provocando efectos negativos (pérdida de resistencia frente al patrón, perdida de derechos de convenio habitualmente ignorados por la rutina toyotista, pérdida de puestos de trabajo, etc.). La flexibilidad que introduce la nueva forma de explotación de la fuerza de trabajo, aumenta el estrés de los obreros que con menos salario realizan funciones de mayor responsabilidad. Las plantillas centrales de las fábricas matrices tienden a reducirse con el traslado de actividades a empresas subcontratadas, mientras que las empresas satélites proveedoras con trabajadores precarios se amplían.

El toyotismo no siempre es producto de una mejora de las innovaciones tecnológicas, dado que también se puede aplicar sin innovación tecnológica, como ejemplo las pequeñas empresas de pocos trabajadores donde la unidad obrero-patrón es más sólida, como si fueran lazos familiares, y las posibilidades reivindicativas limitadísimas.

Por otra parte, no es riguroso considerar al movimiento obrero fordista como base genética del reformismo, como hace J. Miras (66). Craso error, cuando precisamente el toyotismo lo que busca implantar es la entrega en cuerpo y alma del proletario a la empresa. En este aspecto Gramsci definía las virtudes y libertades del obrero parcelado para disponer de mayor tiempo para la revolución, aludido en el famoso artículo Taylorismo y mecanización del trabajo tantas veces tergiversado por los nuevos paladines de las virtudes del toyotismo. En tal artículo (67) Gramsci analiza como elemento positivo y de resistencia que el proletario disponga de tiempo para pensar en su condición social de explotado y no esté absorbido mentalmente por la empresa a través de su conocimiento completo y la conciencia invertida sobre su papel de imprescindibilidad del proceso productivo, porque de esta manera el capital consigue no sólo intensificar la explotación materialmente, sino que el obrero se abstraiga de su condición de explotado intelectualmente. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el toyotismo.

No son una casualidad las investigaciones “sociológicas” burguesas del trabajo, tipificadas como Relaciones Humanas, Organización Científica del Trabajo, etc., financiadas por el capital  desde principios del siglo pasado bajo el dominio ya de los monopolios en su fase imperialista ya en los inicios del fordismo. Investigaciones “sociológicas” sujetas a la perversión de la ideología burguesa para reforzar el poder empresarial tanto político como ideológico en el marco de la fábrica, dando legitimidad al proceso de relaciones sociales y diluyendo los intereses y barreras de clase.

La racionalización del trabajo, la idea de que no hay antagonismos entre obrero y capital, que éstos son producto de una mala organización del trabajo, que en consecuencia el objetivo pasa por la máxima racionalización del proceso productivo, la eliminación de tiempos muertos y movimientos inútiles (cual autómata), introduciendo la retribución variable (destajos, primas, pluses, premios, etc.), las ideas con el objetivo de imponer el interés de empresa como bien común (verticalismo y corporativismo), la potenciación de la individualización de las relaciones laborales, el predominio político a través no sólo de la propiedad jurídica y real de los medios de producción, sino con el mantenimiento de estructuras rígidas y jerárquicas de dirección de la producción sobredeterminadas por la legislación estatal en materia laboral, etc., son aspectos que ya estaban implantados en el fordismo, frente al cual la clase obrera se organiza y rebela, dando lugar a elementos negativos para la acumulación de capital (absentismo, conflictividad, rotación del personal dentro y fuera de la empresa, efectos negativos a la calidad, etc.). En eso el toyotismo lo que ha hecho es reflotar los fundamentos derrotados en el fordismo por la resistencia obrera y ha avanzado mucho más allá que las anteriores propuestas de organización “científica” de la explotación, con la previa fractura de la condición colectiva de la clase obrera introducida gracias a la congelación de los procesos revolucionarios y a raíz de las contra-reformas laborales con el trabajo precario e inestable, la doble escala salarial, etc.

2.7.2.4 El toyotismo no es homogéneo

Con el toyotismo el capital intenta romper el equilibrio de clase del proletariado, ganado en la fábrica y en el barrio obrero, como tradicionales núcleos de solidaridad e identidad clasista, rompiendo el vínculo entre ambos, tratando de que la solidaridad clasista del barrio coincida cada vez menos con la solidaridad en el centro de trabajo, provocado por la desconcentración productiva, donde obreros de una localidad trabajan en empleos indirectamente relacionados sin el vínculo de la ocupación similar, conviviendo una minoría de obreros con alta calificación y mejores salarios y una gran mayoría de obreros no cualificados dentro de la propia empresa matriz y en las empresas proveedoras.

Por lo que es una falsedad que el toyotismo se haya implantado como organización no parcelada de la producción en toda la industria, ni tan siquiera de los países del centro imperialista. Tal es así que la situación con respecto al fordismo ha cambiado bien poco ya que en España el porcentaje de la población que trabaja en puestos de trabajo supervisados con un gran contenido repetitivo y manual ha ido en aumento, a pesar del toyotismo. Incluso la competencia inter-imperialista y la propia lucha de clases generan la deslocalización productiva que deriva procesos auténticamente fordistas a países de la periferia (India, Europa del Este, Latinoamérica) reactivándose la industrialización fordista en tales mercados, reduciendo las plantillas en los países centrales, creándose fábricas nuevas (68), o aprovechando instalaciones existentes, en países con menos costes laborales y mercados en crecimiento, donde la capacidad del movimiento obrero todavía es débil, y donde los nuevos sistemas de organización de equipos autónomos de trabajo no parece que vayan a imponerse en la globalidad del mundo laboral, ya que éstos se circunscriben en sectores concretos de trabajadores cualificados en determinadas partes del proceso productivo (69).

La división imperialista del trabajo internacional se mantiene bajo el toyotismo, no cambia, ya que en los países desarrollados se contentran las labores de gestión, diseño, investigación, ingeniería, planificación y comercialización, mientras en la periferia se ubica solamente, salvo excepciones, las actividades productivas de montaje. Con esto tenemos una polarización de la cualificación de la fuerza de trabajo entre el centro y la periferia. En el centro obreros altamente cualificados y retribuidos, y en la periferia trabajos menos cualificados y remunerados basado en producciones intensivas, de menor valor añadido, donde el bajo coste salarial es el elemento más competitivo a la acumulación de capital.

Por lo que la visión determinista y positivista de los cambios organizativos, hierra al pretender que los cambios se implantan simétricamente en todo el mundo capitalista, y defender que se haya pasado de forma definitiva del obrero/masa/parcelado/descalificado al obrero que recupera la unidad con el medio de producción en el proceso de trabajo (posesión efectiva en el uso de los medios de producción materiales) y controla el proceso productivo. Es decir, que según esta visión positivista hemos pasado a que el único elemento de trabajo es el cerebro humano, cosa poco cierta, y que el único medio de producción particular no socializado es el conocimiento adquirido por los obreros calificados, cultos, profesionales, etc. Nada más lejos de la verdad. Sin negar los cambios, introducidos en aquellos aspectos que rompen la regla, éstos no se pueden absolutizar, como tampoco se puede ignorar que el proceso de trabajo sigue sin estar en las manos de los obreros, ni lo controlan, ni producen lo que quieren, ni utilizan ni deciden sobre el excedente generado.

La abolición de la propiedad capitalista de los medios de producción sigue siendo el requisito previo a la implantación de las relaciones de producción socialistas, porque el proceso de explotación capitalista no es como algunos piensan un efecto duhringiano de causas extraeconómicas, de violencia política, sino de relaciones de producción y la contradicción de clases que arrastra.

En realidad los modelos de acumulación (liberal, keynesiano, fascista, neoliberal) están impregnados de una cierta mistificación de la realidad, puesto que en realidad nunca ha existido un modelo uniforme de acumulación de capital. El modelo de acumulación simple artesanal convivió durante mucho tiempo bajo el predominio del modelo de acumulación manufacturero e industrial, incluso el modelo fordista se inscribe en las grandes empresas, y sólo parcialmente se aplicaba a la pequeña producción. Siempre ha existido una diferenciación de la clase obrera, condicionada por el predominio de uno u otro modelo de acumulación y acentuada en mayor o menor medida por la correlación de fuerzas entre trabajo/capital. Digamos que el modelo neoliberal y toyotista, analizado en su amplitud, profundiza aún más en la diferenciación de la condición obrera, y la convivencia de diferentes modelos de acumulación. La intensificación de la subcontratación y externalización entreteje una amplia y variada red de relación entre las empresas basada en la centralización del capital y la fractura obrera, como realidad objetiva más adecuada para velar la contradicción capital/trabajo, individualizar o corporativizar las relaciones laborales, y socavar el sindicalismo de clase organizado. No obstante, ello sólo complica la resistencia obrera, pero no logra evitarla, pues como dato a destacar el efecto bumerang que tiene la sindicalización de los trabajadores de las empresas proveedoras subcontratadas por la gran empresa, al no coincidir las negociaciones de convenios, un conflicto en una o varias empresas proveedoras implica una parálisis de la actividad productiva total en la gran empresa.

2.7.2.5 La desvalorización de la fuerza de trabajo en el toyotismo

El proceso de acumulación de capital funciona a contra-tendencias en una dirección, la caída de la tasa de ganancias, provocado por la tendencia a mayorar la composición orgánica del capital, es decir la parte destinada a los medios de producción (maquinaria y tecnología) en detrimento del capital variable, que es la parte destinada a mantener y reponer la fuerza de trabajo.

La tendencia a aumentar la parte del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, es causado por la rivalidad entre capitales en la lucha por esferas de influencia y mercado en la búsqueda de la superganancia, y por la propia lucha de clases, dado que los medios de producción son un factor regulable y de fácil control, mientras que la fuerza de trabajo es un factor difícilmente regulable por el capital y fuente de conflicto permanente. Lo que provoca por una parte una reducción de la masa de obreros/as utilizada por el capital (superpoblación relativa), y por otra el aumento de la tasa de explotación absoluta que impulsa el aumento de la población sobrante, el ejército de reserva (parados + empleo inestable) a través de la precariedad laboral (lucha de clases).

Tal y como indica Samir Amin, el capitalismo se ha edificado privando a los productores de los medios de producción y de sus conocimientos (70), lo que significa siguiendo a Marx, la proletarización y semiproletarización creciente de la población. En el marco de esta tendencia los avanzados equipos de producción van apropiándose de los saberes y oficios de los obreros incorporándolos a la máquina, la fuerza de trabajo se desvaloriza porque la tendencia histórica del capital es la de expropiar los conocimientos y habilidades del obrero, donde ya no sólo se expropia el trabajo muscular sino también el trabajo celebral (su forma más clásica: los famosos círculos de calidad, ideas de mejora etc.).

Precisamente el movimiento obrero, ante los cambios, al carecer no ya de una estrategia de resistencia, sino de una experimentación ante lo nuevo, es arrastrado espontáneamente, y la ausencia de una renovación de la calificación de la fuerza de trabajo, que solo la lucha y organización reivindicativa puede establecer, provoca que ante la introducción de nuevas máquinas y tecnología se de un descenso de cualificaciones a través de eliminar del proceso productivo un oficio mediante nuevas formas de organización del trabajo, a través de la simplificación de las tareas con la introducción de nueva tecnología que exige menores conocimientos prácticos y permite la externalización de fases de trabajo para abaratar costes. No olvidemos, que la tecnología siempre se ha utilizado como una amenaza frente a colectivos profesionales de obreros, dado que la tendencia de las nuevas tecnologías permiten reemplazar a cualquier obrero al margen de su cualificación. Las máquinas de control numérico, introducidas en los años 70 y 80, por ejemplo, se desarrollaron para debilitar el control que sobre la producción ejercían los profesionales de oficio.

También hoy en el marco de la internacionalización de las relaciones de producción capitalistas, no cesa  la liquidación-sometimiento de las formas de producción precapitalistas de la periferia. Las Transnacionales, con el apoyo logístico de la OMC, defienden su derecho de apoderarse de los conocimientos agrarios de la periferia para reproducirlos bajo la forma de semillas industriales, privando a los campesinos del libre uso de sus conocimientos y medios, expropiando y destruyendo los medios de subsistencia de la población agraria, con lo que en su expansión el capital provoca la ampliación absoluta de la población sobrante disponible (71) y una proletarización creciente en condiciones de superexplotación.

Este proceso histórico de acumulación-crisis-concentración de capital y la expropiación de medios y saberes, que provoca una dialéctica proletarización/exclusión creciente de la población asalariada, marca la histórica línea de senelidad del capitalismo como modo de producción tal y como ha expresado Samir Amin (72), sin que se deba caer con ello en el determinismo. En tal sentido, los procesos revolucionarios que no ataquen el principio de propiedad están condenados a la reproducción del capitalismo, ya que sólo la propiedad social de los medios de producción y sus conocimientos son la condición innata para el aprovechamiento de las revoluciones tecnológicas de la producción.

Teniendo claro que rigen las relaciones de producción y la lucha de clases como motor de la historia, lo nuevo que incorpora el toyotismo como hemos visto no es tan nuevo, la ideología integradora sigue siendo la misma y los objetivos de acaparamiento de mayor plusvalía también.

Los nuevos fundamentos de esta forma de explotar la fuerza de trabajo, se basan en la diversificación de productos frente a la anterior estandarización en masa, flexibilización del proceso de trabajo en integración de tareas polivalentes (tareas parceladas manuales y deductivas), pasando tareas indirectas a producción y borrando en la función la diferencia entre trabajo indirecto y directo, ahorrándose las empresas un enorme gasto en empleos de supervisón que conlleva el control indirecto de la calidad, pudiendo disponer de mayor control sobre la fuerza de trabajo para intercambiar los operarios de producción a reparación y mantenimiento y viceversa, incorporando una diferenciación salarial por “aptitudes de trabajo” mas que por criterios sindicales de antigüedad y profesionalidad computables. Aplicar la flexibilización de la jornada de trabajo (jornadas adicionales, industriales, turnos especiales, etc.), junto a una adquisición de mayor tecnología, lo que en conjunto se le denomina automatización flexible, que permite eliminar tiempos muertos por avería, ofreciendo una mayor disponibilidad de la explotación de la fuerza de trabajo, una mayor integración intelectual del obrero a la empresa, aumentando las plusvalías en sus tres formas (absoluta, relativa y extraordinaria). Aspectos que como vemos y al contrario de lo que muchos piensan refuerza el poder de control del capital sobre los obreros.

De esta manera se exprime más la explotación, la fuerza de trabajo en consecuencia se desvaloriza producto de la mayor intensificación en el trabajo, que casi nunca va acompañado de mejoras en la clasificación salario-profesión, y se reducen puestos de trabajo, provocando la conversión del trabajo complejo en simple por la reducción del precio de la fuerza de trabajo que se viene produciendo en las empresas toyotistas (salarios de entrada, mejoras productivas sin retribución, etc.). En España no sólo se están creando más puestos de trabajo con salarios bajos, sino que los salarios medios y altos están creciendo mucho más lentamente que antes, por lo que la masa salarial colectiva se encuentra en retroceso. Como dato estadístico en los 10 principales países constructores de automóviles en el período comprendido entre 1.980-00 los costes laborales se han mantenido, ¡¡¡a pesar de la mayor creación de valor con menos fuerza de trabajo!!!. Ante ello, sólo las luchas reivindicativas consiguen una elevación salarial ante los cambios.

Ya hemos visto que el toyotismo no ha logrado superar la parcelización del fordismo en el proceso de trabajo, dado que la disponibilidad del obrero de una cantidad múltiple de tareas son añadidas a los mismos lugares de trabajo (cadenas, equipos de producción, etc.) la mayoría de las cuales son simples y rutinarias (control de la calidad, reparaciones simples de los medios de producción, limpieza del puesto de trabajo, etc.), tareas realizadas anteriormente por otros obreros que se integran al proceso productivo, son tareas de la frontera que hay en torno a la producción,  tareas que no requieren de grandes conocimientos, de “obreros cultos” como sugiere Miras, y en realidad estos siguen siendo una minoría dentro de las empresas. La denominada automatización flexible destructora de viejos oficios y creadora de nuevos, lo que provoca es una mayor diferenciación entre los obreros más calificados que son una minoría y los obreros no calificados que siguen siendo la mayoría, aunque hayan incorporado tareas rutinarias polivalentes a su quehacer, y aunque hayan conquistado aumentos salariares vía reivindicativa, lo que no modifica en nada su condición de obrero no calificado (73), desvalorizando en cambio otros oficios (control calidad, mantenimiento…).

2.7.2.6 Ofensiva neoliberal y alternativas de clase

Del debate en la década de los 80 sobre la mal llamada economía sumergida expresada exclusivamente en el trabajo irregular, de la cual dependían una parte de los procesos de producción y cambio, surgió como vencedora la tesis socialdemócrata de que había que reflotar y legalizar el trabajo irregular, el cual siempre se había utilizado por el capital como recurso para la recuperación de sus beneficios. Pero claro, dicha legalización no suponía el igualar al alza las condiciones de la fuerza de trabajo equiparando en derechos y condiciones a los trabajadores irregulares con los trabajadores estables y de trabajo calificado, sino a la inversa, reconocer las condiciones irregulares (salarios bajos, precariedad, prestaciones sociales inexistentes) para iniciar un proceso de ataque a las conquistas del proletariado con retrocesos profundos en los derechos y condiciones logradas (estabilidad en el empleo, prestaciones sociales, poder adquisitivo, etc.), igualando a la baja todas las conquistas del movimiento obrero. Ya que en realidad la economía irregular, a pesar de las reformas laborales, no ha parado de crecer desde la década de los 80 del 12,5% del PIB a casi el 25% actual, de 1,2 mill. de trabajadores irregulares a más de 4 millones.

A partir de ahí ya conocemos en España las distintas Reformas Laborales posteriores al Estatuto de los Trabajadores, destacando la reforma laboral de 1.984 que va a romper el principio de causalidad de la contratación permitiendo la utilización de contratos temporales en puestos de trabajo de naturaleza fija. El contenido de tales reformas se ha centrado en la flexibilización del mercado de trabajo (abaratamiento del despido, ampliación de sus causas, temporalidad en la contratación, recorte de las prestaciones sociales: pensiones, por desempleo, etc.), para terminar con la implantación de las ETTs y la cadena del subcontrato industrial como fase final del proceso de legalización y extensión del trabajo irregular en todo el país. Profundizando en la sobre-explotación mujeres y jóvenes obreros, y castiga a los obreros de mayor edad expulsados del mercado de trabajo.

Bajo la contemporaneidad del neoliberalismo las estrategias de acumulación recuperan viejas tesis sobre la sacrosanta virilidad del mercado a secas, donde el desempleo es un simple efecto temporal de desajuste entre la oferta y la demanda, donde la legislación laboral que contempla salarios mínimos, contratos de trabajo indefinidos y mecanismos de salud laboral, son rigideces, que impiden regular el equilibrio oferta-demanda, donde en consecuencia la flexibilidad, las diferencias salariales profundas ligadas a la jornada y los ritmos de trabajo, la temporalidad, el predominio empresarial absoluto sobre las condiciones de trabajo, permite un justo equilibrio de la economía y la utilización de la fuerza de trabajo.

Esta vieja tesis recuperada del trasto de los recuerdos, considera que las relaciones entre trabajador y empresario son de carácter mercantil, y no de carácter social, legitimando la individualización de las relaciones laborales donde el proletariado al no existir como clase social, no puede crear órganos de defensa y reivindicación (sindicatos), ni puede negociar ni presionar colectivamente dejando de trabajar, porque su relación mercantil le empuja a la competitividad entre ellos, por lo que la búsqueda por la mejora de sus condiciones de vida y trabajo, es inviable dentro de esa lógica mercantil.

Esta vieja tesis se mueve en el ámbito de la apariencia donde la libertad (personas libres empresario-trabajador, que voluntariamente celebran el contrato de trabajo) y la igualdad (ambos son poseedores de mercancías dinero-fuerza de trabajo), oculta el auténtico mundo de la producción en el que no existe ni la libertad, ni la igualdad ni la democracia, que Marx describiera con rigor con la regimentación laboral capitalista de la fábrica fundamentada en el autoritarismo en el que predomina la vigilancia y control, que son agudizadas con las nuevas normas laborales postfordistas. Tanto en unas formas de organización de la producción capitalista como en otras, en la fábrica integral o diversificada no hay capital sin jerarquía, ni capitalismo sin autoritarismo, el capital sigue asemejándose a esa cadena de mando de la estructura militar, donde la supervisión y dirección empresarial es ejercida de forma impersonal por la burocracia de mánagers con el único objetivo de devorar más plusvalía. Para Marx lo mismo que los ejércitos militares, el ejército obrero, puesto bajo el mando del capital, reclama toda una serie de jefes (directores, gerentes, mánagers) y oficiales (inspectores, capataces, contramaestres) que en el proceso de producción llevan el mando el nombre del capital. Estos jefes (jefes de taller, fábrica, etc) y oficiales (encargados, supervisores, etc.) exigen a los obreros máximo rendimiento, cargos de vigilancia y control que el capital necesita para disciplinar el proceso de producción para que los trabajadores no le saquen la vuelta al trabajo (74).

Ante esa realidad objetiva, el predominio de esa vieja tesis liberal-burguesa que individualiza al obrero en el marco de la lucha de clases, queda consagrada con la polarización y fractura de la clase obrera en cuanto a condiciones de trabajo, y es característica de muchas empresas proveedoras donde el empresario dirige el cotarro de las relaciones laborales.

En términos mercantil-liberales existe el otro mercado de trabajo (irregular, periférico, secundario o externo), reflotado y legalizado, donde los trabajadores están sujetos a condiciones precarias de contratación, de trabajo, de salario, etc, y por tanto a un mayor grado de autoritarismo y control por la red managerial burocrático-capitalista.

La capacidad de la clase obrera de contestar esta estrategia de segmentación depende de su grado de organización, la correlación de fuerzas que logre, y la ideología sobre la que se cimente su unión.

Si en la etapa de acumulación fordista-keynesiana se podía pensar que el trabajo asalariado tendía a crear unas condiciones igualitarias de vida y trabajo, esta se desmantela con la agigantada legalización del mercado de trabajo irregular, el cual permite al capital la reducción de costes con la precarización de las relaciones laborales, fundamentada en la flexibilidad en la contratación, la flexibilidad en la organización del trabajo y la jornada, la flexibilidad salarial con la aminoración de los conceptos fijos de salario y supresión de incentivos por antigüedad, etc., adaptándose sin trabas al mercado, al margen y en contra de los intereses colectivos de los trabajadores. Estas condiciones de trabajo y contratación segmentadas y precarias conllevan a una mayor concentración del poder empresarial. Los obreros estables ven mermadas la mejora de sus condiciones de trabajo, presionados a la baja en los salarios, jornada, ritmos etc. La diversidad en la contratación que persigue el modelo neoliberal, constituye un muro objetivo para el desempeño de la solidaridad de clase.

Esto es así, porque como ya hemos señalado, el poder real del empresario, cercado en la etapa de grandes luchas del movimiento obrero, ha recuperado su predominio indiscutido a raíz de la crisis. El aumento del desempleo, la situación política gobernada y dirigida por la fracción dominante de la burguesía, han permitido una evolución negativa de la legislación laboral, basada en el ataque a los derechos colectivos de los trabajadores y la fragmentación de las plantillas en las empresas.

La existencia de los potentes centros industriales en los cuales la masificación y la homogeneidad de la condición obrera supuso para el capital en los años 50‑70 una caída irreversible de la tasa de ganancia, siendo la base material en la constitución del fuerte movimiento obrero organizado, culminó con la ausencia de la ruptura revolucionaria en los 70 y la estabilidad del sistema que supuso la victoria de la estrategia capitalista de salida a la crisis, la cual a través de la desintegración productiva de la fábrica integral y el traslado a las periferias de centros industriales, originaron la actual composición de la fuerza de trabajo en condiciones de precariedad acentuada, paro masivo y de la actual situación de la clase obrera como fuerza social en retroceso organizativo y de lucha.

Dicha estrategia fue acentuada ante la falta de alternativas desde el movimiento obrero por no haber asumido el significado y los errores de la derrota y no ver los cambios de fractura que se estaban dando en el seno de la clase obrera. Diéronse dos alternativas  equivocadas, por una parte una actitud luddista que ignora la organización y movilización de la clase obrera fracturada que emergía, y por otra parte por los que aceptaban la legalización del trabajo irregular que acabaron por digerir la receta neoliberal. Tanto una como otra vía dentro del movimiento obrero condicionó en la España de los años 80 y 90 la imposibilidad de cimentar una alternativa de clase a la crisis.

La alternativa supone poder poner en movimiento a toda la clase, unificar las respuestas ante las agresiones de contenido social y político, y marcarse objetivos que unifiquen a toda la clase obrera. Exceptuando el breve paréntesis de la huelga de 1.985 contra el recorte de las pensiones y la huelga del 14‑D por la PSP contra el PEJ (1.988‑90) puede decirse que desde 1.978 no se ha restablecido un nuevo resurgir del Movimiento Obrero en España. Aunque también hay que destacar que las coyunturas no son estáticas de por vida, y que precisamente la Huelga General del 20 de junio del 2.002 contra el recorte de las prestaciones de desempleo, no sólo supuso una victoria de restauración de la mayoría de derechos derogados (salarios de tramitación, prestación fijos discontinuos, recuperación de las indemnizaciones por despido, cotización desempleo en vacaciones, etc.), sino que fundamentalmente supuso la aparición de la nueva generación de jóvenes obreros que han secundado mayoritariamente como nunca la convocatoria de huelga.

Lo que quiere decir que existen condiciones objetivas para organizar social y políticamente a la diversidad de la condición obrera sin excepción, y ello ya no puede hacerse únicamente desde las empresas matrices.

Ante la nueva realidad de las fábricas y barrios obreros, frente a la fractura es más necesaria una organización de los obreros por sectores y ramos que unifiquen en los territorios (localidades, comarcas, provincias) los objetivos y reivindicaciones de clase donde estén incorporados toda la clase (fijos, precarios, jóvenes, mujeres, inmigrantes, etc.), estructurando las reivindicaciones a través de convenios sectoriales, de ramo, etc, incorporando las nuevas realidades de la clase obrera, unificando para evitar el gremialismo y el corporativismo en las respuestas, donde las luchas de los obreros de empresas diferentes coinciden, ya que están ligados al mismo proceso (por ej. sector del auto, ramo del metal, etc), donde el objetivo de homogeizar a la clase hoy pasa por la lucha contra la precariedad, reduciendo las tasas de temporalidad existentes, aumentando el trabajo estable y de calidad recuperando la causalidad en el empleo, penalizando los despidos improcedentes con la readmisión y homogeneizando los derechos regulados en jornada laboral apostando por su reducción. En caso contrario, si los convenios sectoriales y la organización sindical en los sectores no se extienden, la base del poder sindical (gran empresa) se irá socavando irremediablemente.

No sólo son los convenios sectoriales la única alternativa viable frente a la estrategia patronal de segmentar la gran empresa, sino que también deben sumarse las necesidades básicas de los obreros en los barrios (enseñanza pública y de calidad, transportes públicos accesibles, viviendas asequibles, etc.) como cuerpo reivindicativo y de organización de mejora de las condiciones de vida frente a las envestidas contra el salario (especulación del suelo, privatización servicios, aumento de tasas e impuestos, recorte de las prestaciones sociales, etc), para recuperar la solidaridad e identidad clasista tanto en la fábrica como en el barrio.

Ello es posible y viable, ya lo demostró la clase obrera contra el franquismo, organizándose frente al fordismo en la fábrica y el hacinamiento especulativo en los barrios. No olvidemos que el reparto de la plusvalía en relación con el salario no se agota una vez el obrero recibe la nómina, continúa cuando se va a comprar, a recibir menos servicios públicos, al pagar más impuestos directos e indirectos, etc, lo que configura una nueva distribución en contra del salario que vuelve a parar a manos del capital. Tampoco olvidemos que nuestros salarios ingresan el 80% de la recaudación de Hacienda y suponen sólo la mitad de la Renta Nacional.

Por todo ello la unidad reivindicativa de los elementos inmediatos que configuran la condición obrera de vida y trabajo en las fábricas diversas de hoy dentro de una misma zona, y en los barrios adyacentes, de hecho sigue siendo una herramienta útil para la organización de la lucha del cuerpo clasista, y la configuración de los objetivos frente a todas las administraciones del Estado, de fiscalidad progresiva, sanidad y enseñanzas públicas y de calidad, transportes públicos, etc, que forman el salario diferido.

2.7.2.7 Conclusión. Toyotismo engendro de la lucha de clases

Las llamadas teorías del postfordismo, toyotismo, etc., no se pueden ver como un exclusivo desarrollo de las fuerzas productivas con el factor trabajo (polivalencias, integración de tareas y responsabilidades, organización del trabajo, etc.) y factor tecnológico (medios de producción y aplicación de la ciencia). Bajo este prisma exclusivista caeríamos en el materialismo vulgar.

Los últimos cambios directos en el desarrollo de las fuerzas productivas son un efecto directo de la lucha de clases, de la competencia inter-imperialista, del retroceso de las conquistas obreras y del avance de las estrategias de la acumulación de capital, promovidas por el marco sociopolítico, económico y legislativo existente que las han hecho posibles y viables y que expresan la necesidad material de las relaciones de producción capitalistas de recomponer los resultados de la crisis con la recuperación de la tasa de ganancias general del sistema capitalista.

Son dos elementos contradictorios que conviven dentro de las relaciones de producción capitalistas, por un lado el desarrollo de unas fuerzas productivas cada vez más potentes y socializables en su tecnología, organización y gestión de la producción, que absorbe crecientemente más labores profesionales y de pequeña producción, y por otro la explotación de una clase obrera marcada por la diversidad de su condición, producto de la sobreexplotación de amplios sectores de clase.

Concluyendo. El toyotismo es la consecuencia de 3 factores combinados, la competencia Inter.-imperialista, la crisis del sistema (caída de la Tasa de Ganancias), y la derrota/reflujo del movimiento obrero y el socialismo (lucha de clases). En consecuencia el paradigma toyotista:

  • Existe en algunos sectores en empresas matrices en parte, no es total y conviven con una precariedad creciente.
  • Es un mito ideológico que desintegra a la clase obrera y desdibuja las barreras de clase.
  • El fordismo no desaparece en su totalidad dentro de las mismas fábricas y se traslada a otros países recolonizados, Asia-Pacífico (penetración USA y Japón), Este de Europa (penetración alemana) y Latinoamérica (penetración USA y Alemania).
  • Se fundamenta en la fabrica red mundial, vinculada a una planificación central transnacionalista.

Reconocer las transformaciones producidas en el modelo productivo capitalista (postfordismo, toyotismo, terciarización, etc), o en la composición de la clase obrera (mujeres, inmigrantes, jóvenes, técnicos) o en los derechos y condiciones de venta de la fuerza de trabajo (reformas laborales, ETTs, precariedad…) no puede llevarnos a desechar lo principal, que la clase obrera como clase explotada existe en la lucha de clases, despojados de la propiedad de los medios de producción, crean o realizan plustrabajo, plusvalía, más que el necesario para producir sus medios de vida, y todos están enfrentados por encima de todo a los capitalistas, quienes están interesados en aumentar la plusvalía realizada por todos ellos, aumentar su ganancia y la apropiación material de la riqueza social creada.

Hay teorías revisionistas o reformistas que lo mismo que buscan en el obrero toyotista la “nueva realidad” o “vanguardia” de la clase obrera, hoy tras la profunda crisis que atraviesa en capitalismo en su fase neoliberal buscan de la fragmentación de la clase obrera una clase diferente más precaria y más inestable. Por un lado los trabajadores no precarios, fijos, bien pagados, sindicalizados, con plenos derechos, asociado a los servicios públicos y a la industria privada, y por otro los trabajadores precarios (precariado), temporales, mal pagados, a tiempo parcial, sin derechos, asociado al sector servicios, subcontratas, jóvenes, mujeres e inmigrantes. El retroceso en la correlación de fuerzas proletariado/capital en occidente, España también, desde la crisis de 1.973, ha supuesto importantes cambios legislativos en materia laboral, apuntalando la reducción de derechos de los trabajadores, el fomento de la temporalidad, el abaratamiento del despido y el coste salarial, las ETTs, cambios en el modelo industrial con privatizaciones, toyotismo, jornadas flexibles, subcontratación, deslocalización, aumento del sector servicios en las metrópolis, y cambios en la composición de clase con el auge de la inmigración laboral, incorporación masiva de la mujer al trabajo, reducción del empleo agrario y aumento del proletariado urbano, aumento de la temporalidad.

Bajo el concepto de precariedad vemos el retroceso de las condiciones de venta de la fuerza de trabajo, producido en las últimas décadas, debido tal y como analizara Marx, a la presión del ejército de obreros en reserva, las sucesivas reformas laborales, el avance neoliberal y el debilitamiento del sindicalismo de clase organizado. Precisamente cuando Marx y Engels describían las penosas condiciones del proletariado inglés, nos recuerda la realidad presente, el trabajo infantil, el trabajo temporal e intestable, el trabajo mal remunerado, la sobreexplotación de los obreros irlandeses, etc. Ello es tan verdad, como verdad la afirmación de Marx que la tendencia del salario en el capitalismo es a la baja. Por tanto, el endurecimiento de las condiciones de vida del proletariado y la precariedad, son una tendencia intrísnseca al capitalismo, la norma, y el Estado de Bienestar, los empleos fijos y bien pagados, las bajas jornadas, un espejismo temporal cuya fecha de caducidad comenzó con la caída del campo socialista y el avance del imperialismo en su fase neoliberal.

Por tanto, tanto el modelo productivo que adquiere el capital para explotar a la fuerza de trabajo, como la fragmentación del proletariado ni son novedades, ni son ajenos al desarrollo del modo de producción capitalista y la lucha de clases. La sopa de ajo, hace mucho que se inventó.

NOTAS de LA LUCHA DE CLASES

(1) El desarrollo de la ciencia económica se desenvuelve a un nivel conceptual y de conocimiento que está sujeto al marco de la lucha de clases histórico-concreta, y en plena relación con la ideología de clase. Si bien A. Smith superó el planteamiento de la fisiocracia francesa al considerar el trabajo en general como actividad creadora de riqueza sin distinción, mientras la fisiocracia lo circunscribía a la actividad agraria, considerando al trabajo comercial y manufacturero como no productivo, y Ricardo por su parte superó el planteamiento de Smith del trabajo como valor universal, al determinar el valor por el tiempo de trabajo. Marx en El Capital llegaría más lejos al impregnar y profundizar el contenido científico de todos los conceptos empleados antes que él (Ganancia, Plusvalía, Trabajo, Valor), diferenciando el valor de uso y el valor de cambio, el trabajo concreto y el trabajo abstracto, el capital variable y el capital constante, y a diferencia de Ricardo que no analiza de forma pura la plusvalía confundiendo la ganancia y la plusvalía, Marx diferencia la ley sobre la tasa de ganancia de  la ley sobre la tasa de plusvalía, donde la plusvalía pasa a ser el concepto clave del modo de producción capitalista (tasa de explotación), incorporando un concepto nuevo: la fuerza de trabajo, que lo distingue del trabajo. Sin embargo, la economía burguesa a pesar de los incipientes avances científicos sin los cuales la economía marxista no hubiese dado lugar, se auto-deporta del conocimiento teórico al quedarse a medio camino secuestrada por la apariencia de la vida industrial, comercial y financiera, operando con términos (plusvalía, dinero, mercancía…) pero sin vislumbrar su esencia y anatomía interna, considerando tales categorías como atemporales y no como la abstracción teórica de determinadas relaciones sociales históricas y transitorias, hecho que sustenta su ideología en el marco de la lucha de clases.

(2) JM.Bermudo. El concepto de praxis en el joven Marx, pg. 342. Ed. Península.

(3) “Mi primer trabajo, emprendido para resolver las dudas que me asaltaban, fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho… Mi investigación desembocaba en el resultado de que tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida, cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del S. XVIII, bajo el nombre de sociedad civil, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política” (Marx, citado en El joven Marx, N. Lapin, Progreso, págs. 26 y 27).

(4). M. Lowy lo ilustra de la siguiente forma: “Esto nos conduce una vez más hacia el esquema de los jóvenes hegelianos: actividad del espíritu contra pasividad de la materia…por su carácter pasivo, el sufrimiento no puede asociarse al pensamiento, que es esencialmente actividad (actividad oprimida por el mundo filisteo).. Es evidente que esta concepción de los jóvenes hegelianos es contraria a la situación real: …es la rebelión activa de las masas obreras lo que es oprimido y reprimido, por el poder, en tanto que el “sufrimiento moral” de los intelectuales descontentos es pasivo… Es la situación particular de Alemania –enfrentamiento entre los hegelianos de izquierda y el Estado, falta de movimiento obrero- donde hay que buscar el origen social de esta ilusión y en la situación de Francia el punto de partida de la evolución de Marx después de 1.844.” (La teoría de la revolución en el joven Marx, págs. 70, 71 y 72, Ed. S. XXI).

(5) Así lo argumenta Marx:  “Así como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales, el proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales, y tan pronto como el rayo del pensamiento haya herido a este ingenuo suelo popular, se cumplirá la emancipación de los alemanes como hombres… La cabeza de esta emancipación es la filosofía, su corazón, el proletariado…” (citado por N. Lapin en El joven Marx, págs. 305 y 306).

(6) El Manifiesto del PC (Marx y Engels) Ed. Progreso, pags. 59 y 60.

(7) En la tesis 4 explica que el desdoblamiento del mundo en dos partes (imaginario y real) no consiste en reducir el primero al segundo, ya que el hecho de la realidad dual sólo puede explicarse por medio de las contradicciones en el mundo real, terreno, social. La ideología y la religión son producto de una práctica real, desgarrada por una contradicción social interna, que hay que comprender-conocer primero y revolucionarla superando la contradicción en la práctica. En la tesis 8 se reafirma que sólo en la práctica social y la comprensión de la misma se encuentra la solución de lo místico. Ya que la vida social es práctica material.

      En la tesis 1 destaca que el materialismo mecánico acepta la actividad humana, como objeto, como contemplación y no como práctica, omitiendo la capacidad subjetiva y la actividad revolucionaria. En la tesis 6 destaca que la esencia humana no es abstracta, genérica, sino efecto de una práctica social (relaciones sociales) histórica (trayectoria histórica), donde los individuos no existen al margen de las relaciones sociales. En la tesis 7 señala que el materialismo de Feuerbach no ve que los sentimientos e ideas son un “producto social” de individuos concretos, e históricamente determinados. Determinación de la superestructura por la base socioeconómica.

      En la tesis 9 el materialismo contemplativo se desnuda capaz de contemplar a los individuos sueltos en la sociedad civil, individuos con capacidad propia para pensar y decidir por su cuenta.  Marx le opone a este planteamiento la actividad sensorial entendida como praxis social, la determinación social del pensamiento humano, la determinación de las relaciones sociales en la práctica humana, donde el conocimiento tiene un carácter práctico, activo y no contemplativo.

      En la tesis 3 Marx señala que la coincidencia del cambio de las circunstancias con la actividad humana sólo se entiende como práctica revolucionaria en la teoría y en la actividad social. El ser social no es un simple efecto de las circunstancias y la educación como factores externos y extraños a su práctica, como principio natural que llama a la resignación y la pasividad. La liberación social no se coloca como producto del cambio de las circunstancias por si mismas, sino que es la práctica revolucionaria la que transforma la realidad, la teoría y los conocimientos. En eso los educadores también deben ser educados, ya que no disponen del saber absoluto, y deben aprender de la experiencia revolucionaria de las masas. El ser social cambia las circunstancias, transforma la realidad social y conoce la realidad al cambiarla por medio de la práctica, por eso son educados a través de la teoría y praxis revolucionaria y no de la contemplación.

(8) Marx-Engels, Las pretendidas escisiones de la Internacional, Obras Escogidas T IIº, p. 294).

(9) “Si la crítica estuviera mas familiarizada con el movimiento de las clases populares, sabría que la más extrema resistencia, experimentada por ellas en la vida práctica, las modifica día a día…aún sin necesidad de que el Espíritu Santo de la crítica les haga sombra de manera directa, saben elevarse espiritualmente”. (K. Marx La Sagrada Familia, Ed. Progreso pág. 155).

(10) “…la idea de algunos socialistas de que necesitamos el capital, pero no los capitalistas, es enteramente falsa. En el concepto del capital está puesto que las condiciones objetivas del trabajo –y éstas son el propio producto del capital- asuman frente a éste una personalidad o, lo que es lo mismo que sean puestas como propiedad de una personalidad ajena. En el concepto del capital está contenido el capitalista.” (Eltos. fundamentales para la crítica de la ec. política, Tomo Iº, pág. 476. Ed. S. XXI).

(11) “Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajos es lo que constituye el trabajo social global. Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. O en otras palabras: de hecho, los trabajos privados no alcanzan realidad como partes del trabajo social en su conjunto, sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los productos del trabajo y, a través de los mismos, entre los productores. A estos, por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas

Las formas que imponen la impronta de mercancías a los productos del trabajo y por tanto están presupuestas a la circulación de mercancías, poseen ya la fijeza propia de formas naturales de la vida social, antes de que los hombres procuren dilucidar no el carácter histórico de estas formas –que, mas bien cuentan para ellos como algo inmutable- sino su contenido. De ésta suerte fue sólo el análisis de los precios de las mercancías lo que llevó a la determinación de las magnitudes del valor; sólo la expresión colectiva de las mercancías en dinero, lo que indujo a fijar su carácter de valor. Pero es precisamente esta forma acabada del mundo de las mercancías –la forma dinero- la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales

Formas semejantes constituyen precisamente las categorías de la economía burguesa. Se trata de formas del pensar socialmente válidas, y por tanto objetivas, para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías. Todo el misticismo del mundo de las mercancías, toda la magia y la fantasmagoría que nimban los productos del trabajo fundados en la producción de mercancías, se esfuma de inmediato cuando emprendemos camino hacia otras formas de producción” (Karl Marx, El Capital Ed. S. XXI, págs. 89, 90, 92 y 93. Libro I° Vol.1).

(12) Ver K. Marx Líneas fundamentales de la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) Primera Mitad (K. Marx) Ed. Crítica. Grijalbo. 1.977.

(13) Cinco Dias 27-03-2000.

(14) El coste laboral bruto medio de todas las actividades, incluyendo sueldos y salarios, cotizaciones obligatorias, cotizaciones voluntarias, prestaciones sociales directas, idemnizaciones por despido, gastos de formación profesional, gastos de transporte, etc, supusieron 23.183,45€ en el 2.000 y 26.611,13€ en el 2.006. Por otro lado el IPC evolucionó un 24,8% de crecimiento entre enero de 2.000 y diciembre de 2.006. (fuente web INE).

(15) Ver encuesta financiera de las familias 2.005, págs: 53, 57 y 59. Boletín económico diciembre 2.007 del Banco de España).

(16) “…es el mismo mecanismo de ilusión social el que está en juego cuando se considera que una relación social es la cualidad natural… de un sujeto. Tal es el caso del valor: esta relación social aparece en la ideología burguesa como la cualidad natural… de la mercancía o de la moneda. Tal es el caso de la lucha de clases: esa relación social aparece en la ideología burguesa como la cualidad natural… del hombre (libertad, trascendencia). En los dos, la relación social es escamoteada; la mercancía o el oro tienen valor por naturaleza, el hombre es libre y hace historia por naturaleza… Algo es seguro: no se puede partir del hombre porque significaría partir de una idea burguesa del hombre, y porque la idea de partir del hombre… la idea de un punto de partida absoluto (= de una esencia) pertenece a la filosofía burguesa. El hombre es un mito de la ideología burguesa: el Marxismo Leninismo no puede partir del hombre. Parte del período social económicamente dado, y al término de sus análisis, puede llegar a los hombres reales. Estos hombres son pues el punto de llegada de un análisis que parte de las relaciones sociales del modo de producción existente de las relaciones de clase y de la lucha de clases…

Que desaparezca el problema del hombre sujeto de la historia no quiere decir que desaparezca el problema de la acción política… La crítica del fetichismo burgués del hombre le da toda su fuerza, sometiéndola a las condiciones de la lucha de clases, que no es una lucha individual, sino que deviene una lucha de masa organizada para la conquista y transformación revolucionaria del poder de Estado y de las relaciones sociales. No quiere decir que el problema del partido revolucionario desaparezca, porque sin él, la conquista del poder de Estado por las masas explotadas, conducidas por el proletariado, es imposible. Pero esto quiere decir que el papel del individuo en la historia, la existencia la naturaleza, la práctica y los objetivos del partido revolucionario no son determinados por la omnipotencia de la trascendencia, es decir la libertad del hombre, sino por otras condiciones, por el estado de la lucha de clases, por el estado del movimiento obrero, por la ideología del movimiento obrero (pequeño burguesa o proletaria), y por su relación con la teoría marxista, su línea de masa y sus prácticas de masa. (Althusser, Para una crítica de la práctica teórica, S. XXI, págs. 36,37,38 y 39).

(17) “La condición para conocer todos los procesos del mundo en su auto-movimiento, en su desarrollo espontáneo, en su vida real, es conocerlos como una unidad de contrarios. El desarrollo de la lucha de los contrarios… En la primera concepción del movimiento queda en la sombra el auto-movimiento, su fuerza motriz, su fuente, su motivo (o bien se atribuye su fuente a algo externo: a Dios, al sujeto, etc.). En la segunda concepción la atención fundamental se concentra, precisamente en el conocimiento de la fuente del auto-movimiento… Únicamente la segunda da la clave del automovimiento de todo lo existente; sólo ella da la clave de los saltos, de la interrupción de la continuidad del desarrollo, de la transformación en contrario, de la destrucción de lo viejo y del surguimiento de lo nuevo. La unidad (coincidencia, identidad, equivalencia) de los contrarios es condicional, temporal, transitoria, relativa. La lucha de los contrarios, que se excluyen mutuamente, es absoluta, como es absoluto el desarrollo, el movimiento”. (Lenin, En torno a la cuestión de la dialéctica, Obras Completas, Progreso).

(18) Ver Lukacs sobre Lenin, Ed. Grijalbo, pág. 80.

(19) “Para los reformistas (incluso si se declaran marxistas) no es la lucha de clases lo que está en el primer rango, sino las clases. Tomemos un ejemplo sencillo, y supongamos que sólo existen dos clases en presencia. Para el reformista, las clases existen antes de la lucha de clases, un poco como dos equipos de rugby existen, cada uno por su lado antes del encuentro. Cada clase existe en su propio campo, vive en sus propias condiciones de existencia; una clase incluso puede explotar a la otra, pero eso no es todavía lucha de clases. Un día las dos clases se encuentran y se enfrentan, y sólo entonces comienza la lucha de clases. Ambas se van a las manos, el combate se torna agudo y finalmente la clase explotada se impone a la otra (es la revolución) o sucumbe en la lucha (es la contrarrevolución). Las clases existen antes de la lucha de clases, independientemente de la lucha de clases y la lucha de clases existe sólo después.

Por el contrario, para los revolucionarios no es posible separar las clases de la lucha de clases. La lucha de clases y la existencia de las clases son una misma y sola cosa. Para que en una sociedad haya clases es necesario que la sociedad esté dividida en clases; tal división no se hace a posteriori, pues lo que constituye la división en clases es la explotación de una clase por la otra, o sea la lucha de clases. Porque la explotación es ya lucha de clase. Para comprender entonces la división en lucha de clases, la existencia y la naturaleza de las clases, es necesario partir de la lucha de clases. Por lo tanto es preciso colocar la lucha de clases en primer rango.

Pero entonces es preciso someter la Tesis 1 (las masas hacen la historia) a la tesis 2 (la lucha de clases es el motor de la historia). Esto quiere decir que la potencia revolucionaria de las masas solo es potencia en función de la lucha de clases… es necesario superar la imagen del campo de rugby… Pero ¡cuidado con el idealismo!. La lucha de clases no se desenvuelve en el aire ni sobre un campo de rugby… está anclada en el modo de producción, o sea de explotación de una sociedad de clases. Es necesario entonces considerar la materialidad de la lucha de clases, su existencia material. Esta materialidad, es en última instancia, la unidad de las relaciones de producción y de las fuerzas productivas bajo las relaciones de producción de un modo de producción dado, en una formación social histórica concreta. Esta materialidad es a la vez la base de la lucha de clases y al mismo tiempo su existencia material, puesto que es en la producción que tiene lugar la explotación, es en las condiciones materiales de explotación que está fundado el antagonismo de las clases, la lucha de clases. Esta verdad profunda ha sido expresada por el Marxismo-Leninismo en la conocida tesis de la lucha de clases en la infraestructura, en la economía, en la explotación de clases, y en la tesis del enraizamiento de todas las formas de la lucha de clases en la lucha de clase económica. Con esta condición la tesis revolucionaria de la primacía de la lucha de clases es materialista” (L. Althusser, Para una crítica de la práctica teórica, S. XXI, pg. 33, 34 y 35).

(20) A. Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Ed. Era. Libro IVº, pág. 253.

(21) Ver J. Petras, ¿A dónde va Brasil? (Ed. Rebelión). El PT introdujo los presupuestos participativos en varias localidades con el fin de incentivar el control popular y el aprendizaje de gobierno. Hasta ahora tales medios no han logrado empalmar con una práctica de lucha contra la clase dominante, reduciéndose su labor a una simple autoadministración de la pobreza dada la escasez de recursos propios con los que cuentan los municipios.

(22) Perry Anderson, citado por Monereo en Realitat n° 3-4, pgs. 9 y 10.

(23) “Para el análisis de clases existe una dinámica objetiva que empuja al cambio, la dinámica de las fuerzas productivas, dinámica que viene acelerada, reducida, orientada o modificada por el resultado de otra dinámica, la resultante del enfrentamiento entre las fuerzas sociales producidas por las relaciones de producción existentes en cada momento. La dinámica social es así dinámica de cambio, no de perfeccionamiento, bien porque las fuerzas victoriosas sean las fuerzas que quieren el cambio o bien porque se impone el no cambio por la victoria de las fuerzas conservadoras…” (G. Duran. El concepto de clase social. Pág. 34).

(24) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. Pgs. 266, 267. Ed. Biblioteca Nueva.

(25) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. pág. 267. Ed. Biblioteca Nueva.

(26) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. pág. 318. Ed. Biblioteca Nueva.

(27) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. pág. 275. Ed. Biblioteca Nueva.

(28) El mayor problema con que se han encontrado los revolucionarios de África y Asia son los enfrentamientos religioso-raciales, secuelas de la política colonial.

(29) “Muy lejos de desear la transformación revolucionaria de toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, la pequeña burguesía democrática tiende a un cambio del orden social que pueda hacer su vida en la sociedad actual lo más llevadera y confortable. Por eso reclama ante todo la reducción de los gastos del Estado por medio de una limitación de la burocracia y la imposición de las principales cargas tributarias sobre los grandes terratenientes y los burgueses. Exige, además, que se ponga fin a la presión del gran capital sobre el pequeño, pidiendo la creación de instituciones crediticias del Estado y leyes contra la usura, con lo cual ella y los campesinos tendrían abierta la posibilidad de obtener créditos del Estado en lugar de tener que pedírselos a los capitalistas, y además en condiciones ventajosas; pide igualmente el establecimiento de relaciones burguesas de propiedad en el campo mediante la total abolición del feudalismo. Para poder llevar a cabo todo eso necesita un régimen democrático, ya sea constitucional o republicano, que les proporcione una mayoría a ella y a sus aliados.” (Marx y Engels, Mensaje del C. Central a la Liga de los Comunistas, p. 182, Obras Escogidas. Tomo I).

(30) Marx. El Capital. S. XXI.Vol. 3°. Tomo I°, pgs. 951, 952, 953 y 954.

(31) “…el proletariado es revolucionario frente a la burguesía porque, nacido él mismo sobre el terreno de la gran industria, aspira a arrebatarle a la producción el carácter capitalista que la burguesía intenta eternizar. Pero el Manifiesto añade: los estratos intermedios… (son) revolucionarios… a la vista de su inminente tránsito al proletariado. Desde este punto de vista es de nuevo una tontería decir que constituyen –junto con la burguesía- y además con los feudales, frente a la clase obrera, -sólo una masa reaccionaria-.” (Crítica del Programa de Gotha. Ed. Materiales, págs. 98 y 99).

(32) J. Miras. Una oportunidad para la refundación de la política. Ed. El Viejo Topo.

(33) K. Marx, El Capital, Tomo I°. Vol 3°, pág. 954. Ed. S. XXI.

(34)K.Marx El Capital Vol. 3° Tomo I°, pág. 834 y 835. Ed. S.XXI

(35) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid.

(36) Marx. El Capital. Tomo II. Vol. 4º. Capitulo I, pgs. 62 y 63. S. XXI.

(37) Lenin. Ver “Carta a un camarada sobre nuestras tareas de organización”. Obras Completas, tomo VIº, pág. 265. Ed. Progreso.

(38)(39) Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, Ed. Júcar, p. 43.

(40) Desindustrialización y crisis del neoliberalismo. Adrián Sotelo Valencia, p. 19) Ed. Rebelion

(41) Chris Harman “Debate Chris Harman-Michael Hardt: Clase obrera o la multitud”. Ed. Espai Marx. http://www.espaimarx.org/130604aa-3.htm.

(42) Dicen, 99 historias sobre la globalización, el libre mercado capitalista y la guerra. Págs. 108 y 110 Hendrik Vaneeckhaute.

(43) K. Marx. El Capital. Tomo I. Vol.2º. Capitulo XIII. 2 Trasnferencia de valor de la maquinaria al producto. Págs. (470-480). Ed. S.XXI.

(44) K. Marx, El Capital, tomo I, pág. 616. Ed. S. XXI. En las 3ª y 4ª ediciones figuraba este texto: “Para trabajar productivamente ahora ya no es necesario hacerlo directa y personalmente; basta con ser órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera de sus funciones parciales. La definición originaria del trabajo productivo brindada más arriba, derivada de la propia naturaleza de la producción material, sigue siendo válida para el obrero global, considerado como totalidad. Pero ya no es aplicable a cada uno de sus miembros, tomado singularmente”.

(45) Marx, Teorías de la Plusvalía. T. Iº, p. 222. Ediciones Alberto Corazón. Madrid. 1974.

(46) Marx consideraba tanto al comerciante como al banquero como componentes de la burguesía, no ligada de forma directa al proceso productivo, y en consecuencia ni a la producción directa de la plusvalía, a la cual le correspondería una fracción del proletariado comercial y  servicios. Fracciones del proletariado que no crean plusvalía sino que garantizan con su trabajo su reparto para el capital comercial y de servicios además de su realización para el conjunto del capital en todo su ciclo, y por tanto, de una forma como de otra (creación o realización de la plusvalía) sin el trabajo proletario que trasciende el valor de la fuerza de trabajo, el modo de producción capitalista, a través de su proceso de acumulación sin creación o realización de la plusvalía, sería imposible.

(47) “En un aspecto, tal trabajador de comercio es un asalariado como cualquier otro, en otro aspecto ¿puede el capitalista comercial apropiarse de la parte de plusvalía que le cede el capital industrial, sin el proletariado comercial?. En primer lugar, en la medida en que lo que compra trabajo es el capital variable del comerciante, y no el dinero gastado como renta, lo cual se lo compra también no para adquirir un servicio privado, sino con el fin de la auto-valorización del capital adelantado. Segundo, en la medida en que el valor de su fuerza de trabajo expresada en salario, está determinado, como en el caso de todos los restantes asalariados, por los costos de producción y reproducción de su fuerza de trabajo específica y no por el producto de su trabajo.

Pero entre él y los obreros directamente ocupados por el capital industrial debe existir la misma diferencia que existe entre el capital industrial y el capital comercial… Puesto que el comerciante, en cuanto mero agente de la circulación, no produce valor ni plusvalor… también es imposible que los trabajadores del comercio a los que ocupa en las mismas funciones puedan crear directamente plusvalor para él. Aquí lo mismo que en el caso de los trabajadores productivos, suponemos que el salario está determinado por el valor de la fuerza de trabajo, es decir que el comerciante no se enriquece por deducción del salario… no se enriquece estafando a sus dependientes, etc… La relación del capital comercial para con el plusvalor es diferente a la que guarda con éste el capital industrial. Este último produce el plusvalor por apropiación directa de trabajo ajeno impagado. El primero se apropia de una parte de este plusvalor haciendo que el capital industrial le transfiera esa parte… El trabajo impagado de estos dependientes, a pesar de no crear plusvalor, crea empero para él apropiación de plusvalor, lo cual es exactamente lo mismo para este capital, en cuanto a su resultado… es para él fuente de la ganancia. De otro modo jamás podría desarrollarse la actividad comercial en gran escala, a la manera capitalista.

      Así como el trabajo impagado del obrero crea directamente plusvalor para el capital productivo, así el trabajo impagado de los asalariados comerciales crea para el capital comercial una participación en dicho plusvalor.”.(Marx, El Capital, S. XXI, T. IIIº vol. 6°, p. 375, 376 y 377).

(48) Universidad y división del trabajo (M. Sacristán).

(49) Joves i món laboral (Toni Salvadó). Nous Horizonts, pág. 39, nº 180 (2.005).

(50) K. Marx. El Capital. Tomo I. Vol.2. págs. 512,513. Ed. S.XXI.

(51) “Para trabajar productivamente ahora ya no es necesario hacerlo directa y personalmente; basta con ser órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera de sus funciones parciales. La definición originaria de trabajo productivo brindada más arriba, derivada de la propia naturaleza de la producción material sigue siendo válida, para el obrero global, considerado como totalidad. Pero ya no es aplicable a cada uno de sus miembros, tomado singularmente”. K. Marx, El Capital, tomo I, pág. 616. Ed. S. XXI. Es decir, para Marx el producto se transforma de un producto inmediato de los productores individuales en un producto social y común del obrero colectivo compuesto por un personal de trabajo combinado cuyos miembros participan, de cerca, o de lejos, en el manejo de la materia. Con el carácter cooperativo del proceso de trabajo, el concepto del trabajo productivo de sus ejecutores se amplía necesariamente, concepto en el que para ser productivo no es ya necesario poner por sí mismo manos a la obra, sino que basta con ser un órgano del trabajador colectivo.

(52) “Conforme va desarrollándose la producción típicamente capitalista, en que muchos obreros cooperan a la producción de la misma mercancía, va modificándose forzosamente la relación directa que existe entre su trabajo y el objeto de la producción. En una fábrica, los peones no intervienen directamente en la elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de vigilar a los que trabajan en esas faenas de elaboración son ya de una categoría un poco superior; los ingenieros trabajan principalmente con la cabeza. Pero el resultado es el producto de ese conjunto de obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor. Considerado como fruto del simple proceso de trabajo, este resultado se expresa en mercancías o en productors materiales. Y todos en conjunto, en cuanto obreros, son como las máquinas vivas que fabrican esos productos. Del mismo modo, si enfocamos el proceso de producción en su conjunto, vemos que cambian su trabajo por capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía, el dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se caracteriza, en efecto, por el hecho de separar y encomendar a personas distintas los diversos trabajos, intelectuales y manuales; lo cual no impide que el producto material sea el producto común de todas estas personas ni que este producto común se traduzca en riqueza material; ni tampoco que dada una de estas personas sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un obrero productivo en el sentido más elevado de la palabra. Todas estas personas, además, de trabajar directamente en la producción de riqueza material, cambian directamente su trabajo por dinero considerado como capital y reproducen, por tanto, directamente, además de su salario, una plusvalía para el capitalista. Su trabajo está formado por dos partes; trabajo pagado y trabajo sobrante no retribuido” (K. Marx. Teorías de la Plusvalía. Tomo I, pág. 224. Ed. Alberto Corazón. Madrid. 1974.

(53) J.F. Tezanos. La sociedad dividida. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid.

(54) Ver La Iª Internacional http://www.antorcha.org.

(55) Engels opinaba cosas como estas: “…desde que la gran industria ha arrancado del hogar a la mujer para arrojarla al mercado de trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a menundo en el sostén de la casa, han quedado desprovistos de toda base los últimos restos de la supremacía del hombre en el hogar del proletario, excepto, quizás, cierta brutalidad para con las mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia…Su desigualdad legal que hemos heredado de condiciones sociales anteriores, no es causa, sino efecto, de la opresión económica de la mujer. En el antiguo hogar comunista, que comprendía numerosas parejas conyugales con sus hijos, la dirección del hogar, confiada a las mujeres, era también una industria socialmente tan necesaria como el cuidado de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a los hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y aún más con la familia individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter público. La sociedad ya no tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en servicio privado; la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción social. Pero esto se ha hecho de tal suerte, que si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida de la producción social y no puede ganar nada; y si quiere tomar parte en la indistrial social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con sus deberes de familia…Hoy en la mayoría de los casos el hombre tiene que ganar los medios de vida…El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletariado..el carácter particular del predominio del hombre sobre la mujer en la familia moderna, así como la necesidad y la manera de establecer una igualdad social efectiva de ambos, no se manifestarán con toda nitidez, sino cuando el hombre y la mujer tengan, según la ley, derechos absolutamente iguales. Entonces se verá que la manumisión de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.” (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Obras Escogidas de Marx-Engels. T IIIº, p. 259, 261 y 262. Progreso 1.974).

(56) El Estado de bienestar en España. Vicente Navarro. Ciutadanía y participació política, pág. 266. Ed. Fundació Pére Ardiaca. Barcelona 2.005. 

(57) ¿Puede sobrevivir el feminismo a la poralización en clases? (Barbara Ehrenreich) www.rebelion.org. marzo de 2.003.

(58) La emancipación de la mujer. V.I. Lenin. Ed. Progreso. Moscú.

(59) La situación actual de la economía española. Seminario Taifa, nº 1, pág. 9. Enero 2.005.

(60) Dicen, 99 historias sobre la globalización, el libre mercado capitalista y la guerra. Págs. 108 y 110 Hendrik Vaneeckhaute.

(61) La productividad es producto de un aumento de la composición organica de capital, que dispone de menos medios de producción y materias primas empleados por cada unidad de producto, o más productos en una unidad de tiempo. Ello es provocado fundamentalmente por una mejora de las fuerzas productivas (mayor tecnología y cualificación de los productores) lo que acelera la explotación extraordinaria y relativa de la fuerza de trabajo. El aumento de la intensidad o ritmos en el trabajo, aunque reduce el tiempo de producción, no se puede confundir con la productividad propiamente dicha o la mejora de las fuerzas productivas, ya que obedece más a la lógica de acercarse al límite físico e intelectual del desgaste de la fuerza de trabajo, con efectos negativos en la salud laboral, dentro de un espacio y tiempo determinados sin que le acompañe un desarrollo tecnológico sustancial de los medios de producción. Por ello cuando se habla de productividad, se debe confundirla con la mejora de las fuerzas productivas, no con  un aumento de los ritmos de trabajo con los mismos medios de producción y la misma fuerza de trabajo descalificada. Ya que el denominado toyotismo ha supuesto en algunos casos un simple cambio organizativo de puestos y aumento de carga de trabajo con las mismas fuerzas productivas, y ello da cuenta de que el aumento productivo obedece en estos casos mas a la destreza y mayor desgaste de la fuerza de trabajo que a la introducción de tecnología. Bajo el dominio de las relaciones de producción capitalistas los gerentes empresariales no diferencian entre la productividad y la intensidad, ya que ello obedece mejor a sus intereses, de modo que hacen pasar la segunda (que supone un desgaste fisico e intelectual) por la primera, como si el desgaste del obrero no ocurriera y el resultado del incremento de la producción fuera el exclusivo resultado de la mejora tecnológica y la organización del trabajo, ideológicamente en abstracto. Es falso e ilusorio llegar a plantear que esta intensificación del trabajo sea un método de trabajo que abstraido de las relaciones de producción explotadoras, vayan a liberar a los trabajadores del propio trabajo, ya que tal método sea cual sea su forma (taylorista, fordista, toyotiana…) está encaminado a garantizar la máxima rentabilidad del capital bajo la regulación de la ley del valor, donde el verdadero objetivo empresarial consiste en aumentar su tasa de ganancias, su alta cotización en la Bolsa a partir de una mayor explotación de la fuerza de trabajo, mediante el aumento de la jornada, las reducciones salariales sistemáticas y la intensificación de los ritmos, la acumulación de capital siempre ha operado y opera así.

(62) Encuesta financiera de las familias 2.005, Boletín del Banco de España, págs. 53,58 y 59.

(63) Los salarios en España, pág. 16 (Gabinete Técnico Confederal CC.OO.). Septiembre 2.007.

(64) Ver El Informe Petras de J. Petras, Ed. Ajoblanco 1.996.

(65) En SEAT, como empresa modelo del régimen toyotiano, se han creado figuras nuevas entorno a las cuales se han englobado tareas antes separadas por oficios (reparación-producción) o áreas (obreros directos o indirectos). Mantenedores en Mantenimiento; Monitor de montaje, Pintor Monitor, Conductores de Máquinas, Coordinadores…). El componente de la plantilla de SEAT entre obreros calificados y no calificados en esta empresa modelo oscila en torno a un 70% de los trabajadores/as destinados a realizar tareas manuales repetitivas y como mucho con la rotación sobre puestos similares; un 23% como trabajadores/as calificados ¡después de 12 años de toyotismo! y un 7% son mandos. Estos son los “grandes” logros de implantación del toyotismo en una de las empresas modelo del automóvil.

(66) Miras, en “Las facultades antropológicas que determinan la democracia”, parece haber encontrado en el museo de la historia natural del proletariado al artesanado y los obreros técnicos, al eslabón del sujeto con capacidad determinísticamente revolucionaria, lanzando maldiciones al obrero masa, por ser el culpable de haber creado las burocracias obreras. En el fondo, llega a similares conclusiones que otros intelectuales socialdemócratas e izquierdistas, sobre el concepto antropológico-estructural de la equiparación del prototipo revolucionario al grado de control y autonomía sobre las fuerzas de producción. No obstante, tiene razón cuando argumenta que la revolución no se organiza en virtud de los sufrimientos de los explotados, sino en función de sus capacidades. Pero induce en un doble error, espontaneísta al concluir que la revolución la organizan los explotados, en vez de hacerla, y cae en el determinismo mecánico al pretender cuantificar las capacidades revolucionarias del proletariado en función del grado de control técnico del proceso productivo, por lo que el obrero-masa como golira amaestrado sería menos revolucionario que el obrero de la manufactura, por ej.

(67) “… el proceso de adaptación a la mecanización…es difícil conseguir la máxima calificación profesional, que exige que el obrero olvide el contenido intelectual del escrito que reproduce, o no piense en él, para fijar la atención sólo en las formas caligráficas de las letras…la calificación del trabajador se mide precisamente por su desinterés intelectual, por su mecanización…Una vez consumado el proceso de adaptación, ocurre en realidad que el celebro del obrero, en vez de momificarse, alcanza un estado de completa libertad. Lo único que se ha mecanizado completamente es el gesto físico; la memoria del oficio a gestos simples repetitivos con ritmo intenso se ha anidado en los haces musculares y nerviosos y ha dejado el celebro libre y limpio para otras preocupacionesel hecho de no tener una satisfacción inmediata con el trabajo y el comprender que le quieren reducir a la condición de gorila amaestrado le puede llevar precisamente a un hilo de comportamiento poco conformista. Esta preocupación existe entre los industriales, como puede apreciarse por toda una serie de cautelas y de iniciativas –educativas- presentes en los libros de Ford…” (A. Gramsci, Antología, p. 480-481. Ed. S.XXI).

(68) La dimensión de las empresas Transnacionales ha cambiado a raíz de la combinación lucha de clases/competencia interimperialista/concentración-centralización de capital, en el sector del auto por ejemplo en los últimos 39 años desde 1.964 se ha pasado de 52 a 10 empresas Transnacionales. Si bien en los años 50/60 del siglo pasado, las empresas fabricantes del producto final sólo se encontraban en los países del centro, en las metrópolis imperialistas, en el resto (la periferia y semi-periferia) se derivaban fases de fabricación del mismo producto con menor valor añadido. A partir de los años 70-80 se empieza a cambiar, sobre todo a raíz de la crisis 1.973-74, y en los 90 se aceleran los procesos de fusiones y absorciones industriales, alianzas entre Transnacionales, coincidiendo con la saturación de los mercados del centro imperialista (Norteamérica, UE, Japón), lo que ha derivado que las empresas Transnacionales, implanten en la periferia (Asia-Pacífico, Latinoamérica y Europa del Este) centros industriales que fabrican todo el ciclo completo, desde los componentes hasta el montaje final, obteniendo mayores cotas de explotación y plusvalía, generando una nueva división internacional del trabajo en el sector, donde la deslocalización productiva cobra sentido desde la lógica de la acumulación y la lucha de clases, y es un arma dirigida contra el movimiento obrero.

(69) Ver Rodríguez del Río en Imperialismo y Humanidad (Ed. Rebelión).

(70) (71) (72) Ver Samir Amin “El capitalismo senil”

(73) Volviendo al ejemplo de SEAT, con un colectivo de trabajadores de oficio pulidores, los cuales a través de la integración de tareas, sellan la calidad de lo que fabrican como operación  de control, deductiva y celebrar junto a las habituales operaciones manuales de lijado y pulido de la carrocería. Esta integración de tareas se ha realizado en diversos colectivos de trabajadores, donde se pasan tareas simples de control que anteriormente se desarrollaba en Inspección de Calidad, las cuales se pasan a producción. Son tareas de la denominada periferia o frontera en torno a la producción. Ello no hace variar la condición del obrero-masa entre otras cosas porque no implica un mayor conocimiento del proceso global de la producción sino de una parte muy pequeña del proceso, mientras por el contrario lo que sí se produce es una aceleración de los ritmos de trabajo con incorporación de mas tareas (deductivas y de control) a la cadena y a pie de máquina.

(74) Esos trabajadores no directos dedicados al control y vigilancia, que no intervienen en la producción, no se deben de confundir con los obreros calificados, verificadores, mecánicos, electricistas, mantenimiento, etc., los cuales intervienen en la producción, jugando un papel técnico y productivo, mediante tareas de mantenimiento, reparaciones de averías, calidad, suministro de materiales, almacenamiento, etc., mientras que por el contrario los jefes de taller, supervisores y encargados, sí que juegan el papel de control y vigilancia de cara a disciplinar la fuerza de trabajo, el proceso de producción para sacar el máximo rendimiento. N. Kohan explica las metáforas militares que utiliza Marx en su referencia a la sociedad burguesa en El Capital:

SOCIEDAD BURGUESA EJÉRCITO
Fábrica      Cuartel
Capital       Alto mando militar
Capataces Suboficiales
Obreros     Soldados industriales
Obreros activos empleados Ejército activo
Obreros desempleados Ejército industrial de reserva
Población rural con tareas industriales  Infantería ligera
Reclutamiento fabril Reclutamiento militar
Libreta de castigos Código de justicia militar

 

 (Marx en su 3er mundo, págs. 219- 220) Ed.CIDCC J. Marinello. 2.003. La Habana).