FASCISMO Y LIBERALISMO

Publicado el 25 junio, 2018porBitacora de octubre en Economía, Historia, Política


El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht dijo una vez que ¿de qué servía decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se decía nada contra el capitalismo que lo origina?


Muchas veces se suele afirmar por parte de los liberales que el fascismo es (principio primero de la propaganda nazi de Goebbels, principio de simplificación y del enemigo único [en el caso liberal, el socialismo]).


A continuación, demostraré brevemente de manera empírica como el fascismo no tiene nada que ver con el socialismo (socialización de los medios de producción y abolición de la propiedad privada de estos) y como en realidad, el fascismo históricamente tiene vínculos con el liberalismo económico.

La Italia posterior a la Primera Guerra Mundial era un país convulso. Durante el Biennio Rosso el movimiento obrero estaba en auge, se formaban consejos fabriles, se ocupaban fábricas y fincas y se organizaban huelgas con frecuencia. Los capitalistas y latifundistas italianos temían por sus intereses y el miedo ante una posible revolución crecía. Estos, se fijaron en el joven movimiento fascista, capaz de suprimir violentamente a los socialistas y comunistas mediante el denominado squadrismo. En palabras de Hobsbawm (1998):


❝Las condiciones óptimas para el triunfo de esta ultraderecha extrema eran un estado caduco cuyos mecanismos de gobierno no funcionaran correctamente; una masa de ciudadanos desencantados y descontentos que no supieran en quién confiar; unos movimientos socialistas fuertes que amenazasen -o así lo pareciera- con la revolución social, pero que no estaban en situación de realizarla; y un resentimiento nacionalista contra los tratados de paz de 1918-1920. En esas condiciones, las viejas élites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922.❞ (pp. 133).


Aun siendo cierto que Mussolini perteneció en sus inicios al Partido Socialista Italiano (PSI), este fue expulsado del partido por sus ideas reaccionarias, renegó de este pasado posteriormente y en ningún caso se le puede calificar como socialista por ello, como expresaba en su obra más famosa (La doctrina del fascismo):


❝El fascismo está en contra del socialismo.❞ (Mussolini, 1935, pp. 3).


Tras la puesta en escena de la marcha sobre Roma en 1922, el rey Víctor Manuel III nombra a Mussolini primer ministro y le ordena formar Gobierno. Mussolini ya anteriormente había definido su política económica contraria a la intervención del Estado en la economía. En junio de 1921, en su primer discurso como miembro del Parlamento italiano, Mussolini declaró lo siguiente:

❝El Estado debe tener una policía, un poder judicial, un ejército y una política exterior. Todas las demás cosas, y no excluyo la educación secundaria, debe volver a la actividad privada de los individuos. Si uno quiere salvar al Estado, el Estado colectivista debe ser abolido.❞ (Bel, 2009, pp. 9).


En noviembre de 1921 (en su famoso discurso en el Teatro Augusteo), Mussolini reniega de su pasado socialista y abraza el liberalismo económico (que aplicará cuando llegue al poder en 1922):


❝En cuanto a la economía, somos explícitamente antisocialistas… Devolveré los ferrocarriles y la telegrafía a manos privadas, porque el estado actual de las cosas es indignante y vulnerable en todas sus partes. El Estado ético no es el Estado monopolista, el Estado burocrático, sino el Estado que reduce sus funciones a lo estrictamente necesario. Estamos en contra del Estado económico.❞ (Bel, 2009, pp. 9-10).

Aquí se puede encontrar el Discorso all’Augusteo íntegro, a continuación un fragmento:


❝En economía, somos explícitamente antisocialistas. No me arrepiento de haber sido socialista, he cortado lazos con el pasado. No tengo nostalgia. No se trata de entrar en el socialismo sino de salir de él. En materia económica somos liberales porque creemos que la economía nacional no puede confiarse a órganos colectivos y burocráticos. Después del experimento ruso basta de todo esto. Devolveré los ferrocarriles y la telegrafía a manos privadas, porque el estado actual de las cosas es indignante y vulnerable en todas sus partes.

El Estado ético no es el Estado monopolista, el Estado burocrático, sino el Estado que reduce sus funciones a lo estrictamente necesario. Estamos en contra del Estado económico. Las doctrinas socialistas se han derrumbado: han caído los mitos internacionales, la lucha de clases es un cuento de hadas porque la humanidad no se puede dividir. El proletariado y la burguesía no existen en la historia; ambos son anillos de la misma formación.❞
Benito Mussolini, 7 de noviembre de 1921. Discorso all’Augusteo.

De acuerdo con el programa adoptado por el Partido Nacional Fascista (PNF) en diciembre de 1921, los objetivos de este en el plano económico eran en sus puntos 8 y 9 respectivamente:


Devolver las empresas industriales, como el sistema telefónico y los ferrocarriles a empresas privadas. (Bel, 2009).


Renunciar al monopolio de los servicios postales y telegráficos, y permitir la iniciativa privada para ingresar al sector y eventualmente reemplazar el servicio estatal. (Bel, 2009).

Cabe hacer una puntualización, el Manifiesto fascista de 1919 no fue escrito por Mussolini, sino por Alceste De Ambris y Filippo Marinetti, quienes posteriormente renegarían del fascismo de Mussolini por reaccionario y contrario a sus planteamientos sindicalistas e izquierdistas, e incluso, De Ambris se exilió a Francia en 1923.


Durante todo 1922 Mussolini reafirmo sus intenciones de privatizar las empresas estatales. En un discurso en Udine en septiembre de 1922, poco antes antes de su llegada al poder, dijo:


❝Debemos poner fin al Estado ferroviario, al Estado postal, al Estado asegurador. Debemos poner fin al Estado que desperdicia el dinero de todos los contribuyentes italianos y empeora las finanzas agotadas del Estado italiano.❞ (Bel, 2009, pp. 10).


Mussolini, tras llegar al poder, forma un gobierno con los liberales y conservadores, con los que compartía su anticomunismo, su apoyo a la propiedad privada o su oposición a la lucha de clases. El destacado liberal italiano Benedetto Croce, por ejemplo, justificó el apoyo liberal a los fascistas. Según sus declaraciones al diario Giornale d’Italia, el 9 de julio de 1924, el fascismo era:


❝(Un) puente de transición para la restauración de un régimen liberal más severo en el marco de un Estado más fuerte.❞(Marcello Mustè, 2016).


El Partido Nacional Fascista concurrió a las elecciones generales de Italia de 1924 con el Partido Democrático Liberal, el Partido Liberal Italiano y el democristiano Partido Popular Italiano en la llamada Lista Nazionale. Los fascistas y liberales coaligados no tenían el suficiente apoyo popular, es así, que aprobaron la Ley de Acerbo (según la cual, el partido más votada que hubiera superado el 25% de los votos obtenía automáticamente 2/3 de los escaños en el parlamento) y de este manera, obtuvieron una mayoría absoluta en el parlamento. Y tras esto, los liberales y conservadores votaron a favor de Mussolini en una moción de confianza el 25 de junio de 1924.


Liberales italianos como Luigi Einaudi o Antonio Salandra dieron la bienvenida al fascismo (Losurdo, 2007). Este apoyo por parte de los liberales al fascismo no es de extrañar, ya que los principales promotores del liberalismo económico del siglo XX tuvieron amplios lazos con el fascismo. Ludwig von Mises, por ejemplo, aparte de ser un prominente cargo público durante la dictadura austrofascista de Engelbert Dollfuss (véase aquí), era miembro del partido fascista Vaterländische Front (Frente Patriótico) desde el 1 de marzo de 1934 (Hülsmann, 2007). Esto sucedió justo después de la guerra civil austríaca (12-16 de febrero de 1934) y de que Dollfuss ilegalizara el Partido Comunista de Austria y el Partido Socialdemócrata de Austria (Crouzet, 1961). Mientras, los miembros de dichos partidos eran perseguidos y asesinados. La simpatía de Mises hacia el fascismo venía de antes de la dictadura. Este, al igual que muchos liberales italianos, veía al fascismo como una ideología capaz de frenar a los comunistas y socialistas violentamente, así como de proteger la propiedad privada de los medios de producción de las nacionalizaciones de estos. Ya en 1927 Mises declaró (Mises, 1985):


❝Los valores liberales tradicionales, aún inconscientemente, siguen influenciando a los fascistas. […] No se puede negar queel fascismo y movimientos similares destinados al establecimiento de dictaduras están llenos de las mejores intenciones y que su intervención ha, por el momento, salvado la civilización europea. El mérito que el fascismo ha de ese modo ganado por sí mismo vivirá eternamente en la historia.❞ (pp. 49-51).


Mussolini, tras su llegada al poder, nombró a Alberto De Stefani como ministro de Finanzas en 1922 (De Corso, 2015). De Stefani era un conocido economista liberal que comenzó a aplicar medidas económicas laissez-faire. Mussolini definió en 1923 su posición económica así:

❝El Gobierno otorgará plena libertad a la empresa privada y abandonará toda intervención en la economía privada.❞ (Schmidt, 1939, pp. 115).


Se redujeron los impuestos, se privatizó empresas estatales, se suprimió los impuestos sobre la herencia introducidos anteriormente por los socialistas y se promovió las exportaciones mediante la reducción de los aranceles (De Corso, 2015). De Stefani siguiendo la teoría monetarista de la inflación, ordenó quemar 320 millones de liras (De Corso, 2015).


El gasto público se redujo, mientras que el gasto privado no paró de aumentar. Tras la llegada al poder de Mussolini, en 1922, en un solo año el gasto público se desplomó un 32%, y para 1929 solo representaba un 65,1% del nivel de 1922.

Gráfico 1: Evolución del consumo privado y del consumo publico en Italia (1922-1929):


En un discurso el 18 de marzo de 1923, ante el II Congreso de la Cámara de Comercio Internacional en Roma, Mussolini dijo:

❝Las direcciones económicas del nuevo Gobierno italiano son simples. Creo que el Estado debe renunciar a todas sus funciones económicas, particularmente aquellas de un carácter monopolista.❞ (Bel, 2009, pp. 10).


La Italia fascista fue uno de los primeros países de la historia moderna en privatizar empresas estatales (Bel, 2009). Los fascistas, cumpliendo sus promesas, privatizaron el monopolio estatal de la venta de cerrillas, suprimieron el monopolio estatal de los seguros de vida, se vendieron la mayoría de las redes estatales de teléfonos, devolvieron a manos privadas la empresa Ansaldo o permitieron concesiones privadas para gestionar los peajes de las autopistas (Bel, 2009).

Todas estas mediadas molestaron especialmente a la banca privada, debido a que la deflación afectaba a los valores en la bolsa, además de a la Confindustria, a la industria pesada y a los latifundistas privados, debido a la desprotección de los productos nacionales por la reducción de los aranceles y a la disminución de las ayudas gubernamentales a los propietarios privados (De Corso, 2009). Es así, que en 1925, se destituye a De Stefani por el empresario Giuseppe Volpi. Volpi, hasta su salida del cargo en 1928, mantuvo la política de restricción del gasto público (ver gráfico 1). 


Mussolini firma en 1929 los Pactos de Letrán con la Iglesia católica, lo que supone el restablecimiento pleno de las relaciones entre el Reino de Italia y la Santa Sede. Así mismo, los fascistas mantuvieron hasta 1943 la monarquía, durante 21 años. Se puede ver así el carácter ateo y republicano del fascismo, típico del socialismo (nótese la ironía).
Mussolini también prohibió las libertades sindicales, las huelgas y los sindicatos de clase, esto fue gracias al Pacto de Chigi y al Pacto de Vidoni con los grandes capitalistas italianos y la Cofindustria (Crouzet, 1961). El papel del fascismo es definido de la siguiente manera por Crouzet (1961):


❝En definitiva el fascismo es esencialmente un movimiento reaccionario y antiobrero, fundado en el mito de la eliminación de la lucha de clases; la destrucción de los partidos y los sindicatos son los primeros actos mediante los cuales desarma a los obreros y los coloca en una situación irremediablemente de inferioridad frente a los patronos.❞ (pp. 206).


Los fascistas también asesinan y detienen a sus opositores socialistas y comunistas, como en el caso de Giacomo Matteotti o Antonio Gramsci, muchos otros se exilian (Crouzet, 1961).


En 1927 Mussolini crea la llamada Carta del Lavoro, en ella se establecen una serie de pautas a seguir en el plano económico y social. En el artículo 7 de esta, se establece que la propiedad privada de los medios de producción es la forma de gestión empresarial más preferible:

❝El Estado corporativo considera la iniciativa privada en el campo de la producción como el instrumento más eficaz y más útil para los intereses de la nación.❞ (Mussolini, 1927, pp. 3).


Los fascistas introdujeron también el término corporativismo, que según la Real Academia Española (RAE) es:


❝Doctrina política y social que propugna la intervención del Estado en la solución de los conflictos de orden laboral, mediante la creación de corporaciones profesionales que agrupen a trabajadores y empresarios.❞


Es decir, los fascistas abogaban por la armonía de clases, diametralmente opuesta a la lucha de clases marxista, defendida por socialistas y comunistas.


El fascismo nunca fue un movimiento que representó a la clase obrera. En 1930, por ejemplo, de los 308 jefes fascistas italianos, 254 procedían de la pequeña burguesía (Crouzet, 1961). Según Crouzet (1961):

❝Desde 1933 apenas la mitad de los niños se han alistado en las diversas organizaciones fascistas, los obreros y campesinos se desinteresan de ellas y son especialmente las clases dirigentes las que inscriben a sus hijos.❞ (pp. 219).
Tras la crisis económica de 1929, que se extendió por todo el mundo capitalista hasta llegar a Italia, el Estado gana más peso en la economía, sin por ello cambiar el carácter capitalista de su economía, donde la gran mayoría de la economía estaba en manos privadas. Tras la crisis, se implementan una serie de medidas como el rescate de los tres mayores bancos privados italianos (De Corso, 2015). Es así, que se salva la propiedad privada tras la crisis, en 1934, el ministro de Agricultura fascista declaró:


❝Mientras que en casi todas partes la propiedad privada estaba soportando las mayores cargas y sufriendo los más duros golpes de la depresión, en Italia, gracias a las acciones de este Gobierno fascista, la propiedad privada no solo ha sido salvado, pero también se ha fortalecido.❞ (Schmidt, 1939, pp. 129-130).


En 1934, Mussolini aún mantenía su apoyo a la propiedad privada declarando:


❝La economía corporativa respeta el principio de la propiedad privada. La propiedad privada completa la personalidad humana.❞ (Schmidt, 1939, pp. 115).

El gasto público apenas varió durante el fascismo en Italia, de hecho, durante la mayor parte del fascismo, el gasto público se situó por debajo de los niveles previos a la llegada de Mussolini, entre 1919-1923 y 1935-1939 el gasto público solamente aumentó 0,5 puntos porcentuales (ver tabla 1). Entre 1920 y 1937 por el contrario, el gasto público aumentó 7,6 puntos porcentuales en los Estados Unidos, 7,1 puntos en Suiza, 8,3 en Canadá o 3,8 en el Reino Unido (Tanzi y Schuknecht, 2000).

Tabla 1: Gasto público italiano como porcentaje de la renta nacional (1919-1939):

1919-192326,10%
1923-192714,10%
1927-193115,90%
1931-193522,30%
1935-193926,60%

Fuente: Zamagni (1981).

En 1938, de los más de 19.287.000 trabajadores que había en Italia (Maddison,1997), solo un millón estaba empleado en el sector estatal (Zamagni, 1981), es decir, la fuerza laboral empleada en el sector público era aproximadamente de tan solo un 5,18%. De acuerdo con la Office for National Statistics (aquí), en Reino Unido por ejemplo, el sector estatal empleaba a 1,81 millones de personas en 1938, el 8,47% de la fuerza laboral, por lo tanto es rotundamente falso lo que muchas veces se dice sin evidencia empíricamente alguna, que “la Italia fascista era, después de la Unión Soviética, el país con el mayor sector público en el mundo.”


El establecimiento de la República Social Italiana (RSI) en 1943 y el Manifiesto de Verona en 1943 (en su punto 10 defendía la propiedad privada), fueron unas medidas desesperadas en el momento en que la guerra estaba perdida, cuando los Alados controlaban media Italia, y después de que algunos de los capitalistas italianos y el rey (aun así, no se libró del referéndum istituzionale tras la guerra) le habían retirado el apoyo a Mussolini (¡tras 21 años! en el poder) con la inminente victoria Aliada, viendo que sus propiedades podían ser expropiadas tras la guerra (como hizo De Gaulle en Francia, con Renault por ejemplo) por colaboracionismo con los fascistas/nazis. La RSI ni de lejos instauró el socialismo y no logró el objetivo de atraer a los trabajadores a su causa con un falso discurso obrerista, de hecho Mussolini acabó siendo asesinado por los partisanos comunistas y socialistas (pocos liberales había entre ellos).
Este artículo se centra principalmente en la llamada etapa liberal de la Italia fascista (1922-1929) y su único objetivo es demostrar que el fascismo o cualquier otra forma de gobierno dictatorial o autoritario y el liberalismo económico en la práctica no son del todo incompatibles como se suele pensar y afirmar, Pinochet y sus Chicago Boys o Videla y José Alfredo Martínez de Hoz son otros ejemplos.


Como el propio Hayek expresó en unas declaraciones fechadas a 12 de abril de 1981, al periódico conservador chileno El Mercurio (aquí) durante la dictadura de Pinochet:

❝A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una total falta de liberalismo. Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente.❞

Bibliografía:
Bel, G. (2009). From Public to Private: Privatization in 1920’s Fascist Italy. EUI Working Paper, RSCAS 2009/46. ISSN 1028-3625. 
De Corso, G. (2015). La política económica del fascismo italiano desde 1922 hasta 1943: breves consideraciones para su comprensión. Revista tiempo&economía, 2 (2), pp. 49-77.
Mussolini, B. (1935). La Dottrina del Fascismo. Roma: Istituto della Enciclopedia Italiana.
Hülsmann, J. G. (2007). Mises: The Last Knight of Liberalism. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. ISBN 978-1-933550-18-3.
Mussolini, B. (1927). The Labor Charter.
Mises, L. (1985). Liberalism: In the Classical Tradition. Irvington-on-Hudson, Nueva York: The Foundation for Economic Education/San Francisco, California: Cobden Press. ISBN 0-930439-23-6.
Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica. ISBN 987-9317-03-3.
Schmidt, C. T. (1939). The Corporate State in Action: Italy Under Fascism. Nueva York, N. Y.: Oxford University Press.
Crouzet, M. (1961). Historia General de las Civilizaciones: La Época Contemporánea. Volumen VII. Barcelona: Ediciones Destino. ISBN 84-233-0794-8.
Zamagni, V. (1981). Lo Stato italiano e l’economia: Storia dell’intervento pubblico dall’unificazione ai giorni nostri. Florencia: Le Monnier. ISBN 88-00-86020-6.
Losurdo, D. (2007). Contrahistoria del liberalismo. Barcelona: El Viejo Topo. ISBN 978-84-96831-28-5.
Maddison, A. (1997). La economía mundial 1820-1992: análisis y estadísticas. París: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. ISBN 92-64-44549-8.
Tanzi, V. y Schuknecht, L. (2000). Public Spending in the 20th Century: A Global Perspective. Cambridge: Cambridge University Press. ISBN 0-521-66291-5.

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