MARX, ENGELS Y LA CUESTIÓN DEL PARTIDO

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Augusto C. Buonicore (*)

Publicado y traducido en  http://www.jaimelago.org/node/119

Según algunos autores, el objetivo principal de Marx y Engels era la afirmación de la capacidad de “auto-emancipación del proletariado” y no una preocupación por una teoría del partido. Pero estos autores no se dieron cuenta de que el problema de la emancipación proletaria estaba estrechamente relacionado con su capacidad de construir un partido político independiente y de vanguardia.

Muchos autores marxistas, de diferentes tendencias, negaron que la cuestión de la construcción de un  partido de vanguardia del proletariado fuera uno de los problemas centrales de la agenda teórica y la política de Marx y Engels. El francés George Sorel en “La descomposición del marxismo” (1908), escribió: “El marxismo difiere notablemente del blanquismo en lo que dice respecto a la noción de Partido, que era capital en la concepción de los revolucionarios clásicos, porque retomó la noción de clase.” Harold Laski, exponente teórico del laborismo inglés, en su prefacio al Manifiesto Comunista (1947) siguió el mismo camino: “La idea de un partido comunista se da tras la Revolución Rusa; no viene de Marx ni Engels “.

El representante del ala izquierda del comunismo italiano, Rossana Rosanda, en un interesante artículo publicado en Il Manifesto (1969), también puso su granito de arena en esta construcción teórica, “Si en Marx no hay una teoría del partido es porque en su teoría de la revolución no hay necesidad de ella.” Otro autor contemporáneo marxista muy serio, Ralph Miliband, sigue esta misma opinión. En “Marxismo y Política”, publicado originalmente en 1976, dijo: “ni Marx ni Engels tenían una opinión exaltada del Partido como una expresión privilegiada de los propósitos y las demandas políticas de la clase obrera”.

A pesar de los diferentes matices, estos autores tienen en común la comprensión de que el objetivo principal de Marx y Engels habría sido la afirmación de la capacidad de “auto-emancipación del proletariado”. En eso no estaban del todo errados, pero lo que no se dan cuenta es que el problema de la emancipación proletaria está estrechamente relacionada con su capacidad de construir un partido político independiente y de vanguardia. Una cosa no se puede entender sin la otra. Esta tesis, unilateral, fue construida sobre citas dispersas y descontextualizadas extraídas de la obra de los dos revolucionarios alemanes. La mayoría de ellas expresadas en cartas escritas después de la derrota de las revoluciones de 1848-1849 y la crisis (y cierre) de la Liga de los Comunistas. En estos escritos llegaron a decir apresuradamente que no pertenecerían nunca más a partido alguno. Una promesa no cumplida. Esto sólo demuestra que incluso los grandes revolucionarios proletarios no son inmunes a las frustraciones que surgen después del reflujo de una revolución. Pero, como se suele decir, no podemos dejar que los árboles nos tapen el bosque.

Una posición más equilibrada es la que presentó Monty Johnstone en el artículo “Marx, Engels y el concepto del partido” (1967), que establece: “El concepto de partido proletario ocupa una posición central en el pensamiento y la actividad política de Marx y Engels” aunque en “ninguna parte los autores del Manifiesto del Partido Comunista presentaron sistemáticamente una teoría del partido proletario, su naturaleza y características, al menos no más que sobre las clases sociales y el Estado.” Esta comprensión parece ser la más adecuada teniendo en cuenta toda la construcción teórica y la práctica política de estos autores.

La construcción del concepto de partido en Marx y Engels se vincula con algunos hallazgos anteriores. Que son: 1º) el papel estratégico del proletariado en la lucha por la emancipación humana; 2º) la centralidad de la lucha de clases en el campo político; 3º) la necesidad de tomar el poder político de manos de la burguesía como condición principal para la construcción del socialismo.

El protagonismo obrero

Marx y Engels comenzaron su colaboración teórica y política en agosto de 1844, cuando en París, comenzaron a escribir “La Sagrada Familia”. Desarrollaron tesis sobre el papel revolucionario del proletariado moderno y la necesidad histórica de la revolución comunista, ya esbozadas por el joven Marx en “Crítica de la filosofía del Derecho” (1843). Entre otras cosas, afirmaba: ” No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado integro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser.“. Poco después, los dos amigos decidieron exponer de manera más sistemática sus nuevas ideas (materialismo histórico), que iban contra el idealismo de la escuela neohegeliana. Su trabajo conjunto  tomó la forma de dos gruesos volúmenes, estaría listo en 1846 y se llamó “La ideología alemana”. Allí escribieron: en el capitalismo “surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, (…) y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical.” La misión histórica de esta nueva clase debe ser ​​la conquista del poder político de la burguesía y la expropiación gradual de los medios de producción, allanando así el camino para una sociedad sin clases, la sociedad comunista. El libro no encontró editor, quedando sin publicar en su época. Marx, con buen humor dijo, “abandonamos entonces el manuscrito a la crítica roedora de los ratones”.

Es de recordar que el proletariado moderno – los trabajadores de la gran industria – era todavía algo reciente y concentrado en unas pocas ciudades. El caso inglés constituía una excepción a la regla. La gran mayoría de los obreros europeos y norteamericanos se componía de artesanos en pequeños talleres. En cierto sentido, las tesis de Marx eran premonitorias al captar las tendencias que sólo se consolidarían décadas más tarde.

Sin embargo, el proletariado naciente ya había mostrado toda su fuerza en las insurrecciones de los tejedores de Lyon (Francia) en 1831 y 1834, y en Silesia (Alemania) en 1844. Las mayores muestras de organización y politización proletaria habían sido dadas por movimiento cartista en Inglaterra. En 1842, millones de trabajadores declararon la huelga general en defensa de la Carta del Pueblo, por la que exigían derechos políticos y sociales; y su demanda principal era el sufragio universal.

The Rutherford Estate; (c) Evelyn Mary Fielder (Known as Mary. Great-niece); Supplied by The Public Catalogue Foundation

Cualquier observador atento podía darse cuenta del nacimiento de una nueva fuerza social, destinada a cumplir un papel destacado en la historia moderna. Un ideólogo burgués como Monfalcon, testigo de las rebeliones de estos trabajadores, constataría aterrorizado: “Una de las consecuencias fatales de estos eventos es que los trabajadores (…) se convertirán en una clase política (…) y se presentarán hombres que dirán a los trabajadores ‘vuestro sudor sólo beneficia a los ricos; los patronos son sus enemigos naturales. Os quejáis de ser desdichados, y sin embargo sois los más numerosos y más fuertes. ¡Uníos!”. En la década siguiente, un manifiesto, escrito por dos jóvenes alemanes entonces aún desconocidos, estamparía el temido llamamiento “Proletarios de todos los países ¡uníos!”. El gran temor de Montfalcon terminó por materializarse.

Los primeros pasos del partido independiente de los trabajadores

Marx y Engels pensaron que la futura revolución social y el partido proletario que surgiría deberían tener un carácter internacional –o cuando menos europeo-. En ese momento, no eran los únicos en pensar de esa manera. Desde la Revolución Francesa – y la guerra que siguió – ganó fuerza entre los demócratas más avanzados la idea de que la próxima revolución sería continental. Esta concepción se transfirió al naciente movimiento obrero y socialista.

Por eso mismo, los primeros años de la década de 1840 atraparían a los jóvenes proscritos Marx y Engels involucrados, en cuerpo y alma, a la formación de los llamados Comités de Correspondencia Comunista. Se organizaron en Bélgica, París y Londres. Hubo un intercambio activo entre las distintas organizaciones obreras y revolucionarias. En Londres los principales miembros de la Comisión estaban vinculados a la Liga de los Justos y el movimiento cartista. Estos, a su vez, solicitaron que sus miembros de otras regiones también se convirtieran en corresponsales.

Según Marx, este trabajo tuvo como objetivo establecer “el contacto de los socialistas alemanes con los socialistas franceses e ingleses; mantener actualizados a los extranjeros sobre los movimientos socialistas que se desencadenaron en Alemania, así como informar en Alemania sobre el avance del socialismo en Francia e Inglaterra. De este modo, podían manifestarse diferencias de opinión y llegar a través de un intercambio de ideas, a una crítica justa. ”

El cerebro y el corazón de este embrión de organización internacional fue Marx, que se había refugiado en Bruselas. En torno a él se fue fusionando y aglutinando el embrión de un partido de los trabajadores independiente e internacional. Hasta ese momento, el concepto de Partido se confundía con el de “corriente de opinión”. No se habían constituido los grandes partidos modernos con programas, estatutos y una máquina administrativa a escala nacional. El Partido era todavía un término con un sentido muy fluido.

Durante este período, Marx y Engels mantuvieron duros debates políticos y teóricos con otras personalidades y corrientes socialistas. El primero fue contra Weitling, que era trabajador autodidacta y uno de los elementos más activos de la Liga de los Justos. En 1842 había publicado “Garantías de la armonía y de la libertad”, aclamado por Marx como “un debut literario sin precedentes y brillante de los trabajadores alemanes.” Weitling anunció la inminente llegada del comunismo y argumentó en contra de los reformistas, que esto sólo podría lograrse mediante la lucha incesante entre los oprimidos y los opresores. Pero, a diferencia de Marx, no entendía el papel especial que debía ser jugado por el proletariado moderno. Por el contrario, argumentó que el elemento más revolucionario de la sociedad capitalista eran las “clases marginales” (el lumpenproletariado), e incluso llegó a presentar un plan detallado de la revolución social. Este consistía en resumen en la formación de un ejército de miserables y el estallido de una guerra de guerrillas contra el orden existente. El plan fue rechazado por la mayoría de los miembros de la Liga de los Justos.

Tampoco entendía la necesidad de una etapa democrático-burguesa en la revolución alemana y la alianza política con los demócratas liberales burgueses y pequeños burgueses contra los junkers (aristócratas agrarios). Algún tiempo después escribiría “El Evangelio del pobre pecador”, revelando una visión religiosa del socialismo. Disfrazándose bajo su anterior perspectiva revolucionaria, comenzó a preconizar un proyecto utópico reformista de constitución de colonias comunistas aisladas dentro de la sociedad capitalista. Un viraje ideológico típico de la intelectualidad pequeñoburguesa.

Otros opuestos a Marx y Engels fueron los llamados “verdaderos socialistas”. Como Wetling, negaron la necesidad de desarrollo del capitalismo alemán y creían posible saltarse esta etapa del desarrollo social. Al centrar su crítica en la burguesía liberal-democrática, hacían indirectamente el juego a la aristocracia agraria feudal alemana. Esta estrategia, aparentemente de izquierdas, fue combatida enérgicamente por Marx y Engels.

Los “verdaderos socialistas”, por otro lado, rechazaban la lucha revolucionaria y predicaron una especie de “religión del amor”. La lucha de clases sería el resultado de un malentendido que podría ser superado en la hermandad de todos los hombres. Uno de sus principales partidarios, Kriege, viajó a los Estados Unidos y en nombre de la corriente comunista europea, pasó a predicar el nuevo evangelio. Proclamaba la pequeña propiedad como la forma natural de su comunismo. En respuesta, Marx hizo aprobar en el Comité de Bruselas una circular contra Kriege. En ella afirmaba: “La idea de convertir a todos los hombres en propietarios privados es absolutamente irreal y aún más reaccionaria.” Pronto, Kriege y los “verdaderos socialistas” quedarían fuera de circulación, engullidos por las revoluciones populares que barrieron Europa a partir de 1848.

La última gran lucha teórica y política, antes de la redacción del Manifiesto del Partido Comunista, se libró contra Proudhon. En 1840, este había publicado su obra más importante, “¿Qué es la propiedad?”, en la que afirmaba que la propiedad era un robo. Las ideas radicales y generosas del socialista francés llamaron la atención de los jóvenes Marx y Engels, que estaban ajustando sus cuentas con la filosofía idealista alemana y adhiriéndose al comunismo.

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En La Sagrada Familia (1844) todavía se hace referencia a él de una manera muy positiva. Allí escriben: “La obra de Proudhon: `¿Qué es la propiedad´, es tan importante para la economía política moderna como la obra de Sieyes, ‘¿Qué es el Tercer Estado?´, para la política moderna.” Así en mayo de 1846, Marx lo invita a formar parte del Comité de Correspondencia en Francia. Éste se negó, mostrando serias diferencias sobre las propuestas revolucionarias que apuntaban a la expropiación total de la burguesía. Proudhon escribió: “Tal vez usted todavía mantiene la opinión de que ninguna reforma es posible hoy sin un golpe de mano, lo que antes se llamaba revolución (…). Prefiero quemar la propiedad a fuego lento, en lugar de darle una nueva fuerza, haciendo con los propietarios una noche de San Bartolomé (…). Nuestros trabajadores tienen tanta sed de ciencia que sería mal recibido aquel que sólo les ofreciese sangre como bebida”. La propiedad que combatía Proudhon era la gran propiedad y no la propiedad en general. La pequeña propiedad fue la base sobre la que trataba de asentar su proyecto de sociedad comunista.

Las cosas se complican aún más cuando, en octubre de 1846, fue publicado “Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria”. Marx escribiría indignado: “El Sr. Proudhon es de pies a cabeza, un filósofo, un economista de la pequeña burguesía “. El libro era una especie de radicalización de la posición reformista anterior. En ciertos pasajes tenia posiciones abiertamente conservadoras.

Proudhon, por ejemplo, condenaba los sindicatos y las huelgas como inútiles y perjudiciales. Los aumentos de salarios, ocasionados por huelgas, sólo causan el aumento de los precios que, a su vez, aumentaría la pobreza de la clase obrera. “La huelga de los trabajadores es ilegal, dijo. Y no sólo es el Código Penal el que lo afirma, es el sistema económico (…). Que los trabajadores emprendan, a través de coaliciones, la violencia contra el monopolio, esto es lo que la sociedad no se puede permitir.” En otra parte, dice: “Es imposible que las huelgas seguidas de un aumento de los salarios no conduzcan a un encarecimiento general: Esto es tan cierto como que dos y dos son cuatro” Marx respondió con ironía: “negamos todas estas afirmaciones, excepto que dos y dos son cuatro.”

A continuación, tomó la tarea de responder punto por punto a todas las tesis erróneas presentadas allí. Así nació el libro “Miseria de la filosofía”, publicado en julio de 1847. Esta fue la primera obra pública en la que se presentaron, aunque de una manera polémica, los fundamentos del materialismo histórico y su crítica de la economía política burguesa. A diferencia de Proudhon, Marx destacó la importancia de que los trabajadores se organizasen en sindicatos y realizasen huelgas para aumentar los salarios y reducir las horas de trabajo, reduciendo así la explotación laboral. Afirmó que la conciencia sindical era una etapa necesaria en el proceso de transformación del proletariado de “clase en sí” en “clase para sí”.

Marx explicó: ” La organización de estas huelgas, coaliciones y tradeuniones se desenvuelve simultáneamente con las luchas políticas de los obreros, que constituyen hoy un gran partido político, bajo el nombre de cartistas. (…).Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para si. En la lucha, de la que no hemos señalado más que algunas fases, esta masa se une, se constituye como clase para si. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política”.

Para Marx,  a través de la lucha política que los trabajadores se constituirían en una clase en el sentido fuerte de la palabra, en una “clase para sí”. Ésta era una forma superior de lucha de clases. De estas dos observaciones, se desprende una tercera: el partido político sería una forma superior de organización del proletariado, al ser un medio privilegiado para librar la lucha por la conquista y preservación del poder político.

La Liga de los Comunistas

La Liga Comunista era una continuación de la Liga de los Justos. Esta última fue creada por artesanos alemanes emigrados en 1836. El centro político de la organización residía en París, pero se crearon secciones secretas en Alemania. Tras participar en un levantamiento blanquista (1839), una parte de sus líderes fueron encarcelados y otra tuvo que huir a Londres, donde había más libertad política.

Engels fue el primero en ponerse en contacto con los miembros de la Liga, durante su estancia en Inglaterra entre 1842 y 1844. Estaba muy impresionado y dijo que habían sido los primeros proletarios revolucionarios que había conocido. Aún así, no se le convenció para unirse al grupo porque sus opiniones eran muy diferentes entonces. La Liga también compartía algunas ideas utópicas sobre el socialismo.

A finales de 1846, la dirección de la Liga propuso la convocatoria de una conferencia de todos sus secciones. Los principales objetivos fueron el desarrollo de un nuevo programa socialista y unos estatutos, más adecuados a las experiencias que habían atravesado. Las posiciones teóricas y políticas de Marx y Engels habían llamado su atención. Así que fueron llamados para ayudar en este proceso de reorganización.

Así, el 2 de junio de 1847, comenzó el que fue el último congreso de la Liga de los Justos y el primero de la Liga Comunista. Una carta justificó el cambio de nombre: “Nosotros no nos distinguimos por  abogar por la justicia en general (…), sino por repudiar el orden social existente y la propiedad privada, propugnamos una comunidad de bienes, somos comunistas.” La consigna central también se modificó para adaptarse a los nuevos principios adoptados. En lugar de “Todos los hombres son hermanos”, pasó a ser “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

El segundo congreso de la Liga comenzó el 29 de noviembre. Marx fue elegido delegado por la región de Bruselas, Engels por París. Fue la asamblea más representativa del movimiento obrero internacional hasta aquel momento. Estuvieron presentes representantes de Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza y Bélgica. El primer párrafo de los nuevos estatutos decían: “El propósito de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la superación de la vieja sociedad burguesa que se apoya en los antagonismos de clase y la fundación de una sociedad sin clases y sin propiedad privada.” Este fue un punto de inflexión en relación a todas las organizaciones reformistas o revolucionarias pequeñoburguesas.

Marx recibió la tarea de elaborar el programa definitivo de la organización. Se llamaría el Manifiesto Comunista y fue publicado en enero de 1848, pocos días antes del estallido de la revolución en Francia que derrocó al rey Luis Felipe. Entonces comenzó una ola revolucionaria que se extendió por toda Europa y se conoció como la “Primavera de los Pueblos”.

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En la segunda parte del Manifiesto Comunista, titulado “Proletarios y comunistas”, Marx y Engels trataron de exponer la dialéctica de la compleja relación entre el partido y la clase obrera. En él, dijeron: “Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses algunos que no sean los intereses del conjunto del proletariado. (…).Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.” Continúan, “los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.”

En este extracto, definen claramente el papel de vanguardia del Partido Comunista. Por lo tanto, esta tesis no fue un invento de Lenin y los bolcheviques rusos. De acuerdo con los dos revolucionarios alemanes, el Partido Comunista es parte de la clase – es un partido proletario – pero al mismo tiempo, no debe confundirse con ella plenamente, es su vanguardia organizada.

Además de elaborar una concepción proletaria de Partido de vanguardia y su estrategia revolucionaria, los autores del Manifiesto trataron de esbozar las formas que debería adquirir para realizar sus tareas. En otras palabras, buscaron también legar elementos para la construcción de una teoría de la organización política proletaria.

La modificación de sus estatutos fue esencial en la transformación de la Liga de los Comunistas de una secta conspirativa (blanquista) en una verdadera organización política revolucionaria con influencia en las masas trabajadoras. Para ello, se eliminaron todas los residuos comunes a las sociedades secretas de la época como los rituales místicos de entrada, juramentos, anatemas, y la excesiva concentración de poder en los líderes. El congreso anual, compuesto por delegados elegidos democráticamente en las comunidades y regiones, se convirtió en el máximo órgano de la organización. Las direcciones centrales pasaron a ser elegidas en estas conferencias y sus líderes podían ser revocados en cualquier momento por la voluntad de su comunidad. Los órganos inferiores se subordinaban a los órganos superiores.

La Liga era una organización bastante democrática y al mismo tiempo centralizada. En muchos países era ilegal. Para burlar a la policía y tender lazos con los trabajadores, sus miembros creaban asociaciones culturales legales donde podrían trabajar más abiertamente. Marx y Engels detestaban la idea de que la Liga se convirtiera en una secta aislada de los trabajadores y la gran política.

Muchos de estos principios rectores de la nueva organización, elaborados por Marx y Engels, permanecerían en la tradición del movimiento socialista y comunista: un Partido proletario, de vanguardia, internacionalista y para una ruptura con el capitalismo. Y podríamos añadir también la idea de la necesidad de un partido a la vez democrático y centralizado.

Las derrotas de las revoluciones populares de 1848, resultado de las vacilaciones de la burguesía y la pequeña burguesía, llevaron a Marx y Engels a defender con más fuerza la necesidad de crear partidos de trabajadores verdaderamente independientes. En el Mensaje del Comité Central de la Liga de los comunistas (1850), escribió: “A fin de estar en condiciones de oponerse enérgicamente a los demócratas pequeñoburgueses es preciso ante todo que los obreros estén organizados de un modo independiente y centralizados a través de sus clubs (…), y a la primera oportunidad, el Comité Central se trasladará a Alemania, convocará inmediatamente un Congreso, ante el que propondrá las medidas necesarias para la centralización de los clubs obreros bajo la dirección de un organismo establecido en el centro principal del movimiento.”

Continuaban: “Que al lado de los candidatos burgueses democráticos figuren en todas partes candidatos obreros, elegidos en la medida de lo posible entre los miembros de la Liga, y que para su triunfo se pongan en juego todos los medios disponibles. Incluso donde no exista ninguna esperanza de triunfo, los obreros deben presentar candidatos propios para conservar la independencia, hacer un recuento de fuerzas y demostrar abiertamente a todo el mundo su posición revolucionaria y los puntos de vista del partido.”

La Liga de los Comunistas fue severamente perseguida. Contra ella se presentó el “proceso de Colonia”, en Alemania, en el que varios dirigentes fueron condenados a largos años de prisión. Por lo tanto, ya no había condiciones para conseguir que funcionara y en 1852, fue disuelta. Marx dijo: “la Liga se disuelve, por mi iniciativa, declarando que su continuación (…) ya no corresponde a la situación actual.”

La Asociación Internacional de los Trabajadores

Tras el fin de la Liga de los Comunistas, hubo un desánimo momentáneo sobre la posibilidad de creación de un Partido Comunista. En ese corto período tienen lugar las frases más desconcertantes expresadas en las cartas de estos dos compañeros de armas. Marx, por ejemplo, escribió al poeta Freiligrath: “Nunca volver a pertenecer a ninguna sociedad, secreta o pública”. Pero pronto sentirá la necesidad de “reclutar nuestro partido.” La Liga de los Comunistas, para ellos, era sólo “un episodio en la historia del Partido, que crece espontáneamente en todas partes desde el suelo de la sociedad moderna”.

A finales de la década de 1850, el movimiento obrero en Europa y los Estados Unidos comenzó a recuperar aliento. Se organizaban nuevos sindicatos y grandes huelgas fueron organizadas para conseguir aumentos salariales, reducción de las horas de trabajo y derechos sociales. La propia composición de la clase obrera cambiaba rápidamente: aumentaba el número de obreros empleados en la gran industria.

Como resultado de este proceso, el 28 de septiembre de 1864, se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Johnstone escribió: “La formación de la Primera Internacional en 1864 dio a Marx (y Engels después) la oportunidad de salir de su relativo aislamiento e integrarse al movimiento obrero de Europa Occidental, que entonces renacía a una escala mucho más amplia que su predecesor continental de la década de 1840”.

Al igual que ocurrió en 1847, fueron llamados para ayudar en la preparación del programa y los estatutos de la nueva organización obrera supranacional. La tarea sería mucho más difícil porque en esta Internacional participaban trade-unionistas (sindicalistas) británicos, proudhonianos franceses, lassalianos alemanes, bakuninistas (anarquistas) y otras corrientes no marxistas. A la AIT podían afiliarse sindicatos, cooperativas de consumo y de producción, asociaciones políticas (secretas o públicas) y personalidades independientes. Por lo tanto, a diferencia de la Liga de los Comunistas, sería difícil pensar en ella como un partido unificado política e ideológicamente.

Marx desarrolló los documentos fundacionales, como el Preámbulo de los Estatutos y el discurso inaugural. Debía tener una gran capacidad para contentar a todas las corrientes participantes, sin caer en el eclecticismo o hacer renuncias significativas en el terreno teórico ya ganado con el Manifiesto Comunista de 1848. En estos textos, esta fue la idea clave: “conquistar el poder político se volvió el gran deber de la clase obrera “.

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Los estatutos, siguiendo el modelo de la Liga, preveían congresos anuales como instancias máximas que debían elegir a un consejo central. También se creó un pequeño órgano ejecutivo denominado Comité de Dirección, con cerca de 10 personas. El propio Marx aunque no pudo estar en el Congreso, fue nominado a dicho comité como secretario de la sección alemana. Como dijo Lenin, a partir de entonces Marx sería “el alma de la Internacional.” Muchas de las reuniones de la dirección se llevaron a cabo en su casa. La historia de la Liga y la Primera Internacional demuestran lo falso de las teorías que afirman que Marx y Engels no estaban involucrados en el trabajo concreto de una organización político-partidista.

En la Conferencia de Londres (1865), Marx y Engels derrotaron a los franceses proudhonistas que querían acabar con el “principio de representación” y defendían que todos los trabajadores presentes en la conferencia debían tener derecho a votar. Defendían que la Internacional no debía pronunciarse sobre la lucha de liberación librada por los polacos, por ser un tema estrictamente político, que no tenía relación directa con los intereses socioeconómicos de los trabajadores europeos. Para contribuir al debate, Engels escribió una serie de artículos titulados “¿Qué tiene la clase obrera que ver con Polonia?”. El internacionalismo proletario y el apoyo a las luchas de liberación de los pueblos oprimidos pasan a ser principios irrenunciables de las organizaciones verdaderamente comunistas.

Una gran batalla estaba aún por venir. En 1868 el ruso anarquista Bakunin fundó la Alianza Internacional de la Democracia Socialista y solicitó su ingreso en la AIT. Marx y Engels defendieron que no se aceptara dicha solicitud, ya que era otra organización internacional, con principios políticos y organizativos diferentes. Bakunin maniobró, disolviendo formalmente la Alianza e instó a que sus secciones regionales se afilasen a la AIT. Los bakuninistas comenzaron a trabajar en la clandestinidad dentro de la Internacional comprometiendo su unidad política.

Sintiéndose más a gusto y tras ganarse la confianza de la mayoría de los miembros de la AIT, Marx y Engels dieron nuevos pasos al frente. En la Conferencia de Londres (1871), se aprobó una resolución “sobre la actividad política de la clase obrera”, que declaró: “contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado sólo puede actuar como clase que constituyéndose en un partido político distinto, opuesto a todos los viejos partidos formados por las clases poseedoras” y que “esta conformación del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y su objetivo final: la abolición de las clases”. Engels, resumiendo la resolución, escribió: “simplemente exige la formación, en todos los países, de un partido independiente de la clase obrera, diferenciado de todos los partidos de la clase media”.

Las organizaciones regionales bajo la dirección bakhuninista se negaron a aceptar las decisiones de la Conferencia. En 1872, el Consejo General denunció las acciones de los anarquistas contra la Internacional. Marx, Engels y Lafarge escribieron el panfleto “Las supuestas diferencias en la Internacional” y se prepararon para la batalla que se llevaría a cabo en el Congreso de la AIT de La Haya. Por primera vez, los dos amigos participan juntos en tal evento. Marx escribió: “en este congreso se tratará la vida o muerte de la Internacional.”

Este sería el encuentro internacional más importante del movimiento obrero socialista hasta el momento. Allí estaban presentes setenta y cinco delegados en representación de quince países. Como era de esperar, los anarquistas llamaron a la disolución del Consejo General y de toda autoridad dentro de la AIT. Pero el Congreso ratificó todas las decisiones de la conferencia de Londres. La resolución final, dijo: “La constitución de la clase obrera en un partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y su fin último: la abolición de las clases (…). La conquista del poder político se convierte en el gran deber del proletariado “. Ante los actos fraccionales insistentemente promovidos por los anarquistas, ampliamente documentados, se decidió expulsar a Bakunin y sus camaradas.

La masacre de la experiencia heroica de la Comuna de París (1871) representó un duro golpe para la Asociación Internacional de Trabajadores, a pesar de que tuvo un papel relativamente pequeño en su surgimiento y dirección. Al igual que sucedió después de la derrota de las revoluciones de 1848, el mundo entró en una fase marcada por el avance de las fuerzas reaccionarias y la represión del movimiento obrero y socialista.

Con el objetivo de proteger a la Internacional de la contrarrevolución en curso e influencias blanquistas (y anarquistas) que crecían, Marx y Engels propusieron el traslado de la sede de la organización a Nueva York. Unos años más tarde, en 1876, la Conferencia de Filadelfia decidió su disolución. La situación era muy desfavorable cara a la existencia de una organización socialista internacional de ese tipo.

En septiembre de 1873, Marx escribió: “De acuerdo con mi visión de las condiciones europeas, es del todo útil hacer pasar ahora a la organización formal de la Internacional a un segundo plano.” Dos años más tarde se repetiría la misma idea: “La actividad internacional de la clase obrera no depende en modo alguno de la existencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Éste fue sólo el primer intento de crear un órgano central para esa actividad; un intento cuyo impulso ha tenido consecuencias duraderas, pero en su primera forma histórica, no pudo prolongarse más tiempo después de la caída de la Comuna de París “.

Marx y Engels llegaron a la conclusión de que la existencia de la Internacional podría constituir un obstáculo para la formación de potentes partidos obreros en los principales países capitalistas. Esto contradice la tesis generalizada que afirma que la Internacional era una forma de organización necesaria en cualquier situación, casi como una cuestión de principios para los marxistas. Esto no es verdad.

En algunas fases del movimiento comunista, de instrumento de refuerzo de la lucha y la organización proletaria se convirtió en un obstáculo. El principio inamovible para los marxistas revolucionarios es el internacionalismo proletario y no las internacionales.

El Partido Socialdemócrata Alemán

Durante los primeros años de funcionamiento de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la influencia de Marx era muy pequeña en su tierra natal. Decía de si mismo ser un “general sin ejército.” La Asociación General de Trabajadores Alemanes, fundada en 1863, estuvo fuertemente influenciada por las ideas Ferdinand Lassalle. Éste proclamó una alianza con los junkers (aristocracia terrateniente de Prusia), que estaban en el poder frente a la oposición liberal-burguesa, a cambio de algunos beneficios a los trabajadores. Una táctica opuesta a la defendida por Marx.

En 1869, un grupo socialista de izquierda rompió con la Asociación Lasalliana y celebró un congreso en Eisenach, en el que se decidió la creación del Partido Obrero Socialdemócrata. Éste fue el primer partido del proletariado, bajo la inspiración del marxismo en un contexto nacional. Entre sus fundadores estaban Wilhelm Liebknecht y August Bebel, recién electos para el parlamento imperial alemán.

La nueva organización tenía alrededor de 10.000 miembros en su fundación. Al no poder unirse a la AIT legalmente, se declaraba “solidaria” con sus aspiraciones. Desde entonces, la Internacional pasó a tener una base sólida en Alemania. Buenos auspicios se anunciaban para los socialistas europeos, pero la guerra franco-prusiana (1870), y después la derrota de la Comuna de París (1871), frenarían y harían retroceder estos avances.

Merece especial mención el trabajo de los dos únicos diputados marxistas del parlamento prusiano. En primer lugar denunciaron la agresión militar perpetrada por Napoleón III contra Alemania. Cuando el conflicto cambió de rumbo y se convirtió en una guerra de conquista de Prusia, no vacilaron en denunciar los fines de rapiña de su propio gobierno y defender la paz sin anexiones con Francia. Por su valiente acto, fueron detenidos y acusados ​​de alta traición.

En respuesta a esta actitud, Marx y Engels escribieron una carta conjunta en la que dijeron: “Todos nos quedamos muy satisfechos de la demostración valiente de ambos en el Parlamento Imperial, en circunstancias en que, de hecho, no era fácil mostrar con franqueza y decisión nuestras opiniones “. Así nació un nuevo tipo de parlamentario, que ponía los intereses del proletariado mundial por encima de los intereses de su país capitalista y sus aspiraciones imperialistas.

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En el Congreso de Gotha (1875), el Partido Socialdemócrata del Trabajo (marxista) se unificó con la Asociación General de los Trabajadores (lasalliana), estableciendo un partido socialista único: el Partido Socialdemócrata Alemán (PSDA). Si bien la unificación fue un acontecimiento importante, el programa no fue del agrado de Marx y Engels. El documento, según ellos, hacía demasiadas concesiones a las viejas concepciones de Lassalle, que había muerto en 1864.

Contra dicho texto, que consideraban ecléctico, Marx escribió la “Crítica del programa de Gotha”, que no se dio a conocer en aquel momento. Destacaba dos cosas negativas en el programa: la ausencia del requisito de una República Democrática y el uso impreciso del término “Estado Libre” – para definir el estado en el socialismo. Para los marxistas, el Estado era esencialmente una máquina de dominación de una clase sobre la otra. El Estado socialista no estaría al servicio de la libertad en general, sería un instrumento en las manos del proletariado revolucionario en su lucha contra la burguesía apeada del poder.

Debido a estas diferencias conceptuales, Marx y Engels llegaron a considerar que la fusión no había valido la pena. La realidad demostraría que en este caso se equivocaron. Los resultados de la unificación terminaron siendo más positivos que negativos. Pronto las ideas marxistas triunfaron en el interior del PSDA. En 1877, el partido logró unos 500.000 votos – casi el 10% del electorado – consiguiendo la elección de 12 diputados. Esto representó un 36% más de lo que habían recibido los dos partidos socialistas combinados en la elección anterior. El número de sus miembros llegó a 32 mil. La mayoría de ellos eran obreros de las fábricas.

En 1878, ante el miedo al crecimiento electoral del Partido Social Demócrata, y aprovechando dos atentados contra el emperador, el primer ministro Bismarck promulgaba leyes anti socialistas. El Partido,  recientemente organizado, pasó a una situación de semiclandestinidad. Sus oficinas centrales y periódicos fueron clausurados. Varios líderes fueron encarcelados y exiliados.

Sorprendentemente, incluso bajo estas leyes discrecionales, el PSDA continuó creciendo. En 1884 sus candidatos obtuvieron 550.000 votos y, por primera vez, el número de parlamentarios permitió a los socialistas presentar proyectos de ley en el parlamento. Tres años más tarde, los socialistas alcanzaron 774.000 votos.

Surge entonces un nuevo fenómeno negativo. La fracción parlamentaria, por su expresión política y los recursos materiales que tenía, iba asumiendo gradualmente un mayor poder en la definición de la dirección política del partido. Este sería uno de los rasgos más llamativos de la socialdemocracia europea.

En 1890 tiene lugar un gran salto electoral. El partido logra casi 1,5 millones de votos, y la elección de 35 diputados. Como resultado de esta gran victoria, el poderoso Bismarck cayó y con él, todas las leyes antisocialistas. En 1893 los socialistas consiguen 1,8 millones de votos (más del 25% del electorado) y eligen 44 diputados. Las leyes autoritarias resultaron impotentes para contener el avance de la izquierda alemana. Los terratenientes y la gran burguesía ahora tenían que encontrar otros medios para detener la amenaza roja.

En su polémica introducción (1895) al libro de Marx “La lucha de clases en Francia”, Engels escribió: “La ironía de la historia del mundo pone todo patas arriba. Nosotros, los “revolucionarios”, los “subversivos”, prosperamos mucho mejor con los medios legales que con los ilegales y la subversión. El “partido del orden”, como ellos se llaman, se hunden con la legalidad que han creado. Exclaman desesperados como Odilon Barrot: la legalidad nos mata, mientras que nosotros, con esta legalidad, revitalizamos nuestros músculos y ganamos color en las mejillas y parecemos tener vida eterna. Y si no estamos lo suficientemente locos como para hacerles un favor y dejar que nos arrastren a la lucha en las calles, ya no quedará más remedio que sean ellos mismos quienes rompan con esta legalidad tan fatal para ellos.” En este caso la violencia sería defensiva, la respuesta obrera y socialista a la violación de la legalidad por la burguesía.

Existía en aquel entonces – fruto de las victorias electorales atronadoras – la ilusión de que la próxima elección podría dar al PSDA más votos e iniciar una transición socialista no traumática. El propio Engels en la misma introducción, escribió optimista: “El crecimiento (del PSDA) se da tan espontáneamente, tan  constante, como irresistible, y al mismo tiempo tan silenciosamente como un proceso de la naturaleza. Todas las intervenciones del gobierno han demostrado que no pueden contrarrestarlo. Podemos contar con 2 ¼ millones de votantes. Si esto sigue así conquistaremos hacia el final del siglo la mayor parte de las clases medias de la sociedad (…) y transformarnos en la fuerza decisiva en el país en la que todos los demás, les guste o no, tendrán que apoyarse”. Las cosas, sin embargo, sería mucho más complicadas de lo que pensaban los socialistas alemanes en ese momento.

El Congreso de Erfurt (1891) aprobó un nuevo programa del partido. En este proceso de redacción del documento, Engels escribió el artículo: “Para la crítica del proyecto de programa socialdemócrata”.  Una gran parte de sus propuestas fueron incorporadas en el texto final. El partido finalmente comenzó a tener un programa realmente marxista.

El PSDA terminó constituyendo un modelo que fue seguido por una gran parte de las organizaciones políticas socialistas creadas en Europa y América. Partidos de este tipo surgieron en Francia, Austria, España, Italia, EE.UU., Inglaterra y Rusia. Nacidos bajo el signo de la teoría más avanzada producida hasta el momento: el marxismo.

Algunos estudiosos, como Umberto Cerroni, incluso han afirmado que el PSDA no sólo fue el primer partido socialista de base nacional importante, sino también el primer partido político moderno. Según ellos, la burguesía, acosada por el avance político de los partidos obreros, empezó a copiar algunos aspectos de su organización, fundar sus propios partidos electorales y de masas.

Engels y la Segunda Internacional

Desde principios de la década de 1880 surge la necesidad de coordinar estos nuevos partidos socialistas y agruparlos en una organización de carácter internacional. Marx y Engels se resistieron a la idea misma de la reconstrucción de una nueva Internacional según los viejos moldes. Annie Kriegel señaló: “Entre 1876 y 1888, los congresos y conferencias internacionales se suceden (1881 en Coire, Suiza, 1883, en París, etc.). Los socialistas de Bélgica y Suiza promovían estas iniciativas con el fin de reconstruir la AIT. Sin embargo, sus esfuerzos resultaron inútiles por la oposición de la socialdemocracia alemana, especialmente de Marx y Engels, para los cuales el problema no era a volver a un estado de cosas considerado superado, sino crear partidos poderosos y coherentes en tres países europeos decisivos: Inglaterra, Alemania y Francia.”

Después de varios contactos y reuniones, los socialistas franceses decidieron convocar para el año 1889 una nueva conferencia internacional. Ésta debía llevarse a cabo, a propuesta de Engels, el 14 de julio – cuando se conmemoraba el centenario de la gran Revolución Francesa.

El congreso contó con la presencia de 300 delegados en representación de 23 países. Engels se resistió hasta el último momento a la “nostalgia de reconstituir la Internacional.” No fue un accidente por tanto que no se proclamara la formación de una organización socialista internacional. Ésta sólo tendría lugar en el Congreso de Bruselas (1891).

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Los socialistas alemanes, inspirados por Engels, eran reacios a dar a la naciente Internacional una estructura muy centralizada. Como dijo Kriegel, la Segunda Internacional fue “una federación de partidos o grupos nacionales autónomos, que aseguraban las relaciones internacionales entre los movimientos de los distintos países en forma de conferencias internacionales (…). Pero los congresos internacionales evitaban escrupulosamente intervenir en los asuntos internos de las secciones nacionales que conservaban su competencia exclusiva en materia de tácticas “. Las resoluciones del Congreso eran sólo indicativas y no obligatorias. Sólo en 1900 se formó la Oficina Internacional Socialista – una especie de dirección central – compuesta por dos delegados de cada país miembro, con sede en Bruselas.

Engels y sus compañeros consideraban inconveniente, en un primer momento, excluir a las minorías anarquistas  de la organización. Los marxistas incluso esperaban atraer a sectores vacilantes para obtener posiciones más sólidas. Como sucedió en la Primera Internacional, la táctica era continuar aprobando resoluciones que requerían a sus miembros una posición cada vez más clara en la lucha política, incluyendo la parlamentaria.

En Zurich (1893), por ejemplo, se aprobó una moción que declaró: “son admitidos al Congreso todos los sindicatos profesionales, así como los partidos socialistas y asociaciones que reconocen la necesidad de la organización obrera y la acción política.” Sólo tres años después, en Londres, los anarquistas fueron expulsados ​​de las filas de la Segunda Internacional. Engels dijo: “Con esto, la antigua internacional llegó a su fin y comenzamos una nueva Internacional”.

Por otra parte, Engels estaba muy preocupado por la democracia dentro de los nuevos partidos socialistas, consideró que esta era una de las condiciones para lograr mantener la unidad política de la acción. “El Partido obrero”, dijo, “se basa en la crítica más aguda de la sociedad existente. La crítica es un elemento vital. Entonces, ¿cómo puede evitar la crítica dentro de sí mismo, prohibir la controversia dentro? ¿Es posible que demandemos más libertad de expresión para poco después eliminarla dentro de nuestras propias filas? “. En una carta, refiriéndose al PSDA, explicó: “El partido es tan grande que la absoluta libertad interna de debate en una necesidad (…). El partido más grande del país no puede existir sin que todos los matices de opinión que lo integran sean escuchados por completo.”

La Segunda Internacional no estableció la obligatoriedad de el principio de partido único del proletariado en cada país. Reconociendo el derecho a la existencia de varios partidos e incluso varias tendencias en el mismo partido. Lo que no impidió que abogara por la necesidad de unificación política de las diversas organizaciones nacionales en un único – y poderoso – partido socialista, ya que esto facilitaría la lucha de los trabajadores por el poder político.

Así, a finales del siglo XIX, el marxismo se consolidaba como la principal fuerza entre los trabajadores y el movimiento socialista europeo. Desde entonces, las grandes batallas teóricas y políticas serían en su interior.

Engels murió en 1895 dejando en pie un poderoso movimiento socialista internacional. Sin embargo, poco después de su muerte, la Internacional se vio inmersa en un gran debate en torno a las ideas reformistas defendidas por Eduard Bernstein. Esto favoreció la lucha parlamentaria y sindical corporativa a expensas de la lucha política revolucionaria. Para él, votando el trabajador se elevaría de “la condición social de proletario a la de ciudadano.” Las reformas políticas y sociales eran la realización paulatina de las piedras de la nueva sociedad socialista. La corriente de Bernstein fue llamada “revisionista”.

Esta corriente fue derrotada en el Congreso de la socialdemocracia alemana de 1903. Uno de los acuerdos adoptados, declaró: “El Congreso condena enérgicamente las tendencias revisionistas que pretenden cambiar nuestra táctica victoriosa basada en la lucha de clases.” Aunque vencidas en el plenario, las ideas de Bernstein siguieron influyendo a toda la socialdemocracia para convertirse en hegemónica en las décadas siguientes.

Conclusión

Como se puede ver en toda nuestra discusión, Marx y Engels eran decididamente hombres de partido. Siempre lo apreciaron como un instrumento privilegiado en la lucha por el derrocamiento revolucionario del capitalismo y el logro del socialismo. Pero nunca celebraron dogmáticamente a una sola forma de organización. Ésta debía servir, en última instancia, a la política de transformación, y no al revés. Cada vez que una forma de organización era vencida por la realidad, no tenían miedo de abandonarla y buscar otras formas, más adecuadas.

En resumen, podemos ver las distintas formas adoptadas por los partidos obreros en todo el siglo XIX: 1) la pequeña organización internacional de cuadros comunistas (la Liga de los Comunistas: 1847-1852); 2) la gran federación internacional de organizaciones sindicales (La 1ª Internacional: 1864-1872); 3) partidos socialistas nacionales y de masas (por ejemplo, la socialdemocracia alemana – 1970-14); 4) la Federación de Partidos Socialistas – Marxistas (2ª Internacional: 1889-1914). Además de estos, existieron partidos de masas trabajadoras no marxistas (cartistas y obreristas).

Marx y Engels eran conscientes de que las formas del partido debían variar de país a país, en función del nivel de la lucha de clases y las particularidades nacionales. Johnstone escribió: “Alemania en 1860 y, en menor medida, Francia en 1880 había llegado a la etapa en la que los partidos arraigaban en la clase obrera sobre la base de programas socialistas más o menos desarrollados, y para Marx y Engels cualquier intento de fusionarse con otras organizaciones o para ganar más votos a cambio de alterar o deteriorar este programa representa un “paso decisivo hacia atrás”. Sin embargo, en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde los trabajadores estaban políticamente vinculados a partidos burgueses, cualquier movimiento hacia un partido propio, amplio, unido e independiente de los trabajadores, no importa cuán retrasada fuera su base teórica, era un gran avance.”

Por supuesto, para ellos, todos estos movimientos debían converger para formar un partido socialista de nuevo tipo, que tenía los siguientes principios rectores: ser un partido de la clase obrera y al mismo tiempo de vanguardia de esta clase; ser un partido de ruptura con el capitalismo; ser un partido internacionalista; y, por último, ser un partido regido por normas que centralistas y profundamente democráticas. Estos principios serán desarrollados y adaptados por Lenin y sus discípulos en la situación iniciada a principios del siglo XX, con la consolidación del imperialismo y los avances de las revoluciones populares y socialistas.

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* Augusto Buonicore es historiador, secretario general de la Fundación Mauricio Grabois. Es autor de los libros “Marxismo, história de la revolución brasileña” y “Meu Verbo é Lutar: a vida e o pensamento de João Amazonas”, ambos publicados por la Editorial Anita Garibaldi.

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