System Error: la economía capitalista se bloquea

 

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Peter Mertens

Publicado y traducido en Asociación Cultural Jaime Lago 04/16/2012 – 20:44

Esta crisis confirma que el mundo se ha vuelto loco,

Lo que debería ser castigado es recompensado, y viceversa.

Especular es recompensado y trabajar es castigado.

Hoy vemos la naturaleza de este sistema

basado en la privatización de las ganancias

y en la socialización de las pérdidas.

Eduardo Galeano, 26 de mayo de 2009

Agosto de 2011. Las bolsas tiemblan de nuevo. Y vuelven a poner encima del tapete la lancinante pregunta: ¿está paralizado el mercado de valores solamente o la economía camina hacia la ruina?

En esa mañana de verano, escucho, en el programa matinal de la RTBF –radio belga-, el debate entre Bruno Colmant, ex presidente de la Bolsa de Bruselas, y mi camarada Raúl Hedebouw, portavoz del PTB. La bolsa frente al trabajo, difícilmente se podría encontrar algo más opuesto[1]. Y sin embargo…

Raúl estima que la montaña rusa bursátil de esos últimos días se debe al hecho de que la mayoría de los accionistas ya no encuentran “una tasa de beneficio suficiente en la llamada economía real”. En consecuencia, las inversiones se dirigen a la “economía de casino” de los mercados financieros. En última instancia, “economía de casino” y “economía de mercado” se refieren a la misma realidad. Raúl precisa: “Desde 1973, estamos en crisis, en lo que Marx llamó una crisis de sobreproducción. Hay demasiada capacidad producción en comparación con lo que nosotros, los trabajadores podemos consumir.”

Invitado a responder, Bruno Colmant encuentra este análisis… “extremadamente pertinente”. El economista reconoce que de hecho el capitalismo está hecho de crisis y que desde 1973, “vivimos a base de crédito.” Pero los generosos prestamistas de ayer, que alimentaban estos créditos, se han convertido en “los acreedores demandantes”. Y reclaman tasas más altas, llevando a las “economías en cuestión a la asfixia.”

Obviamente, en la soluciones, Bruno Colmant y Raúl Hedebouw no comparten la misma opinión. Colmant quiere salvar el sistema y piensa que puede encontrar una nueva juventud en la crisis. Raúl dice que se debe ir más allá de este sistema basado en el beneficio. Un debate inusual en nuestros medios de comunicación. Debido a que muchos tratan de evitar este famosos debate de sociedad. Quienes lo llevan a cabo tienen por lo tanto un mérito mucho mayor.

“El capitalismo daña seriamente la salud”, se puede leer en el lema de la campaña que la FGTB – NdT: sindicato belga – puso en marcha en febrero de 2009. “Cuando la crisis haya terminado, lo peor que podría suceder sería que el mundo del trabajo dijese que se trató de un pequeño contratiempo, y no hacer nada”, explica Thierry Bodson el entonces secretario general de la FGTB en Valonia. Nico Cué, secretario general de la FGTB en el sector del acero, explicaba recientemente que “el sistema se cae a pedazos por todas partes. Los gánsteres intentan aprovecharse, les conocemos. Los burros son los que repiten que todo está bien cuando todo se viene abajo. Sin hablar de los aduladores que conocen la situación, pero que están atados a su puesto y no se atreven a ir a contracorriente. Quiero decir que estamos en una situación en la que no podemos simplemente dejar las cosas como están. Denuncio a todos estos expertos, economistas, profesores universitarios, consultores y otros que dicen que el sistema privado es mejor que el sistema público, mientras que el sector privado nos ha llevado a una quiebra sin precedentes. Teniendo en cuenta su nivel, deberían tratar de pensar de forma crítica, pero no. Es algo serio. Estoy seguro de que se dan cuenta, pero mantienen sus discursos, ya que de un modo u otro están relacionados con el sistema. En dos años, han desaparecido de la faz de la tierra 11.400 millones de dólares. ¡Se evaporaron! Una parte de este dinero representa la riqueza creada a partir de la transformación de la materia, la riqueza creada por los trabajadores. Este sistema no puede funcionar, debe cambiarse.”[2]

Y no hay tiempo que perder. Surge la cuestión de la supervivencia del capitalismo. La alter-mundialista Naomi Klein se pregunta: “¿nuestra tarea consiste en achicar el agua del barco, el mayor barco pirata que se conoce, o que se hunda y sustituirlo por otro más sólido, donde haya espacio para todos?”[3]

El aumento de la oferta se ve obstaculizado por la disminución de la demanda

A menudo se dice que la chispa de la crisis financiera ha prendido fuego a la economía real. Más bien es lo contrario. Todo comenzó en la economía real, en la producción de bienes de consumo y servicios. La crisis de sobreproducción se encontraba temporalmente cubierta de musgo, bien escondida debajo de las burbujas financieras. Estas burbujas estallan ahora una tras otra, el sistema se agrieta por todas sus articulaciones. Hagamos un pequeño recorrido.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y América del Norte experimentaron un período de crecimiento relativamente estable. En Europa, la reconstrucción era una prioridad. Los Estados Unidos ofrecieron su ayuda con el famoso Plan Marshall. El plan también impulsó las exportaciones de Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, el plan debía sostener al capitalismo en Europa frente a la “amenaza comunista”. La industria militar también contribuyó al crecimiento de la economía en un mundo marcado por el conflicto entre los dos bloques. A finales de 1960, los golden sixties, el motor de la economía comenzó a fallar. El crecimiento se desaceleró y la capacidad de producción no se explotaba plenamente. En 1973, el precio del petróleo se cuadruplicó y la economía mundial sufrió un primer ataque al corazón. El sistema se bloqueó por un fenómeno de exceso de capacidad: se puede producir más de lo que la gente puede comprar.

Las crisis de sobreproducción son inherentes al capitalismo, como explicó Marx hace mucho tiempo. Lo que las crisis han confirmado.

En la economía de mercado, cada empresa quiere obtener los máximos beneficios. Algo necesario para invertir, para perfeccionar la producción y aumentar así los beneficios. Que la empresa continúe aumentando su capital es fundamental para su supervivencia o su quiebra. Porque quien amase más capital es el que puede invertir, hacer innovaciones más sustanciales y adaptarse más rápidamente a las cambiantes condiciones económicas. Se convierte en líder en el mercado y puede imponer su propia ley a todo el sector. Las otras empresas deben seguirle. Pero a condición de ponerse, ellas también, a la búsqueda de nuevos capitales para invertir a su vez. ¿y dónde conseguir dinero? En el mundo financiero a través de créditos, ampliaciones de capital, salida a bolsa de la empresa… Este vínculo entre la industria y las finanzas es un mecanismo esencial de la competencia.

Cada fabricante intenta robar mercado a sus competidores. Desde esta perspectiva, cada empresa busca mantener bajos costes de producción. Esto sólo es posible mediante la inversión en tecnologías innovadoras y máquinas que requieran menos mano de obra, mediante el aumento de la duración y el ritmo del tiempo de trabajo, o mediante la reducción de los salarios. En términos patronales es la misma lógica, ya que esto le permite tener una posición más ventajosa en la carrera competitiva. Sin embargo, desde una perspectiva global, si todos los fabricantes hacen lo mismo, aumenta la producción pero el poder adquisitivo disminuye, en la medida en que la gente gana menos o están desempleados. Un aumento de la producción frente a una disminución del poder adquisitivo: con el tiempo tiene que explotar. Es una contradicción inherente al capitalismo. El objetivo de acumular capital y producir más tropieza con caída de la demanda, con la reducción del poder adquisitivo.

Aquí se impone un pequeño paréntesis. Este exceso de capacidad es relativo. El superávit de bienes sólo se produce porque la gente consume menos. Y no porque las necesidades de la sociedad estén realmente satisfechas. Durante la Gran Depresión después del crac de Wall Street en 1929, millones de personas tuvieron frío, y sin embargo, había montañas de carbón en stock. La gran mayoría pasó hambre, mientras se destruían toneladas de tomate, trigo y miles de litros de leche. Hoy en día, en los Estados Unidos, decenas de miles de viviendas permanecen desocupadas, mientras que cientos de miles de estadounidenses tienen que sobrevivir en campamentos de fortuna a las afueras de las ciudades.

Durante el crac de los años 1930, la oferta se redujo considerablemente. Se destruyeron stocks y muchas empresas tuvieron que cerrar la puerta con llave. De esta manera se restableció el equilibrio entre la producción y el poder adquisitivo. Durante un período de cuatro años entre 1929 y 1933, la producción industrial en Gran Bretaña se redujo en una sexta parte, una quinta parte en Francia y Alemania y una tercera parte en Estados Unidos. Durante este mismo período, el número de trabajadores en los EE.UU. en el sector manufacturero cayó un 38,8%.

Cuando la crisis de sobreproducción se manifestó en 1973, la reacción fue más bien lenta y laxa. Ya pasaría, era una coyuntura débil, era el precio del petróleo… Pero las cosas evolucionaron y se fue de mal en peor. Así, desde 1978, tuvieron lugar importantes reestructuraciones, como sucedió en nuestro país con los cierres y despidos en masa en los cinco sectores “nacionales”: la minería del carbón, la siderurgia, la construcción naval, el vidrio y los textiles. En diez años, el desempleo en Bélgica pasa de cien mil personas a seiscientas mil, con Valonia particularmente afectada.

La segunda crisis del petróleo en 1979 marcó el inicio de la administración Reagan-Thatcher. Fue el comienzo de un largo período de veinte años de estimulación más o menos artificial del crecimiento. El mundo de las finanzas recibió una libertad de acción casi ilimitada, la avanzada ingeniería financiera invadió el mundo con nuevos productos y nuevos socios. La globalización y la liberalización rompieron todas las barreras y se dio libertad a especuladores y otros financieros. Estos nuevos canales de financiación de la economía fueron impulsados por las reformas fiscales aprobadas por Thatcher y Reagan. Los afortunados nadaban en maravillosos regalos. De Reagan a Clinton, el tipo impositivo para los ingresos más altos en los Estados Unidos se redujo desde un 70% a un 28%. Estos incentivos para los ricos amplió la brecha social hasta un vertiginoso abismo. Estos ricos que disponían de una fortuna cada vez más impresionante podrían pedir dinero prestado de manera casi infinita en el sector financiero, insaciable y en plena expansión.

Y de esta manera, la economía de los EE.UU., que representa un tercio del consumo mundial, sacó a la economía mundial del atolladero en el que se había deslizado.

La middle class (clase media), y los estratos más pobres de la población fueron animados a consumir a crédito. El golpe de gracia sucedió cuando, a raíz de la crisis económica causada por una burbuja tecnológica en el año 2000, el banco central estadounidense rebajó su tasa de interés rectora al 1%, para estimular la economía. Los bancos respondieron de inmediato. Nacieron unos préstamos a tasas que desafiaban toda competencia, hipotecas a precios imbatibles, fueron concedidas hipotecas de  hasta el 100% del precio de compra a hogares sin ninguna condición acerca de sus ingresos. Incluso los estadounidenses con ingresos muy bajos podrían obtener una hipoteca subprime, aunque no tuviesen patrimonio. Aunque “obtenerla” no es la palabra más exacta. Todo tipo de asesores financieros se especializaron en la venta de estos préstamos a particulares. Incluso asesoraron a algunas personas a mentir sobre sus salarios (los liar´s loans, préstamos del mentiroso). Otros, incluso omitían toda clase de pregunta sobre la renta, el empleo o la propiedad. Eran los ninja-loans (préstamos ninja). Ninja significa no income, no job, no assets (sin ingresos, sin trabajo, sin propiedades). Incluso se utilizó una palabra para describir esta forma de forzar a la gente a endeudarse: predatory lending, préstamos abusivos. De esta manera, seis millones de personas que no eran solventes compraron una casa. El número total de créditos hipotecarios en los EE.UU. llegó a los 11.500.000 millones de dólares. Una burbuja financiera astronómica.

Las consecuencias eran previsibles. Toda América – el Estado, las empresas y los particulares – vivían a base de crédito. Las deudas alcanzaron cifras inéditas. Durante años, los Estados Unidos consumieron dos mil millones de dólares más de lo que producían. Toda la maquinaria de la sociedad funcionaba a crédito.

Cuando las finanzas burbujean

De esta manera, colosales cantidades de dinero se pusieron a buscar mega-ingresos en el sector financiero. La economía financiera se propagó por todo el mundo: es la mundialización.

Durante los años 1970, cuando el motor de la economía comenzó a fallar, la tasa de rendimiento de las inversiones industriales no eran lo suficientemente altas y habían perdido su atractivo. Pero capital, había un montón. A medida que los sectores productivos dejaron de ser realmente atractivos, los capitales se desplazaron hacia el sector financiero. La globalización abrió una multitud de territorios rentables, siempre ascendiendo. Los fondos de inversión y fondos especulativos privados hacían la competencia a los bancos. La ingeniería financiera compleja estaba en boga. Comprar compañías, dividirlas y luego revenderlas reportaba más que producir. Los capitales inundaron el mercado de valores, y todas las empresas que quisiesen seguir siendo atractivas tenían que aumentar el precio de sus acciones.

Esta tendencia fue introducida por General Electric, la mayor multinacional electrónica del mundo. La compañía fundó su propio centro financiero, General Electric Capital, que sin demora abrió el juego en el casino financiero. Los beneficios fueron espectaculares. General Electric fijó incluso de antemano los dividendos otorgados a los accionistas. La tasa del 15%, netamente superior a la media, se convirtió en la norma. Y la recogida de ganancias no se hacía después del negocio. Se calculaba antes de que se realizase. Para seguir esta lógica, todas las empresas están obligadas a adoptar planes de reorganización y reestructuración continuamente, año tras año. Forzadas a tomar siempre a más riesgos. El rendimiento para los accionistas se convirtió en el criterio último. El valor de una empresa se mide ahora por su salida a Bolsa. El mundo copió este modelo de gestión. Si en 1982, las instituciones financieras en los Estados Unidos eran responsables de menos del 5% de los beneficios totales de las empresas, veinticinco años más tarde la cifra había aumentado al 41%.

Se soltaron todas las amarras. No se evitó ningún riesgo. Los monstruosos financieros deglutían cada vez más riqueza, sin relación alguna con la producción real. En la década de 1990, bajo la presidencia Clinton, el líder del banco central de EE.UU., Alan Greenspan y el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Robert Rubin, diseñaron una política que poco a poco ponía fin a la regulación existente. Ya no quedaba prácticamente cortafuego alguno para la concesión de créditos. Todas las normas de precaución fueron arrojadas por la borda.

Un gran paso se dio cuando se pudieron utilizar títulos de deuda para comprar valores inmobiliarios. Prácticamente cualquier título de deuda podía transformarse en obligación bursátil, y por lo tanto venderse e intercambiarse. Los bancos que habían concedido préstamos a los estadounidenses más pobres sin tener en cuenta los riesgos, se pusieron a vender estos préstamos – junto con el riesgo que conllevaban – a empresas especializadas. Gracias a la alquimia de Wall Street, la relación entre el banco y el propietario de la casa desaparecía totalmente. La obligación del banco de actuar como un buen padre de familia con el cliente ya no estaba presente. Las empresas especializadas empaquetaron de nuevo estos valores de deuda. Los títulos de deuda con mayor riesgo se mezclaron con la de los deudores más fiables, como las cartas en una mano de póker. De esta manera nacieron los créditos podridos, los peores de todos, verdaderas termitas al asalto del sistema financiero, que llegaron a roer el hueso.

Una vez más los despidos en masa: ¡beber, eliminar!

Pero la situación cambió cuando la tasa de interés rectora subió al 5,25%. Nadie podía seguir pagando los créditos, todo el mundo trataba de vender a cualquier precio. El mercado de la vivienda da un vuelco. Los morosos se cuentan por millares. El consumo de los EE.UU. dopado por la deuda no había resuelto la crisis de sobreproducción, sólo la había retrasado. Hasta que todo estalla irreversiblemente en 2008. Desde hacía treinta años la crisis de la economía real había sido “postergada” por los comerciantes de burbujas financieras. Pero una sociedad no puede vivir en el crédito para siempre. Y, en 2008, allí estaba, enorme: la crisis de producción se pone al descubierto ante nuestros ojos.

En 2009, por primera vez desde la década de 1930 y en todo el mundo, la producción de bienes y servicios de consumo comienza a declinar. En los Estados Unidos, un promedio del 3%, en Europa, del 4%. Ese año, el comercio mundial se redujo en un 20%. Se extiende una ola mundial de despidos, cierres, fusiones, moderación salarial y flexibilidad de toda clase. Es la drástica manera elegida para adaptar el proceso de producción a la caída de la demanda. Sobre las espaldas de quienes producen la riqueza.

En la mayoría de los países, el desempleo ha aumentado en casi la mitad. En Europa, la recesión ha destruido 8 millones de puestos de trabajo, 4 millones de en la industria y 2,5 millones en el sector de la construcción. Sería en Irlanda, el paraíso liberal, donde desaparecen proporcionalmente una mayor cantidad de puestos de trabajo: el 13%. En un solo año, 375.000 personas perdieron sus empleos, sus ingresos y su esperanza, sobre todo en el sector inmobiliario y el de la construcción, sectores que fueron los más estimulados artificialmente. Lo mismo sucede en España, donde el 9,6% de la fuerza de trabajo pierde sus ingresos en el lodazal de la crisis. Cuando el mercado de la vivienda se derrumba, 1,9 millones de personas se quedaron sin techo[4].

“¿Por qué medio supera las crisis la burguesía? Por una parte, mediante la destrucción forzosa de una masa de fuerzas productivas. Por otra, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más a fondo de los existentes. Bien mirados, estos medios equivalen a la preparación de crisis más amplias y violentas y a la reducción de los medios para prevenirlas.”[5] escribieron Marx y Engels en su Manifiesto Comunista.

La destrucción de las “fuerzas productivas” son las empresas que realizan reestructuraciones y que cierran, son los millones de personas que de repente ya no tienen ni trabajo ni ingresos. Las grandes empresas han puesto en marcha planes de reestructuración – a veces preparados desde hace mucho tiempo – y se fortalecieron para enfrentar la futura competencia.

Tras un año de disminución de los beneficios, los grandes monopolios batieron récords en 2010. La prensa financiera habló de un año de “gran cosecha”. “Cuando el absceso de la crisis de crédito estalló, todas las empresas accionaron el freno de emergencia. Tomaron nota de una recesión prolongada, y a continuación redujeron gastos y agotaron las existencias. Cuando se restauró el volumen de negocios, se creó un potente efecto palanca para el beneficio “, analiza un periódico financiero[6].

“¡Beber, eliminar! “, proclama la publicidad. En términos patronales “¡desengrasar, ajustar!.” Son las palabras de moda. “Desengrasar” es el término educado para decir que las empresas se deshagan de departamentos enteros en sus organigramas, o que subcontraten, dando la impresión de estrecharse, aunque no sea así. De hecho, desde la década de 1980, la mayoría de las multinacionales han abandonado la diversificación para centrarse en su core business (negocio principal). El resto se subcontrata. Las grandes empresas se han transformado en gigantes líneas de producción conectadas a una casa matriz, que engloba a todo un sector periférico de empresas subcontratadas repartidas por todo el mundo.

Las empresas desengrasan a todo vapor, y recortan en todo mientras que las ganancias se hinchan visiblemente. “Las multinacionales no financieras de Europa alcanzaron un récord de quinientos mil millones de euros de beneficios, lo que representa un incremento de casi el 30% en comparación con la víspera de la crisis, a finales de 2007. Las empresas belgas y europeas logran reservas de efectivo como nunca lo han hecho. Sienten demasiada incertidumbre para reanudar sus inversiones “, constata la prensa financiera en 2010.[7]

Esta explosión de los beneficios no se ha utilizado pues para inversiones productivas, si no que se amasa durante un tiempo. Para que las empresas más fuertes, cuando llegue el momento, puedan utilizarlo para segar la hierba bajo los pies de sus competidores debilitados y ganar cada vez más cuota de mercado. Las multinacionales se preparan de esta manera para una nueva competencia más dura, sembrando las semillas que florecerán en el futuro en forma de nuevas crisis de sobreproducción, cada vez más globales y más virulentas. Es la otra cara de la moneda de aumentar la producción y disminuir el poder adquisitivo.

Es cierto, no toda la liquidez se acumula: las empresas también abren el grifo de los dividendos a los accionistas y los beneficios siguen llegando a chorro a sus bolsillos.

Los estados asumen las deudas del sector privado

Londres, abril de 2009: “La cumbre del G-20 busca medidas para ayudar a la economía mundial a salir de la recesión.” El G-20 indica la cantidad necesaria a escala mundial para generar el impulso necesario para la recuperación económica: la increíble suma de 5 billones de dólares. Esta suma debe dar oxígeno a las economías gravemente enfermas. De esta manera, la deuda del Estado aumenta en varios puntos porcentuales de un solo golpe. Una elección deliberada para “evitar lo peor”. Pero ya en ese momento, las deudas del Estado llegaban a niveles insostenibles.

Las intervenciones masivas de los Estados venían – provisionalmente – de evitar por un estrecho margen el colapso total del sector financiero. Mediante nacionalizaciones temporales, inyecciones de capital y garantías bancarias, los estados fueron capaces de contener el pánico por un tiempo. Esta intervención del Estado fue vendida al público con la promesa de que las autoridades reformarían el mundo financiero a fondo. Todos los políticos juraron, en 2008 y 2009, que se emprenderían severas represalias contra el sector financiero, contra la especulación y los fondos especulativos. Pero una vez que los banqueros, las aseguradoras y los especuladores recibieron la ayuda solicitada, regresaron a su negocio como si nada hubiera pasado. Business as usual. Podían seguir como antes, las medidas de control no habían servido para nada, más que para alimentar a los medios de comunicación, y los bonos podían subir de nuevo. ¿Quién puede olvidar que Pierre Mariani Dexia recibió en el año 2010, además de su salario de un millón de euros, un bono de 600.000 euros, y de una prima adicional de 200.000 euros? En cuanto al director ejecutivo de Goldman Sachs Lloyd Blankfein, fue recompensado en 2010 con un bono de 19 millones de dólares. Ver para creer….

Nada ha cambiado, mas bien todo lo contrario, se llega más lejos incluso. Los principales bancos han aprendido que son inexpugnables, que son too big to fail – demasiado grandes para quebrar. Pueden seguir especulando en paz, porque si las cosas van mal, de todos modos los estados le ayudarán. En Davos, David Rubenstein del Carlyle Group, una de las empresas de inversión más grandes del mundo, dijo sin rodeos: “Hemos aprendido que un ataque al corazón no es fatal.”

Las instituciones financieras se declaran too big to fail, y el establishment financiero too big to jail (demasiado grandes para ir a la cárcel). “Es escandaloso que las cárceles no estén llenas de estos banqueros de Wall Street”, tronó un día el director de Inside Job, Charles Ferguson.

Los fondos públicos no se dirigieron sólo al mundo financiero, también fueron para el mundo industrial. Principalmente en los EE.UU., donde se pusieron en marcha programas de apoyo económico para la industria, para salvar, entre otros, a General Motors.

Estados Unidos y Alemania impulsaron la industria del automóvil mediante el un descuento en el importe, con una suma que puede llegar hasta los 2.500 euros por un coche viejo para comprar uno nuevo. A pesar de todos estos planes de apoyo, las plantas de Opel en Amberes y de ArcelorMittal en Lieja se cerraron.

El economista Nouriel Roubini resume el problema: “Una crisis financiera y económica causada por el exceso de deuda y apalancamiento del sector privado condujeron a un masivo re-apalancamiento del sector público con el fin de evitar la Gran Depresión 2.0”[8] Su colega Joseph Stiglitz señala, “los bancos, los fabricantes de automóviles y otras industrias pueden apelar al Estado cuando tienen problemas. Por lo menos en los países industrializados. Los países en desarrollo, por sí mismos, no pueden pagar. Las empresas en el norte pueden por lo tanto correr riesgos si lo consideran conveniente, sabiendo que van a ser salvados si las cosas van mal. »[9]

¿Nuevo Mundo, Nuevo Capitalismo?

8 de enero de 2009. Sarkozy y Merkel se entienden remarcablemente bien en el simposio “Nuevo Mundo, Nuevo Capitalismo”, en la escuela militar de París, al pie de la Torre Eiffel.

Los invitados, sentados junto a célebres economistas como Joseph Stiglitz y Amayrta Sen, y los líderes del BCE y de la Organización del Mundial del Comercio, no se andan con rodeos. Merkel adelanta distintas ideas como la de establecer un consejo económico mundial, que serviría para controlar las acciones de los bancos e instituciones financieras. Europa debe tomar la iniciativa: los que quieran, que nos sigan.

Cada uno a un lado, Merkel y Sarkozy tiran salvas de advertencia. La primera promete “responder con firmeza” si el mundo financiero llega a atreverse, una vez superada la crisis, a reclamar menos supervisión y menos regulación. “No podemos repetir los errores del pasado”, añade el segundo en forma de advertencia, llegando a declarar que “Hoy en día, ningún país puede imponer sus ideas a los demás” – palabras claramente dirigidas a Obama. Advierte  a los oyentes de honor que “o volvemos a las raíces del capitalismo, o lo destruimos. El capitalismo puramente financiero ha pervertido la lógica del sistema. Es inmoral. Se trata de un sistema en el que se lleva la lógica del mercado a perdonar todo.”

Tony Blair, asiste al show. El ex primer ministro británico palidece bajo los fuegos artificiales. Como la crisis puede ser reducida a una cuestión de funcionamiento de los mercados financieros, un “enfoque técnico” es, pues, a su criterio, básicamente suficiente. Pero aún así termina por reconocer que “el sistema internacional de vigilancia, inevitablemente, debe ser reformado.”

Los pirómanos que redujeron a cenizas metódicamente cada una de regulaciones de los mercados de repente se transforman en esta escuela militar en bomberos profesionales. Sin duda esa es la impresión que dan. Pero aquellos que leen entre líneas observan, en este torrente de altisonantes palabras contra el capitalismo, precisamente la preocupación de salvar al capitalismo. Estos adictos a la pirotecnia reconvertidos a bomberos atribuyen la crisis a los excesos del mundo financiero, a la codicia desmedida de los banqueros, en definitiva, a los excesos. El mundo financiero pesa demasiado. El enemigo es el capital financiero, que parasita a la sociedad. Juntos, los trabajadores, empleados y empresarios industriales deben enfrentarse a este “capitalismo financiero”. El ex Primer Ministro de Francia, Michel Rocard (PS), comparte esta visión. Declara que “hace falta defender a quien produce frente a quien especula. Esa es la nueva lucha de clases”.

La canción entonada en el simposio, “Nuevo Mundo, Nuevo Capitalismo” no es tan nueva. También fue tarareada en la década de 1920. Entre otros, por el fundador de Ford, Henry Ford. Que defendía que “los empresarios y los empleados tienen un interés común en contra de los especuladores capitalistas.” Así hablaba la persona que introdujo el sistema de trabajo de cadena. En Tiempos modernos, Charles Chaplin plasma en imágenes la realidad de este “interés común”.

Siguiendo los pasos de Henry Ford, Merkel, Sarkozy y Blair sostienen que los empresarios industriales tienen una aportación positiva, pero que los especuladores financieros la destruyen. La solución es simple: controlar la especulación e instalar una economía de mercado bien regulada.

Aquellos que se niegan a considerar el socialismo como una alternativa al capitalismo aún siguen tratando de buscar otra salida. Esta nueva ruta todavía lleva el mismo nombre desde hace cincuenta años, el de la “tercera vía”, también conocida como el “capitalismo con rostro humano”.

La versión anterior de la “tercera vía” fue la que se incluyó en el manifiesto Neue Mitte (el nuevo centro) de Blair y Schröder. Al parecer, esta “tercera vía” era de facto la primera, es decir, el camino del capitalismo. Bajar los salarios, una menor protección del empleo, el camino del abandono de los servicios públicos. Y, hete aquí que con un clic, al igual que un irritante pop-up en la pantalla de nuestros ordenadores, resurge la tercera vía. “No tenemos una idea clara sobre cómo lograr esta tercera vía. Un camino entre el socialismo y su estado invasivo y el Estado mínimo – al estilo de Reagan y Thatcher – de la derecha”, dice el ex economista jefe del Banco Mundial, Joseph Stiglitz. Sí, otro capitalismo es posible, cantan al unísono Merkel, Sarkozy y Blair. El profesor de economía Arnsperger de la Universidad de Louvain-la-Neuve, bromea: “salvar al capitalismo de los capitalistas, este parece ser el lema eterno de nuestros reguladores.”[10]

El mito de la tercera vía renace de nuevo y como siempre apela al “capital bueno” para derrotar al “capital malo”, y el Estado debe ayudarle. Esta es también la afirmación de Elio di Rupo. Pero el capital industrial y el capital financiero están relacionados, íntimamente imbricados como en una fogosa relación amor-odio.

Este amor pasa a través de la cartera. Su interés común es sacar el máximo provecho de la producción, ya que, en última instancia, toda la riqueza proviene de la producción. El dinero no crea dinero, sólo el trabajo crea riqueza. Los buitres financieros exigen un 15% de rendimiento de la producción por la única razón de que es lo que hace funcionar sus órganos vitales.

En cuanto al odio, se alimenta por el líquido glacial de ese 15% y la caída de la demanda que provocará. En este caso, los gigantes industriales pueden tener intereses distintos a los de sus acreedores y accionistas. Pero los grupos industriales dependen de sus financieros para su crecimiento económico y para vencer a sus competidores.

Los sectores industrial y financiero son tan dependientes el uno del otro que terminan por soldarse. Los gigantes financieros acuerdan crédito por un lado y, por otro, compran acciones en actividades industriales y comerciales. Al mismo tiempo, las empresas transnacionales fundan su propios departamentos financieros. Durante años, General Motors obtuvo beneficios mucho mayores en su departamento financiero que en el productivo. Hete aquí, que los vemos convertidos en hermanos siameses.

Albert Frère, amigo de Nicolás Sarkozy, probablemente haya tenido que sonreír ante la retórica y las emocionantes batallas lingüísticas del presidente francés. Frère, conoce bien el tema. El vínculo entre el mundo financiero e industrial es inseparable. Tomemos el ejemplo del mismo Frère. Es un magnate financiero, patrón de holdings y socio de BNP Paribas –Ndt: banco francés-. Pero sus holdigns invierten en sectores industriales como el de la energía, el cemento,  el sector agroalimentario. Por tanto, también es un industrial. ¿Quién puede separar a Albert Frère de su otro Albert Frère? Nadie.

Por lo tanto, la “tercera vía” de Stiglitz y su “capitalismo con rostro humano” es una ilusión, la ilusión de que sería posible separar los dos sectores. “¡Dejemos de ser hipócritas y reconozcamos de una vez por todas que la especulación bursátil que precipita las instituciones privadas en las aguas poco profundas de la falta de liquidez es el fundamento del capitalismo! Replica Arnsperger, investigador en Economía en la UCL. Es una indecencia hablar en contra de las actitudes especulativas, pretendiendo creer que el capitalismo financiero (y el capitalismo en general) podría existir sin la especulación.»[11]

Los bonos del Estado, la última burbuja

Durante los últimos treinta años, se han sucedido una serie de burbujas especulativas para hacer frente a la crisis de sobreproducción. Era la fiesta del sobreconsumo permanente del 10% más rico de la población. Pero el pastel fue deglutido antes de hornearse correctamente. En este área, Japón se lleva la palma, con una deuda total de los poderes públicos, corporaciones, instituciones financieras y ciudadanos, todos ellos juntos, superior al 450% de su PIB. Gran Bretaña, es la segunda con  un 380%, y los Países Bajos después con  un 350%. Esto significa que toda la riqueza de los próximos tres o cuatro años ya se ha consumido incluso antes de haber sido producida.

Por lo tanto, los juerguistas la toman ahora con las obligaciones del estado, la última burbuja especulativa de este sistema congestionado. La enorme inyección de miles de millones, una cantidad nunca antes alcanzada en la historia de la humanidad, sin duda ha causado una recuperación temporal. Pero, en el primer semestre de 2011, sus efectos ya se habían disipado. El crecimiento se estanca de nuevo, la economía se vuelve a bloquear.

Esta situación debería resolverse compensando el consumo artificial de ayer por una caída en el consumo de hoy. Pero mientras que el consumo excesivo de ayer fue el de las capas superiores de la población, hoy en día es compensada por la reducción del poder adquisitivo de los otros segmentos de la población. En todas partes los planes de austeridad se ponen a la orden del día. El gobierno de EE.UU. ha anunciado planes para reducir el multimillonario déficit del presupuesto anual en 1.625.000 millones de dólares en 2020. Los países europeos también prevén severos recortes presupuestarios: 86.000 millones de euros en Alemania hasta 2014, 100.000 millones de euros en Francia a logar en 2013, 95.000 millones de euros en el Reino Unido programados para el año 2015, 70.000 millones de euros en España para el 2014.

El Parlamento Italiano ha aprobado recientemente, bajo la presión de los mercados financieros y de las instituciones europeas, un paquete de restricciones de 180.000 millones de euros, a lograr en el 2014. Esta cifra representa el 12% de su PIB. Un programa de esta magnitud llevó a la economía griega a la ruina y sólo aumentó la deuda del país heleno. Es lo que le espera a Italia. Una bomba de relojería para el futuro de la Unión Europea.

Y nuestro país pretende ahorrar por lo menos 22.000 millones de euros para el año 2015.

Son cantidades astronómicas, nunca antes vistas, difícilmente imaginables, y menos aún concebibles. Pero sólo empeoran las cosas. Terminan por obstruir la economía. Si todos los países se aprietan el cinturón al mismo tiempo, todos ellos se encuentran en situaciones idénticas: el gasto se incrementará debido al aumento del desempleo, el ingreso se reducirá a causa de los menores ingresos fiscales y de la caída del poder adquisitivo. El déficit presupuestario puede disminuir, pero también disminuye el PIB, porque se producirá menos riqueza. El sistema parece rodar cuesta abajo en un proceso auto-destructivo que va a devorar sectores enteros de la economía.

Nouriel Roubini, uno de los pocos economistas que predijo la crisis de 2008, lo expresa así: “Karl Marx tenía razón, llegados un punto, el capitalismo puede autodestruirse, porque no se pueden seguir trasladándo los ingresos del trabajo al capital sin tener un exceso de capacidad y una falta de demanda agregada. Y eso es lo que sucedió. Pensamos que los mercados funcionaban. No están funcionando. Y lo que es racional individualmente, que cada empresa quiera sobrevivir y prosperar, significa recortar costos laborales aún más. Mis costos laborales son los ingresos laborales y el consumo de otros. Por eso es un proceso autodestructivo.»[12]


[1] RTBF radio, 12 de agosto de 2011, http://www.rtbf.be/info/economie/detail_faire-tourner-la-planche-a-bille… nationaliser-le-systeme-bancaire?id=6583003.

[2] « La nationalisation, seule alternative. interview de nico Cué », Solidaire, 31 de octubre de 2011.

[3] Naomi Klein, « Kapitalisme à la sarah Palin », De Morgen, 3 de agosto de 2009.

[4] Entre el tercer trimestre de 2008 y el primer trimestre de 2010. Eurostat, « emploi par sexe, tranche d’âge et nationalité, 2010 ».

[5] Karl Marx y Friedrich Engels, El Manifiesto del Partido Comunista, op.cit., p. 58.

[6] De Tijd, 22 de octubre de 2010.

[7] De Tijd, 12 de agosto de 2010.

[9] MO*Magazine, noviembre de 2009, p. 21.

[10] Le Soir, 3 de octubre de 2008.

[11] Le Soir, 3 de octubre de 2008.

 

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