EL NACIONALISMO Y LA EUROPA A DOS VELOCIDADES

001 Portada 'Il Quarto Estato'Miguel A. Montes 

28 Abril 1999

La cuestión nacional es uno de los problemas actuales que deben de abordarse desde un análisis histórico concreto dentro de la etapa superior de la actual fase imperialista en el desarrollo del capitalismo, con la hegemonía total del imperialismo concentrado en tres zonas (EE.UU., Japón y Unión Europea), en donde EE.UU. es ahora el árbitro mundial, el gendarme que ha pasado de mandar en el llamado bloque occidental capitalista a imponer su doctrina geopolítica del nuevo orden imperialista de final de siglo.

El imperialismo no es una estrategia política de los Estados capitalistas, sino una fase socioeconómica del desarrollo del sistema capitalista, producto del desarrollo de las fuerzas productivas y la consolidación de las relaciones de producción capitalistas como modo de producción dominante internacional, y como resultado de la lucha de clases internacional entre explotadores y dominantes (estados imperialistas representantes de los intereses de clase del capital transnacional) y los explotados, dominados y oprimidos (clase obrera y clases populares, países subdesarrollados) y estados independientes en lo político con relativa dependencia en lo económico (países liberados con orientación anti-imperialista, y algunos estados de carácter socialista).

El capital como factor de acumulación, tiene necesidad históricamente de un Estado que unifique mercados, facilite la circulación, libere mano de obra y reglamente la relación con el proletariado combinando la coerción y el consenso. El Estado nacional y social ha representado durante una fase histórica este tipo de dominio, el Estado de la burguesía nacional en ascenso. La unificación del mercado mundial plantea el problema de relacionarse a nivel internacional con el proletariado, un proletariado potencialmente amenazador de destrucción del orden capitalista mundial, contra el cual precisa el capital una forma de Estado capaz de ejercer las funciones de control y dominio.

El Estado del FMI, el Grupo de los 7, el Banco Mundial y las transnacionales, no necesita la continuidad territorial, ni la comunidad de idioma, ni cultural, ni tiene necesidad por tanto, de constituir una nación. En primer lugar, porque no tiene que luchar contra el feudalismo, ni aliarse con el pueblo para combatir a la aristocracia como antaño. En segundo lugar, tampoco tiene necesidad de proclamar principios universales ni de teorizar la democracia. En el contexto de la estrategia neoliberal de la globalización de la cultura y el idioma, éstos son utilizados como hilo conductor de los valores del imperialismo, cultura de masas “american of life”, atentando a la propia realidad cultural, social y la soberanía de las comunidades nacionales y los Estados plurinacionales.

Lenin distingue dos épocas en el desarrollo del capitalismo:

1º La del ocaso del feudalismo, en la que el capitalismo en ascenso se caracteriza por el despertar de la vida nacional, por los movimientos democrático-burgueses y populares y la constitución de estados nacionales.

2º La del capitalismo consolidado, en la que el antagonismo entre burguesía y proletariado se distingue por la destrucción de las barreras nacionales, por la unidad internacional del capital y de la vida económica, por la absorción de las particularidades nacionales.

La CEE precisamente se formó en un intento de la burguesía europea para superar las estrecheces del Estado nacional, con sus respectivos mercados nacionales limitados. Históricamente el Estado nacional jugó un papel esencial en el desarrollo del capitalismo, al proteger y desarrollar el mercado nacional. Con la división internacional del trabajo y el desarrollo de las comunicaciones, la técnica, la ciencia, las transnacionales y el mercado nacional, las fuerzas productivas entraron en conflicto en el Estado nacional, así como con la propiedad privada de los medios de producción. Esta contradicción se reflejó en las dos guerras mundiales y las crisis económicas de 1929 y 1973. Los mercados nacionales separados de Francia, Gran Bretaña y Alemania eran demasiado pequeños para las transnacionales yanquis, japonesas y europeas y no ayudaban a superar la crisis. El Mercado Común fue creado para superar las limitaciones productivas y financieras a la centralización y concentración del capital.

Los nuevos estados nacionales surgidos de la disolución de la URSS y de Yugoslavia son distintos de los Estados nación que se crearon en Europa en la época de las revoluciones burguesas. La desintegración de Yugoslavia y Checoslovaquia ha sido, con todo, favorecida por el impulso a la fragmentación y regionalización a las que el capital transnacional recurre para el control de los dominados. Son cualquier cosa menos Estados nacionales en el sentido originario del término. No se ejerce en ellos ninguna soberanía popular. Las prerrogativas de la soberanía hoy ya no están en manos del antiguo monarca absoluto del Imperio Austrohúngaro, sino en la de los amos del FMI. El nombre más apropiado sería el de Estados regionales, con autonomía administrativa a los que se ha confiado la tarea de control de los trabajadores en función de la economía capitalista mundial. Es precisamente por esto que sus gobernantes, expresión del bloque social dominante de una burguesía compradora con ropajes de burguesía nacional, en crisis de legitimación y necesitados de ejercer ese control sobre las masas que el imperialismo les encomienda, fomentan un nacionalismo exasperado, excluyente y racista. Viejísimo recurso para distraer la atención de los trabajadores de la lucha de clases, de los problemas económicos y sociales que el paso a la economía de mercado y la dependencia directa del capital transnacional provoca en la Europa del este. La actual situación de los Balcanes es producto de la anterior etapa de desarrollo del socialismo autogestionario yugoslavo, donde se incubaron fuertes desequilibrios territoriales, conviviendo zonas de fuerte desarrollo industrial –Eslovenia, Croacia y Serbia- con zonas afectadas por la pobreza y el paro –Kosovo, Macedonia, Bosnia…), introduciendo elementos de insolidaridad en el seno de la propia clase obrera yugoslava, contrarios al internacionalismo de clase. La crisis económica del sistema y el derribo del socialismo fue la causa que reanimó la explosión nacionalista.

El ejemplo del proceso histórico concreto de la formación social italiana viene al caso. La unidad italiana fue necesaria en 1860 para la burguesía del norte avanzado que necesitaba de los recursos del sur (circulación y mano de obra). Para ello era necesario liberarse del yugo austríaco por la unificación de Italia a través de la formación de un Estado, ocupando militarmente los territorios del sur. A partir de 1945 la democracia cristiana, subordinada a las fuerzas capitalistas del norte, favoreció el desarrollo industrial de Lombardía, Piamonte y Liguria, mientras el sur siguió siendo campesino, rural, dejado en manos de terrateniente, no existiendo un proceso de industrialización y desarrollo, hundido en la miseria y la pobreza. En el sur el paro es del 21% mientras que en el norte es del 6,8%. Cuando la Liga del Norte plantea la independencia, razona como lo hacían los dirigentes de Eslovenia y Croacia, que querían separar las regiones ricas de Yugoslavia, de las regiones yugoslavas más pobres: Macedonia, Bosnia y Kosovo. El Estado italiano ya no sirve a los intereses del bloque social postfordista de las empresas y microempresas, pues éste necesita para su desarrollo un Estado nuevo que no le obligue a pagar impuestos, que le permita profundizar en le explotación de los trabajadores y que no divida la riqueza del norte en todo el país.

El fenómeno de la Liga se inscribe en el nuevo contexto mundial caracterizado por la dominación del capital transnacional. Este nacionalismo tiende a entrar en la competencia capitalista mundial, liberándose de un Estado central que frena su actividad a través de la presión fiscal y a través de la imposición de los contratos laborales y los derechos sindicales, derivados del anterior desarrollo industrial fordista. Su lema es la libertad fiscal y la libre explotación de la fuerza de trabajo. Son estos los motivos por los que los centros capitalistas insertos en la competencia internacional tratan con todas sus fuerzas de sacar las regiones por ellos dominadas, fuera del Estado nacional. La Liga de Bossi, representa los intereses de aquella fracción del capital del norte de Italia que trata de conquistar los mercados internacionales a través de la evasión fiscal y de una feroz explotación del proletariado. Objetivo, entrar al formar parte del núcleo fuerte y rico en Europa, uniéndose a Francia y Alemania, separándose de la Europa pobre.

Estos elementos analizados debemos de tenerlos muy en cuenta, dado que Maastrich gira en torno a la legalización de una Europa a dos velocidades, producto del desarrollo desigual de la cadena imperialista, con un centro plenamente desarrollado multisectorialmente en lo económico, y donde se concentra por tanto el poder de decisión política, financiera y tecnológica, y una periferia donde conviven pobreza, desertización industrial y fuertes desequilibrios sociales y de territorio. Se genera una nueva relación centro-semiperiferia-periferia donde los Estados de débil desarrollo monopolista se pliega al capital monopolista de los estados imperialistas más fuertes (Alemania, Francia y Gran Bretaña).

Esto dará legitimidad a las transnacionales para agudizar el desequilibrio, configurando las ciudades donde la relación no se desarrolla con el Estado nacional, sino con el papel que puede desempeñar, garantizando las infraestructuras y los servicios necesarios a las transnacionales. Producto de ello, la ciudad como un espacio de vida social se debilita y pasa a convertirse en el centro de transportes y comunicaciones, dentro de un contexto económico de aceleración de la rotación del capital, y en torno a la cual se vertebra el desarrollo regional capitalista. De ahí la propuesta de crear las eurorregiones, que se expresa en polarizar los crecimientos económicos por zonas, como por ejemplo el eje Barcelona-Marsella-Milán concentrará el crecimiento económico del sur de Europa, con la disponibilidad de redes de servicio-industria-comunicaciones para la flexibilidad de las transnacionales y el comercio, limitando la capacidad de los Estados de la periferia para intervenir en la economía.

Tomemos el ejemplo de Barcelona, donde se desarrollan tejidos industriales, de pequeñas y medianas empresas, en la periferia metropolitana de Barcelona (Barcelonés, Baix Llobregat y Vallés Occidental), que coexiste con una importante destrucción del empleo industrial en los lugares centrales de la ciudad, en que se asentaban los procesos productivos basados en la gran fábrica fordista. En concreto, Barcelona se terciariza y se traslada el cinturón industrial a las comarcas colindantes, ampliando la región metropolitana. Se ha pasado de la coyuntura de los años 60-70, caracterizada por la gran concentración industrial fordista, con bajas tasas de paro, con una clase obrera homogénea en lo socioeconómico, y con una amplia fortaleza del movimiento obrero y sindical, al desarrollo postfordista de los años 80-90, donde el obrero masa es sustituido por el obrero diversificado, con una afloración amplia y estable de un ejército de reserva que erosiona la fuerza de trabajo y debilita su organización, y una composición heterogénea de la clase obrera con diferentes status laborales. Algo similar ha sucedido en el norte de Italia, dando lugar allí al surgimiento de nacionalismos eurocentristas de carácter proimperialista.

La base social de tal proyecto se encuentra en los nacionalismos regionalistas europeístas tipo Bossi, tipo Pujol, tipo Colom, que en la práctica representan los intereses de las transnacionales. Esto es peligroso para todo proyecto alternativo de izquierdas y revolucionario si tenemos en cuenta que en la Europa de Maastrich, el 25% de la población, o sea más de 75 millones de personas, siguen viviendo en regiones con problemas de desarrollo, con una renta por habitante inferior a la media comunitaria y con un desempleo que alcanza el 30%. En la UE el paro azota con una cifra oficial de 18 millones, pero la real es de 30 millones de parados. La defensa de una Europa de los trabajadores, donde primen los derechos sociales (trabajo, vivienda, salud…), donde se homologuen al alza las condiciones de vida de los pueblos, tienen un enemigo ideológico: el nacionalismo pequeño burgués eurocentrista. Estos buscan la consigna de la Europa de los pueblos en la Europa dominada por el capital financiero y las transnacionales. ¿Desde cuándo los grandes bancos y las transnacionales actúan en interés de las pequeñas naciones?. Esto es típico de los prejuicios pequeñoburgueses del nacionalismo, que rechazando el análisis clasista de la sociedad caen bajo la influencia de las ideas de la clase dominante. Lejos de beneficiar a los vascos, catalanes o lombardos, una Europa capitalista pisoteará nuestros intereses, destruirá las industrias y empobrecerá nuestras poblaciones.

Bajo el lema neoliberal de una Europa fuerte, unida y competitiva se concreta la estrategia imperialista, en la que coinciden la socialdemocracia y los nacionalismos europeístas, en competencia con Japón y EE.UU., por el reparto del mercado mundial, lo que aparte de ajustes duros para los trabajadores europeos supone también la agudización del intercambio desigual de los países de la UE con los países subdesarrollados. Estas posiciones son un factor de desmovilización del movimiento obrero y la izquierda, y entra en una senda contraria al internacionalismo de clase, no sólo por no combatir globalmente la estrategia de ajuste contra los trabajadores europeos, sino porque ello supone a la vez la constitución del imperialismo europeo con la primacía del capital transnacional, el cual oprimirá a los pueblos subdesarrollados imponiendo un modelo neocolonialista de explotación, aumentando su dependencia y combatiendo al movimiento de liberación nacional de dichos pueblos. Los elogios a la nación, al europeísmo imperialista, no son más que la restauración de aquel socialimperialismo que la socialdemocracia esgrimió durante la Primera Guerra Mundial, que condujo a sectores de la clase obrera europea a traicionar sus intereses generales de clase por las migajas arrojadas por la burguesía, a la par que oprimía a los trabajadores de las colonias, y aquel eurocentrismo racista practicado durante siglos por la política colonial de los grandes imperios y la burguesía ascendente. Precisamente una de las razones de la existencia de la UE es el propósito de continuar explotando las antiguas colonias europeas. Las excolonias han sido y son utilizadas como fuente de materias primas y mano de obra baratas, con un flujo considerable en el periodo de auge de los años 60 y 70, donde los capitalistas estimularon la inmigración. Ahora, en el declive, los inmigrantes se han convertido en el chivo espiratorio del paro masivo y el objetivo de la demagogia racista del neofascismo europeo.

En Catalunya CiU y ERC, por un lado, y el PP por otro, nos quieren situar la confrontación de pueblos o comunidades para eludir la lucha de clases. Incluso Pujol y Arzallus llegaron a manifestar por separado la identidad “étnica” de los pueblos catalán “descendientes de los carolingios” (si buscáramos un adn catalán así no habría ya ningún catalán en Catalunya) y vasco, diferenciándose de los de fuera (Arzallus), cayendo en posiciones coincidentes con los nacionalismos excluyentes de los croatas, serbios y sudetes.

Debemos de replantear la cuestión nacional desde posiciones de clase dentro del marco histórico concreto. No es un problema de exclusión, ni lingüística, ni racial, porque lo mismo que no existe una raza pura nacional, tampoco existe una identidad lingüística totalmente homogénea y excluyente, pues hoy el catalán lo practica de forma progresiva todo aquel que vive en Catalunya, de forma combinada con el castellano, independientemente de su procedencia anterior o ascendente. Y esto debe de servir para hacer frente también al nacionalismo centralista e imperialista que aplica la política étnico lingüística también (recordemos el caso de los sudetes en la República Checa). Es decir, los inmigrantes ya no son tales, ni por tanto extranjeros, españoles (andaluces, extremeños, etc.), sino catalanes. No olvidemos que el régimen franquista intentó sentar las bases artificiales de enfrentamiento entre los inmigrantes con los trabajadores catalanes y viceversa, dividiendo a la clase obrera, fomentando los guetos y el españolismo chovinista. Con el paso del tiempo, los inmigrantes ya se habían establecido, formando parte activa e importante del núcleo de la clase obrera catalana y de su movimiento sociopolítico que fueron las Comisiones Obreras en la lucha contra la dictadura.

Hoy también hay un sector sectario con posiciones lingüísticas discriminatorias en el seno de la burguesía catalana que no entiende que la inmersión lingüística no se logra en una sola generación, que se necesita de varias generaciones, sobre todo después de haber existido el franquismo, haciendo borrón y cuenta nueva de las anteriores ligaduras de clase y políticas que la burguesía catalana dio al régimen franquista durante la explotación masiva e intensiva de los trabajadores en todo el proceso de acumulación de capital que va desde la postguerra, pasando por el desarrollismo industrial de los años 50 y 60 y la dependencia del imperialismo USA. Hoy bajo la democracia parlamentaria de carácter burgués, los contenidos de clase siguen siendo los mismos, sólo ha cambiado el modelo de acumulación capitalista y su forma política de dominación, pero el sistema sigue siendo el mismo y los referentes de clase de la burguesía catalana también : No es casual que el gobierno de Pujol haya sido uno de los promotores de los contratos basura, pasando a defender los intereses de su propia clase, tanto en Catalunya como en el Estado, en este sentido las políticas nacionalistas son únicamente lingüístico-culturales y se combinan con un contenido social profundamente anti-trabajo y anti-clase obrera. Por lo tanto, el debate último de la ley del catalán no es un debate real, de los verdaderos problemas que tiene Catalunya, ni tan siquiera sienta las bases reales para garantizar la inmersión lingüística y expansión de la lengua catalana al reavivar posturas chovinistas, el españolismo y el independentismo.

Debemos de recuperar la idea de que es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya, y no aceptar la idea de que es catalán todo aquel que vive, trabaja y habla catalán. Tan catalán es un obrero de Santa Coloma como un pagés de Lleida. Hoy, bajo el dominio mundial imperialista, no necesariamente toda la cultura catalana que se transmite se da en catalán. Muchas veces algunos que hablan en catalán están transmitiendo cultura yanqui y de ésta manera se destruye la comunidad cultural de la nación.

La cuestión nacional no es un problema de enfrentamiento de pueblos, sino de clases, y por tanto debemos de plantear el derecho de autodeterminación, la solución del carácter plurinacional de Estado español. Asumir la realidad multicultural, plurilingüe y de mestizaje en Catalunya frente a posturas racistas y chovinistas, tomando como base los derechos de ciudadanía como sitúa el documento del Partido sobre la cuestión nacional, pero siempre vinculándolo a la lucha de clases, partiendo de un análisis científico de la realidad social catalana (situación de las clases explotadas y oprimidas, análisis de los efectos de la crisis y la mundialización capitalista, sobre el paro, la situación de la juventud y la mujer trabajadora, los niveles de organización social y sus frentes, etc.), dando propuestas de solución a los problemas económicos y sociales, situando el derecho al trabajo, a la vivienda, organizando y articulando la sociedad civil alternativa (frente de masas y contrapoder) tener una visión alternativa de clase más internacionalista y menos provinciana.

En otro orden, los resultados de las últimas elecciones autonómicas en Euskadi, donde IU ha perdido 4 escaños, no es debido a la reciente firma del pacto de Lizarra, tal y como se ha manifestado desde posiciones que entroncan con el españolismo, sino a los siguientes elementos:

  • Falta de organización e influencia de los comunistas en Euskadi.
  • Espacio electoral prestado sin la suficiente base social organizada.
  • Primacía del debate nacionalista en la lucha política y de ideas, pasando la lucha de clases a tener una visión invertida y nacionalista en todos los terrenos (paro, explotación, derechos sociales).
  • Influencia del terrorismo individual entre los sectores de la población más machacados por el sistema como forma de respuesta, falta de canalización a través de las organizaciones sociales y políticas de clase de estos sectores.

La posición de los comunistas sobre el derecho a la autodeterminación y la pacificación es la correcta, contraria a la pinza españolista PP-PSOE y al nacionalismo independentista. Hoy, igual que ayer, el terrorismo individual es un método de lucha anarquista y pequeñoburgués, lo mismo que la lucha callejera (que nada tiene de parecido con la Intifada del pueblo palestino). Estos métodos individuales, históricamente han demostrado de forma indirecta encajar dentro del sistema de explotación, al no permitir que el pueblo y los trabajadores se organicen y movilicen por la transformación social, al pretender suplantar la lucha de masas, a la par que potencia el terrorismo de Estado, el cual en tiempos de flujo revolucionario se aplica sobre los dirigentes de la clase obrera. Una situación normal pondría el debate nacionalista (españolismo-independentismo) en un segundo plano y situaría la lucha de clases en un terreno propicio para los trabajadores, combatiendo el paro masivo, contra la marginación social, la lucha por los derechos sociales (vivienda, enseñanza, pensiones dignas…), contra la explotación, etc. Para ello es necesario que los comunistas, a la par que sitúan el derecho a la auto determinación y la profundización de la democracia, recuperando la reivindicación de la República, potencien a IU como el movimiento político y social donde esté toda la izquierda sociológica organizada en los frentes de lucha.

La única alternativa viable para combatir el nacionalismo de las eurorregiones no pasa por el catalanismo popular, ni por la voluntad de la comunidad nacional como formación socioeconómica. Lo que está hoy en discusión es la hegemonía, el dominio político y las estructuras económicas de la clase dominante dentro de la nación catalana y de España, por lo que la alternativa revolucionaria pasa por elevar a la clase obrera como fuerza social dirigente en el proceso revolucionario, elevarla a clase nacional con valores del internacionalismo de clase, organizando un bloque histórico social alternativo al sistema capitalista en las naciones, en los Estados y en las zonas de integración imperialista; organizando los frentes y movimientos de lucha, organizando la cultura popular de masas, organizando la ideología, organizando la vida cotidiana con valores anti-imperialistas; organizando la hegemonía social y política de la clase obrera y sus aliados; organizando el nuevo poder político y social revolucionario, donde en una guerra de posiciones dentro de la sociedad civil alternativa frente al Estado capitalista, las condiciones subjetivas para el cambio revolucionario se van gestando junto con las condiciones objetivas que propicien el paso al asalto y a la guerra de movimiento, hablando en términos gramscianos.

El proyecto alternativo a la Europa de las transnacionales exige la coordinación del movimiento obrero y la izquierda a nivel europeo para hacer frente a las medidas de ajuste y desestructuración territorial del Plan de Convergencia dictados en Maastrich y la Unión Económica y Monetaria:

1º Contra la destrucción de las fuerzas productivas y centros industriales en la periferia y el sur, reivindicando planes de industrialización con un contenido de desarrollo multisectorial.

2º Por la defensa de la soberanía nacional como base de las conquistas democraticas alcanzadas por los trabajadores impidiendo la igualación de las conquistas de los trabajadores europeos por abajo (dumping social). Reivindicando la conquista al alza de los derechos de todos los trabajadores europeos.

3º Por la supresión de los gastos militares, por la paz y el desarme. Disolución de la OTAN.

4º Por la socialización de los medios de producción, la utilización de todos los recursos legislativos (ley de 35 horas sin reducción salarial) y públicos para la creación de riqueza, empleo, la destrucción del paro y el mantenimiento de los fondos sociales públicos (sanidad, enseñanza, pensiones, etc.).

5º Por la unidad de la izquierda real organizada por la base y coordinación de los comunistas a nivel internacional recuperando el internacionalismo proletario de Marx y Lenin, recuperando la solidaridad con los pueblos subdesarrollados, en la lucha por la superación del Orden económico internacional imperialista.

¡Por el SOCIALISMO y el COMUNISMO!.

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