ANÁLISIS COMPARATIVO DE LA MUJER EN LAS FORMACIONES SOCIALES DE LA HISTORIA

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ALEJANDRA KOLLONTAI. Primera mujer en ocupar un puesto en el gobierno de un país.

Miguel A. Montes 1.991

Es innegable que en nuestra sociedad existe una desigualdad entre el hombre y la mujer. Esta desigualdad abarca fundamentalmente a lo político y a lo social.

Pero esta desigualdad no se da de la misma forma en todas las sociedades. En la época de la sociedad gentilicia bajo el régimen del matriarcado, dicha desigualdad no existía, la escasa base del desarrollo económico hacía que las tareas de recolección y caseras tuvieran una significación económica fundamental, y dada la promiscuidad sexual expresa (matrimonios por grupos), los lazos de parentesco y los bienes se verificaban por la línea materna.

El paso al patriarcado sobre la base material de la Revolución Neolítica, presupone un cambio radical para el desarrollo de las relaciones hombre-mujer: “Las sociedades primitivas viven en desigualdad. En ellas existe…el dominio de los hombres sobre las mujeres. No hay Estado…pero la máquina opresora de los hombres sobre las mujeres es formidable; hay una dominación política, económica, sexual, etc., del hombre sobre la mujer” (M. Godelier). “…el primer antagonismo de las clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino” (F. Engels).

La relación monogámico-patriarcal hombre-mujer, se basa en la esclavitud doméstica y la dependencia económica y sexual de la mujer respecto al hombre. Es precisamente en las sociedades primitivas donde comienza la división del trabajo entre los sexos. Dándose en las mujeres la especialización técnica de las tareas caseras de ámbito privado (confección de vestidos, preparación de alimentos, cuidado y crianza de niños…). Mientras que los hombres participan en funciones públicas fuera del hogar (producción, ejército, política…).

A través del desarrollo histórico, los hombres se han apropiado de técnicas, medios de producción social, así como de cultura, en mayor proporción que las mujeres, de esta manera se ha mantenido a la mujer alejada del ámbito de poder político y la actividad social.

A lo ancho de la historia se ha ido formando una ideología machista de la superioridad del hombre, el patriarca o padre de familia, que se ha ido configurando a través de varias prácticas sociales y políticas (moral, religiosa, cultura, lenguaje, legislación, modo de vida, etc.), que reproducen cotidiana y permanentemente la subordinación de la mujer al hombre, física e intelectualmente. Esta ideología mantiene oculta las causas socioeconómicas que sitúan a la mujer en estado de inferioridad, presentándose éste como un fenómeno natural y necesario.

La situación de la mujer, de dependencia y opresión, se manifiesta a través de las distintas formaciones sociales precapitalistas y la capitalista, afectando a todas las clases sociales con diferentes grados de opresión, y con raras excepciones mantiene a casi la totalidad de las mujeres fuera del poder político.

El capitalismo impulsa el trabajo asalariado de la mujer

Al aparecer la propiedad privada la opresión de la mujer se legitima como un elemento imprescindible para la transmisión de la herencia a los hijos, jugando la mujer un mero papel de productora y cuidadora de los hijos legítimos. Sin embargo, en la sociedad capitalista y  a diferencia de las anteriores, aparecen nuevas características. Estas son el amplio desarrollo de la división del trabajo, producto de la industrialización, que da lugar a una demanda cada vez  mayor de fuerza de trabajo, descalificada fundamentalmente, y abre paso a otras especialidades profesionales “típicamente femeninas” (secretarias, administrativas, profesoras, etc.), encontrándose la mujer en en una nueva situación de independencia económica, al abrírsele las puertas del reducido ámbito del hogar para entrar a participar en lo social a través de la realización de tareas extradomésticas, aunque sus condiciones para la independencia económica y la participación social sean todavía precarias e insuficientes, pues la mayoría de las veces el salario de la mujer pasa a jugar un papel secundario de sustento dentro de la familia, dadas las profundas desigualdades laborales existentes en el mundo del trabajo capitalista de la mujer con respecto al hombre.

La incorporación de la mujer al mundo laboral rompe las barreras de sociedades anteriores que mantenían a esta en la estricta esfera de lo privado, alejada del ámbito social y político. Con el capitalismo, el papel social y el peso político de las mujeres aumenta, pero no nos engañemos, pues la opresión continúa. No todas las mujeres consiguen status de independencia económica,  la mayoría siguen dependiendo de sus familias y maridos y la concepción del trabajo femenino dominante se considera como algo temporal o auxiliar del salario del hombre (salario familiar), siendo considerada generalmente como un apéndice de las tareas domésticas “típicamente” femeninas. Las “amas de casa” constituyen un amplio destacamento del ejército de reserva industrial que el capital utiliza según sus necesidades de expansión como fuerza de trabajo barata. El trabajo asalariado parcial, introducido en Europa en los años 70 perpetúa la discriminación de la mujer, pues facilita que la mujer pueda hacerse cargo del hogar y tener un “sobresueldo”, perpetuando el concepto de “salario familiar”.

Monogamia burguesa-monogamia proletaria

La moral sexual desde la época del patriarcado es una moral basada en la ética religiosa del amor eterno y la familia patriarcal como primaria, donde la mujer juega un mero papel procreativo en el acto sexual, sometida a los deseos del hombre, repudiándose todo tipo de relaciones ante y extramatrimoniales. Las relaciones sexuales quedan estrictamente vinculadas a la posesión de dinero y otros medios de poder social y político. La prostitución y el adulterio, que acompañan al tipo de monogamia clásica y patriarcal, son hechos producto de la dependencia económica y sexual a la que se ve sometida la mujer.

En la sociedad burguesa, el aspecto jurídico del matrimonio que presupone la igualdad formal de derechos, oculta el carácter comercial de las relaciones matrimoniales, sexuales y familiares. Engels plantea que la base social de dichas relaciones es la forma de propiedad sobre los medios de producción: “La familia individual moderna, se funda en la esclavitud doméstica franca, o más o menos disimulada, de la mujer, y la sociedad burguesa es una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy en la mayoría de los casos el hombre tiene que ganar los medios de vida, alimentar a la familia…y esto le da una posición preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es en la familia el burgués, la mujer representa en ella al proletariado”. La burguesía proclamó reglas de juego universales, como el dinero, la propiedad, etc., para un matrimonio igual formalmente en derechos y una familia “decente” orientada a la acumulación de capital.

Este tipo de relación hombre-mujer en la sociedad capitalista es característico para el burgués, pero no para el obrero, pues en las familias proletarias, a diferencia de las burguesas, la monogamia formal adquiere por primera vez en la historia rasgos de la igualdad auténtica entre los sexos y de reciprocidad basada en el amor. Un amor desprovisto de la hipocresía burguesa, de las relaciones de propiedad y dinero que todo lo materializa, incluyendo lo íntimo. El proletariado moderno es el portador potencial de las nuevas relaciones de monogamia auténtica, basadas en un plano de igualdad real y no formal, entre el hombre y la mujer. “En las relaciones con la mujer, el amor sexual no es ni puede ser de hecho, una regla más que en las clases oprimidas, es decir, en nuestros días el proletariado, estén  o no estén autorizadas oficialmente estas relaciones. Pero también desaparecen en estos casos todos los fundamentos de la monogamia clásica. Aquí falta por completo la propiedad, para cuya conservación y transmisión por herencia fueron instituidos precisamente la monogamia y el dominio del hombre; y, por ello, aquí también falta todo motivo para establecer la supremacía masculina. Más aún, falta hasta los medios de conseguirlo: el derecho burgués que protege esa supremacía, sólo existe para las clases poseedoras y para regular las relaciones de estas clases con los proletarios. Eso cuesta dinero, y  a causa de la pobreza del obrero, no desempeña en ningún papel en la actitud de este hacia su mujer. En este caso el papel decisivo, lo desempeñan otras relaciones personales y sociales. Además, sobre todo desde que la gran burguesía ha arrancado a la mujer para arrojarla al mercado de trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a menudo en el sostén de la casa, han quedado desprovistos de toda clase los últimos restos de la supremacía del hombre en el hogar proletario, excepto quizás, cierta brutalidad para con las mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia” (F. Engels). Aunque hay que insistir en la existencia bajo el capitalismo de las profundas desigualdades laborales y salariales hombre-mujer, condición que merma la capacidad de independencia y participación social de la mujer en relación al hombre.

Para Engels la esencia del matrimonio proletario estriba en el amor recíproco y la realización conjunta de faenas domésticas que tradicionalmente han estado feminizadas. Engels deja claro que las familias proletarias no tienen las bases económicas, ni jurídicas para el desarrollo de la monogamia patriarcal clásica. No existe en ella la propiedad privada que se debe de multiplicar, guardar y transmitir por herencia.

La doble carga de la mujer obrera bajo el capitalismo

La expansión del trabajo asalariado de la mujer ha abierto posibilidades de independencia económica, hoy la mujer obrera es tan capaz de mantener a sus hijos y emanciparse y ya incorpora en sí el prototipo de nueva mujer libre de la opresión masculina. Pero bajo el capitalismo esto es relativo, pues la mujer obrera también soporta un doble peso que la aplasta, las mujeres por lo general están sometidas a la doble jornada, la laboral y la doméstica, se ha convertido en proletaria sin aliviarse de las faenas de casa, primero debe de disponer de las horas necesarias para el trabajo, y después debe de consagrarse a los quehaceres domésticos y al cuidado de sus hijos. Este peso le es insoportable si además se tiene en cuenta que la sobreexplotación de la mujer en el mundo del trabajo es superior al hombre (paro, precariedad, salarios bajos, descalificación, discriminación…), lo cual es una doble carga en la lucha por su emancipación total, económica e ideológica.

El primer peso solo se aliviaría a través del compromiso por parte del proletario masculino de que la maternidad (cuidado de niños) y las tareas domésticas son tareas comunes, y no femeninas tal y como estereotipadamente se han establecido, y también son tareas sociales, de ahí que la reivindicación de guarderías y otros servicios domésticos gratuitos sean justos y necesarios. Pero, la segunda carga solo se puede aliviar a través de la abolición del sistema capitalista, el cual solo ve a la mujer trabajadora como una fuente de ingresos a través de la creciente sobreexplotación a la que es sometida, aprovechándose de su condición como mujer, a través de la discriminación laboral, social y política.

El feminismo radical y el marxismo

Para superar la situación de la mujer en la sociedad capitalista, se plantean dos alternativas. La primera es la del feminismo radical, el cual afirma que la lucha por la liberación de la mujer no está entre la burguesía y el proletariado, sino entre el hombre y la mujer, situados en abstracto como polos opuestos por encima de la lucha de clases. El feminismo radical llama a lucha contra el chovinismo masculino en la explotación doméstica, atacando las revestiduras ideológicas y psicológicas del machismo, que se expresan a través de la cultura, la enseñanza, el lenguaje, la fetichización del sexo que presenta a la mujer como un objeto sexual, etc., luchando además por los derechos específicos, como el derecho al aborto libre y gratuito, contra el maltrato y las violaciones, etc. Como instrumentos para lograr la igualdad sexual.

Pero hay en ocasiones en que el feminismo cae en posturas claramente reaccionarias, como lo es la defensa de un salario para las “amas de casa”, cuando lo que directamente se está defendiendo con ello es la perpetuación  de la marginación política, social y laboral de la mujer, al recluirla al ámbito privado del hogar. Reivindicar el respaldo económico de tareas “típicamente femeninas” es de facto una regresión ideológica y cultural hacia posiciones reaccionarias, ya que el papel de “ama de casa” significa la marginación de millones de mujeres de la vida social y política, campo propicio para la acumulación de ideas y prejuicios contrarios a cualquier cambio progresista de la sociedad.

La otra alternativa es la marxista, para la cual es necesaria la reestructuración revolucionaria de la sociedad, la transformación de las relaciones de producción capitalistas en socialistas, para restituir las relaciones entre los sexos sobre bases económicas nuevas que alcanzan a lo ideológico, cultural y político.

Engels caracteriza el nuevo tipo de sociedad: “…lo que sin duda alguna desaparecerá de la monogamia son todos los caracteres que le han impreso las relaciones de propiedad a las cuales debe su origen. Estos caracteres son en primer término la preponderancia del hombre y luego la indisolubilidad del matrimonio. La preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, sencillamente de su preponderancia económica, y desaparecerá por si sola con ésta. La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en parte, de las condiciones económicas que engendraron la monogamia, y en parte, de una tradición de la época en que, mal comprendida aún, la vinculación de esas condiciones económicas con la monogamia fue exagerada por la religión. Actualmente está desportillada ya por mil lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste. Pero la duración del acceso del amor sexual es muy variable según los individuos…en virtud de ello, cuando el afecto desaparezca o sea reemplazado por un nuevo amor apasionado, el divorcio será un beneficio, lo mismo para ambas partes que para la sociedad… En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos también. La sociedad cuidará con el mismo esmero, de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a las consecuencias, que es hoy el más importante motivo social –tanto desde el punto de vista moral como dese el punto de vista económico- que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama… Así pues lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista… ¿qué sobrevendrá?. Eso se verá cuando haya crecido una nueva generación; una generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, la entrega de una mujer: y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consecuencias económicas que ello pueda traerlas. Y cuando estas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se dictarán así mismas su propia conducta, y, en consecuencia crearán una opinión pública para juzgar la conducta de cada uno. ¡Y todo quedará hecho!.”

Para la posición marxista no tienen validez los términos de “ama de casa” o de “hombre-mujer” en lo abstracto, sino en lo histórico-concreto. El trabajo doméstico bajo el capitalismo es un trabajo gratuito no sólo para la mujer, sino para el capital, que no paga los valores de uso que resultan de las tareas domésticas que son necesarias para el mantenimiento y reproducción de la mercancía “fuerza de trabajo” (elaboración alimentos, vestidos, mantenimiento del hogar, cuidado de hijos). Sin embargo, cuando estas tareas se realizan fuera del ámbito privado del hogar, el trabajo doméstico pasa a ser remunerado con un salario que sirve para reponer la fuerza de trabajo de las trabajadoras. Como objetivo social estas tareas debieran de correr a cargo del Estado, con la creación de equipamientos sociales como guarderías, lavanderías públicas, comedores… que coloquen en el ámbito de lo colectivo las tareas domésticas, cambiando el concepto de maternidad como una función social y colectiva. Y mientras eso no sea posible, dichas tareas deben ser compartidas por todos los miembros de la familia.

El tipo de lucha inmediato para la defensa de las mujeres oprimidas, según la posición marxista, es la de la lucha por su incorporación plena al mundo del trabajo, además de su organización como colectivo (movimiento feminista), y la lucha reivindicativa por la mejora de sus condiciones de trabajo (igual trabajo-igual salario, derecho al descanso retribuido en el embarazo, cualificación, reciclaje profesional, etc.), lo cual coloca en manos de la mujer los instrumentos sociales y económicos indispensables para su independencia fuera del hogar, y ayuda a que no sea utilizada su forma de opresión por el capitalismo como instrumento de presión al salario medio de la clase obrera hacia la baja, y sienta las bases primarias a través de su reclutamiento activo dentro de la clase obrera para adquirir la toma de conciencia de clase necesaria para la lucha general junto al resto del proletariado contra la explotación capitalista, que es la fuente del mantenimiento de su condición desigual por ser mujer, ya que el capitalismo nunca superará tal desigualdad al ser un medio más para sobreexplotar al conjunto del proletariado. Sólo el socialismo sentará las bases de la supresión de esa desigualdad.

 

Fuentes: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. F.Engels.

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